La caricatura de la moral

Los atentados en Francia han causado tanta conmoción que casi me siento obligado a escribir sobre este tema, aunque implique hablar de algo sobre lo que ninguno tenemos mucha idea, algo que se nos escapa por completo de las manos; algo para lo que ninguno probablemente tenemos solución, ni los más expertos. Aun así, trataré de exponer mi opinión, con la ingenua esperanza de que a alguien le sirva de algo.

Interior de la sede del semanario Charlie Hebdo tras el atentado terrorista. (Imagen: El País).

Para empezar, me gustaría recordar que la mayor masacre que han cometido recientemente los asesinos que dicen combatir en nombre de Alá no ha sido la perpetrada estos últimos días en territorio francés, ni siquiera la matanza en Nigeria obra de Boko Haram, que por haber coincidido en el tiempo con los sucesos de París ha pasado bastante desapercibida. Como siempre, los europeos nos revolvemos con un cierto histerismo cuando sentimos amenazados nuestros propios cogotes y nos limitamos a recoger con lejanía los ecos dolientes de los que sufren lejos de nuestras fronteras. Es lógico que el ataque contra el semanario Charlie Hebdo sumado a las otras ocho muertes (un policía, cuatro rehenes y tres terroristas) causadas en los días posteriores haya alarmado al mundo occidental por las particulares connotaciones que ha encerrado. Pero nadie debería olvidarse de que hace menos de un mes los talibanes, también extremistas (y dicen que también islámicos), se cargaron en una escuela militar de Pakistán a 145 personas, la mayoría menores de edad. Y, sin embargo, la reacción, tanto de los medios de comunicación como de la ciudadanía occidental, no fue ni mucho menos tan notoria. Ni se guardaron minutos de silencio en los estadios, ni se convocaron manifestaciones. Creo que es importante remarcar esto para dejar constancia de que nuestra ejemplar defensa de la libertad de expresión también puede ser matizada. El modelo de convivencia del que tanto sacamos pecho lleva implícito considerar unas muertes más importantes o lamentables que otras.

Un militar escolta a dos niños supervivientes del atentado contra la escuela de Peshawar, Pakistán. (Imagen: ABC).

Y de esto precisamente quería yo hablar. He leído numerosos artículos y columnas de opinión estos últimos días y casi todos se encargan de ensalzar el código de valores de Occidente, que ha de ser preservado contra el radicalismo islámico y que este trata de amenazar. Parece que el atentado ha despertado del letargo esa conciencia europea dormida (o, incluso, más allá, la conciencia de todo el mundo occidental capitalista), que ha emergido de las profundidades de las disensiones habituales entre los viejos Estados (que no civilizaciones). Me parece muy bien y tiene su lado muy positivo esa explosión de unidad y el que todos ahora nos sintamos muy orgullosos de que haya libertad de expresión en esta añeja Europa de guerras mundiales, mientras que en los estados de Oriente Medio gobernados por partidos islámicos no existe, o al menos no en la misma medida, y encima se desprecia a la mujer.

Yo podría empezar a hacer aquí lo mismo. Realizar una enconada defensa de la democracia de tradición centroeuropea, de la libertad de la que se disfruta para pensar, escuchar, oír y decir en Occidente, de la cultura de respeto hacia otras formas de vivir que impera en nuestros territorios. Sería tan sencillo… Zanjaría la cuestión en pocas líneas, tendría mi artículo dominical listo en pocos minutos, cumpliría el expediente. Tal vez sea un estúpido y un pretencioso por querer aportar otro punto de vista, no lo sé, pero, usando precisamente esa presunta libertad de expresión de la que gozamos por estas tierras, no me apetece congratularme infantilmente de la suerte que tengo por haber nacido en un sistema con valores democráticos, basados en la libertad y en la dignidad personal, ni redactar un pequeño manifiesto de rechazo contra el terrorismo lleno de evidencias y maniqueísmos, añadiendo tintes dramáticos y llamando a la prevención y concienciación colectiva contra la gran amenaza en ciernes. Decir todo esto supone una simpleza que me temo no resolverá el gravísimo problema que supone para el mundo la existencia de estos movimientos fanáticos. Cualquier persona con un mínimo de sentido común y de humanidad aberra lo que hacen esos individuos, pero reducir el problema a la locura de unos fanáticos religiosos es una niñería.

(Imagen: sdpnoticias).

Mi opinión es que, fuera aparte de combatir el terrorismo con los métodos tradicionales, es necesario hacer algo que casi nadie se ha planteado, o al menos yo no lo he leído. Conocer la raíz del fanatismo, las causas de que una porción más o menos relevante de una civilización, la islámica, decidió en su día defender sus ideas y sus creencias (para colmo mal interpretadas, por lo que tengo entendido, aunque confieso mi ignorancia en ese sentido) poniendo bombas en trenes, mercados y embajadas, estrellando aviones contra edificios de oficinas, degollando a periodistas o fusilando a niños en una escuela. Me parece imprescindible analizar la historia de estos movimientos, revisitarla, ahondar en sus orígenes, estudiar las manifestaciones culturales o de otra índole que hayan podido alimentarla, hacer un ejercicio filosófico respecto a todo lo que implican, considerar los motivos económicos, sociales y, sobre todo, psicológicos, que hayan generado su caldo de cultivo y que provocan el que cada vez se extienda más. Tal vez descubriríamos que el sistema político y económico del llamado arrogantemente Primer Mundo tiene algo de responsabilidad.

Cabecera de la manifestación celebrada en París en rechazo a los atentados terroristas de esta semana. (Imagen: La Vanguardia).

En definitiva, buscar contestación a un interrogante que parece muy obvio pero que no ha sido respondido debidamente: ¿Qué es lo que puede llevar a un ser humano a disparar a bocajarro a personas con las cuales no ha tenido relación alguna en su vida o, aún peor, a unos niños que ni siquiera tienen ideas debidamente formadas? A propósito de esto y aunque, como dije al principio, no tengo ni idea de cómo solucionar un asunto tan complejo, sí tengo la sensación de que la clave ha de venir, como en tantas otras cosas, por las nuevas generaciones, los niños, a los que hay que liberar de prejuicios religiosos, explicándoles todas las barbaridades que han hecho sus mayores sin visiones sesgadas ni parciales, simplemente contándoles la verdad. Se llama educación.

En resumen, considero que se debe recurrir a los expertos en Humanidades, esa rama del conocimiento humano tan despreciada en la actualidad precisamente por algunos gobernantes que hoy marchan a la cabeza de la manifestación multitudinaria en París. Esos mismos políticos que pretenden crear cerebros exactos, serviles, precisos, eficientes y competitivos, y que denigran a las mentes pensadoras, reflexivas, que pongan en cuestión lo establecido. Ese es uno de los valores instalados en determinados países de Occidente. No todo lo que tenemos es elogiable.

Por supuesto que hace falta, como reclaman muchos articulistas estos días, una mayor coordinación entre los servicios de inteligencia de los distintos países, actuación de las fuerzas y cuerpos de seguridad y frenar la oleada de terrorismo (dicen que islámico, aunque para mí sólo es fanatismo bárbaro y me da igual lo que asegure defender) con métodos tradicionales, pero yo creo que de nada servirá que se detengan a los militantes de organizaciones como el IS o Al Qaeda, que se supriman sus campos de entrenamiento e incluso que se bloqueen sus vías de financiación y de comunicación (algo por cierto tremendamente complicado), si no somos capaces de entender al mismo tiempo la magnitud del problema y cómo surgió, hasta en sus más mínimos detalles. Esto me parece tan importante o más que lo otro. Si no se hace algo por este lado, seguirán brotando de debajo de las piedras sujetos cuyas vidas tengan el significado efímero de una explosión o una bala.

Miembros de Al Qaeda. (Imagen: cdn.frontpagemag.com)

Sin embargo, la presunta superioridad moral que nos arredramos los occidentales cuando nos ataca algo que viene de fuera resulta perjudicial, además de engañosa. En Euskadi había terrorismo hasta hace dos días en nombre de algo aparentemente tan trivial como la independencia de un territorio. Vivimos en un sistema económico cruel y odioso controlado por millonarios que se esconden en la sombra, el cual provoca que se deje a la gente sin un techo, se les fuerce a buscar comida en la basura o a aceptar empleos míseros que rayan la esclavitud laboral; un sistema que se alimenta de la desigualdad social y encuentra su sentido en ella; un sistema que no sólo es político ni culpa de los políticos, es el sistema de convivencia que hemos creado entre todos y al que damos el respaldo en las urnas cada cuatro años.

Miembros del Estado Islámico (IS) (imagen: ABC).

Por lo que respecta a la consideración de la mujer, es verdad que por suerte estamos a años luz del concepto del islamismo fundamentalista, pero no nos olvidemos que en nuestro sistema de valores se justifica la comercialización de una imagen femenina perfecta, algo que no sucede en el caso de los hombres, y se justifica socialmente (y en la ley) que la mujer sacrifique su carrera profesional para cuidar de sus hijos, e incluso el que tenga más dificultades de acceso al mercado laboral por motivos biológicos. En cuanto a la libertad de expresión, es cierto que hemos evolucionado mucho más positivamente que en las zonas controladas por islamistas fanáticos, pero no es menos cierto que sólo es completa en lo que a la libertad de imprenta se refiere (y tampoco totalmente), porque cuando alguien alza demasiado la voz en la calle o incomoda de una forma especial a los jerifaltes del establishment, corre el riesgo de ser apaleado y detenido. Y de esto sí sé bastante, no precisamente por haber sido uno de los que alzan la voz, sino por pasar por allí, presenciarlo y prácticamente sufrirlo.

La moral es muy polimórfica y se presta muy bien a la caricatura, a través de la cual se puede deformar según el punto de vista del dibujante. Nuestro sistema de valores también tiene muchas grietas, aunque obviamente también haya aciertos y en algunos aspectos hayamos evolucionado con unos parámetros más acordes a la libertad que cierta parte de la sociedad islámica. Pero no recurramos a la fácil dicotomía del bien y del mal. Hay acciones abominables y totalmente condenables, como las de los terroristas que atentaron contra la escuela en Peshawar o hace tres días en Charlie Hebdo, pero no existen modelos perfectos ni absolutos que haya que defender a toda costa. No caigamos en la misma trampa que proponen esos seres sin escrúpulos que asesinan a niños en una escuela.

 

 

 

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