Nieves sin bienes

Recuerdo vagamente (como casi todo) aquellas mañanas de invierno de tejados blancos, patios nevados, recreos a bolazos, resbalones y risas. En Valladolid nunca abundaron, por eso las pocas que había, tal vez sólo una o dos a lo largo de todo el invierno, se vivían a tope. Tal vez esto no lo pueda entender una segoviana, una abulense o una burgalesa, pero una pucelana sabe bien de lo que hablo. Los chavales nos enterábamos los primeros, incluso antes de levantarnos ya sabíamos que había nevado. Sí, de acuerdo con que había trasnochadores o madrugadores de esos que menciona Sabina en sus canciones (a la hora de los perros del amanecer) que conocían las noticias meteorológicas de primera mano, en vivo y en directo, pero no podían competir con la percepción de los niños. Nosotros detectábamos antes que nadie la caída de los copos y el alfombrado sobre las calles de esta ciudad habitualmente grisácea y que esa clase de mañanas lucía luminosa, limpia, fresca, renovada, imprevisible, sorprendente, deslizante.

Cuando eso ocurría, se avecinaba un día especial, probablemente quedaba poco para que llegase Navidad o aún estaba presente la resaca de las fiestas infantiles por excelencia, los regalos todavía recién desenvueltos y los juguetes casi sin estrenar, con toda su frescura intacta. O bien se aproximaban los carnavales o la Semana Santa. Daba lo mismo, porque a esa edad las obligaciones sólo tenían sentido porque se llevaban a cabo entre fiestas y celebraciones continuas.

Dice un antiquísimo refrán castellano que año de nieves es año de bienes. Tal vez por eso esta capital, que pese a no estar reconocida estatutariamente lo es de facto, no haya sido prolija en fortunas. Lleva la derrota casi por enseña, no en vano en su escudo y en el de sus clubes deportivos más representativos luce el símbolo de la circunstancia más devastadora que acaeció sobre ella, el gran incendio del siglo XVI, que la dejó prácticamente reducida a cenizas. No hay nieve que compense tanto desastre y además escasea, como también lo hacen las riquezas y la prosperidad, y con ellas no sólo hablo de las materiales que acumulan pocas manos apalancadas  en patrimonio inmovilizado, sino también de aquellas que no se pueden tocar: el cariño, la pasión, el amor, la amistad; tan deleznables y reblandecidas como la nieve medio derretida.

Precisamente eso es lo que siempre sucedía a medida que transcurría la mañana. Cuando nos queríamos dar cuenta, ya casi no había blancura sobre el pavimento y el rastro compacto de nieve en el capó de los coches se iba diluyendo como nuestra ilusión. Al final, siempre acababa viniendo la lluvia para arrasarlo todo y dejar esa sensación de pesadez plúmbea, de suciedad húmeda en cada esquina. Y de nuevo a esperar semanas, meses o incluso un año entero para que la nieve volviera a hacer acto de presencia. Nosotros otra vez esperándola al acecho como depredadores con hambruna de magia, desde nuestros hogares calientes, poco después del alba, con las primeras luces del día, justo antes de afrontar una nueva jornada escolar, en aquella época en la que todavía lucían los crucifijos en las aulas y casi todos volvíamos a casa para comer.

Pero llegó un día en el que dejamos de ser los primeros en contemplar la caída de la esperanza blanca en pequeñas raciones dispersas. Nos hundimos en el camastro, se nos pegaron las sábanas, nos levantamos a la hora inapropiada, ya no estaban nuestros padres para despertarnos. Empezó a ser tarde para todo, apenas nos quedaron fuerzas para leer por Twitter los titulares sobre el temporal. Las bolsas se apoderaron de nuestra piel bajo los ojos como lo hicieron las de empleo de nuestros espíritus cada vez más impacientes.

Algunos tuvimos que trasladar la ilusión de los albores de cada día a los que nos prolongaron, tratándoles torpemente de explicar que debían seguir eligiendo las guerras de bolazos en las escasísimas mañanas nevadas vallisoletanas antes que las batallas virtuales de smartphones, tablets y demás algarabía tecnológica. Otros nos conformamos con mirar desde la ventana la patética retirada de la nieve, esperando a que llegara la jornada laboral tardía para regresar tras su conclusión a una casa fría, cuando la oscuridad ya había devorado la ciudad muchas horas antes y no quedaba ni el recuerdo del hielo entre los adoquines de la calle Angustias, ni un pedazo de dulce blancura sobre el desaliñado verde de los barrios del Oeste, esos que siempre tuvieron a la Victoria como límite por el norte.

Sin embargo, hoy yo me acuerdo sobre todo de los que tuvieron que prescindir de esas mañanas singulares, especialísimas, casi inexistentes, del invierno pucelano, cambiándolas por otras latitudes, normalmente más al sur, donde los vapores procedentes del subsuelo y el humo que sale de los atascos anulan todo resquicio de esperanza proveniente de un cielo cada vez más plomizo. Los recuerdo (vagamente, como casi todo), mientras observo a través de la ventana, a una hora ya muy tardía, algún lamentable resto de blancura que quedó sobre los tejados.

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