La política de la esperanza

Últimamente hablo con muchos amigos de política. En realidad, siempre lo he hecho, tengo la suerte o la desgracia de que mis amigos son bastante aficionados a charlar sobre el único saber humano al que se puede dedicar el que no sabe.

Pues bien, el otro día hablé con uno de ellos de un tema que me inspiró para realizar esta reflexión. Mi colega, siempre tan analítico, experto en desglosar la realidad, mucho más frío que yo y por tanto más acertado probablemente en sus juicios, puso palabras a una sensación que desde hacía tiempo venía yo barruntando y que no había sido capaz de expresar, al menos no con tanta precisión como él: el problema histórico de la política española, de los diferentes gobiernos que ha habido, de las distintas formaciones que han tenido responsabilidad en la gestión de los asuntos públicos, de los hombres y mujeres que las han integrado, es su despreocupación e incluso me atrevería a decir que desprecio hacia la política de la esperanza.

¿Qué es este concepto? Fácil decirlo, tal vez algo más complicado expresarlo y extremadamente complicado manejarlo. El mayor mal que asola a España desde que yo tengo uso de razón, y agravado desde la mal llamada crisis, es la desesperanza, la falta de fe en el futuro. Hay millones de españoles, ahora tal vez el doble que hace cinco años y el triple que hace diez o quince, pero en cualquier caso ya entonces eran millones, que no tienen ninguna expectativa de progreso en este país. Su único objetivo vital es sobrevivir, no morirse de hambre y su única aspiración se reduce a conseguir un trabajo precario que les permita llegar penosamente a fin de mes, trampeando por aquí y por allá, pidiendo ocasionalmente ayuda y cruzando los dedos para que el delgado hilo que en España separa las dificultades económicas de la miseria no se rompa.

En efecto, en este país hay un número de personas, indeterminado pero muy grande, que viven cada día con la resignación de saber que nunca podrán vivir con tranquilidad económica, que jamás podrán trabajar en aquello para lo que se formaron o que les produce satisfacción; estoicamente asumidas sus expectativas derrotadas y aun así dando gracias de que esa desazón y decepción vital no se convierta en el drama de otro número indeterminado de españoles –también muy alto– que viven y vivirán en la exclusión social, en la pobreza más rotunda.

Albert Rivera y Pablo Iglesias. (Imagen: elsingular.cat).

 

Después de este diagnóstico, en el que coincidíamos plenamente mi amigo y yo, nos planteamos la cuestión de si algo estaba cambiando en los últimos tiempos. Si las recientes formaciones políticas de una vez por todas estaban hablando de gestionar esa esperanza perdida, de devolver la fe a los españoles. Ahí es donde diferimos. Él, como mucho otros, sostiene que sí. Aunque es muy fan de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, reconoce que Podemos también le ha generado esa sensación de que hay motivos para creer. Considera que estas nuevas formaciones no proceden del entramado político de las élites, sino de la realidad cotidiana, del mundo en el que vivimos los mortales. El ejemplo que suele usar mi amigo es el de que tanto Pablo Iglesias como Albert Rivera (que son los dos nuevos actores políticos con mayor tirón) todavía saben lo que es pedirse una caña en un bar y pagarla. Tiene razón. Es absolutamente básico que la diferencia entre los viejos políticos y los nuevos estribe en ese aspecto. No puede gestionar la vida de los ciudadanos quien la desconoce por su falta de contacto desde hace años (o desde siempre) con la misma, cosa que ha sucedido con la inmensa mayoría de los políticos que han ostentado cargos públicos en España.

Sin embargo, por lo que a mí respecta, hay algo en el discurso de los nuevos políticos (por cierto, hago aquí un inciso para poner de relieve que ninguno de ellos es mujer y, aún más significativo me parece el hecho de que ninguno de los líderes –aunque aún no estén confirmados como candidatos a la presidencia del gobierno– de los cuatro partidos que comandan las encuestas para las generales tenga sexo femenino) que continúa desatendiendo eso que he dado en llamar la gestión de la desesperanza. Ayer escuché a Albert Rivera en La Sexta Noche y, pese a que tengo que reconocer que es un excelente orador y uno de los pocos políticos que me parecen confiables, me decepcionó profundamente cuando ofreció una respuesta idéntica a la que dan el PP, Angela Merkel o el FMI cuando se les pregunta por los salarios. “Es mejor trabajar que estar cobrando una prestación de 426 euros”.

Albert Rivera, líder de Ciudadanos. (Imagen: ciudadanos-cs.org).

 

Vale, yo también pienso eso y de hecho lo he aplicado muchísimas veces en mi vida, aceptando puestos a cambio de condiciones no ya sólo precarias, sino algunas veces míseras. Pero esa no es la contestación que quiero escuchar de una persona que aspira a gestionar el empleo en España. Porque lo que viene a decir Albert Rivera es que no le importa mantener la desesperanza de los millones de españoles que trabajan a cambio de lo que sea sin ninguna (y esto es muy importante repetirlo y enfatizarlo), repito, sin ninguna oportunidad de progresar y de llegar a tener una situación laboral de bienestar. Nada dijo el líder de Ciudadanos acerca de mejorar el nivel de vida y, sobre todo, insisto de nuevo, las expectativas de esos ciudadanos a los que pretende representar. Su primordial objetivo es crear empleo, el que sea y como sea, y eso resulta muy desesperanzador.

Ni siquiera el líder de masas y considerado gurú de la esperanza, Pablo Iglesias, ha sido capaz de alimentar en mí esa energía de optimismo de la que hace gala. Su mensaje de cambio, de deconstrucción del país –que tantas veces en círculos mucho más pequeños y anónimos algunos defendíamos mucho antes de que hubiera ninguna etiqueta con el rótulo crisis para pegarla encima del fracaso económico-social español–, se ha ido moderando con el paso del tiempo, a medida que crecían sus posibilidades de gobernar. En esa adaptabilidad, que no creo que sea necesariamente mala pero sí muy poco valiente, cuestiones como la renta universal básica han quedado un poco en el limbo de la ambigüedad, desdibujadas, sin una configuración clara y definida, ajustadas para contentar al mínimo común denominador de la ciudadanía, como si Podemos se hubiera convertido en un Smartphone recién salido de la fábrica, no personalizado por el usuario. De cualquier forma, ni siquiera ese tipo de medidas de rescate público de los españoles son suficientes para hacer que la ilusión renazca, al menos desde un punto de vista objetivo, pues está claro que subjetivamente sí lo han logrado en muchos casos.

Pablo Iglesias, líder de Podemos. (Imagen: El País).

Sin embargo, aunque admito que Pablo Iglesias es un soplo de aire fresco, un tipo preparado, con buena formación política y vocación de servir al pueblo, y que realmente es sincero cuando dice que quiere cambiar las cosas, creo que tampoco pretende atacar al principal mal que tiene este país, esa ausencia total de oportunidades de mejora que padecen la inmensa mayoría de españoles que han nacido en un entorno sin privilegios (ni siquiera digo humilde o pobre, sino algo más amplio), la cual deriva en la sensación más absoluta de derrota en aquellos que tienen mala tolerancia a la frustración. Por poner un ejemplo tangible, no observo que Podemos tenga un verdadero plan para modificar la situación de aquellos sectores laborales totalmente deprimidos y hundidos, que en España hay unos cuantos y todo el mundo sabe (incluso el PP) que la recuperación macroeconómica o la bajada del paro por sí mismas no conseguirían cambiar un ápice las cosas. Hay un volumen insoportable de personas en nuestro país que se formaron para desempeñar determinadas profesiones que, si la cruel lógica se cumple, saben que jamás podrán realizar.

Ello les expulsa hacia otros sectores donde –por ahora– se mantiene una tibia demanda de trabajadores; esas ramas de la actividad, tal y como hablaba con mi amigo el otro día, son y han sido siempre un foco espeluznante de precariedad salarial, exceso de horas trabajadas, multiplicidad de funciones y, en general, de la más aberrante explotación laboral. Son los sectores donde hay convenios colectivos que llevan sin reformarse muchos años a nivel nacional y que son intocables en un ámbito más reducido por la falta de representación sindical en los centros, donde existe temporalidad como norma y costumbre establecida, parcialidad en la jornada (muchas veces sólo en la cotización y no en la realidad), inseguridad constante y temor al disfrute de derechos tan elementales como la incapacidad temporal o el permiso por asuntos propios. No obstante, aún peor que todo ello es la intrínseca imposibilidad de mejorar, la sensación de desesperación al saber que no se puede promocionar ni abandonar esa posición por haber hallado otra mejor, o, todavía peor, la resignación conformista y derrotada. En definitiva, la falta de esperanza.

(Imagen: espanistan.net).

Ausencia de esperanza que se extiende hacia muchos otros ámbitos. En España no existe ni siquiera como mito algo parecido al sueño americano, esa supuesta proeza del tipo sin apenas recursos que a base de trabajo, iniciativa y una buena idea se convierte en un referente, ni tampoco hay un sistema de bienestar que se asemeje al de los países nórdicos, que permite una cierta igualdad entre las opciones de vida de una persona con una renta modesta y otra con un salario estratosférico. Por no haber, no existe para una gran parte de la ciudadanía ni siquiera la mera posibilidad de agarrarse al deseo de que algún día el desarrollo y la evolución de las cosas les permita una cierta comodidad, una holgura, el salir de la asfixia continua. No existirá esa compensación, la gente lo ha asumido. No hay esperanza.

(Imagen: brandonsneed.com).

La pregunta es: ¿existe alguna manera de erradicar esos males endémicos que asolan a España? Honestamente, creo que todo problema político, social o económico tiene su correspondiente solución. Pero también pienso que nadie está dispuesto a adoptar las medidas que serían necesarias para solventar los profundísimos defectos de los que adolece el sistema español y que probablemente implicarían en muchos casos un cambio absoluto de modelo e incluso de mentalidad en muchos ámbitos.

También es verdad que, después de tanto despropósito, de tanto tratamiento equivocado y, sobre todo, de tanta dejadez terapéutica, la enfermedad tiene una cura muy complicada. Haría falta un cirujano muy experto, capaz de arriesgarse, de bajar al barro, de diseccionar con su bisturí las zonas que otros no han querido ni siquiera explorar, de meter la tijera allí donde otros no se han atrevido a hacerlo y de tener esa pizca de fe extra que hace falta, porque también es necesario confiar en una especie de milagro para arreglar tanto desastre acumulado.

Al pensar en ello, se me viene a la cabeza la figura del Doctor Jack Shephard, el protagonista de la mítica serie Lost, que arregló la columna vertebral destrozada de la que poco tiempo después se convertiría en su mujer. Él inicialmente era un hombre de ciencia, que no creía en que fuera posible realizar tal hazaña. Había un 99% de posibilidades de que Sarah quedara paralizada de cintura para abajo para el resto de su vida. Pero Christian Shephard, el padre de Jack, le convence para que explote ese 1% que simboliza la esperanza en su recuperación. “Voy a arreglarlo”, le promete el personaje encarnado por Mathew Fox a su paciente cuando ella está ya en la sala de operaciones.

Varios años después, en la isla donde se desarrolla la trama principal de aquella inolvidable serie, es otro hombre de fe, John Locke, quien mueve la parte menos racionalista y menos escéptica de Jack, convenciéndole de que hagan detonar una misteriosa escotilla imposible de abrir desde el exterior porque carecía de manija. Una vez explotada, Jack y Locke se enfrentan a una nueva prueba desde sus respectivas perspectivas. El doctor no cree conveniente penetrar en el interior de esa estación subterránea, porque el acceso es extremadamente complicado y el espiritual Locke le replica: “Tienes razón, Jack, pero yo estoy cansado de esperar”. ¿Qué pretende encontrar allí este hombre por el que la isla ha obrado el milagro de devolverle la movilidad en las piernas, exactamente igual que hizo Jack con Sarah? Locke responde: “Esperanza”.

John Locke y Jack Shephard, una vez abierta la escotilla. (Imagen: lostpedia).

Tal vez eso es lo que haría falta en la política española, una combinación entre ciencia y fe, una mezcla entre el atrevimiento y el conocimiento, una actitud plagada de intención pero también de riesgo, un comportamiento que supiese manejar a partes iguales las posibilidades estadísticas de que mejoren las cifras del país y también la esperanza. Pero bajo mi punto de vista esto no existe en las nuevas fuerzas políticas españolas. O quizá yo no soy capaz de verlo, porque mi desencanto es tan grande que ni siquiera la savia nueva es capaz de regenerar mi tronco hastiado. Es posible que me sienta solo y aún más perdido que Jack en la isla. Puede ser que yo también necesite un Locke que adormezca al escéptico que se ha adueñado de mí.

Bien es verdad que en el caso de Lost el gran misterio que se encontraba sepultado bajo tierra no era otro que un sistema de control, basado en la introducción de un código bajo amenaza de que todo se fuera por los aires. Trasladado a nuestro caso, llegaríamos a la conclusión de que en realidad no se puede cambiar nada, por mucho que se tenga la aptitud, la actitud, se mueva la esperanza e incluso se crea en los milagros, porque hay fuerzas bien protegidas desde la sombra que lo impiden.

Pero aquello no era más que una serie de televisión… ¿No?

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2 respuestas a La política de la esperanza

  1. Alberto dijo:

    La penosa gestión pública de nuestro país, tanto en las épocas de bonanza económica como en la posterior crisis, ha provocado que una buena parte de los ciudadanos españoles estén, como en la serie, “perdidos”, sin ningún tipo de expectativa laboral, económica, social e incluso emocional. Esto se debe a que hemos confiado los asuntos públicos a unos charlatanes a quienes el puesto les quedaba extremadamente grande. Cuando la situación es tan penosa como la actual, solo cabe, a mi modo de ver, una solución posible: la llegada de un valiente que se atreva a romper el sistema de vicios constituidos con una limpieza de trazo grueso, que necesariamente expulsaría tanto a justos como a pecadores. Un John Locke que proponga algo tan revolucionario, y a la vez tan simple, como no pulsar el botón que los esclaviza en el interior de un búnker.

    • alber4 dijo:

      Como siempre, increíble y acertado comentario, Álber, aunque te recuerdo que al principio es precisamente Locke quien está obsesionado con que se pulse el botón, considerándolo “a leap of faith”, un salto de fe. Un abrazo y mil gracias, tocayo, y no sólo por el comentario, como bien sabes.

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