Algunos viernes antes del fin de año

La semana resultaba insoportable. Cuando habíamos cruzado el límite, llegó el viernes por la tarde. Ya de noche, a la salida de tu vida irreal, te tomaste un chute de tranquilidad. Igual que el resto de los días, al final de la jornada, en la oscuridad adelantada de noviembre y la prematura caída de cabello, elegiste un café donde sólo te reconocían aquellos a quienes no les importabas.

Una vez más, como otros viernes, reclamaste el calor del bullicio improvisado; y tú en la soledad de tu mesa anacoreta en sociedad.

Y acudió. Vino a esa cita que no habías concertado con nadie un intruso, raudo en imágenes que te encontraron receptivo. Y viste las cosas que otros días, incluso otros viernes, sólo atisbabas a medias: las conversaciones a caballo entre lo laboral y lo ocioso; la última hora extra, el descuento, la prolongación, el tiempo añadido para los que tenían el ritmo cíclico de los trabajos capitalistas de la democracia tradicional. El local apestaba a iconos alternativos, la Nueva España se había adueñado de los toreros y echaba canela a todas las flores. Era un pacto-engañifa, pero te valía, como en aquellos viernes en los que sabías sacar polvo dorado a tus muebles anquilosados. El sexo nunca te gustó a horcajadas, pero se la metiste discretamente a cada mente que te rodeaba.

Allí, en el espíritu de transición de la cafetería encontraste la magia en un momento y casi te transformaste en ti mismo: ser adolescente creador de conflictos adultos. Avivabas la bandera a media asta, no fuera a ser que descubrieran tu parche y que estabas en los huesos.

En ese tránsito sin semejanza, entre dos realidades, apreciaste la única posibilidad de salvación. Compilaste casi sin prevenir las sensaciones de los otros mientras te quedabas quieto buscando las tuyas, mirando hacia la tiniebla infinitamente silenciosa de un patio de colegio.

Ya había penetrado la noche del viernes y saliste a moverte casi inmóvil, tan relajado que prácticamente no te reconocías. Trataste de buscar en tu muerte imaginaria una explicación, pero muy a tu pesar había vida más allá del crepúsculo anticipado del otoño. Nadie podía creérselo; no había vaho, ni niebla, ni lluvia, sino calma como de abril.

Pero no te dejaste despertar por la ruina climática del planeta y pusiste atención:

‹‹Se apresuran por llegar los que alargaron más de la cuenta su semana laboral. No sirvió de mucho; siempre es tarde. Se detienen en la gasolinera: el último parón de libertad entre cárceles. Miran al cielo, el viento los golpea y piensan en cómo debe romper mucho más arriba de sus caras, allá en los edificios cuyas ventanas tienen esta noche un panel de luces con distinta configuración. Es viernes, aunque se acerca la madrugada del sábado.

››Antes de que llegue, camino pensando, con la serenidad que proporciona la esperanza en que queden muchas cosas por hacer antes de que el lunes hiera de nuevo. Hay tiempo para planear, buscar soluciones, valorar juiciosamente, aquilatarlo todo, colocarlo en su sitio por fin; finalmente poner fin al desorden.

››No piensa lo mismo ella, apremiada por llegar a tiempo a un lugar donde estirará su período de obligaciones; centro de donación de su parte de vida, cedida a la ajenidad alienante. Es una de esas trabajadoras de viernes noche que no notan apenas la variación de esas horas absolutamente diferentes a las demás. Pero imagino que incluso en el fondo de los más taciturnos hay una leve percepción de cambio; hasta los más castigados por esa propina de la producción nocturna no exenta de impuestos y cargada de gravámenes adquirirán una leve sonrisa en algún momento de la noche que pronto será madrugada.

››Veo a alguno de ellos a través del camino que podría haber ido a la esperanza y nos dejó con ganas de llegar a la luna cuando saludábamos desde la aurora de los días. Ilumina La Farola por no quebrar la costumbre.

››Qué silencio se respiraba hoy en el patio donde las viejas almas pululan sin hacer ruido y sin jugar con la mía, que se empeña en escuchar la angustia de ella y al perro ladrar. No llegará. Lo grita por teléfono. Llora bastante. No llegará y yo no recordaré. Hoy tampoco.

››Pero es viernes y parece que me importa menos. Encuentro gusto nuevamente en la decadencia de los locales de barrio donde los que siempre fueron de barrio toman con envidiable reposo su cena de análisis semanal. Como si quedara todo el tiempo del mundo, tal y como yo llevo pensando desde que cayó la tarde de viernes. Me doy cuenta de que ni siquiera hacen balance aún. Tan sólo cuentan, repasan y saborean. Es como si supieran que hay tiempo porque es viernes. Como si no sólo lo supiera yo.

››De pronto, me pego de frente con las caras de los combatientes. Como en una película de la Guerra Civil, sacan sus rostros desesperanzados para que les dé el aire aprovechando la tregua de la noche. También me traen un asalto de miseria; se dirimió en el tablero amañado, repleto de casillas con pruebas de supervivencia sin premio final para el bando ganador. Fueron otros quienes movieron sus fichas sin pedirles permiso y les hicieron caer en la trinchera donde se perdía el turno para lanzar un dado repleto de balas de fogueo. Aún más cruel fue dejarles avanzar hacia el punto que les mandaba retroceder tres posiciones. Nunca hubo un puente que llevara a otro, porque el río siempre iba contracorriente.

››Para estos veteranos que toman el fresco en las calles vacías de deseo y manchadas de polvo, el viernes sólo significará lamentar la pérdida de otra oportunidad para haber desertado cuando el parte del lunes les anuncie otra vez que se encuentran en la lista de bajas.

››Racionamiento para sobrellevar esta España de postguerra revival, mientras los mesones llenan tripas de cerditos que escaparon del lobo una semana más. Flota en el ambiente una tensa paz; hay que aguantar el país hasta fin de año, no reventar por Navidad.

››Ya es viernes de diciembre y volvió la helada para que la normalidad interpretara su farsa. De nuevo la vuelta de unos pocos a los cajeros, las bombonas de butano para calentar a los que van de populares; manta y abrazo para todos los demás.

››De las amígdalas del viernes surgió un villancico con coro improvisado (los niños no saben nada de esta guerra) y yo colé de forma guerrillera unas cuerdas rotas que sonaban a perdón e ilusión para los intestinos de quienes no tienen estómago. Luego, el trabajo siempre hecho cuando temo que me olviden, me fui otra vez corriendo hacia la niebla, exprimiendo el tiempo que quedaba, siempre escasa, para recapitular la pausa del penúltimo viernes. La tele distorsionaba en un bar lleno de abandono y entonces, como si viviera dibujando mis propias ironías, observé el reloj sobre la puerta y el rótulo que me decía una vez más que no llegaría.

››Pero todavía tuve unos segundos, unos instantes antes de las campanadas anticipadas. Era viernes y la ciudad me preparaba su menú de despedida. Escogí el plato frío y el café caliente. Prolongué el truco, alargué el viernes.

››Me dio por hacer recuento de pecados recientes y olvidos eternos; me sentencié a sufrir arresto domiciliario y brindé por los viejos tiempos, aunque no haya tantas antiguas amistades y no sea tan bello vivir.

››Una vez consumado el reclutamiento y asumido el final adelantado (oigo traca de fin de semana desde la Buhardilla descascarada), veo en la desastrada cabeza las luces que hace un momento sentía, la rondalla que celebraba viernes, el comienzo del viernes en la plaza petardera, la ráfaga de aire helado que se colaba en mi espíritu de viernes; el cigarro que se fumó contemplando el preludio ya acabado de viernes, la víspera de la fiesta que jamás vino; el fantasma de viernes en el cielo sobre las vías que no soterraron, los contornos de la estación donde no se detendrá ningún tren; el fluir de coches, risas, pizzas y champán…

… la pirotecnia que se explotó muchos años antes de este viernes en el que queda tanto para una noche buena tras la que seguiré esperando que llegue Navidad…

… el asalto de culpa y reproches que son de una noche vieja en la que me quedé eternamente deseando que no llegara un año más››.

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