Carta al rey Baltasar

Querido Baltasar:

No te escribo a ti porque seas negro y quiera hacer apología de la discriminación positiva, sino porque de niño siempre fuiste mi favorito, probablemente porque me parecías menos rey que Melchor y Gaspar, pero mucho más mago.

Sé que llevo muchos años sin dirigirme a ti y que tal vez haya podido perder los privilegios que, en su caso, hubieras podido llegar a otorgarme en su día por haber tenido ilusión en tus facultades dadivosas y fe en tu capacidad para limpiar el estercolero del mundo. Con el paso del tiempo, te confieso que me he convertido en un escéptico casi por costumbre, en descreído prácticamente por afición.

Teniendo en cuenta esto, no sé si tengo demasiado derecho a mandarte esta misiva de forma tan súbita, precipitada, casi a deshora, en las horas previas a tu noche de las preocupaciones y el estrés laboral por antonomasia. Seguramente estarás lanzando improperios contra mí, después de haber flipado, al leer estás líneas tan inoportunas como (esto sí puedo asegurártelo) sinceras. Otro quebradero de cabeza, como si tuvieses pocos. Confío en que te las apañarás con tus poderes para estirar el tiempo y hacer una hora extra más esta madrugada. No sé si el convenio colectivo de los Reyes Magos se firmó antes o después de la entrada en vigor de la reforma laboral, pero espero que sea remunerada. Ya sabes que vuestra patronal, que somos todos los ciudadanos españoles, anda escasa de fondos.

El año pasado fui bastante malo. Debería actualizarte el concepto al mundo adulto, aunque en el fondo tampoco dista mucho de lo que puedas imaginarte respecto a los niños traviesos. Alguna diablura fuera de lugar, sin más efecto que mi propio perjuicio y el deterioro de mi dignidad, ni siquiera para ser malo soy listo. Retorcido un poco, sobre todo en mi foro interno, pero luego no aplico esa supuesta inteligencia para hacer el mal. Soy un chico malo de segunda, no de esos que planifican golpes de Estado o asaltos a sucursales bancarias. Ni para eso tengo oficio.

En cuanto a esto último, dicen que no se me da mal escribir, aunque no puedo valorar, dada mi precaria memoria, si se trata de una especie de talento innato o adquirido con la práctica. ¿Cómo eran las cartas que te escribía de crío, muy sofisticadas o simplemente egoístas, deseosas y materialistas? ¿Utilizaba ya por aquel entonces la ironía o la acidez? Me gusta pensar que sí, es decir, que era un niño rarito, de esos que no sólo quería el barco pirata de Playmobil o la Super Nintendo, sino también alguna especie de regalo inmaterial o incluso, por fantasear que no quede, presentes para otros, como por ejemplo para los niños pobres a los que no conocía.

Como te iba diciendo, Baltasar, fui malo en 2014 y he empezado 2015 siendo aún peor, de modo que he echado por tierra incluso la remota posibilidad de ganarme algo más que carbón en el tiempo añadido de mi particular partido entre mis pros y mis contras (aunque supongo que el resultado ya estaba más que decidido mucho antes; a fin de cuentas, por muy magos que seáis tú y tus dos colegas, ahora la mayoría de las cosas se fabrican fuera de España y tenéis que contar con la demora de los distribuidores y demás gaitas). En resumen, estoy jodido de cojones (supongo que tampoco te hablaría de este modo siendo renacuajo; disculpa).

Sin embargo, pecando de incauto y sobrevalorando tu mayestática gracia, te comunico que voy a realizar un último acto heroico para que me perdones. Te alerto de que algo terrible va a suceder en cierta capital española donde ponen andamios a la Universidad y no se pueden contar los leones. No puedo darte más pistas ni proporcionarte el nombre del lugar, pues he formado parte de la red terrorista que planea sabotear la tradicional cabalgata de dicha localidad.. Pero, como ya te avisé antes, sólo soy de mente complicada y maliciosa para los preparativos y el calentamiento, no se me da bien pasar a la acción y, cuando toca meterse en faena, me pega el gatillazo, me acojono y me traiciona la conciencia, por muy impresionante que sea el cuerpo del delito.

Te cuento algún detalle más para que veas hasta qué punto hemos sido sofisticados los ideólogos de este atentado contra el rito más sagrado de la infancia española, que sobrevive generación tras generación pese al panzudo de la barba blanca y a las tiendas de los chinos.

Para empezar, hemos conseguido que el Ayuntamiento, con el beneplácito del Corte Inglés, le concediera la gestión de la parafernalia a la productora de Enrique Cerezo. Si conocieras al alcalde de este municipio, entenderías lo difícil que ha resultado convencerle de que dejara de insistir al adjudicatario para que le permitiera colocar unas cuantas ruletas rusas y varias mesas de blackjack en los vehículos que formarán parte de esta cabalgata de auténtico cine.

En segundo lugar, al doble que interpretaba a tu colega Melchor le hemos sustituido por Mariano Rajoy, que, por si no lo sabes, dado tu antiquísimo origen como Rey Mago, es el presidente del gobierno, tiene acento gallego en vez de exótico, trata de corregir su ceguera con gafas y fuma puros. Los desalmados autores intelectuales de tal fechoría consideramos que el mal ejemplo para los niños está asegurado.

Por su parte, el actor que interpreta a tu inseparable compañero Gaspar va a ser reemplazado por Pablo Iglesias, que no es que se le parezca mucho físicamente, pero al menos tiene el pelo largo y perilla. Te informo de que este señor es republicano, hasta hace poco salía todo el rato por la televisión y a vosotros tres os considera casta. Todo está pensado para que los pobres críos que vean pasar su carroza, que estará decorada con imágenes del Che Guevara y a través de cuyos altavoces sonará La Internacional, se horroricen y sus padres se vean obligados a taparles los ojos y los oídos a fin de que no pongan atención a semejante fanfarria demoniaca.

Pero sin duda la peor (y más brillante) idea la hemos dejado para el final. Sí, Baltasar, para tu cohorte, la que cierra el desfile. El lugar que ocupaba la persona que simulaba tu Majestad lo va a ocupar Cristóbal Montoro, que ni siquiera es negro. Le hemos echado alquitrán encima para disimular y mantener las formas, a lo que él por cierto ha reaccionado de una forma extraña, no quejándose por la suciedad de su jeta, sino por el despilfarro cometido. Pues bien, este singular tipo, que ejerce como Ministro de Hacienda, va aprovechar la singular posición en la cabalgata que a ti te corresponde, Baltasar, es decir, justo la tercera y última, para rematar de pánico a los niños asistentes exigiéndoles el pago de una entrada por haber visionado el espectáculo, el cual, dado que tiene carácter cultural, está gravado con el 21% de IVA. Lo nunca visto, la repanocha, lo insólito. La leche, vamos.

Y, mientras tanto, todos los niños malos que viajarán en las carrozas junto a los impostores, replicas o clones del pequeño Nicolás, se reirán a carcajadas y lanzarán caramelos con sabor a Ballantines (este detalle gourmet confieso que ha sido exclusivamente de mi invención) para generar que los pequeños se acuesten con mareo, dolor estomacal y sufran las peores pesadillas. En vez de soñar contigo, con Melchor y con Gaspar, y con vuestros regalos, se imaginarán paisajes apocalípticos y desolados, sufrirán los típicos delirios de su primera borrachera y se despertarán a mitad de la noche para encontrarse con los camellos que os llevan y calmar su ansiedad.

Todo esto va a ocurrir esta tarde, dentro de muy pocas horas, en cierta ciudad cuyo nombre no puedo revelarte. Ahora sólo me queda desear que tus sobrenaturales habilidades sean suficientes como para impedir tamaño desastre que amenaza con turbar para siempre la paz de una generación entera de niños de esa desdichada población.

Como ves, he sido malo con avaricia, pero, con este acto de arrepentimiento y bondad, espero tu perdón de descuento, tu compasión postrera. Hasta los peores niños merecen algo más que carbón, sobre todo ahora que ha bajado el precio del petróleo.

Sin más me despido de ti, Baltasar, diciéndote que, pese a la tremenda carga emocional y al contenido extraño de esta carta, ha sido un auténtico placer volver a escribirte después de  tantos años. En algunos momentos, me he sentido casi como si pudiera verte esta noche, sobre tu animal de desierto, entre las sombras de la ciudad que duerme, donde no hay gente techo ni indigentes mirando en la basura, tal y como yo me la imaginaba cuando era niño. Por un instante he creído ver tu silueta, y la de Melchor y Gaspar, reflejada en las paredes de mi hogar, mientras me levantaba furtivamente a la cocina y se escuchaba la respiración serena de mis padres.

Durante un fugaz e imperceptible segundo, incluso he creído que era otra vez un niño bueno.

Con mucho cariño,

Álber

P.S. Supongo que echarás en falta algo esencial en la carta. En efecto, no te he pedido nada. No quiero que lo interpretes como una prueba de mi falta de esperanza en ti, pues sé que no eres rencoroso. Lo que pasa es que los chicos malos como yo sólo pueden desear cosas que consideran irrealizables, al menos en este país, así que lo dejo a tu sabia elección.

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