Sobreexcitación infantil

Hace dos o tres semanas se debatió en el programa de televisión Cuarto Milenio acerca de los niños índigo. Es una terminología que se emplea para definir a una nueva generación que, según algunas teorías, supone un salto evolutivo. El concepto está relacionado con el de nativos digitales, si bien también se les aplican otra serie de características, como la capacidad creativa, la solidaridad, la ausencia de materialismo o la tendencia a la autoorganización, que implica también el rechazo a la imposición de normas externas en cuya elaboración no han participado. Es en este último punto donde me gustaría detenerme.

Estos supuestos nuevos niños no aceptan bien las short answers, que dirían los profesores de inglés. Exigen argumentar la respuesta, especialmente si es negativa, y no se conforman con un simple “porque sí” que emane de la presunta autoridad, cuyo reconocimiento también les plantea dificultades y les incomoda.

Se trata de un conjunto de características que, para muchos psicólogos, resulta indicativo de un niño o niña con déficit de atención, síndrome muy de moda de unos años para acá, aunque hay otros que dicen que siempre han existido niños inquietos o simplemente difíciles de educar.

Esta última postura me parece muy reduccionista y no estoy para nada de acuerdo con ella, pero tampoco coincido totalmente con la categorización maximalista antes expuesta sobre los niños índigo. Sin embargo, es evidente que algo ha cambiado de unos años para acá y que hay una mayoría cada vez más grande de críos cuya actitud, comportamiento y forma de relacionarse con el mundo poco tiene que ver con la de los niños de hace quince o veinte años. De esto sí sé un poco, por motivos tanto profesionales como personales.

Aunque sin duda influye la proliferación de la tecnología y la excesiva sobreexposición a las imágenes virtuales a la que están sometidos los niños en la actualidad, no me vale resumirlo todo en esto, porque hace un par de décadas ya existían las videoconsolas, los juegos de ordenador y seguramente los críos consumían tanta televisión como ahora. Vale que no había tablets, que los móviles estaban en pañales y que las aplicaciones digitales aún no habían empezado a invadir nuestra forma de vida, pero ya había muchos elementos que tenían esa peligrosa potencialidad de generar en el niño una dependencia excesiva a la estimulación por medio de lo virtual.

(Imagen: mundoconsciente.es).

Hay mucho más detrás de todo esto. He escuchado a muchos profesores, monitores y educadores en general asegurar que la mayor parte de la responsabilidad la tienen los padres actuales, por su tendencia a la dejación de funciones en otras figuras y el desequilibrio entre la aplicación de castigos y recompensas. Los primeros son laxos, cuando no inexistentes, y las segundas desproporcionadas o incluso inmotivadas. También hay progenitores (cada vez más) que tienen fanatismo por sus hijos y abusan de contemplaciones y tolerancia respecto a los malos hábitos de sus retoños. “¡Con lo rico/a que es!”; “¡es que está en la edad!”; “si no se mueven ahora, ¿cuándo lo van a hacer?”; son excusas bastante típicas que se escuchan procedentes de algunos padres cuando alguien censura el comportamiento de su prole.

Los expertos también suelen alegar causas socio-económicas para explicar esta modificación en las conductas infantiles. Principalmente el estrés laboral de los padres y la poca atención tanto en cantidad como en calidad que habitualmente pueden dedicar a sus hijos, aunque hay muchos más factores.

Sin embargo y aun siendo todo esto totalmente cierto, no sirve por sí solo para justificar lo que está ocurriendo de un tiempo a esta parte con la sobreexcitación de algunos niños. Puedo asegurar que sigue habiendo muchos padres que se preocupan muchísimo de lo que hacen esas pequeñas fierecillas indomables, que los reprenden cuando el educador les alerta sobre sus actitudes y que tratan de corregir el comportamiento. Sin embargo, muchas veces no funciona (aunque es preferible eso que lo anteriormente expuesto, desde luego). Resulta desesperante, tanto para los tutores legales como para los extraoficiales, observar que día tras día el niño o niña no varía su actitud y continúa desquiciando a sus educadores, tomándose la clase como un patio de juegos y a los adultos como esclavos cuya única función es satisfacer sus deseos de corto alcance, aunque tenga que pagar ocasionalmente pequeños peajes en forma de enfados o prohibiciones.

El pequeño sabe perfectamente que no duraran eternamente, ni siquiera demasiado tiempo, especialmente cuanto menor edad tienen y por tanto también mayor capacidad de chantaje. A medida que van creciendo adquieren otras formas más sofisticadas de coacción emocional, como el mostrar actitud de víctima despechada, de condenado a quien se ha tratado injustamente, de ofendido y desagraviado, o bien directamente optan por mostrar al adulto toda su hostilidad, manifestando abiertamente su odio (sentido irreflexivamente, sin reposo, a modo de impulsos, pero sentido). Al final, los padres e incluso los profesores acaban levantando la mano y cediendo, porque acaban percibiendo mayor sufrimiento en sus carnes que el que tratan de evitar.

En cualquier caso, cuando se llega a ese punto, el problema ya es difícil de atajar. Comenzó mucho antes, en la edad más temprana, cuando ese niño se revolucionaba a cada segundo, no paraba quieto ni un solo instante, no era capaz de aceptar ni siquiera las reglas de los juegos y se comportaba como un animalito sin mayor objetivo que hacer todo lo que su instinto descontrolado le reclamaba. Con un peligro añadido, y es que poseía la inteligencia retorcida de la que carecen otras especies distintas a los humanos.

Entonces se le llamaba niño índigo, tenía déficit de atención o simplemente era movido, graciosísimo, riquísimo. Un poco “trasto”. Después será un chaval problemático, un adolescente desmotivado y un adulto frustrado, evolución casi invariable en los niños sobreexcitados que carecen de autocontrol y desprecian el control externo.

(Imagen: elblogdeisabelramos.blogspot.com).

Sé que lo que voy a decir no es nada popular ni va en la línea de las técnicas educativas actuales, que no es políticamente correcto y que tal vez sorprenda que lo piense alguien como yo que no tiene demasiada simpatía por las normas ni por las restricciones sociales y cuya mayor aspiración más allá de cualquier objetivo material o profesional siempre ha sido la libertad personal. Sin embargo, mi tradicional rechazo a la autoridad no es incompatible con mi convicción sobre la necesidad de que es preciso utilizar técnicas más duras y coercitivas con determinado tipo de niños y combinarlas con métodos modernos, como la asignación de roles específicos y adecuados o las demostraciones a base de metáforas de que ese comportamiento va en contra del bienestar de los compañeros o del beneficio común. En absoluto me refiero al castigo físico, el cual además de repugnarme creo que es completamente contraproducente, pues acaba creando personas reprimidas que toman decisiones guiadas por el temor y aprovechan cualquier resquicio cuando lo hay para machacar a quien sea como técnica para liberar su miseria interior.

Dicho esto, sí que creo que es necesario aumentar el nivel, tanto cualitativo como cuantitativo, de la respuesta negativa hacia los niños. Soportar sus lloros, pataletas e incluso actitud virulenta hasta que caigan agotados física y mentalmente y se calmen. Me ha costado varios años darme cuenta de que tiene que ser así y no me gusta, porque se parece mucho a la táctica de la anestesia que emplea la sociedad adulta respecto al individuo; por ello, no creo que únicamente haya que quedarse en eso. Es preciso combinar esa actitud represiva más tradicional con un sistema proactivo que probablemente tampoco se utilice en la actualidad demasiado con los niños. De hecho, pienso que una de las mayores causas de este problema que estoy poniendo de manifiesto es la excesiva pasividad de todos los agentes implicados en la educación en cuanto a la creación de soluciones un poco más sofisticadas, amparándose en que el niño ha de ser tratado siempre como tal.

No estoy de acuerdo. Por supuesto que ha que divertirse, gozar de su espacio de libertad, sentirse dominador de su mundo infantil en determinados momentos, pero casi desde que empieza a andar es necesario que se dé cuenta de que también será una persona como aquel que le está educando. Hay momentos, parcelas de su desarrollo diario, en los que hay que tratar al niño como si fuera un adulto. Mostrarse duro, abandonar la pose de ternura, la actitud cariñosa y hablarle con absoluta rigidez e incluso frialdad. Y en otras ocasiones con calidez pero de una forma responsable, orientándole hacia la seriedad que implica la vida, reteniendo su atención hacia una determinada actividad, tarea o situación en la que a veces ha de adoptar una posición de cierta madurez adaptada a su cortísima edad.

(Imagen: taringa.net).

No pasa nada porque un niño de tres o cuatro años esté diez minutos veinte o media hora en silencio escuchando una historia, un cuento, o participando en una actividad tranquila, sin movimiento. El niño índigo, con déficit de atención o movido al principio lo rechazará y querrá dejarse llevar por su sobreexcitación interna, que le reclama correr, dar patadas a algún objeto que vea cerca, pegarse con algún compañero o desmontar el mobiliario. A alguno le sonará exagerado, pero hay muchos niños, sobre todo los más pequeños, que tienen esa única pretensión. En ese momento está la clave. Si la persona adulta que está con ellos es capaz de hacerles ver con técnicas apropiadas que están molestando gravemente a los demás y causándoles un perjuicio que ellos no querrían para sí mismos, habrá éxito y, aunque las siguientes veces tal vez haya que repetírselo, cada vez lo irá asimilando mejor.

Por lo tanto, no se trata de que obedezca porque sí. Estoy de acuerdo en que hay que explicarle en la medida de su capacidad de comprensión los motivos, yo soy el primero que rechaza de plano la autoridad autosuficiente y arbitraria que comienza y se agota en sí misma. Pero lo que no puedo aprobar en ningún caso es el descontrol, porque es malo para todos los niños, tanto para el que se descontrola porque va en detrimento de su desarrollo personal y de su aprendizaje (en conocimientos, actitudes, valores…), como en el de los demás, que se sienten desconcertados y, en último término, contagiados.

Resulta deseable intentar este procedimiento en los casos menos complejos, pero hay otros más complicados en los que no sirve; niños que desconocen por completo el concepto de límite o de respeto a las cosas o personas que tienen a su alrededor y se muestran tremendamente resistentes a incorporarlo para sí. Aquí no queda otra que emplearse con dureza, quitarles aquello que más quieran en ese momento y mantener el tipo hasta que demuestren que son capaces de portarse de otro modo. Si persisten, redoblar la contundencia. Al final, aunque sólo sea por egoísmo, interés o simple hartazgo, terminarán por calmarse y desistirán.

(Imagen: paraimagenes.com).

 

Sé que muchos no coincidirán conmigo y alguno tal vez considerará que soy un retrógrado y que pretendo castrar el deseo infantil; que a los niños se les educa mejor en el premio y la estimulación. Creo que quien piense así se equivoca. Para cualquier cosa de esta vida son precisos algunos límites, y con los niños mucho más. Tratar de satisfacerles siempre provoca efectos adversos, muy nocivos con el tiempo para ese futuro adulto, que probablemente tenderá a la depresión, carecerá de empatía con los demás y posiblemente buscará imponerse al resto de sus semejantes, incluso recurriendo a la fuerza si es necesario, lo cual es bastante irónico.

En mi opinión, no existe otro tipo de recurso para lograr que esa clase de niños aprenda a canalizar el extremo nerviosismo que ahora mismo cala hasta el último poro de la sociedad y que toma forma con absoluta claridad en la actitud de los niños, reflejos del ajetreo, estrés, urgencia y preocupación que guían muchas de las acciones cotidianas. Estamos demasiado obsesionados con que los niños disfruten, se desfoguen, sean la alegría de la casa, la bendición de la familia, los protagonistas de cada uno de los actos y momentos, los dirigentes de sus propios movimientos y de los adultos que los rodean.

El actual sistema educativo e ideológico es erróneo, tanto como lo era aquel que apostaba por los métodos violentos para reformar y reeducar. Lo que propongo no es un término medio, sino algo nuevo. Porque lo que tenemos ahora mismo no funciona y, de continuar así, derivará en gravísimos problemas. Lo afirmo con conocimiento de causa.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Educación y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s