Partidos fuera de la cancha (I)

Existen múltiples ejemplos en el panorama deportivo español de políticos que han jugado a ser empresarios, especialmente durante aquella época en la que gastar dinero público para cualquier fin, por mucho que se desviase del interés general, resultaba tan sencillo como acercarte a la esquina más próxima y pedir fuego. Ahora que ya fuma menos gente y parece que se derrocha en un nivel más light que en el pasado desde las arcas de la Administración queda sin embargo la dura resaca de los despilfarros incontrolados en favor de la mayoría de las instituciones deportivas. Consecuencias que especialmente afectan a los que menos tuvieron que ver en la orgía, daños colaterales que golpean incesantemente, cada vez con un radio expansivo mayor, a medida que el tiempo pasa.

Sin embargo, quedan todavía cuantos casos que no han terminado de explotar, o mejor dicho, que llevan haciéndolo desde hace tiempo a modo de deflagraciones más o menos intensas, pero no tan definitivas como para extender un reguero de muerte y destrucción a su alrededor. No me cabe duda de que habrá otros ejemplos, pero no creo que exista otro tan paradigmático, tan palmario de la nociva intermediación de la política en el deporte, como el del Club Baloncesto Valladolid, el cual tengo la suerte o la desgracia de conocer a fondo y de llevar años viviendo muy de cerca desde diferentes ángulos y puntos de vista.

Dado que este es un tema bastante local y no todo el mundo que me lee es de Valladolid (aunque también aquí muchos ciudadanos están en la más absoluta inopia sobre este asunto, pensando que en nada les concierne), debería hacer una pequeña introducción y explicar los circunstancias de partida. Para ello me remito en primer lugar al extenso reportaje que elaboré hace unos meses, titulado “El reparto de culpas en el CB Valladolid”. No obstante, desde entonces han seguido sucediendo cosas, porque este club genera más información extradeportiva que cualquier otra entidad, incluso aquellas de mayor tamaño en las que tradicionalmente los asuntos institucionales tienen mucho peso, ya sea por sus pelotazos urbanísticos o porque sean Més que un club.

Para resumirlas, baste decir que un verano más, el de 2014, la institución que el año que viene cumplirá 40 años (si no se va al garete antes, cosa que absolutamente nadie puede predecir ahora mismo) estuvo en el alambre, si bien no de forma tan temible como en los dos veranos anteriores. Después de consumarse el descenso deportivo a la LEB Oro, segunda categoría del baloncesto español, tras el peor año deportivo de la historia del equipo morado, apareció otro presidente, el enésimo en los últimos años, dispuesto a reflotar la nave. Su nombre, Sunil Bhardwaj. El actual máximo mandatario no llegaba de nuevas, pues ya había sido directivo durante una etapa anterior.

Sunil Bhardwaj, el día de su presentación como presidente del CB Valladolid. Al fondo, Felipe Martín (vicepresidente), Porfi Fisac (entrenador del primer equipo) y Juan Vela (presidente de la Fundación Baloncesto Valladolid). (Imagen: Tribuna Valladolid).

La figura de Sunil fue alabada por la crítica periodística deportiva vallisoletana, que es bastante elevada en cuanto a su volumen (lo de la calidad ya es más discutible, aunque hay de todo) por su buen conocimiento del mundo del basket. Sin embargo, lo cierto es que las condiciones de su nombramiento fueron una vez más, como todo lo que sucede en el CB Valladolid, fuente de polémica. Oscurantismo en cuanto a la operación mediante la que había adquirido el paquete accionarial que teóricamente le legitimaba para tomar el control de las decisiones (6%) y respecto al grupo de inversión que presuntamente le respaldaba, si bien dejó claro desde el primer momento que no iba a invertir ni un solo euro en el club hasta que no llegara el momento propicio y observara que podía ser rentable. A día de hoy, sigue sin saberse cuáles son esos inversores y tampoco ha habido inyección económica de ningún tipo.

No quiero que mis palabras transmitan la impresión de que culpo a Sunil de los tremendos males que asolan a la institución, pues resultaría totalmente injusto. Él no se merece porción alguna en aquel reparto de culpas que establecí en el mencionado artículo y en el cual me reafirmo completamente, más allá de las decisiones que tomara en su día como director de recursos en una primera etapa y director deportivo después junto al expresidente Javier Herrero. Pero sí quiero expresar que, pese a esa ausencia de responsabilidad, Bhardwaj adolece de raíz del mismo problema que prácticamente todos los anteriores presidentes: la falta de transparencia a todos los niveles. Por otra parte, no creo que esto sea totalmente achacable a Sunil, que a mí también me parece un tipo válido para dirigir esta ruina cuya capacidad para la navegación resulta difícil de explicar –me vienen a la cabeza ahora mismo esos barcos hechos con papel de periódico que tanto aparecen en los tebeos de Mortadelo y Filemón como el mejor símil para este club–. Al final se trata de otro cargo directivo más de los muchos que han pasado por el Club Baloncesto Valladolid, y la lista es larguísima, sometido a la fiscalidad del Ayuntamiento de Valladolid.

Moncho Arroyo (director general del CB Valladolid) y Sunil Bhardwaj (presidente). (Imagen: Valladolid Deporte).

Con el objeto de controlar la institución morada, el gobierno de la ciudad castellana, encabezado por Francisco Javier León de la Riva desde hace veinte años, se ha servido de diversas figuras propias del deporte de la canasta desde que el principal club de baloncesto de la ciudad cayera en sus manos, lo cual sucedió a principios de la década de 1990, cuando aún era alcalde el socialista Tomás Rodríguez Bolaños –sí, aunque parezca increíble, en Valladolid no siempre han mandado De la Riva y el Partido Popular–. Dos décadas dan para mucho. El punto común a todas las fases es la actuación del Ayuntamiento de Valladolid como director de juego, playmaker puro, controlador del timing en todos sus aspectos, base mandón de los de la vieja escuela, organizador y líder en la pista. Ninguna decisión importante, e incluso muchas de las banales, se ha tomado jamás en este club sin el visto bueno del órgano liderado por De la Riva.

Sin embargo, la forma de mostrarse y de jugar ha ido variando a medida que el tiempo avanzaba y los problemas de la entidad hacían mella en las finanzas del propio Ayuntamiento y, sobre todo en su imagen, que es lo que realmente les importa a la inmensa mayoría de los políticos. En una primera fase, bastante larga, de hecho prácticamente 18 de los 20 años mencionados, el Consistorio se dejaba ver, aparecía en los ataques, pedía el balón recurrentemente, asistía a los gestores formales del club de una forma notoria, realizaba penetraciones, finalizaba con bandejas, se jugaba triples, ejercía el liderazgo de una manera rotunda.

Claro que había escoltas, aleros, ala-pívots y pívots (los innumerables directivos del club, siempre excesivos, bastantes designados con tufo político de por medio, algunos irresponsables o directamente vagos, unos cuantos ineptos y muchos mentirosos; pocos se libran, aunque, como en todo, hay excepciones) que copaban las estadísticas e incluso valoraban más en determinados choques, pero todo el mundo sabía que la última posesión se la jugaba siempre De la Riva (es inevitable personalizar en el alcalde por su fortísima implicación personal en este tema, aunque ha habido muchos otros miembros del Partido Popular e incluso de la oposición socialista que han intervenido de una forma o de otra en la gestión del club).

Francisco Javier León de la Riva, alcalde de Valladolid. (Imagen: vozpopuli.com).

El balance casi siempre era el mismo: Victorias engañosas, resultados cortos que valían para anotarse triunfos en el casillero pero que dejaban un basketaverage pírrico que a la postre pasaría factura en la clasificación. En algún momento, las derrotas comenzaron a ser más abundantes que los partidos ganados. El base encarnado por el Ayuntamiento seguía chupón, jugándose hasta las zapatillas, dando la cara cuando se le necesitaba a costa de lo que fuera necesario siempre que en el último tramo de la Liga se consiguiera sacar el enfrentamiento  adelante. El aficionado medio de Pisuerga, que ha vivido permanentemente en Babia en lo que se refiere a estos asuntos, le aplaudía, tal vez no con rabia ni con entusiasmo desmedido (en Valladolid otra cosa sería ciencia ficción), pero sí con un cierto respeto reverencial, de manera sobria, adusta, como quien agradece a la tierra ingrata que da quebraderos de cabeza constantes pero que en el instante de la verdad ofrece sus frutos. Así, el Ayuntamiento fue librando al club de la quema año tras año, mostrándose claramente ante la opinión pública como el salvador (¿cuántas veces no escuchábamos al alcalde decir aquello de “este club es propiedad municipal, es de todos” y frases similares?).

Pero llegó el año 2013 (vuelvo a remitir a mi artículo “El reparto de culpas en el CB Valladolid”) y la actitud cambió radicalmente. No el rol de mandamás como ya he dicho antes, que ha continuado invariable como lo demuestran los últimos acontecimientos, pero sí la manera de comportarse sobre el parqué.

El Ayuntamiento comenzó a dejar que otro subiera el balón, un falso base sin capacidad para organizar los ataques estáticos. Bien es cierto que el timing y la jugada los seguían marcando León de la Riva and the Globetrotters, pero sin reclamar participación directa ni uno solo de los 24 segundos que duraba la posesión. Como mucho, se empezaron a dedicar a ordenar movimientos tácticos sorpresivos y engañosos, como las puertas atrás –donde un atacante sin balón corta hacia la canasta después de hacer pensar a su defensor que se dirige hacia el exterior– o los bloqueos indirectos, en los cuales no se busca impedir el paso al defensor para que el compañero con balón quede liberado y pueda lanzar a canasta o penetrar, sino que persiguen otra finalidad más compleja, sus efectos son menos visibles, aunque desde luego si el sistema está bien diseñado y se ejecuta en condiciones, suelen acabar reportando puntos al equipo.

En el caso institucional del CB Valladolid, esto se ha venido traduciendo las dos últimas temporadas en que las inyecciones económicas comprometidas por el Ayuntamiento con la institución morada en forma de subvenciones –eufemismo, habida cuenta de que la empresa es propiedad municipal, pertenece al Consistorio y por lo tanto en realidad se trata de aportaciones económicas–, se continuaron prestando pero de forma más velada, menos pública, al igual que las decisiones, que se seguían adoptando desde la Casa de Todos –como le gusta decir al alcalde–, pero de una forma más penumbrosa y subrepticia, dejando todo el peso de los focos a los gestores formales del club.

Jesús Julio Carnero (presidente de la Diputación de Valladolid), Juan Vela (presidente de la Fundación Baloncesto Valladolid) y Javier León de la Riva. (Imagen: El Norte de Castilla).

Y así llegamos al presente año, el segundo en la historia del equipo morado militando en la segunda competición del baloncesto español, la LEB Oro, durante el que ha habido un nuevo giro de tuerca en la táctica político-económica del Ayuntamiento con respecto al club, que, si no se comprendiera la turbia problemática que envuelve a este asunto, parecería imposible. Incluso el mero hecho de entender tal estrategia no hace que sean menos esperpéntica y surrealista, casi grotesca. Además de bastante retorcida. Tal vez llamarla estrategia supone otorgar excesivo mérito por mi parte a las cabezas pensantes, porque en realidad da la sensación de estar guiada por la improvisación y la falta de planificación más absolutas.

Recuperando el símil del deporte de la canasta, podríamos decir que el jugador franquicia del equipo se dedica a boicotear aparentemente las defensas de sus compañeros, no prestando ayudas propias y obstruyendo las de los demás, impidiendo que el resto llegue a puntear los tiros del rival, dejando pasillos para que los exteriores contrarios penetren como Pedro por su casa y concediendo agujeros en la zona que permiten a los interiores del conjunto oponente machacar sin piedad el aro del CB Valladolid. Incluso ha llegado a meter puntos en la propia canasta. Pero claro, como es el mandamás del equipo, el resto de los muchachos no le tosen. Cualquiera lo hace después de la ficción creada a lo largo de 20 años de pases imposibles, triples sobre la bocina y dobles figuras en los encuentros decisivos. La creencia de que el estilete municipal es el único capaz de salvar al equipo está demasiado arraigada en las conciencias pucelanas.

Y este respeto reverencial se ha mantenido incluso después del último vaivén del Ayuntamiento, cuando, de manera sorpresiva, su interventor decidió rechazar el pago de la subvención correspondiente al año 2014 y reclamar la de 2013, cobrada y gastada por el club, más intereses de demora. Las razones que se alegan, jurídicas y técnicas, serían difíciles de explicar, aunque se puede decir resumidamente que radican en los continuos incumplimientos por parte de la entidad morada de sus obligaciones de pago y en su descenso a la LEB Oro. Este inesperado hachazo tuvo en un primer momento enfrentadas a las dos partes, club y Ayuntamiento (aunque esto sea una fantochada, porque el primero es propiedad del segundo). Sin embargo, a saber qué le diría León de la Riva a Sunil Bhardwaj para que este relajase por completo su postura belicosa e indignada inicial y acabase incluso riéndose (literalmente) en los medios de comunicación cuando se le preguntaba el pasado viernes 20 de febrero si la reclamación de la subvención de 2013 suponía la puntilla definitiva para el CB Valladolid y él, con una flema pasmosa, se empeñaba en transmitir absoluta tranquilidad, reconociendo entre risas que desde fuera tenía que sonar gravísima la cosa, pero que a nivel interno no lo era tanto (¡toma transparencia!).

Sunil Bhardwaj muestra su indignación ante los medios de comunicación por la denegación de la subvención del Ayuntamiento al CB Valladolid. (Imagen: Valladolid Deporte).

En cualquier caso, lo que sí resulta claro es que esos mismos motivos ahora presentados por el interventor no fueron determinantes el año pasado ni el anterior, cuando la situación económica del club era igualmente desastrosa. Realmente, lo lleva siendo desde hace tantos años que uno no sabe verdaderamente cuando fue la última vez que este club cerró un ejercicio sin pérdidas, a excepción curiosamente del año pasado, o eso es al menos lo que se nos ha contado. Y precisamente ahora se deniega la subvención y, para colmo, el Ayuntamiento se reclama a sí mismo la que otorgó en 2013. Y es que conviene decirlo una vez más y las que hagan falta, no sea que a alguno se le olvide, aun a riesgo de resultar machacón: el Ayuntamiento es el verdadero propietario de la empresa.

Pero ahí no acaba la cosa. Para más inri, enrevesamiento y enmarañamiento de la situación (como si no hubiera ya bastante), el Ayuntamiento con casi total seguridad firmará un nuevo convenio con vigencia los próximos cuatro años, en el que se establecerá el régimen de subvenciones al club, las nuevas condiciones para que sean otorgadas y demás fanfarria legal que yo recomendaría a todo el mundo que se ahorrase la labor de comprender y hasta de leer porque ya se ha visto que su aplicación es más flexible que un colchón de viscolástica. Como decía un buen amigo mío, irónicamente originario de la India al igual que el apellido Bhardwaj, con su limitado pero sabio castellano: “A mí da igual ley en el papel, en la España leyes cambiando todo el tiempo”.

Hasta aquí la exposición de los hechos y de la problemática. En la segunda parte de este artículo trataré de explicar el fondo de este asunto y e incluso me la jugaré a hacer una hipotética proyección sobre lo que puede depararnos el futuro de este asunto donde se combinan los matices circenses con los trágicos, que tiene unas implicaciones mucho más serias que las de una empresa privada deportiva en ruina y cuyas entrañas son oscuras y fangosas. A la altura de las decisiones ruines que las alimentan.

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