Ganar dando patadas

Siempre me han gustado las metáforas futbolísticas y no sólo aplicadas al ámbito de la política, sino a muchos otros aspectos. El balompié, ese deporte aparentemente estúpido diseñado para mentes simples, encierra en realidad toda una compleja simbología en sus vocablos, conceptos y tácticas que a veces parece haberse tomado directamente de la propia vida, como si no fuera más que un reflejo de ella. Aunque en realidad, y esto es lo verdaderamente interesante, en ocasiones da la sensación de que es la vida la que acaba asemejándose al fútbol.

Esto viene a cuento del paralelismo que se ha hecho por parte de algunos entre la fuerte irrupción de Podemos en la escena política española y la trayectoria del Atlético de Madrid, último campeón de Liga y que discute la tradicional bipolaridad Madrid-Barça que ha dominado casi dictatorialmente, con pequeñas excepciones, el panorama futbolístico español en las últimas décadas. Tiempo que más o menos coincide con la tiranía bipartidista que ha ocupado el gobierno de España durante nuestra aún joven democracia. El propio líder de Podemos, Pablo Iglesias, asegura admirar al Cholo Simeone, entrenador del Atleti, y ser un entusiasta de la filosofía rojiblanca del disputar “partido a partido” el trono a los dos poderosos, “pese a tener mucho menos dinero”, ha precisado Iglesias en alguna ocasión.

Esta comparación ha sido más o menos celebrada por la gente afín a Podemos, aunque sin duda habrá muchos aficionados al Madrid o al Barça entre sus votantes (reales o potenciales) y también otros a los que no les gustará el fútbol o incluso lo detestarán. Pero el símil parece convincente y acertado.

Simeone, manteado por sus jugadores tras ganar el Atlético de Madrid la Copa del Rey 2013 frente al Real Madrid (Imagen: Telegraph).

Por mi parte yo, a pesar de que no soy muy dado a tirar de mi propia hemeroteca (ni vital ni la relativa al mundo de mis ideas y pensamientos), voy a ser mi propia fuente en esta ocasión, como si por un momento me transformase en un tipo que se cree igual de ingenioso y bien pagado de sí mismo que el profesor Iglesias. Recopilando mis propias paranoias (tal vez eufemismo de estupideces) sobre el tema, haré un breve recorrido de la reciente historia política de España así como de la futbolística, tratando de defender la simetría existente entre ambas, a veces tan precisa que resulta incluso siniestra.

Recuerdo perfectamente que ya cuando el muy madridista Aznar era presidente yo veía clarísimo el paralelismo que existía entre el Real Madrid y el Partido Popular (ya sé que también hay madridistas rojos, negros y amarillos, pero el club, además de blanco, es claramente azul; hablo de su espíritu, de lo que simboliza, no de sus aficionados). Antes de que el hombre que previamente había inaugurado el primer Corte Inglés de mi ciudad se convirtiera en líder del gobierno nacional (sin movimiento y ya no de transición), había sido el Barça de Cruyff el que había dominado el fútbol español durante la primera década de los noventa. Eran los tiempos en los que el gobierno de Felipe González agonizaba envuelto en miles de escándalos de corrupción y desfalcos arrastrados prácticamente desde el principio de su mandato, a principios de los ochenta (que sí, que no es de ahora, coño, leed los tebeos de Mortadelo y Filemón).

El apodado Dream Team del Barça, dirigido por Johan Cruyff. (Imagen: fotosdeldeporte.blogspot.com).

Parece que fue entonces cuando el PSOE comenzó a identificarse con el Barça (que sí, joder, que ya sé que hay peperos del Barça, de hecho yo conozco a unos cuantos; repito que esto no tiene nada que ver con sus simpatizantes), como si ya no le valiera que ganase siempre el Madrid, porque olía rancio y capitalista. Los del Madrid siempre eran los más ricos, los más guapos, los más conocidos y los más españoles, sonaba todo muy franquista. El PSOE, al igual que el Madrid, siempre ganaba aunque no jugase bien (algo muy habitual en la historia del conjunto merengue, del que siempre se ha destacado su facilidad para sacar partidos de forma milagrosa, algunas veces por su fe y carácter ganador, otras aliado con la suerte o con el árbitro) y quiso dar un giro a su filosofía. El Barcelona, sobre todo con Cruyff al mando, parecía más trabajador y colectivo, sin tanta estrella millonaria (aunque también las tenía), y tenía una característica diferencial que gustaba mucho en Ferraz: le importaba ante todo jugar bien, tocar el balón, dar espectáculo, no basarse en las individualidades sino en el grupo. Felipe González había funcionado muy bien, pero ya estaba endiosado y parecía alejado por completo de la realidad, los socialistas tenían que buscar otros líderes y otro estilo. Aún así, tenían que mantener a Felipe, porque su fuerza mediática era demasiado poderosa como para desperdiciarla.

Inicialmente, les salió bien la jugada, porque el PSOE consiguió ganar unas elecciones, las de 1993, en las que mucha gente les pronosticaba la derrota. Sin embargo, en la práctica tanto el PSOE como el propio Barça lograron el triunfo al estilo del Madrid, en el último partido de la Liga, por los pelos, con esa pizca de fortuna que muchas veces diferencia al campeón del perdedor. La suerte parecía haber cambiado de bando; daba la impresión de que el Madrid se había aliado con el infortunio prácticamente por primera vez en su laureada historia.

José María Aznar y Felipe González. (Imagen: La Vanguardia).

Pero ya se sabe que el club blanco tiene la misma mentalidad que el PP. Ellos se ven siempre ganadores, incluso cuando pierden por goleada. Su equipo jamás se rinde, es poderoso, cierra filas, sus seguidores son tremendamente leales, no se borran cuando el resultado les es desfavorable y acuden a votar en masa. En 1996 desbancaron al PSOE tras catorce años de  gobierno socialista, aunque el triunfo fue por la mínima. El partido había sido disputado y no demasiado definido, como si tantos años de felipismo no fueran tan fáciles de borrar y fuese necesaria una especie de transición para que los españoles nos acostumbráramos. En lo futbolístico ese impass lo marcó precisamente el Atlético de Madrid con su famoso doblete (por cierto, Simeone formaba parte de aquella plantilla). Una vez más la política y el fútbol actuaban como espejos recíprocos.

El Atlético de Madrid del doblete. (Imagen: http://www.colgadosporelfutbol.com).

Pero fue algo muy efímero. El país volvía a oler a madridismo y a Partido Popular por los cuatro costados. No tardó mucho José María Aznar en parecerse al presidente soberbio e intransigente que sus acólitos deseaban que fuera y sus ocho años de gobierno férreo, muy capitalista y bastante más prepotente que el actual de Mariano Rajoy (tal vez porque Aznar sí tenía liderazgo, o eso dicen los que compartieron botella con él, como mi sempiterno alcalde León de la Riva), se solaparon con la conocida como era de los galácticos en el Real Madrid, cuya filosofía fue llamada primeramente Zidanes y Pavones y todas esas giliflautadas que tanto nos gustan a los periodistas deportivos. Aunque los mandatos de Aznar y Florentino Pérez (en su primera etapa en el club blanco), no coincidieron exactamente en el tiempo, sí lo hicieron en la parte esencial del recorrido, la segunda legislatura del aznarismo, la de la mayoría absoluta y la más repugnante en cuanto a su imagen pública, cuando se creía presidente investido por gracia divina, más o menos igual que su coleguita Florentino, a cuyo lado se sentaba habitualmente en el palco del Bernabéu y a quien Emilio Butragueño de hecho calificó como de “ser superior”.

De izquierda a derecha, David Beckham, Luis Figo, Ronaldo, Zinedine Zidane y Raúl, principales representantes de la era de los galácticos. (Imagen: http://www.everyfubol.com).

Aznar y Florentino se repartieron los títulos, los parabienes y la gloria en España durante esa época tan pepera como madridista, así como el dinero, y muy probablemente no sólo el blanco merengue. Mientras tanto, el Barça, mucho más parecido al PSOE, se sumía en luchas internas de poder, no era capaz de mantener la disciplina dentro de la formación, las diferentes secciones (federaciones en el caso del PSOE) funcionaban por su cuenta, existían corrientes ideológicas encontradas y no hallaba a una figura carismática que uniera a todas ellas y les devolviera a la senda del triunfo, al igual que la formación política del puño y la rosa no era capaz de cubrir el tremendo vacío dejado por Felipe.

Florentino Pérez y José María Aznar. (Imagen: martiperarnau.blogspot.com).

Tal fue la debacle culé durante aquellos años que, aunque sí que consiguiera algún título (el Barça y el Madrid son los clubes más ricos y con mayor masa social de España y no pueden estar muchos años sin celebrar trofeos, es como si se llegara a la situación de que el PP o el PSOE no gobernaran en ninguna autonomía o en ningún Ayuntamiento), hubo una temporada, la 2002/2003, en la que el equipo no fue capaz siquiera de clasificarse para la Champions League. Recuerdo que en aquella época hubo aficionados al Barça que renegaron de tal condición y que, excepto los más fervientes seguidores, muchos agachaban la cabeza ante sus homólogos madridistas, que les dirigían bromas y hacían mofa, befa y escarnio de cada nuevo ridículo barcelonista, muy habituales sobre todo bajo el mandato presidencial de Joan Gaspart, entre 2000 y 2003.

Pero amigo, la excesiva arrogancia puede jugar malas pasadas a cualquiera, incluso si eres el todopoderoso Real Madrid. El Barça se puso a construir un equipo nuevo, buscando resucitar de entre las ruinas a las que le sumió deportivamente el gasparismo, así como el PSOE buscaba recuperarse del varapalo de las elecciones de 2000, donde cosechó un resultado paupérrimo tras presentarse conjuntamente con Izquierda Unida. Y, de esa forma, la tortilla volvió a voltearse. En la campaña 2003/2004, el fútbol español y la política española se volvieron a mimetizar de una forma casi mística, y esta vez de una manera tan precisa que, si no fuera porque yo ya era bastante escéptico (aunque menos que ahora), me hubiera dado por pensar que aquello no podía ser una mera coincidencia.

Aznar y Florentino. (Imagen: Marca).

La temporada estaba bastante avanzada y el Madrid seguía en la senda de los últimos años, avasallador. Iba primero en la Liga, estaba en la final de la Copa del Rey y en cuartos de la Champions. Por su parte, nadie pensaba que la victoria del PP en las elecciones del año 2004 peligrase, pese a que Aznar ya no sería el candidato y al rechazo social por la decisión del presidente que soñaba con hablar tejano de formar parte del Pacto de las Azores en el que se acordó la intervención militar en Iraq. Entre tanto, el PSOE tenía un nuevo líder, bastante joven, de talante diferente a los anteriores, supuestamente alejado de las viejas guerras entre guerristas y felipistas (se decía que su ideología representaba la tercera vía dentro del PSOE) y que había generado algo de esperanza, aunque no acababa de calar entre la ciudadanía, José Luis Rodríguez Zapatero (declarado aficionado culé). Por su parte, el Barça también tenía nuevo presidente, Joan Laporta, y quería reencontrarse consigo mismo, con su identidad perdida, la del añorado Johan Cruyff, pero las cosas no acababan de marcharle bien. En definitiva, nada hacía presagiar que la situación política y futbolística en España cambiara.

Aznar y Florentino celebran la victoria del Real Madrid en la final de la Champions 2013/2014. (Imagen: Youtube).

Sin embargo, llegó el tristemente famoso mes de marzo de 2004, todo se torció para el PP y para el Real Madrid en muy pocos días e igual que hubo un vuelco electoral inesperado también se produjo una modificación radical y bastante poco esperable en el panorama futbolístico español, aunque por supuesto las causas de una y otra cosa fueron bien distintas. El día más negro en la historia reciente de España, el 11 de marzo de 2004, supuso la debacle para el PP, castigado en las urnas por la ciudadanía debido a su gestión de la tragedia y a aquella implicación de España en la guerra, y el PSOE recuperó el mando del país el 14 de marzo.

Pese a que el terrible atentado perpetrado en los trenes que se dirigían a Atocha está en un plano infinitamente más serio que las banalidades futbolísticas, la realidad es que El Madrid perdió los tres títulos de la temporada en poco más de un mes, en primer lugar la Copa del Rey en la final disputada el 17 de marzo contra el Zaragoza por 2-3. Después fue eliminado en cuartos de final de la Champions ante el Mónaco (6 de abril) y encadenó una serie de derrotas en la Liga (especialmente sonrojante y dolorosa la cosechada ante el Mallorca en el Bernabéu por 0-3 el 11 de abril), que desembocaron en el partido que representó perfectamente el cambio de tendencia, la derrota ante el Barça en feudo madridista por 1-2 acaecida el 21 de abril. El equipo barcelonista no ganó aquella Liga (al igual que en la temporada 1995/1996, la Liga 2003/2004 fue de transición, y se la llevó el Valencia, curiosamente el club de la ciudad que mejor representa el despilfarro que llevó a cabo la Administración española en aquellos años de supuesta bonanza económica), pero la remontada espectacular que hizo el equipo de Rijkaard les llevó a ocupar la segunda posición, adelantando al Madrid, en una analogía perfecta del cambio que se avecinaba para los años venideros en todo el país.

Zapatero, Carles Pujol y Joan Laporta. (Imagen: rafanomejodas.info).

En efecto, el estilo cambió, tanto en la política como en el fútbol. El Barcelona jugaba de una manera elaborada, preciosista, al toque, con paciencia, mecánica; confiaba en los valores de la casa, el equipo se construía desde la base; Zapatero sonreía en el palco junto a Laporta, lanzaba proclamas de tolerancia, pacifismo y buenismo a raudales. El Barça ganaba Ligas y Champions, primero con Rijkaard, y después con el hombre que logró la excelencia en el estilo barcelonista, Pep Guardiola, esto ya coincidiendo con la segunda legislatura de Zapatero, durante la que el partido socialista gozó de mayoría absoluta, dándose por tanto el mismo paralelismo entre el PSOE y el Barça que el que había existido años atrás entre el PP y el Real Madrid. Cierto es que durante aquellos ocho años los culés no se llevaron todos los títulos, pero el equipo de los Messi, Iniesta, Xavi y Pujol fue el gran dominador de una era que para muchos ha sido la mejor de cualquier equipo en la historia del fútbol español.

Joan Laporta, Ángel María Villar (presidente de la RFEF) y Zapatero. (Imagen: http://www.izquierdahispanica.org).

Si uno miraba sólo a la superficie, también unos cuantos pensaban que el zapaterismo había logrado llevar el esplendor y la bondad a la política y a la sociedad españolas, incluso fuera de sus fronteras con aquella arcadia llamada Alianza de las Civilizaciones. Parecía que la forma de hacer las cosas de aquel gobierno era solidaria como el fútbol del Barça y ese talante del que tanto presumía el nuevo estilo de La Moncloa. Pero fue entonces cuando toda España se dio cuenta de algo que determinados críticos, tachados de exagerados, fanáticos, alarmistas, anarquistas, anormales o antisistema llevaban denunciando desde hacía mucho tiempo (sí, hombre, me refiero a esa época en la que no estaba tan de moda salir a la calle con pancartas ni sentarse en las plazas, cuando la sociedad estaba adormecida y ponerse a criticar a las dos sacrosantas Españas simultáneamente era como poner música rock en los actuales 40 Principales). Como digo, mucha gente se cayó del guindo y reparó en que el PSOE, al igual que el Barça, tan catalán y més que un club, siempre había buscado diferenciarse, separarse, ser distinto del PP, pero en el fondo vivía en el mismo edificio capitalista, con la única salvedad de que en el ala que ocupaba se exigía menos etiqueta y mejores formas externas.

Zlatan Ibrahimovic, Pep Guardiola y Jose Mourinho. (Imagen: blogdemou.com).

Tanto Zapatero como Guardiola (sí, hijo, también él), tenían su lado oscuro, no detectado en una primera fase, pero que se fue destapando con el paso de los años. A uno y a otro les tocó sufrir sus respectivas némesis, que les llevaron a convertirse al reverso tenebroso de la fuerza. Mientras que en el caso del técnico culé fue otro Pepe (Mourinho) quien consiguió destruir esa imagen zen y sacarlo de sus casillas (además de derrotarlo en alguna ocasión), en lado de la política Angela Merkel se encargó de que Pepe Luis Rodríguez Zapatero tirara por tierra en apenas un año su falsa pompa de gobernante ecuánime y generoso.

Zapatero y Merkel. (Imagen: Telegraph).

Estaba claro que con tanto desastre socialista y tanto Pepe de por medio había de aparecer de nuevo sobre el cielo plagado de nubarrones el partido de la gaviota, que el genio de Ibáñez se encargó de caricaturizar en su álbum de Mortadelo y Filemón Marrullería en la alcaldía dibujando en su lugar un buitre, experto en recoger las carroñas y los desechos dejados por la negligencia de la rosa marchita y el puño con artrosis. Para colmo de presagios, se había producido otro regreso indispensable para que el simbolismo pepero-madridista dirigiera nuevamente sus pasos por la senda de la gloria: Florentino había vuelto a ser elegido presidente (en realidad, él había decidido volver a ser presidente) en 2009, cuando el zapaterismo empezaba a perder la poca credibilidad que le quedaba y el fantasma de la crisis económica-financiera había ya tomado cuerpo para que todos los españoles nos acordáramos de que en realidad siempre habíamos vivido en crisis. Y otra vez la eterna historia española del bipartidismo político-futbolístico alternante (como si nada hubiera cambiado desde la época de Cánovas y Sagasta): regresó el PP y el Real Madrid comenzó a imponerse de manera cada vez más habitual al F.C. Barcelona.

Rajoy y Florentino. (Imagen: El Confidencial).

El fútbol del PSOE se transformó nuevamente en una aberración egoísta, donde cada uno comenzó a hacer la guerra por su cuenta, al más puro estilo del partido que fundara el otro Pablo Iglesias hace más de un siglo. Y en realidad así sigue, hasta hoy. En el caso del Barça, la caída no fue tan pronunciada ni dramática, pero igualmente los conflictos internos, germinados ya antes de la salida de Guardiola y tan idiosincrásicos de la institución azulgrana, tan catalana incluso para esto, batiéndose eternamente en una lucha por definirse claramente, queriendo ser diferente pero con facciones enfrentadas, exactamente igual que su hermano político el PSOE, han conducido al club culé, si bien no a quedarse en blanco (nunca mejor dicho), sí a caminar a rebufo del Madrid los últimos tres años, los mismos (aunque parezcan tres dolorosos lustros) que llevan ocupando La Moncloa el tercer gallego en el orden de sucesión de la derecha española, Montoro, Soraya, De Guindos y demás secuaces. Y Rajoy, esto es, el Gallego III, es madridista, como no podía ser de otra manera.

Sin embargo, ay amigo y amiga que aún estáis leyéndome (os merecéis un aplauso), algo está cambiando. Las cosas no van exactamente como deberían. La mayoría absoluta y aplastante del PP por el momento no se ha traducido en idéntica hegemonía madridista sobre los campos de fútbol nacionales (con perdón), por mucho que se haya conquistado la ansiada décima. Un atisbo de peligrosa rojez para los creyentes en el Madrid-barcelonismo aparece cada vez más a menudo junto al disco solar, reflejándose sobre el Paseo de la Castellana, como un preludio de la tarde que declina y creando un extraño efecto violeta sobre la gran bandera rojigüalda de Colón, que parece ya no ondear en guiño eterno a la diosa Cibeles, sino que da la impresión de ir adquiriendo cada vez más una inclinación sur, como si estuviera pidiendo a gritos una operación de cambio de sexo para fugarse con el dios Neptuno.

El Atlético de Madrid del Cholo Simeone, campeón de la Liga 2013/2014. (Imagen: http://www.conmebol.com).

Y es que cuenta una moderna leyenda urbana de la capital de España que la creciente demanda de pintura roja ha acabado con sus existencias desde Chamartín hasta Legazpi y que aquella es utilizada para colocar franjas coloradas en la sacrosanta camiseta blanca que con tanto orgullo lució otrora tiempo Alfredo Di Estéfano, con el beneplácito de Dios, Franco y Don Santiago Bernabéu. Dicen que incluso los niños exigen a sus profesores realizar esta extraña manualidad en sus clases de Plástica, aún a riesgo de ser cazados por sus padres madridistas. Comentan que el mismísimo Rey de las Españas, investido monarca por la gracia del Altísimo y de la Constitución Española (que para algunos viene a ser lo mismo) es fan a muerte del Atlético de Madrid

Sin embargo, que nadie se emocione por esta aparente conjunción de señales. Esto no quiere decir que el próximo presidente del gobierno vaya a ser Pablo Iglesias, fan del Cholo Simeone y del conjunto rojiblanco. Podría ser que sí, pero no está claro. Vivimos el momento de mayor incertidumbre en la historia reciente del fútbol español y, por tanto, también en la política, es difícil realizar un vaticinio certero. Lo que sí parece claro es que, al igual que hace Podemos con el Partido Popular, los colchoneros de pro consideran al Real Madrid su enemigo acérrimo, su rival a batir, el más fuerte de los dos integrantes del bipartidismo futbolístico.

Alexis Tsipras, líder de Syriza. (Imagen: enetenglish.gr).

Quién sabe si no están cometiendo un error de cálculo y subestimando al PSOE, aparentemente deprimido y viviendo un proceso de cambio de ciclo, de alarmante indefinición, más o menos igual que el Barça, que no acaba de recuperar su estilo perdido tras la marcha de Guardiola, pero que todavía tiene la capacidad de eliminar al Atleti de la Copa del Rey, aunque algunos digan que fue por culpa del árbitro. Y en efecto, me lo han quitado de la boca, en esto también influyen los colegiados, y mucho. Baste el ejemplo de Grecia. Los mercados ya han dicho alto y claro que el fútbol practicado por Syriza y Alexis Tsipras no les gusta. Eso de jugar con intensidad, a veces rayando la agresividad, al límite, con carácter, rebeldía y un poco al despiste, con una táctica defensiva y destructiva del juego del rival para irle mermando la moral y contraatacar en los momentos clave o aprovechar los fallos del contrario (por cierto, así más o menos ganó Grecia la Eurocopa de 2004), no les gusta a los jueces de todo esto. Ni a los que visten de amarillo y tienen silbato ni a los que operan en las bolsas. Y no olvidemos que toda esa garra, esa pasión a veces algo virulenta y marrullera, va en el ADN atlético que tanto valoran sus aficionados, y también por efecto simbiótico en el de Podemos.

Grecia, campeón de la Eurocopa 2004 (Imagen: UEFA).

Sin embargo, hay algo en todo esto que va mucho más allá del estilo futbolístico y en lo que nadie parece haber reparado. Uno puede pasarse varias horas (como he hecho yo) soltando gilipolleces a la hora de establecer este tipo de comparaciones deportivo-políticas que, supongo yo, no son más que coincidencias, pero, ya que nos hemos puesto con la tontería, habría que decir que el Atlético de Madrid no dejará de ser un club rico, el tercero más poderoso en poder mediático, masa social y presupuesto (y en deudas con Hacienda). Además, el 20% de su accionariado pertenece desde hace un par de semanas a un millonario chino que planea realizar un importantísimo proyecto urbanístico y de ocio (vaya, ¿a qué me suena a mí eso?) y en su día el dueño era un tal Jesús Gil, encarnación perfecta del pelotazo en España (eso sí, al estilo atlético, muy de la calle, no de la manera cuasi divina de Florentino, tan típica del madridismo). Supongo yo que, si el credo de Iglesias se aplicara al mundo del fútbol, implicaría calificar al Atlético de Madrid de casta. O tal vez me equivoco y Pablo Iglesias me corregiría, pues no hay que olvidar que al nuevo mesías de los parias españoles le parece muy correcto y ético (sí, ya sé que, según la mayoría de los expertos, no incurrió en ilegalidad, pero no hablo de eso) que uno de sus más íntimos colaboradores, Juan Carlos Monedero, cobre más que cualquier consejero de una gran empresa por realizar informes políticos y tenga parte de ese dinero inmovilizado en una cuenta bancaria y otra invertida en un medio de comunicación al servicio de sus fines ideológicos y que, según cuentan por ahí, no se porta demasiado bien económicamente con sus trabajadores. No obstante, también hay que tener en cuenta que mucho de esto (pero no todo) es obra y creación de la caverna mediática, denominación que precisamente utilizaban en otro tiempo desde el F.C. Barcelona para referirse a los medios de comunicación de Madrid.

Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero. (Imagen: http://www.frentecivicosomosmayoria.es).

En cualquier caso, a mí estas cosas sólo me producen interés desde un punto de vista bastante aséptico y alejado de los sentimientos, como ciudadano español al que no le queda más remedio que conocer y analizar las diferentes posiciones políticas, las distintas filosofías futbolísticas que ponen en liza sobre el césped del hemiciclo o en los platós de televisión los que dictan las leyes (o a los que se las dictan) y aquellos que aspiran a hacerlo.

Pero, más allá de ese conocimiento de la política, mezcla de afición y de deber ciudadano, tengo que decir que yo jamás fui ni del Barça ni del Madrid… Ni del Atleti, aunque he de reconocer que el equipo rojiblanco actual me genera bastante más simpatía que aquellos. Tengo como castigo o como bendición, según se mire, haber nacido y crecido en una ciudad cuyo equipo de fútbol siempre ha sido de los pobretones (aunque ni siquiera este tipo de equipos fueron ajenos al desmadre económico del deporte futbolero), de los que nunca han tenido figuritas, ese tipo de conjuntos honrados y algo tontunos, sin capacidad de presión mediática, poco listos y nada cancheros, nobles en su fútbol, bastante pardillos, luchadores con tesón y en buena lid. Eso me ha supuesto no poder celebrar triunfos, tener casi impedido por naturaleza identificarme con los ganadores, pues estos siempre son los ricos, siempre son de la casta. No, querida, te confieso que adolezco del gran defecto de no poder esperanzarme ni creerme fácilmente lo que me cuentan aquellos que desean ostentar el poder y me pierdo el momento de la euforia, la foto y el champán, aunque ahora dicen que lo que se lleva es seguir currando en la sede y poner el gesto mustio y muy serio ante los medios.

Felipe González, Mariano Rajoy, Juan Carlos I, José Luis Rodríguez Zapatero y José María Aznar. (Imagen: ianasagasti.blogs.com).

Debo admitir, de una forma bastante lánguida, que yo sólo puedo identificarme con esos equipos que jamás ganarán títulos ni triunfarán en unas elecciones, que sufrirán los reveses, la incomprensión y el abandono de aficionados e instituciones cuando más los necesiten, que penarán por la competición con el único objetivo de ir sobreviviendo y llegar lo mejor posible al final de la jornada, sin que el cambio de manos en las altas esferas les cambie en nada la vida.

Concentración en la Puerta del Sol convocada por Podemos el 31 de enero de 2015. (Imagen: 20 Minutos).

Tal vez el problema sea mío, después de todo. Quizá debería cambiar de equipo, dejar de pensar tanto y ponerme la camiseta de los que ganan hoy o lo harán mañana. Aplaudir los goles y celebrar los trofeos de los clubes ricos. Pero no puedo, cariño, jamás fui competitivo ni se me dio demasiado bien dar patadas. O, como me dice un buen amigo (que es del Barça y en su día fue de Zapatero), quizá simplemente es que he perdido la fe en que nosotros también podemos ganar.

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