En la piel de los borregos

Antipieles (6)La semana pasada tuvo lugar una concentración anti-pieles en Valladolid, durante la que se leyó un manifiesto informativo sobre los distintos métodos empleados para la obtención de pieles de animales con las que se confeccionan diversas prendas de vestir. Se ofrecieron muchísimos datos, algunos de los cuales yo personalmente desconocía. Aunque podría destacar muchos, me impactó bastante el número de criaturas a las que se matan para fabricar un simple abrigo (por ejemplo, veinte zorros). Igualmente, descubrí para mi sorpresa que también existe un comercio de pieles de gatos y perros y no sólo de animales salvajes como visones, chinchillas o mapaches. No todos son atrapados en su hábitat mediante trampas que los destrozan, sino que muchos “viven” en granjas, donde también son maltratados con diversas técnicas, a cada cual más cruel, hasta que finalmente mueren.

Antipieles (8)El acto contó igualmente con una escenografía pensada y preparada para la ocasión. Además de las pancartas, que reflejaban mensajes como “Piel es muerte”, se mostraban videos en los que se podían observar las torturas practicadas contra los animales y se extendieron sobre el suelo tres o cuatro prendas cada una de las cuales llevaba asociada una etiqueta con su “precio” en vidas de animales.

Sin embargo, la imagen más impactante (y en mi opinión también la más apropiada para llamar la atención sobre la reivindicación) la protagonizó una miembro del colectivo que sostenía una imitación de un conejo desollado, lucía un maquillaje espectacular que le confería el aspecto de animal herido, despellejado y ensangrentado y vestía un abrigo que parecía de pieles. Además de esta puesta en escena, la chica completó a la perfección el conjunto con su actitud, transmitiendo una tristeza sorda y muda, mostrándose en todo momento como si estuviera muerta, sin apenas gesticular, únicamente fijando la mirada en algún punto difícil de identificar.

Antipieles (4)Realizar esto durante la tarde de un sábado de Navidad, en plena calle Santiago de Valladolid, a la hora punta del comercio y con algún que otro grado bajo cero –aunque no estuve hasta el final, sé que el acto se extendió más de dos horas–, habla bien a las claras de que las personas que se involucran en esta protesta creen firmemente en ella, la defienden con contundencia pero sin hacer más ruido del debido (excepto uno de los participantes, que, en mi opinión, estaba demasiado alterado y se excedió cuando le tocó el turno de hablar, increpando indebidamente a una señora que pasaba luciendo un abrigo de pieles) y la presentan con seriedad, cuidado y habiendo realizado un trabajo previo. Ya sólo por ello merecen un gran respeto, independientemente de que se compartan o no sus planteamientos.

Sin embargo, ese valor humano, así como la tolerancia, brilla habitualmente por su ausencia en esta sociedad. La mayor parte de las personas que se acercaban al círculo para curiosear, pensando que tal vez era un espectáculo callejero, emitían comentarios que demuestran una tremenda falta de educación, además de una súbita ignorancia. Ni siquiera entro a valorar lo poco evolucionada que está la ciudadanía española en algunos aspectos o la escasa conciencia que se tiene respecto a determinados temas, porque todo ello me parece baladí (aunque se halla íntimamente conectado) en comparación con esa carencia básica en la mínima educación.

Antipieles (2)Pongo algunos ejemplos textuales, aunque escuché tantas cosas que podría aburrir al personal: “¡Ay, qué asco, Dios mío, vámonos de aquí!”, gritó una mujer de mediana edad al ver a la chica “desollada”; “¡La madre que les parió, pero si luego seguro que son los primeros que comen carne!”, voceó entre otras cosas con aire muy indignado un hombre cincuentón, mientras su compañera, con claros signos de abochornamiento, le instaba a seguir caminando y a callarse; “¡Y qué les permitan hacer esto en plena calle Santiago y no intervenga la policía, es que es acojonante! ¡Así nos va!”, exclamó aún más cabreado que el anterior otro señor de edad parecida (a todo esto, he de decir que había seis o siete agentes rodeando el lugar, algo que no entendí muy bien, dado el reducidísimo número de personas concentradas y la evidente ausencia de riesgo para el orden público); “¡Pero con los problemas que tiene este país, tú te crees que es normal que estos vengan con esta chorrada! ¡Hombre, por favor!”, censuró airadamente una mujer.

Antipieles (3)Sin embargo, más allá de todos esos comentarios provocadores, me llamó la atención sobremanera el siguiente: “Nada, hijos, no es nada, una cosa de pieles”, le “explicó” un padre a sus niños pequeños cuando le preguntaron en qué consistía el acto de protesta, al tiempo que les apremiaba a pasar rápidamente por allí. Esto es lo mismo que habitualmente hacen los fabricantes textiles con la población, ocultar la información que tendría que aparecer en las etiquetas. Nos tratan como a niños. Sin embargo, ni los ciudadanos se merecen que les traten como a críos, ni los propios críos se merecen que les traten como a tontos.

Antipieles (5)Nadie puede exigir a otra persona que comulgue con una determinada postura, por muy lógica e incluso deseable que pueda resultar –como sucede en este caso, ya que eliminar el maltrato animal debería ser una meta a alcanzar por cualquier sociedad evolucionada–. Sin embargo, sí hay que requerir un mínimo ejercicio de responsabilidad y madurez, es decir, un interés por informarse de aquello que afecta al mundo que nos rodea y una reflexión posterior. Si después de eso, la persona no se siente compelida a modificar su pensamiento, no quedará otra que respetarlo, por mucho que se disienta y cueste entenderlo. En el supuesto que nos ocupa, si alguien correctamente informado considera que es lícito practicar la crueldad con seres vivos con el único fin de elaborar un objeto material, pese a existir otro tipo de procedimientos que no implican tortura animal y logran el mismo resultado, no se le puede forzar a ver las cosas de otro modo; tendrá que gestionar el asunto con su conciencia, ámbito absolutamente privado de cada uno y donde el resto no puede ni debe entrar, a pesar de que a personas que piensan lo contrario, como es mi caso, les resulte complicado comprender cómo otro ser humano puede tener un código de valores tan alejado del suyo.
Pero lo que me parece muy lamentable y no demasiado admisible, es que se mire para otro lado, se trate de esquivar la cuestión o incluso ridiculizar a los que defienden otra opinión. Esa despreocupación, indiferencia y ánimo de autoengañarse que tienen algunos es muestra de patetismo cerebral y pobreza intelectual. Considero más grave aún que se tape la realidad a los niños, que tienen tanto derecho a conocerla y a forjarse su propio juicio como esos padres que se niegan a proporcionarles la información, con un ánimo entre sobreproteccionista y moldeador que me produce repugnancia.

Ya se sabe, es más fácil actuar como borregos que ponerse en su piel. Como decía aquel tipo, así nos va.

 

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