Las víctimas de la guerra fría en el Club Baloncesto Valladolid

Existe un juego que a veces se emplea en las actividades de ocio y tiempo libre llamado “Peligro”. No es demasiado conocido y hay que tener cierto cuidado para que el que lo empieza no acabe dañado. El primero que sale se sitúa boca abajo sobre el suelo, de tal manera que no pueda ver nada. Inmediatamente se coloca otro niño o niña encima de él y el primero debe adivinar la identidad de ese compañero simplemente guiándose por el tacto. Al segundo participante no le está permitido hablar. Si aquel no consigue identificar a su “opresor”, el monitor silenciosamente envía a otro. El de abajo lo tiene cada vez más difícil. Por si fuera poca dificultad el tener que estirar cada vez más los brazos para palpar la cara u otra parte del cuerpo a fin de acertar, se añade el hecho de estar sometido cada vez a una presión mayor, asfixiante y muy incómoda.

Aquí se acaban las similitudes con el Club Baloncesto Valladolid. Como lo anterior se trata de un juego para niños, siempre que los que está tomando parte en la actividad no se hayan criado en alguna jungla urbana suele ser muy divertido y nadie sale dañado. Como mucho, un poco sofocado. Además, tiene la posibilidad de escapar de la montaña y librarse del aplastamiento pronunciando la palabra “peligro”. Al escucharla, el monitor corta la actividad.

Las cosas en el CB Valladolid son infinitamente menos inocuas. No se trata del mundo infantil, sino del adulto, donde todo es mucho más frío, retorcido, mezquino y doloroso. Ya que hablamos de peligro y de frialdad, la guerra fría desatada en el principal club de baloncesto de Pucela es altamente peligrosa. Y, como en todas las guerras sin armas, granadas ni morteros, también hay víctimas. Mientras el Ayuntamiento de Valladolid continúa con su estrategia incomprensible de cara a la opinión pública, pero entendible dentro del juego político –que sólo se entiende totalmente por los políticos– la directiva del club encabezada por Sunil Bhardwaj, con fría mentalidad de empresario, de gestor económico que busca réditos materiales de la sociedad que dirige, rechaza toda esa enmarañada red política de dimes, diretes, desmentidos, promesas a media voz, apariciones clandestinas, conversaciones veladas en cafeterías o vía telefónica.

Ellos quieren el dinero comprometido en forma de subvención por el Ayuntamiento ya. Se sienten desfavorecidos por los que prometieron esa cantidad de ingresos cuando entraron en el accionariado del club. Sin esa condición, no hay viabilidad futura. Esa es la única cuestión, el anillo de poder, todo lo demás está sometido a él. Y es lo que preocupa por encima de cualquier otra consideración a la directiva de la entidad morada.

Es de suponer que a nadie le gusta que los trabajadores de su empresa acumulen meses y meses de retraso, desde los 5 de los actuales jugadores de la plantilla hasta los 14 del cuerpo médico, pasando por los 8 de los trabajadores de oficina o los 6 del cuerpo técnico. Aún menos agradable debe de resultar el hecho de que las personas cuyo salario -muy exiguo de por sí- depende de dicha entidad pasen tremendas dificultades para satisfacer sus necesidades más básicas y perentorias.

Pero como en tantas otras cosas de la vida, la realidad cotidiana, en la que se habla de términos reales del día a día y que demanda actuaciones urgentes para la subsistencia material, va enfrentada con la otra realidad, la que subyace en los despachos y en los balances contables. En el caso del CB Valladolid, la realidad de la guerra fría donde no se dejan regueros de sangre ni piernas mutiladas, pero sí múltiples heridas que no se ven a simple vista, como la del ataque a la mínima seguridad económica, a la dignidad material de la persona, a su desarrollo básico en sociedad, y ello por no hablar del maltrato psicológico en forma de decepciones, angustia, miedos, ansiedad y preocupación constante.

En esta guerra fría, el alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva y su equipo de gobierno en el Ayuntamiento, juegan el papel del mandatario de la primera potencia, arrogante y soberbia, la que somete al bloqueo económico al club. Sus declaraciones públicas no hablan de que esté involucrado en las maniobras militares, pero en realidad lo está de lleno. Por ello Léon de la Riva, mientras que de cara a la galería quiere mostrar su distanciamiento con la realidad del club hasta el punto de haber dejado vacante por tiempo indefinido su lugar durante tantos años en el palco de Pisuerga, en el ámbito privado sigue buscando soluciones para desbloquear la subvención municipal, financiación para el club en forma de empresas e incluso llega a comprometerse personalmente en una reunión informal con los mayores perjudicados, los de abajo, los que están aprisionados, con que abonará una cantidad de dinero para paliar un poco la tremenda deuda que arrastran los empleados del club. En concreto, un pago de alrededor de 25.000 euros que va a entrar a las arcas del club gracias a la aportación de una empresa. El alcalde, con su eterno papel de sheriff malo fuera de casa y de padre beato en el hogar, intenta seguir mostrándose como el salvador de la entidad morada.

Pero por otro lado está la lógica del segundo contendiente en la Guerra Fría, la directiva del club liderada por Sunil Bhardwaj. Como es aparentemente el más débil de los dos contrincantes, tiene que mantener su posición de fuerza plantándose ante el bloqueo económico del Ayuntamiento. Pero por otra parte se ve forzada a negociar entre bastidores para conseguir el acuerdo que finalmente ponga fin a las hostilidades, es decir, a conseguir que se firme el nuevo convenio que garantice la sostenibilidad económica del club. Mientras tanto y siguiendo con la metáfora, su pueblo está desabastecido y pasa graves penurias. Un pueblo que lejos de rebelarse, continúa ejemplificando el sacrificio, la profesionalidad y la capacidad de sufrimiento de una manera que sobrepasa con creces lo máximo exigible a cualquier grupo humano. Baloncestistas que entrenan, juegan, se dejan la piel y ganan, personal administrativo que acude puntual a su trabajo y realiza sus funciones, entrenadores de cantera que mantienen viva la ilusión por algo que no tiene valor económico: la pasión por el baloncesto de cientos de chavales, etc.

Esta forma de plantear la situación por parte de la directiva de la entidad morada es la que explica el hecho de que cualquier cantidad económica que entra en el club se destine a satisfacer levemente a la Seguridad Social y Hacienda, principales deudores del CB Valladolid, o a pagar deuda del pasado y del presente que, sin ser ni mucho menos tan urgente desde la óptica de las personas de carne y hueso como la de los salarios adeudados, ellos entienden que su no satisfacción provocaría el bombardeo que haría que saltara por los aires definitivamente el CB Valladolid. Porque esta, en la estrategia económica de los gestores de la institución, es la única manera de que se pueda firmar el armisticio que ponga fin a las tensiones diplomáticas con el Ayuntamiento. Además, ellos tienen en mente que el Fondo de Garantía Salarial de la Federación Española de Baloncesto al menos cubrirá los impagos de la plantilla en verano y a eso se agarran recurrentemente a modo de triste consuelo.

Por todo ello, los 25.000 euros de ingresos comprometidos personalmente por el alcalde que entrarán esta semana en las oficinas de Pisuerga no irán a parar a los bolsillos de la gente que lo necesita de forma acuciante. Igual que ha sucedido con otras pequeñas cantidades que se han recibido cada cierto tiempo. Y sucederá otro tanto con las demás que puedan ser percibidas de aquí a que se firme el tan manido acuerdo. Acuerdo que Sunil Bhardwaj confía en rubricar de forma inminente, pese a que el tema político que hay por encima es complicadísimo y que hay elecciones municipales el próximo 24 de mayo, lo cual hace pensar que el actual presidente del CB Valladolid es cuanto menos demasiado optimista. De este tema, ya traté exhaustivamente en el artículo “Partidos fuera de la cancha”.

Independientemente de este último punto, cabe preguntarse: ¿Actúa correctamente la directiva del CB Valladolid, por cierto defendida hasta ahora a ultranza por el técnico y por los jugadores pese a los reiterados incumplimientos? Desde el punto de vista de la fría lógica empresarial, que busca sanear la entidad para poder sacar beneficio económico futuro de su explotación o de los negocios que puedan ir asociados a la misma, se podría pensar que sí. Sin embargo, desde una perspectiva moral y ética, resulta imposible de comprender. Nadie pone en duda el valor que tuvieron Sunil y su equipo cuando se hicieron cargo de un proyecto ruinoso y herido de muerte, pero la realidad es que, como sucede en tantas otras empresas de este país, la principal fuerza motora, que posibilita esencialmente su supervivencia y permite que haya un mínimo halo de esperanza, se puede recoger en una lista con nombres y apellidos de personas individuales.

Ellos son la base de la montaña humana, los que están abajo, los que sufren el aplastamiento diario, tratando penosamente de tocar por encima de sus cuerpos para descubrir la identidad de quien está pulverizándolos. Si es la propia directiva, la Seguridad Social, Hacienda, el Ayuntamiento… En vano llevan meses gritando “¡peligro, peligro!”. Hartos de que no se les hiciera caso desde hace un par de semanas han comenzado a entonar de una forma dramática “¡cierre, cierre!”, aunque eso suponga el fin de todo. Pese a que probablemente saben que esa no es la solución, es a lo que les ha llevado la desesperación después de comprobar que levantar diariamente la voz, en la cancha, tras los micrófonos, en las oficinas y, sobre todo, bajo el peso de la mole humana, no basta para que alguien les haga caso. Entre otras cosas, porque el monitor del juego, el alcalde de Valladolid, que es el único con capacidad para tomar el control de la actividad y acabar con el nudo gordiano, ya sea deshaciéndolo o de una forma drástica –cortándolo– ha decidido irresponsablemente subirse también a la montaña, ser una pesada losa más, otro bloque de cemento que apisona a los auténticos y verdaderos cimientos del Club Baloncesto Valladolid. Y estos siguen gritando: “¡peligro, peligro, cierre, cierre!”.

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