Suficiente para un domingo de resaca

Me reencuentro con una vieja enemiga que de tanto escarbar en mí acabó tratándome como una amiga con derecho a roce. Sólo me penetraba cuando quería, en su presencia mis movimientos se volvían torpes.

Me siento como si estuviera gestionando este país atrófico cuando ella, mutando de forma, me anuncia su vuelta en este domingo enteramente suyo, de resaca.

Está prácticamente igual a como la recordaba: su sabor a alcohol y tabaco, el vago arome de un perfume imaginario con efectos retardados, la pesadez plúmbea con que trata de distraerme, su efecto entre anestesiante y cocaínico, aunque la RAE no se lo permita.

Ella, princesa de los reproches, hija de la reina de los excesos, escoba furtiva del deseo cuando lo había. Tendré que cagarla de nuevo y echarla fuera a puerta vacía. Nunca se me dio bien sentenciar los partidos. Menudo marrón.

Para combatirla y compensar, sólo se me ocurre escuchar una canción llena de lujuria mientras ando como si tuviera minusvalía hacia ninguna parte, entre la lluvia, el asfalto y el silencio de un mediodía tardío.

Paseo paralelo a la vía y al mismo tiempo muy distante de ella. Sigo con el cinturón de castidad. No se me puede pedir más, ni tampoco al día. Demasiado hago con caminar.

Ayer le preparé el terreno a mi huésped, que es inquilina remunerada, pues el precio lo pago yo cada vez que me la tiro sin ganas. Soy su puta y le pongo la cama.

En esa noche que pronto será lejana en mi mente (amnésica como la tierra que piso) me encontré con varios pleitos, pese a que por una vez traté de respetar al sistema. Me querían recuperar para la causa, pero no me dejé y monté una defensa sin argumentos.

Apenas si me revolví ante los alegatos, más por dignidad que por convicción, y acabé rechazando los litigios. Me conformé antes de la vista. No era un procedimiento civil; fue un alivio la condena tras la instrucción, no hubiera soportado una sentencia estimatoria de sus demandas. No estaba para tanto suplico.

Antes hubo un resquicio de esperanza cuando me pusieron delante la máscara del mundo; transformado en Natalia Infante junto al Callejón de los Torneros, como un deja vu absurdamente colocado sobre algo no vivido.

Pero me acabé abandonando al rollo de siempre. Salir, beber. Fui la más barata del mundo. Estudié varios máster, pero en ninguno me enseñaron a convertirme en ramera de lujo.

Las chicas con aspecto de niñas malas siempre me motivaron, pero me ganaron en el baño de la discoteca, la mesa de la cocina, el ascensor y en la ducha. Me pasé de fantasía y llegué al bando de la castración antes de que la perversión me probara en serio, por miedo a la locura. Me faltó ser más natural, bajar al pilón.

Cuando me vi ahogado por el Ballantines, reparé en que la vida sólo se perdió por la bebida. Ojalá hubiera existido alguna mujer para errar el rumbo. El detonante, no obstante, fue sentirme acorralado por la ley. A la mierda, change, change, change.

Me esforcé por romper la norma. Esa fue mi definitiva perdición. Acabé exhausto de gritar que no quería ser abogado y se me había olvidado actuar como escritor. No me salieron más palabras que un take me out cantado con más pena que gloria, justo cuando Diana Cazadora ya había claudicado.

Al menos, tuve un arrebato de loco antes de la retirada y me solté los agudos fuerte, creo que no demasiado feo y espero que sin formalidad alguna.

Firmé la capitulación delante de mis carceleros y me fui menos libre que derrotado hacia el sopor de la madrugada, diciéndole hola desde lejos a la amante infiel que se folla a media nación.

Suficiente para un sábado por la noche.

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