¿Llegaste bien a casa?

Sólo te vi un instante, una fracción de segundo insignificante como la cajetilla de tabaco que me atreví a comprar sin dejar de pensar en ti mientras tocaba la tecla. Maldito bien superfluo que es baratija de rastrero mercado si no me fumo uno contigo.

Después podía haberte pedido uno de los tuyos, aunque yo ya salía del local cuanto tú esperabas con aire impaciente a que el armatoste vomitara sin gracia alguna su desperdicio  para que tocaras sus bajos. ¡Qué escena tan poco a la altura de ti!

Pero te imaginé entre el frío de la calle exhalando humo a través de tus labios pequeños en los que apenas me pude fijar, junto a la dársena, sentada en el banco de hierro tosco, que tendría más suerte que yo al recoger en su desnudez helada la fortuna de tu cuerpo.

El gélido ambiente envolvería la decadente estación y tu prenderías fuego sin aspavientos, chupando el cilindro enhiesto, pegando cada calada con la tranquilidad que sólo da la espera del viaje hacia un destino.

Me pregunté cuál sería el tuyo, muriéndome de ganas por hacerlo mío. Mientras, me recreé en esa visión casi mística que salvó aquel sábado irreal entre aquellos paisajes urbanos fuera de toda moda y desenfreno.

El silencio, el recinto destrozado de penas, desgaste y derrota, poblado por seres indigentes, transhumantes, nómadas de alma sobre ruedas. Y tú allí plantada, quieta, aguardando a tu autobús, iluminándolo todo, como si la Navidad se hubiera adelantado. A mí ya me tocó la lotería al verte.

Hiciste que me olvidara del papel mojado. Constitución algo menuda, melena rubia y rizada, piel blanca de invierno, movimientos ágiles, desenvueltos. Lucías el negro con orgullo y misterio; parecías mi Mata Hari cuando me sonreíste y me hablaste sólo moviendo los labios.

Llevabas medias negras como en una canción de Sabina. A mí también me hubiera gustado que me robaras el corazón. Te hubiera cambiado el Polo que es mi casa por el Moscú que se aparece milagroso en ti, coronado en un gorro de lana. Aunque al final gana la policía, siempre preferí la KGB a la CIA. Hace muchos años, me tuve que conformar con la TIA.

Te hubiera propuesto derretir juntos toda la nieve de Rusia, pasando de zares y del pequeño San Nicolás. Antes de que el año agonizara y los últimos resquicios de esperanza se difuminaran, nos hubiéramos despedido del mundo en el Campo Grande, recogiendo las hojas caídas de este diciembre que parece traer secretos para olvidar tanto desastre.

Mientras pensaba todo esto, degustando los últimos instantes de soledad helada tras el asfalto, me vi de nuevo sin regresar a casa. Tal vez tú ya te hallabas camino de la tuya; quiero creer ingenuamente que con la oscuridad como único testigo.

¿Llegaste bien?

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