Los amigos que vuelven

Dice aquella sevillana conocida en todo el mundo que algo se muere en el alma cuando un amigo se va. Mucho más recientemente el grupo indie pop Dorian canta a Los Amigos que perdí. Pero por afinidad de estilo, potencia emocional, significado en mi vida y conexión afectiva, sin duda me siento mucho más identificado con los nostálgicos e inmortales versos de mis paisanos Celtas Cortos: “Hoy no queda casi nadie de los de antes y los que hay han cambiado”.

Y es que lo normal a medida que pasan los años es que los amigos y las amigas se vayan. En la mayor parte de los casos, desaparecen de tu vida sin haberse ido a ningún lado, llevados por la corriente de la sociedad y el mundo adulto, que ejercen como cortapisas definitivas de ese extraño vínculo que nos queda con la realidad infantil y adolescente, las amistades. Pero cuando se vive en una ciudad como Valladolid, no demasiado prolija en oportunidades profesionales y sumida en la cerrazón colectiva –lo cual se transmite en el inmovilismo político, la falta de apego y la desconfianza general–, lo habitual es observar también el desfile físico de gente querida, que se ha ido marchando con el transcurrir de los años rumbo a otras latitudes, casi siempre no muy alejadas, muchas veces con destino en esa capital de España que fuimos nosotros hace ya demasiados años.

Los que pudimos o quisimos quedarnos –a veces contracorriente y contra la lógica– hemos ido sufriendo ese goteo continuo de personas que nos importaban y se exiliaban, casi siempre por el deseo de avanzar y de no quedarse anclados en una tierra yerma tanto a nivel laboral como social. Muchas despedidas, que al principio dolían mucho y después se convirtieron en rutinaria costumbre. A algunas incluso nos adelantamos antes de que se produjeran. Siempre las mismas palabras, inicialmente llenas de intención y deseo y que posteriormente fueron perdiendo cada vez más sentido, vaciándose, diciéndose porque era lo que tocaba: las cosas no cambiarán tanto, nos seguiremos viendo cada vez que vuelva y, en cualquier caso, ahora hay muchísimos maneras de comunicarse, ya no es como antes. Los regresos cada vez más cortos y espaciados en el tiempo, las visitas más precipitadas, las conversaciones en la distancia perdiendo su frecuencia y prometiéndose con cada vez menor convicción.

Mientras tanto tú, el que sigues aquí, con tus eternas dudas sobre si no habría sido mejor emigrar también, probar nuevos horizontes, dejar de luchar por que tu vida no cambiara demasiado; en otros casos, arrepintiéndote de no haber cogido trenes o aviones en el pasado mientras te sientes atrapado en la Estación de Autobuses, en la del Norte o en la terminal de Villanubla.

Sin embargo, llega un momento en el que la tendencia se frena, principalmente por una mera cuestión de edad. No se detiene del todo, sobre todo si cuentas con amigos a los que sacas años y que viven todavía una fase de indefinición, aunque realmente qué etapa vital no es de indefinición hoy en día en España. No obstante, es muy difícil que se invierta el flujo, casi imposible. Los que se fueron difícilmente regresarán, aunque algunas veces, durante las escasas ocasiones en las que todavía puedes hablar con ellos, te comentan veladamente, de puntillas, casi con vergüenza y agachando la cabeza, que les gustaría volver, que echan de menos la ciudad.

Más curioso es si cabe cuando esto lo oyes incluso de quiénes la criticaban con mayor dureza, de aquellos que menos identificados se sentían con la misma. Empiezan a valorar sus cosas buenas, si bien siempre excusan su morriña en “la gente” que dejaron atrás y no en el particular conjunto de calles, plazas, edificios, parques, rincones, monumentos, establecimientos comerciales, locales de hostelería, centros cívicos, teatros, cines –y dentro de poco algún infame casino en lugar de uno de ellos–, sedes de organizaciones, farolas, semáforos y recuerdos que conforma Valladolid para el que fue criado en ella.

A ti, que decidiste o tuviste que quedarte, te gusta escucharles decir eso, sea por las razones que sea. El problema es que no pueden volver, por diferentes motivos. Normalmente porque la escasez de opciones se mantiene y perpetúa en el tiempo; otras veces porque su vida ya está hecha en otro lugar y es muy complicado trasladarla e implantarla junto a las raíces en el viaje de vuelta. Hay que resignarse a que las amistades que se quieran y consigan mantener de forma insuficiente con kilómetros de distancia de por medio supondrán una parte importante de la vida social de un vallisoletano hasta que la falta de energía, el agotamiento o la muerte nos separe.

Pero sucede algunas veces, muy pocas, en las que la vida te sorprende para bien, sacándote de tu gris monotonía sólo quebrada por acontecimientos anodinos o tristes. Te ofrece una noticia positiva con la que no contabas y te alegra de verdad, algo con lo que no contabas en absoluto. Vuelve ese amigo que se marchó hace tantos años, te lo dice mientras te tomas un café en uno de los sitios que han permanecido más o menos iguales durante todo ese tiempo. Retorna aquella amiga a la ciudad de facha ingrata y corazón dañado que la vio partir muchas primaveras antes de que se hablara en los diarios de la crisis que ya había.

Lo que resulta aún más inesperado es que vuelve para quedarse. Y tú, con la sonrisa tonta en el medio de tu cara ya algo arrugada, piensas inocentemente que tal vez sea el primero o la primera de muchos. Que quizá haya más amigos que vuelvan. Mientras te atusas o echas hacia atrás el cabello algo encanecido, al tiempo que notas un dolorcillo en la espalda que antaño no existía, celebras en silencio, con discreción, veladamente, de puntillas, como se hace casi todo en Valladolid, que ha ocurrido algo muy complicado: se ha revertido, aunque sólo sea por un instante, la pérdida en tu vida.

Y por un momento, pierde algo de verdad la inmortal canción de Celtas. Y dentro de poco será otra vez 20 de abril. Y, aunque no sea el del 90 ni quede casi nadie de los de antes, algunos de los que hay no habrán cambiado.

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