Las auténticas dos Españas

El mito más real de la historia ha adquirido nueva forma en este año 2014. Después de casi cuarenta años aplicando el tópico machadiano a dos realidades de este país claramente identificadas, viene Podemos y provoca su mutación.

Al final es lo mismo, claro está. División, extremismo por un lado y por el otro, reacciones irracionales movidas por las pasiones, sin un ápice de juicio, reflexión ni análisis. España en estado puro como pocas veces en su historia, por mucho que ahora se discuta más que nunca su propia integridad. Pero incluso esa eterna controversia sobre su configuración la lleva en los genes.

Pablo Iglesias, fundador y líder de Podemos. (Imagen: lasprovincias.es).

Volvemos al tema de las dos nuevas Españas, que en realidad son muy viejas. Desde hace muchos años y hasta hace bien poco, estas polaridades estaban perfectamente representadas por el PP y el PSOE, los dos grandes partidos que han destruido con sus nefastos gobiernos el bienestar de esta nación y el apego de la ciudadanía al Estado, SU Estado, cuando debería suceder todo lo contrario, precisamente por eso, porque es suyo y está para servir al pueblo. Bien es verdad que esas dos formaciones que todavía se reparten la inmensa mayoría del pastel parlamentario escenificaban y teatralizaban para la galería su conflicto y luego se destrozaban a polvos en el camerino. La verdadera brecha entre las dos realidades de este incomprensible país se observaba realmente en la calle. En esos vecinos incapaz de congeniar porque uno era de la gaviota y descendiente de aquellos que fusilaron a los padres o abuelos del otro, que se declaraba partidario del puño (el cual, si tuviera vida, aparecería calloso y con dermatitis) y de la rosa (que, en el mismo supuesto, luciría marchita y amarillenta). Aznar contra Felipe o Zapatero contra Rajoy, tanto da que da lo mismo. Y se producían debates encendidos entre el del bar y ese cliente al que detestaba por ser facha o rojo, casi tan agrios como cuando versaban sobre el Madrid y el Barça, la otra gran dicotomía española.

Sin embargo, esas dos Españas se habían ido distorsionando tanto durante la época de la democracia, sobre todo en los últimos años, que cada vez menos se parecían a lo que realmente fueron, son y serán. La irrupción del partido liderado por Pablo Iglesias ha vuelto a poner de manifiesto con una pureza exquisita la veracidad de ese enfrentamiento idiosincrásico español, que jamás se había ido, por mucho que algunos así lo creyeran y que las turbias complicidades y cada vez más acusadas similitudes en casi todo menos en la forma entre PP y PSOE hicieran pensar que incluso la gente de a pie consideraba superada esa lucha que dio lugar a una guerra civil tremendamente sangrienta.

Pedro Sánchez, actual secretario general del PSOE, y el presidente Rajoy al fondo. (Imagen: vozpopuli.com).

Ahora los dos bandos se vuelven a ver de forma límpida, cristalina, prístina. Aunque para ello la gente fiel del PSOE haya tenido que admitir que siempre estuvo mucho más cerca del Caudillo que de la República de Azaña. La Transición y las deformidades causadas por su parto rápido, entre ellas la deficiencia psíquica de un partido socialista desmemoriado y traidor a sus  raíces, vendido al capitalismo más atroz y a la degeneración democrática. (“Felipe, baja del árbol, hostia”). Así, ante la perspectiva de que el PSOE y el PP están mucho más cerca que nunca de follar abiertamente y no solo de forma clandestina, un votante socialista empieza a admitir en voz muy bajita, en círculos muy cerrados, que, si no salen los suyos, prefiere el mal menor: que continúe gobernando el PP antes de que entren “los populistas bolivarianos”. Ya tenemos por fin la composición verdadera de la primera España, la tradicional (en realidad, la que ha mandado casi siempre), logro definitorio de Podemos, que encarna a la segunda España, la de los maquis, las estrellas rojas y las banderas tricolores.

(Imagen: iniciativadebate.org).

Claro que Antonio Machado lo explicó de una forma mucho más compleja en su momento, pero al final el irrepetible poeta andaluz que amaba la decadencia de Castilla casi tanto como la lamentaba, venía a decir que por un lado andaba la España inmovilista, conservadora, tradicional, contemplativa y triste, y por el otro la España partidaria de los cambios, arriesgada, emprendedora y revolucionaria. Esto se sigue cumpliendo a rajatabla en la actualidad, como si no hubiera pasado más de un siglo desde ese maravilloso poema llamado El Mañana Efímero. Nada ha cambiado.

Eso sí, en lo que no estoy para nada de acuerdo con el bueno de Machado es en lo relativo a su fe en esta última España, cuando la define como redentora y la atribuye la posesión de las ideas. Para mí ahí no existe más que una España, la que el autor de Campos de Castilla define como “la que ora y embiste cuando se digna usar la cabeza”. No hay una España justa, mesurada y contundente, “del cincel y de la maza”. En esto, el bueno de Don Antonio pecó de ingenuidad y se olvidó del rasgo distintivo y esencial que define al terruño de la bandera rojigüalda sin águila, yugo ni morado.

(Imagen: blogdelviejotopo.blogspot.com).

Me refiero al extremismo político y social que tiene como principales ramificaciones la falta de racionalidad a la hora de formar el pensamiento, el alarmismo, la dramatización y la virulencia en la expresión de las opiniones. Así somos en España; o blanco o negro; o Podemos es indiscutiblemente el maná, encabezado por el líder salvador que a modo de Robin Hood va a dejar pelado de verdes el bosque de Sherwood para repartirlos entre los millones de españoles parias, excluidos o sometidos a la precariedad laboral; o Podemos es la epidemia más grave que ha sufrido el país desde la gripe española, mucho peor que el ébola, más contagiosa e incluso altamente mortífera. “Yo voy a sacar el dinero de mi banco por si salen los de Podemos”; “Con los de Podemos, volveremos a la cartilla de racionamiento”; “Si gobierna Podemos, el país retrocederá veinte años de golpe”, son frases que les he escuchado decir a personas de la primera España, la del bipartidismo con cara amable en el que se democratizó la dictadura de Franco. Por el otro lado, he oído cosas como que, “cuando salga Podemos, los ricos dejarán de ser ricos y nos igualaremos a ellos” o “si sale Podemos, la gente de la banca privada que ha abusado de los ciudadanos se irá a la calle”, o “Podemos nos dará trabajo, solución y futuro a los jóvenes”.

Son posturas ambas totalmente extremas, fanáticas y absolutamente nada meditadas. España,  una vez más dividida en dos bandos que parecen irreconciliables. O eres de Podemos o eres anti-Podemos. O apoyas a la casta o apuestas por los nuevos. En el fondo, o eres de izquierdas o de derechas, si bien está digresión se ha quedado bastante desfasada con los años y resulta excesivamente reduccionista y simplista. Las reacciones de la gente contraria al nuevo fenómeno me recuerdan bastante a las que algunas personas de izquierdas tuvieron en su día cuando Aznar se convirtió en el primer presidente democrático de derechas elegido al amparo del régimen constitucional del 78. “Otra vez la dictadura, otra vez como con Franco” o “estos nos van a quitar hasta las pensiones” fueron algunos de esos comentarios.

Miedo a Podemos. (Imagen: gentiuno.com).

No voy a pronunciarme en este artículo sobre las bondades o maldades de Pablo Iglesias y su equipo. Ya dedicaré otro espacio a ello. En esta reflexión sólo quería poner de manifiesto la falta de naturalidad y de tranquilidad con la que se viven las cosas en España. Independientemente de que Podemos llegue al poder o no, se debería aceptar como una posibilidad más, con la normalidad democrática y la supuesta madurez que se le presupone a una sociedad mínimamente educada en la política. Pero España adolece de esto. Cada cuestión se exagera, cada situación se explota de forma radical, cada loco está con su tema; nos apropiamos sólo de las cosas que nos convienen y las adaptamos con negligencia a nuestros propios intereses; nos empeñamos en destruir absolutamente todo lo que no vaya en consonancia con nuestra manera de pensar y en defender a ultranza, con golpes inútiles y estériles si es necesario, aquello que apoyamos.

Mientras sigan existiendo estas dos Españas, no Podemos pretender construir una nueva y mejor.

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