Volví a casa sin ti

Me deslicé hacia las entrañas de la noche, a esa hora en la que aún queda tiempo para dormir pero no para descansar. Sabía que tenía pintada en la frente la cara del fracaso, como si fuera un ente maligno que me poseía. No hice caso; me perdí entre las rendijas de la madrugada.

No lo supo nadie, sólo yo con mi frenético e imprudente desasosiego. Me colé por una puerta de madera que daba acceso a ningún sitio. En otro tiempo, humos y vicios cargados. Ahora, desolación, vacío acompañado e intentos vanos.

Plano como el Norte de Castilla comencé la visión a ojeadas discretas. Leía algo sobre el otro pequeño Nicolás; estaba más a uvas que a brevas y no prestaba atención a ese cambio que me subía revoltoso para dejar atrás las legañas del alma. Era sábado y todavía no tocaba regresar.

Cada trago de Ballantines me quemaba en la garganta y me producía cosquilleo en el espíritu;  se acercaba el tiempo de las oportunidades a las horas límites, de las opciones cuando ya se esfuma toda posibilidad y se olisquea la derrota.

Vi a una pareja besándose, pero ellos no me quitaron la melancolía ni me dieron la idea; fueron dos poligoneros simpáticos sin complejos; su video zafio, sin tapujos, como una película romántica de Torrente. Las noticias podían esperar su turno, ya no podía leer entre líneas; sólo me quedaba escribirlas con la voz.

Una melodía navideña en una noche de diciembre tan austera y solitaria en ese sitio en medio de ninguno; un mensaje cantado que me invitaba a correr con optimismo pese a conocer de antemano el triste desenlace; un esta noche no se ha acabado; un no me iré a casa sin ti. Fue demasiado para ignorarlo y me hiciste repetir para digerirlo mejor.

A medida que crecía el desconcierto generalizado (la incertidumbre torpemente provocada por mí) y se acentuaba la sensación de abandono y retirada, también sentí que se aproximaba el momento clave. Era entonces o nunca, volvía a ser el quinceañero nervioso que no podía esperar al día siguiente.

Preferí mostrarme con patetismo adolescente, pese a la falta de hormonas. Lo esquematicé a base de impulsos poco meditados, como si me hubieran devuelto la nacionalidad española por una noche; como el vallisoletano que siempre fui, me lancé de lleno a la languidez del precipicio sin muerte, mostrando una sonrisa irónica.

La caída fue relativa, quise minimizar daños y recogí los remos para que el Pisuerga me guiara desde su inercia. Tenía un pitillo en la boca ya cuando los vapores fríos de la noche me devoraban. Ni siquiera sé con qué cara te quedaste; apenas te importaron ya desde entonces mis secretos.

Supongo que llegaste bien a casa. Yo, como se sabía en el otro video, traicioné la letra de la canción: volví a casa sin ti y sin tiempo verbal futuro. Aún me dio tiempo de saborear un último guiño siniestro de nostalgia y esperanza dolorosamente perdida entre las paredes del último momento.

La magia quiso tener su protagonismo, carrying away by the moonlight shadows. No me habían  tiroteado, porque llegué antes de las cuatro. Subí las escaleras y exhalé un último momento de culpa antes de que remordimiento se perdiera entre las sombras de otra noche fracasada y fantasmal. Soñaré que te abres paso entre el tumulto para llorarme.

Sólo te pido una cosa postrera: just give me one more chance to make it right. Aunque entonces ya no seré yo; tal vez recupere la dignidad, la pose teatral, el sarcasmo artificioso. Yo soy el que se fue derrotado y buscando el humor negro. El que se fue a casa sin ti.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en relatos. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s