Carne, amor y sombras

En una de estas raras combinaciones que de vez en cuando se producen en el transcurrir de los acontecimientos cotidianos, el azar o la providencia, vete tú a saber, ha querido que hubiese una confluencia de festividades paganas este pasado fin de semana. Sin embargo, tanto el Día de los Enamorados como el Carnaval son tradiciones que guardan una tremenda relación con el cristianismo.

El primero ya existía antes de convertirse en maná de grandes almacenes, joyerías, floristerías y restaurantes, pese a lo que piensa mucha gente. Sus antiquísimas raíces provienen de la Edad Media, donde se creó o fabuló con la posible existencia en época del emperador romano Claudio II (siglo III d. c.) de un cristiano llamado Valentín, que oficiaba a hurtadillas matrimonios entre jóvenes parejas romanas. Dado que Roma prefería a sus soldados solteros en aras a que tuvieran menos ataduras familiares y se emplearan más a fondo en la tarea de matar sin temor a ser matados, el muy popular Valentín fue encarcelado por desafiar la prohibición.

Representación pictórica de San Valentín. (Imagen http://www.yorokobu.es).

En estas, y siempre de acuerdo a la leyenda, resultó que uno de sus carceleros, un tal Asterius, envió a su hija, de nombre Julia y ciega de nacimiento, para burlarse del que muchos siglos después sería canonizado por la Iglesia Católica: “Anda, majete, ya que dicen los de tu casta que eres tan santo, mira a ver si consigues que mi hija vea” (nótese en esta adaptación al lenguaje moderno que el término casta ya se utilizaba hace casi dos mil años), comentó Asterius con resquemor. Y Valentín, que a chulo al parecer no le ganaba nadie, no sólo hizo que los ojos de Julia percibieran las cosas que pueblan este mundo, sino que además se enamoró de la muchacha.

Esto enfureció a Asterius, que por lo visto no quería a Valentín como yerno, si bien el pobre santo enamorado ya estaba condenado previamente por haberse enfrentado a la todopoderosa autoridad de Claudio II de Roma. Así que acabó decapitado (en algún sitio he leído que de ahí viene la expresión “perder la cabeza por amor”) el 15 de febrero. Dice finalmente la leyenda que, en los estertores de la muerte, cuando la parca ya venía a recogerlo, en la noche del 14 de febrero, el cura atravesado por Cupido escribió una carta a su amada Julia en la cual firmó como “tu Valentín”. Así que de ahí procede la costumbre (ya prácticamente perdida en los tiempos del detalle a base de billetera y de la imaginación a golpe de tuit) de enviar cartas de amor en esa fecha.

Pero bueno, ya se sabe que luego todo se pervirtió, vinieron el Corte Inglés, las tiendas de los chinos y los cocineros de pasta para sacar tajada y, por si fuera de poco, apareció el aguafiestas de Falciani con su lista tan poco romántica. Qué poca consideración con el pobre Valentín, que su vida arriesgó primero por conceder amor a otros y luego por permitírselo a sí mismo.

Paralelamente a este fasto de historia tan trágica y también en la Edad Media, se institucionalizó de alguna forma el Carnaval español en base a la mítica alegoría de Don Carnal y Doña Cuaresma, escrita por Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, y recogida en su Libro de Buen Amor. Ya antes existía la tradición (de origen grecorromano) de que los días previos al comienzo de la Cuaresma, que suponía aplicar toda la retahíla de penitencia y contrición cristiana, la Iglesia levantara la mano para permitir al pueblo llano que se desfasara un poco (que nadie piense en orgías, estábamos en la Edad Media; unos disfracitos, unas cuantas máscaras, alguna borrachera y leves tocamientos por debajo del jergón) antes de que llegara Marta con las rebajas y les tocase a todos encoger el rabo entre las piernas, hacer ayuno y recuento de pecados y darse a la austeridad (nótese que en estas lides la Santa Sede siempre fue mucho más efectiva y convincente que Merkel, la Troika y Montoro juntos).

“El combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma”, cuadro del pintor flamenco Pieter Brueguel El Viejo. (imagen: profeanaalvarez.wordpress.com).

Pero fue en aquella batalla literaria escrita en verso donde se reflejaron los elementos típicos que enfrentaban los ritos paganos y cristianos en Castilla durante esas fechas del año. Se citaron los dos contendientes el Miércoles de Ceniza para llevar a cabo la lucha. Llegado el día, Don Carnal, orondo, tragón y amante de los excesos, se plantó en el lugar de la confrontación con su ejército lleno de cosas carnales (cerdos, bueyes y un sinfín de grasas), mientras que la escuálida, enjuta de carnes y estirada Doña Cuaresma acudió a la refriega con todos los combatientes que representaban la vida sana, principalmente vegetales y pescado. Pese a esta aparente descompensación de fuerzas, lo cierto es que la contrita Cuaresma acabó venciendo, si bien para ello se valió del festín excesivo que se pegó Carnal, tan facilón a la hora de caer en el vicio y las tentaciones, durante un receso en las hostilidades.

Aunque lo que pasó después excede ya al ámbito de estas festividades de mediados de febrero,  es importante comentar que quedó preso Don Carnal durante los cuarenta días de las restricciones religiosas y puesto a dieta. Pero cuando llegó el Viernes Santo un arrebato inesperado de energía, tal vez por mor de algún estupefaciente de la época, le permitió escapar de su cautiverio, librarse de sus captores y obligar a la rancia Cuaresma a refugiarse en Jerusalén. El incorregible Carnal apareció el Domingo de Resurrección sobre una carroza de música trayendo aires renovados al ambiente. La primavera y abril se avecinaban y la alegría volvía al pueblo llano, tan castigado por las imposiciones sacras. Lo más curioso de todo es que el pasaje de la obra por antonomasia del mester de clerecía cuenta que fue Don Amor el principal aliado de Carnal en su fuga y posterior victoria.

Doña Cuaresma y Don Carnal. (Imagen: http://www.moobit.es).

Y he aquí que, un buen porrón de años después de aquello, con unas cuantas guerras a las espaldas, alguna que otra dictadura y la misma crisis económica de siempre, Don Carnal y Don Amor se han reunido de nuevo. Claro que este 2015 no se trata ni mucho menos del primer año en el que el 14 de febrero coincide con el Carnaval. Es habitual que las mascaradas, el embuste de los rasgos físicos, el engaño piadoso y el anonimato frívolo se mezclen con los acaramelados gestos de las parejas recién construidas o aquellas hastiadas que buscan mantener las formas de cara a la galería.

Pero amiga, en este decimosexto año del segundo milenio hay un elemento diferenciador. Por si fuera poca carne para tanto amor, se decide estrenar la película basada en la novela erótica más famosa de todos los tiempos, 50 Sombras de Grey, obra de la escritora británica E. L. James. Y claro, ya ha sido la repanocha. Al tradicional plan de cenita romántica más suite en el Motel Venus o polvo en el asiento de atrás de la tartana de los padres le ha salido una dura competencia. Este año se ha considerado como forma de celebración de San Valentín ir al cine a ver como un millonario aficionado al sadomasoquismo le propone una relación sexual de dominación y sumisión a una universitaria. Y se supone que tal cosa resulta excitante y sirve de preliminares para ser complementado después por el ya mencionado coito a bordo del coche de los viejos (nótese que se puede cambiar este concepto por “vehículo de carrozas” y así parece que uno está hablando de otra cosa mucho más refinada) en el aparcamiento del Estadio Zorrilla.

La autora de “50 Sombras de Grey”, E. L. James, a la derecha de la imagen, durante la premiere de la adaptación cinematográfica de su novela, junto a los actores de la película. (Imagen: sensacine.com).

Confieso que yo no he leído 50 Sombras ni he visto su adaptación cinematográfica (admito que mi intención de hacer cualquiera de las dos cosas es aproximadamente la misma que la intención de voto con la que cuenta Falange Española de las Jons), pero no le veo yo la gracia a esa actividad de ocio teóricamente apropiada para realizar en pareja en el día de las parejas. Llámame raro, pero le saco yo poco jugo amoroso  o siquiera sexual a ver sobre una pantalla como un fulano azota a una chica (eso sí, de forma consentida y previamente negociada, lo cual denota la madurez, la independencia y la autonomía de la mujer a la hora de elegir sus relaciones sexuales, según sostiene la pléyade de defensores de las Sombras).

Cartel promocional de 50 Sombras de Grey. (Imagen: sensacine.com).

Claro que quizá mi problema es que no he practicado nunca el sado. Me he perdido noches gloriosas en el uso de las fustas, cadenas y demás juguetitos de sometimiento y, como buen ignorante, critico lo que desconozco. Tal vez hace falta que me llegue el momento de conocer a alguna fan de las sombras con el rímel corrido para que me abra los ojos hacia el maravilloso mundo de la humillación en el sexo.

También es verdad que por lo que he leído por ahí (nótese que lo he hecho únicamente con fines documentales) la tan esperada película de la presunta liberación sexual femenina para algunos y de todo lo contrario para otros, además de mala con solemnidad, debe de ser bastante blandita, más apta para mojigatos que para morbosos, así que ni siquiera consigue el objetivo de satisfacer oscuros apetitos o de despertar la imaginación. En definitiva, debe estar más pensada para el amor que para la carne y precisamente eso puede explicar el hecho de que, pese a todo, el filme haya triunfado en este fin de semana en el que se conmemora la decapitación del pobre Valentín.

Y le quito el sobrenombre de Santo al legendario cura romano porque lo más curioso de toda la historia es que la Iglesia le quitó en 1968 su carácter canónigo, como si renegase de él, dado que no había pruebas fehacientes de su existencia. Y eso que en sus orígenes la Santa Madre de los católicos había utilizado y ensalzado la figura de este sacerdote del amor para contrarrestar otra celebración que le parecía aún más ignominiosa, la de las Lupercales, que tenía lugar el 15 de febrero. El rito básicamente consistía en que varios jóvenes en porretas (ataviados únicamente con tiras de perros y de machos cabríos previamente despellejados) triscaban por el monte en busca de toda fémina que pululara por allí para golpearlas con sus látigos y de ese modo supuestamente aumentar su fertilidad a base de dejarles la carne morada. Eso sí, las mujeres estaban previamente informadas del asunto y teóricamente accedían a ello de buen grado, o eso al menos decía la tradición.

Representación de las Lupercales romanas. (Imagen: digitaltintero.wordpress.com).

Vaya, resulta que después de todo eso de las hostias (con amor) a mediados de febrero no lo ha inventado Hollywood. Y, hombre, hay que admitir que los romanos cuanto menos tenían más punch a la hora de configurar el ritual. Era todo como mucho más agreste y primitivo; más auténtico, más animal. No había tanta mandanga como en el producto literario y cinematográfico de marras, con esa movida del contrato de dominación-sumisión. Los descendientes de Rómulo y Remo iban a saco, lobos y corderas dispuestos a dar y recibir. Total, así ha sido desde el principio de los tiempos y parece que incluso verlo exhibido sobre unas butacas calientes con unos pequeños añadidos de sofisticación occidental y refugiados por la penumbra (entre las sombras) sigue resultando todo un éxito, ¿no?

¿Qué hay de mí? Pues hombre, yo sinceramente prefiero el sexo normalito, si no es mucho pedir con alguna fantasía convencional y sin dominaciones ni sumisiones. Soy poco exigente. Ah, perdón, que no me preguntabais por eso… ¿Queréis saber que hice yo este fin de semana de disfraces, enamorados y sombras grises? Pues mirad, poca cosa. A falta de cartas de amor, elegí dedicarle una oda a San Ballantines (qué voy a hacerle yo, si me gusta el whisky sin soda) y, aunque soldado soltero, no tuve valor para ir a la guerra. Además tampoco me sentía motivado para unirme al bando de Carnal, mientras que a la Cuaresma era yo quien no la motivaba, así que acabé cautivo en un lugar inundado por las sombras donde no me dieron de comer ni carne ni pescado. De nada me sirvió alegar que se había acordado el alto al fuego en Ucrania; me replicaron que era de mentirijillas. Mi carcelera, una despampanante pucelana votante del PP, apareció de pronto con un instrumento de tortura muy poco sugerente para la vista y ataviada con una máscara del Carnaval de los verdugos. Me sonrío fríamente y me dijo que me preparara para ser lanzado al estrellato. Reparé en que había videocámaras instaladas en las esquinas superiores de la mazmorra.

Después de ser sodomizado durante cuarenta días se me ocurrió que, al igual que le había sucedido a Don Carnal durante su enclaustramiento a manos de Doña Cuaresma, Don Amor acudiría en mi auxilio. Grité desesperado: “¡Amor, amor, ayúdame!”. Entonces, a través de unos altavoces cuya presencia no había notado durante todo aquel tiempo, comenzó a sonar con una fuerza atronadora Colgando en tus manos de Baute y Marta Sánchez. El auténtico mundo de las sombras se cernió definitivamente sobre mí. Pedí clemencia y prometí hacer penitencia, pero fue en vano.

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