José Cadalso y el patriotismo español

José Cadalso fue un militar y escritor español –reconocido principalmente como poeta– del siglo XVIII cuya escasa producción literaria no fue óbice para que obtuviera reconocimiento de crítica y público, aunque especialmente después de su muerte, como tantos otros en este país. Su obra de mayor importancia y repercusión no es poética, sino que se trata de una especie de ensayo encuadrado en el género epistolar sobre la idiosincrasia española en todos sus ámbitos, titulado Cartas Marruecas, donde Cadalso habla sobre todos los aspectos imaginables de España, desde el carácter de sus nobles, gobernantes y pueblo llano hasta la forma de actuar de sus instituciones más representativas, tomando como excusa a un ficticio marroquí llamado Gazel –aunque es cierto que en aquella época hubo un embajador en España de dicho país que tenía ese mismo nombre–, quien va relatando en diferentes misivas a su maestro Ben-Beley, con la ayuda de su anfitrión y protector español (Nuño), lo que va observando en su viaje por la Península Ibérica.

Con esta estructura sencillísima, la misma de las Cartas Persas de Montesquieu, el escritor gaditano montó una obra de gran profundidad, donde aparecen reflexiones muy hondas, elucubraciones de todo tipo y disertaciones acerca de múltiples aspectos, algunos no sólo relativos a la realidad española de aquel siglo, sino también europea e incluso mundial o del género humano en su conjunto, si bien es España la absoluta protagonista de Cartas Marruecas.  Y no precisamente para bien. Casi todo el libro está teñido de un tono crítico tremendo, algunas veces vorazmente destructivo, algo absolutamente inusual en aquella época y que le costó la censura del ensayo. Cadalso sacó a la luz todo lo que él entendía como facetas vergonzosas y reprobables de nuestro país. Y algunas tienen una vigencia y actualidad tales que realmente impactan y me reafirman en una idea que yo mantengo desde hace muchos años: este país está enfermo casi desde su raíz y da cobijo a un Estado mal construido, peor diseñado y que tiene difícil solución. No se trata de ser apocalíptico, sino realista.

Otra de las cosas que para mí manifiesta este valiosísimo manuscrito del siglo XVIII y que también he defendido muchas veces es que conocer la historia de España, bastante despreciada por nuestro sistema educativo, dado que se la considera inútil por los memos y criminales intelectuales con visión cortoplacista que lo diseñan, resultaría clave, esencial, de importancia capital para poder entender los problemas que muchas veces no sabemos identificar en nuestra ignorancia colectiva como pueblo, cegado por las tensiones actuales y el devenir de los acontecimientos presentes que avanzan más deprisa que nuestras cortas entendederas –porque muchas veces no los analizamos con perspectiva global, ya que a nadie le interesa–. Quién sabe si además de comprenderlos, seríamos capaces, aprovechando la lucidez, de encontrar esas soluciones que parece que no existen, pero que a lo mejor están ahí esperándonos, en algún sitio de nuestra propia conciencia como nación de muchas naciones y –esto es quizá lo más importante de todas las cosas que se extraen de la obra de Cadalso– de singularísimas contradicciones, dificultades y características, tal vez más particulares y especiales aún que las que cada país tiene dentro de sí, aunque cada sitio obviamente tiene lo suyo y también pensará que es más complicado que lo de los demás.  Sea como fuere, España es muy compleja de entender. Mucho. Y leyendo a José Cadalso uno se da cuenta que algunas situaciones son atemporales y están cronificadas.

Para entender la obra, es preciso tener en cuenta que el autor era un militar enfadado. Muy cabreado. Él sentía frustradas sus aspiraciones de hacer una gran carrera en el Ejército, pese a que al parecer había hecho méritos más que suficientes para ello. Pero en repetidas ocasiones se le negaron las promociones, ascensos en incluso el trato que él ansiaba, si bien casi al final de su vida sí que logró alcanzar el grado de coronel. En efecto, Cadalso pone a parir con mordaz ironía en su obra El Buen Militar a la Violeta a la alta jerarquía del cuerpo castrense español, identificándolo como un círculo de mamoneo político, donde las adulaciones, las lisonjas, el agasajo y las buenas formas con las superiores eran los únicos valores realmente considerados para ir subiendo de rango y obtener el favor de los mandamases. A nadie le importaba que el militar de turno fuese entregado, sacrificado, se matara en esfuerzos para servir a su país en el campo de batalla o en aquellos sitios donde su vida corría peligro, y consiguiendo victorias. Igualmente tampoco constituía un factor digno de recompensa el hecho de que la persona en cuestión fuese instruida, culta y conociera los entresijos de las estrategias militares o la historia del ejército español y en general del país.

Retrato de José Cadalso, por P. de Castas Romero, 1855. (Imagen: lengua.laguia2000.com).

En realidad, este mal de lo que hoy llamaríamos dedazo o designación por amiguismo o clientelismo y bajas tretas que sólo buscan complacer a las personas que ocupan las altas esferas lo extiende José Cadalso a todos los órdenes de la vida, no sólo al castrense, en sus Cartas Marruecas. Con una sátira feroz, asegura que los verbos amar, favorecer, servir, estimar y “otros tales” han perdido por completo su único significado original,  se requiere redefinirlos para que “nadie se engañe por ellos” pensando que sólo tienen un sentido. Hasta el punto se muestra asqueado de los “méritos” que hay que hacer en España para progresar que escribe unas líneas para mí demoledoras y que son perfectamente aplicables a la realidad actual, donde el juego de adulaciones continuadas en el tiempo es el único portento que se requiere para alcanzar buenas posiciones: “¿Adónde habrá paciencia para que un pobre como yo, por ejemplo, se despida de su familia, deje su lugar, se venga a Madrid, se esté años y más años, gaste su hacienda, suba y baje escaleras, haga plantones, abrace pajes, salude porteros, pase enfermedades, y al cabo se vuelva peor de lo que vino?”.

Sin embargo, es todavía más impactante por su tremenda conexión con los tiempos presentes la reflexión que hace sobre la manera en la que se otorgaban los cargos públicos de carácter político en España. En esa carta el personaje de Nuño empieza a narrar una especie de ensoñación que tuvo un día sobre la posibilidad de que él tuviera la fortuna y el poder suficiente como para beneficiar a todos sus familiares, amigos y criados, dándoles títulos y empleos en la Administración a diestro y siniestro, sin ningún tipo de criterio más allá de la relación personal. Sin embargo, él mismo acaba reprochándose mentalmente esa práctica –sin duda tan habitual entonces en España como lo es en nuestros días– y señala: “El poderoso así colocado no puede dispensar los empleos y dignidades según su capricho y voluntad, sino según el mérito de los concurrentes. No es dueño de los puestos, sino administrador, y debe considerarse como hombre caído de las nubes, sin vínculos de parentesco, amistad ni gratitud, y, por tanto, tendrá muchas veces que negar su protección a personas de su mayor aprecio por no hacer agravio a un desconocido benemérito”. No se puede explicar mejor y, sin embargo, dos siglos y medio después, continúa sin entenderse. O, mejor dicho, sin querer entenderse.

Exactamente lo mismo que ocurre en nuestros tiempos, oscuros para la investigación y el desarrollo, sucedía en la época de Cadalso. Se define a España como una nación muy atrasada en lo relativos a las ciencias, un país donde a quien se quiera dedicar a cultivarlas le espera un futuro muy negro. La causa, según el autor, “la falta de protección que hallan sus profesores”. Es decir, la falta de ayudas, becas y promoción por parte del Estado. “Hay cochero en Madrid que gana trescientos duros, y cocinero que funda mayorazgo; pero no hay quien no sepa que se ha de morir de hambre como se entregue a las ciencias, exceptuadas las de pane lucrando, que son las únicas que dan de comer”. No es tan impresionante el que esto ya ocurriera en el siglo XVIII como el hecho de que se mantenga idéntica situación desde entonces, o aún peor, con la tan comentada fuga de cerebros.

Situación igualmente dramática, totalmente paralela a la de ahora, es la que describe para referirse a las personas que se dedican a la cultura, en especial a la literatura, poniendo de relieve los tremendos obstáculos y dificultades con las que se topan los autores, incluso los mayores genios, a la hora de publicar, “razón por la que muchos hombres, cuyas composiciones serían útiles a la patria, las ocultan; y los extranjeros, al ver las obras que salen a la luz en España, tienen los españoles en un concepto que no se merecen. Pero aunque el juicio es falso, no es temerario, pues quedan escondidas las obras que merecían aplausos. Yo trato poca gente; pero aun entre mis conocidos me atrevo a asegurar que se pudieran sacar manuscritos muy preciosos sobre toda especie de erudición, que actualmente yacen como en el polvo del sepulcro”. Incluso llega a afirmar, con una desgarradora ironía, que lo mejor que les puede pasar en España a unos padres es que les salga un hijo tonto, pues “será reverenciado en el pueblo y favorecido de los poderosos; y moriremos llenos de conveniencias”. A diferencia de lo que sucede cuando el hijo tiene talento, que sólo trae pesadumbre, razón por la que Nuño asegura en tono de chanza que, si tiene un hijo, prefiere no enseñarle a leer ni a escribir.

En directa conexión con esta crítica, José Cadalso se haya firmemente convencido de que su obra, debido a las críticas que incluye hacia el país y a su carácter didáctico, reflexivo, filosófico y analítico, será un auténtico fracaso y se anticipa en el comentario final de las Cartas Marruecas a la recepción que ulteriormente se les dispensará, la cual a Cadalso no le cabe ninguna duda de que será mala. Por ello, de nuevo con una sátira magnífica, promete entre exageraciones que no volverá a escribir más que obras ligeras, frívolas y facilonas, sin ningún tipo de pretensión elevada ni de intenciones sesudas, comentarios graves sobre asuntos serios y mansas, sin polémica. Lo mismito que sucede ahora en España, donde el que quiera hacer algo un poco más elaborado y complejo, que no se guíe por los parámetros del puro entretenimiento y la comercialidad, sabe que sus posibilidades de gustar o de obtener reconocimiento son tan escasas como las que tiene el Real Valladolid de ganar la Champions League. Yo conozco bien la altísima improbabilidad de que cualquiera de esas dos cosas suceda, aunque añadiría algo aún más desazonador. A día de hoy, ni siquiera basta con realizar una obra de puro entretenimiento, sino que además es imprescindible tener padrino.

Para qué hablar de las afirmaciones que hace Cadalso sobre la economía española y su tejido productivo. Atraso a nivel industrial, abuso de la importación, desprecio de lo que él llama “lujo nacional”, que no es otra cosa que el producto de la tierra, el fabricado en España, que se echa a perder, se arrincona y se sustituye por el de fuera. Incluso llega a poner un ejemplo Cadalso, en una enumeración no cerrada, donde menciona al típico noble español que adquiere sedas de China. Me dieron ganas de reírme a mandíbula batiente cuando lo leí, aunque creo que no me salió la carcajada.

Portada de la edición original de Cartas Marruecas, de 1793. (Imagen: lestrobe.net23.net).

Pero si leer todo esto salido de la pluma de un hombre de hace doscientos cincuenta años impacta, todavía lo hace más descubrir en Cartas Marruecas las consideraciones que se hacen respecto al carácter del español medio. Se dicen muchas cosas sobre la mentalidad de la época que son perfectamente trasladables ahora, como por ejemplo el exceso de superficialidad, la imitación de cada una de las modas extranjeras, por ridículas que sean, pero sobre todo el mayor defecto de todos los tiempos en España: la envidia dañina, el desprecio a los que logran el éxito o cultivan los saberes. Hay un párrafo fantástico en el cual el autor gaditano comienza a describir las diferentes reacciones que adopta la sociedad española ante varios tipos de personas: la que sobresale, la que tiene ambición, la que se dedica a la vida contemplativa, la que holgazanea, la que habla de más, etc. Al final llega a la conclusión de que en España da igual qué tipo de personalidad se tenga o qué tipo de aspiraciones, altas o bajas, se busquen. La crítica y la envidia se abalanzan como aves de rapiña en todos los casos.

Pero entre todo este marasmo de reproches y rechazos hay un eje guía, una línea de flotación que moja todo el ensayo y que pone de manifiesto el verdadero rasgo de José Cadalso. No es que este hombre odiara a España, todo lo contrario. Era un patriota, pero no un fanático. Él quería mucho al país y ensalzó en repetidas ocasiones sus virtudes. Independientemente de que no siempre puedo entenderle, por la distancia lógica del tiempo, a mí me sucede un poco lo mismo. Yo me considero todo lo contrario a un patriota en el sentido desvirtuado y de postureo respecto a los símbolos que se le da en la actualidad. Pero sí ser un patriota significa sacar las vergüenzas de la realidad que te rodea hasta las últimas consecuencias, sin morderse la lengua, porque realmente, como diría Unamuno, “me duele España”, con la intención de realizar un análisis, una reflexión, una disección de ese cuerpo enfermo para extirparle las enfermedades y dejar a salvo las partes sanas –que yo también sé que las hay, y muchas, aunque a día de hoy estén muy escondidas entre los virus del sistema dominante, que llega a contagiarlo casi todo–, entonces en ese sentido yo también me considero patriota, aunque no me guste el término.

El problema es que en este país dividido y emponzoñado no hay término medio. O sé es un forofo españolista, defendiendo hasta lo indefendible con tal de que sea típico de España, o se desplaza uno al extremo contrario, convirtiéndose en un fanático antiespañol, despreciando todo lo que caracteriza al país, sus tradiciones, costumbres, historia y bagaje común. De hecho, el propio José Cadalso, en otra magistral demostración del conocimiento de la idiosincrasia del país, habla de esto mismo en varios pasajes de sus Cartas Marruecas. En efecto, aunque parezca increíble, hace 250 años ya se hablaba de las dos Españas, las mismas que ha habido siempre y que ahora de hecho tienen más fuerza que nunca, para infortunio de los que las detestamos casi tanto como las reconocemos y tristemente las sentimos como propias, aunque no nos gusten. Y es que el problema es que los que participan plenamente de una de las dos, los beligerantes de uno y otro bando, son precisamente las que no las identifican. Se creen que sólo debe haber una, cuando en realidad es el mínimo denominador común, la mezcla que subyace por debajo, la que nos puede dar la solución a tanto enfrentamiento y división. Dos tristes Españas que nada tienen que ver con la izquierda y la derecha, por mucho que así se hayan vendido muchas veces. Yo por ejemplo tengo una ideología política y económica bastante coincidente con la izquierda en muchos puntos, y no comulgo con los partidos de izquierdas españoles. Y quiero pensar que esto le ocurre a mucha gente, también de derechas, centro o ladeado.

¿Cuál es la solución que propuso el autor de las Cartas Marruecas? Aquí es donde ya se acaban la similitudes con los tiempos presentes, como es lógico, pero eso no resta importancia a sus sugerencias, que deben ser comentadas y conocidas. Cadalso reclamó de la España dieciochesca la vuelta al verdadero patriotismo, que en su opinión se había ido perdiendo desde que alcanzara su cima con la España de los Reyes Católicas. Época a la que acude recurrentemente para ponerla como ejemplo del país que debería volver a ser.

Fuera aparte del abismo ideológico que podamos sentir en determinados puntos con un hombre del siglo XVIII que defendía un patriotismo basado en la recuperación de las costumbres tradicionales, en la vuelta al Imperio que colonizó América –y sacó en su opinión del salvajismo a los pueblos indígenas–, en el reconocimiento del heroísmo militar, en una concepción de la mujer como esposa y ama de casa amantísima y discreta, y en un fuerte clasismo a nivel educativo y profesional –según Cadalso, las clases humildes no deben  estudiar más que el oficio de los padres y dedicarse a él, los burgueses sí que deben hacerlo para ocupar determinados puestos y los nobles deben instruirse aún más porque son los hombres que se dedican a gobernar–, la realidad es que no debe pensarse en José Cadalso como una persona militarista, belicosa y defensora de las clases altas. Más bien, todo lo contrario.

Azulejos en la plaza de España, en Sevilla, con la imagen de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, los Reyes Católicos, en el momento en que reciben a Cristóbal Colón tras su viaje a las Indias. (Imagen: © GTRESONLINE).

El autor gaditano criticó las guerras excesivas que a su entender habían llevado a España a la ruina económica, rechaza continuamente hábitos y costumbres de la nobleza y la burguesía y defiende la sencillez de las clases trabajadoras –obviamente él no utiliza ese término, pues por aquel entonces no existía–, cuya conducta entiende que es mucho más ejemplificadora y su figura más respetable que la de los pudientes. No hay más que ver la consideración que tiene con el personaje del aguador Domingo de Domingos, a quien Nuño dedica una de sus obras y le considera su verdadero mecenas, después de que todos los demás hombres supuestamente instruidos y con influencia la despreciaran. Por otra parte, es curiosa la consideración que hace de la fiesta de los toros, calificándola por medio del marroquí Gazel de “barbaridad”. Igualmente, pese a que defiende a ultranza a Hernán Cortés, reconoce que en el Perú él y sus hombres se excedieron y fueron crueles. Tampoco pide una vuelta total a lo viejo, ni desprecia lo nuevo. Al contrario, él afirma que ni el siglo en el que vive es tan malo ni los anteriores tan buenos. Lo que sí denosta de forma extrema es el barroquismo del siglo XVII. Además, en muchas de sus consideraciones se puede intuir un hombre ilustrado que veía con buenos ojos los cambios en la educación, introduciendo conceptos y corrientes culturales y de pensamiento que abundaban en otros países, en sustitución del agotado modelo escolástico. De modo que no debe pensarse en José Cadalso como un tradicionalista rancio y retrógrado, aunque haya algunas de las teorías que expone que ahora mismo sonarían a ello, pero hay que ponerse en el contexto de aquella época para comprenderlo.

Por otra parte, lejos de sentir esa distancia insalvable, hay muchas otras partes del ensayo –considerado por algunos expertos como novela– en las que no puedo por menos que sentirme muy identificado con el pobre Cadalso, tan escéptico, crítico, negativo y desencantado con la realidad que observaba. Transmite tal nivel de desesperanza, de desencanto y decepción respecto a España, tal grado de impotencia a sabiendas de que los vicios y defectos del país dan al traste con sus virtudes que a veces me sentía mientras leía Cartas Marruecas como si estuviera ante una especie de Buhardilla de Álber del siglo XVIII. No pretendo obviamente compararme ni por asomo a un clásico de nuestra literatura, pero el espíritu que lo impregna es desde luego muy parecido.

Lo más irónico de todo es que se habla varias veces en el texto de la fama póstuma, al principio para manifestar incomprensión ante la búsqueda desesperada que de ella hacen determinados hombres, pero casi al final del libro –y hay que pensar que median varios años entre ambos escritos, aunque pertenezcan a la misma obra, ya que Cadalso estuvo mucho tiempo trabajando en ella– se acaba tomando una actitud de condescendencia hacia el concepto y a las personas que lo tienen como dogma de fe. Le dice Ben-Beley a Gazel: “(…) aunque ésta sea una de las mayores locuras del hombre, es preciso dejarla reinar con otras muchas (…). El tal deseo es una de las pocas cosas que pueden consolar al hombre de mérito desgraciado”. Es como si el propio Cadalso estuviera oliendo que se moriría sin ver publicar sus Cartas Marruecas, como de hecho así paso. Me imagino la frustración que debió sentir cuando el censor se negó a publicarlas y le dio largas durante años. En el momento de su fallecimiento, tal vez pensó por un instante que el proyecto de toda su vida se había quedado sin realizar, pero que le quedaba el consuelo de la fama póstuma, como él mismo había escrito. Por lo menos, esta sí que la tuvo.

Así que, si las profundas creencias cristianas de José Cadalso son ciertas y existe otra vida después de esta, estará observando con cierto regocijo que dos centurias y media después de que escribiese su obra hay un freaky –palabra por cuyo uso él me recriminaría gravemente, pues llevaba muy mal eso de la corrupción del castellano y de la introducción de vocablos nuevos– gustoso de hacer reflexiones sesudas muy poco entretenidas, nada comerciales, demasiado críticas como para que gusten al gran público y aun al mediano o pequeño, exactamente igual que a él le ocurría, escribiendo sobre sus Cartas Marruecas, convertidas en un clásico de la literatura española. El mismo tío rarito que, al pensar en la fama póstuma, ya sea de su buhardilla o de sus obras literarias, y pese a que espera que su final todavía esté muy lejos, se horroriza y sufre escalofríos, convencido de que el único consuelo que habría en ella sería la gracia extraordinaria de poder bajar de nuevo a la Tierra, si es que se permite eso en las reglas del cielo en el que aún no creo, para hacerles ciertas visitillas inocentemente pavorosas a alguno que otro, en agradecimiento por los reconocimientos prestados en el pasado.

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