Lalo y los recuerdos bloqueados

Esta es probablemente la entrada más difícil de escribir de todas las que he introducido en esta Buhardilla y, en general, el escrito público más complicado que he redactado nunca. Resulta más o menos sencillo realizar reflexiones, por muy subjetivas que sean, sobre temas políticos o sociales, incluso aquellos más duros de digerir. En el polo opuesto, tengo cierta facilidad, siempre la he tenido, para hablar sobre los sentimientos personales que me genera mi día a día y desparramarlos a través de las palabras, vistiéndolos de cierto toque poético que disfrace un poco la desnudez de mi intimidad.

Pero hallar la forma de expresar lo que siento respecto a la muerte de Lalo García es mucho más complejo para mí. Porque supone enfrentarme a mi pasado, a los recuerdos, esos que tengo tan abandonados y que me cuesta tanto procesar. Para colmo, no se trata de unas memorias cualquieras, sino de aquellas que me proyectan hacia la época más feliz de mi vida, la de mi niñez y adolescencia. Me cuesta horrores. Siento un bloqueo en mi interior que no deja que afloren aquellas imágenes de un escolta valiente y peleón con rasgos de niño, ataviado con una camiseta morada que llevaba el número 5 a la espalda. Esa fotografía de la película en movimiento que era la vida baloncestística de Lalo, pero que también en parte es la mía y la de muchos otros niños que, como yo, veíamos defender, correr y machacar a aquel chaval que para nosotros nunca envejecía aunque pasaran los años.

Siempre sobre el parqué de ese Polideportivo ochentero junto al Pisuerga que es uno de los poquísimos lugares con presencia continua a lo largo de toda mi vida. Lo es desde que mis padres me llevaban allí siendo un mocoso que prestaba extraña atención a los partidos, aunque esto empezó a ocurrir después de que pasara la correspondiente etapa prematura, prebaloncestística, en la que los molestaba, sobre todo a mi madre, con mis muñecos y mis juguetes. Y desde que eso surgió, mi tempranísimo amor por el baloncesto, ya estaba allí Lalo. Siempre estuvo.

Lalo García, en una imagen de la etapa en la que compartió vestuario con Arvydas Sabonis (al fondo). (Imagen: Marca).

Daba igual que transcurriesen las épocas, que cambiaran las plantillas, que mudaran las simpatías que estas generaban dentro de la afición o que variase el objetivo del equipo, aunque siempre era más alto del que probablemente nos correspondía como club modesto pero más bajo de lo que demandaba la exigencia económica y mediática, una auténtica cabrona que tantos sueños ha dilapidado en este club, el mío y el de Lalo. Él permanecía, era la constante que unía a tanto jugador nacional y foráneo, algunos muy ilustres y merecedores de tal adjetivo y otros que no merecían ni una décima parte del dinero que se les pagó. Pero con todos ellos estaba siempre Lalo. Y casi siempre era el único vallisoletano, la excepción, el nacido en esta ciudad que tan poco cuida lo suyo y a la que personas como él seguramente la dieron más de lo que se merecía. Perdón por la redundancia en el concepto; no quiero escribir con cuidado esta vez, no quiero que nada me bloquee: merecedor, merecido. Son los méritos profesionales y personales los que hacen grande o pequeña a una persona.

En cuanto a los primeros, creo que Lalo García ha sido el icono deportivo más importante que ha tenido la ciudad de Valladolid. Cierto que ha habido otros deportistas que quizá llegaron tan alto o incluso más que él, como por ejemplo Rubén Baraja, Mayte Martínez, Miriam Blasco o, hablando de baloncesto y del Club Baloncesto Valladolid, Nacho Martín, por sólo citar algunos ejemplos. Pero la trayectoria de Lalo tuvo un añadido sin parangón, que le encumbra a la categoría de mito identificado para siempre con Valladolid. Siempre estuvo ligado a la ciudad y a su club, como deportista y una vez retirado. Incluso su propia muerte, increíblemente trágica y rodeada de circunstancias que son una mezcla de tristísima poesía y de desesperanza vital que pone de mala hostia, tiene un significado tan trascendente que, por desgracia, incorpora más elementos de leyenda a su figura baloncestística.

En cuanto a los segundos, los méritos personales, aquellos que verdaderamente lo conocieron podrán hablar mucho mejor que yo. Mike Hansen, su excompañero cuñado y amigo, lo quería con locura, y dado que yo sí he tenido algo de trato con Mike y conozco su calidad como persona, eso me dice mucho. Yo apenas crucé con Lalo algunas palabras en las oficinas del club el año pasado, cuando se le ofreció una colaboración para desempeñar labores comerciales mucho tiempo después de su última vinculación con el CB Valladolid, que había finalizado con el escándalo del Fórum Filatélico; la estafa piramidal que, según cuentan los que han estado a su lado todos estos años, fue, junto a otros factores, lo que le destrozó la economía, la cabeza y probablemente la fe.

Nunca pensé que llegaría a conocerle y seguramente no di al acontecimiento la importancia que merecía. Allí estaba mi jugador favorito, ese chico que antaño me levantaba de las viejas butacas del Pisuerga cuando recuperaba un balón o dirigía un contraataque como una bala. Habían pasado muchos años y yo ejercía otro rol, ya no el de aficionado y mucho menos el de niño, pero a fin de cuentas seguía unido igual que él al CB Valladolid, a nuestro club. Físicamente ya no era ni mucho menos el que yo recordaba, su físico había cambiado ostensiblemente y, aunque no consigo recordar lo que hablamos –malditos recuerdos bloqueados – sí que rememoro que sonrió y que incluso bromeó con los periodistas que estábamos allí. Me gustó que estuviera alegre y me gusta que ese sea prácticamente el único breve y estúpido recuerdo que tengo sobre nuestra inexistente relación personal directa.

Pero hay ocasiones en las que existe un plano que va mucho más allá del visible. Hay personas que te llegan sin necesidad de que las conozcas. A medida que vas creciendo esos ejemplos son cada vez más escasos, pero cuando todavía no tienes la mente estropeada por la sociedad y eres capaz de sentir sin plantearte nada más, de dejarte llevar por lo que alguien te transmite, de admirar sin dar segundas vueltas a las cosas, sin plantearte por qué, surgen esas personas referentes que te acompañarán toda la vida.

Para mí Lalo fue una de ellas, aunque yo también me siento responsable de haberle olvidado o arrinconado en mi memoria, como seguramente otros muchos en esta ciudad para la que tanto significó. De que los malditos recuerdos bloqueados no me dejen explorar en las sensaciones que él me producía, en las tardes de sábado con la noche ya cayendo sobre el Pabellón durante los inviernos fríos de Pucela (cuando eran inviernos de verdad), con el ambiente previo a los partidos que hoy en día ha desaparecido casi completamente por las heridas del club, todos esperando para ver al equipo morado, al de la ciudad, en el que siempre estaba Lalo; en esos principios de temporada, a últimos de septiembre y en el inicio del curso escolar, cuando el calor estaba a punto de irse de vacaciones para no volver hasta bien pasada la Semana Santa, la misma que muchos años después ha supuesto el último peregrinar del eterno capitán. Entonces, todos los que regresábamos un año más al añejo pabellón de Arturo Eyries, ese barrio que tan poco ha cambiado desde entonces, comentábamos acerca de los fichajes; había años en los que el equipo se había renovado casi completamente y no teníamos casi ni idea de lo que nos íbamos a encontrar. Pero siempre había una cosa clara. Allí estaría Lalo con el 5 a la espalda.

Hasta que un buen día decidió retirarse a una edad en la que no le correspondía, el punto de partida de su vía crucis particular. Aquí empieza la parte más escabrosa de su vida, esa en la que el chaval que era para todos nosotros Lalo se vio forzado a entrar en el odioso mundo de los adultos, las necesidades financieras, los intereses económicos, las decisiones tomadas con la cabeza y no con el corazón, y la mezquindad.

Confieso que yo, desde la ignorancia, también fui de los que le critiqué entonces, como muchos otros vallisoletanos y aficionados del CB Valladolid, que le culparon del deterioro deportivo del equipo desde el cese de Gustavo Aranzana y del escándalo de Fórum Filatélico. Hay una imagen terrible que mi hermano siempre recuerda, aunque yo no la presencié. La de una señora tirándole el carnet a la cara cuando se produjo el descenso de 2008, en uno de tantos momentos críticos que ha vivido este club, tan deteriorado como lo estaba psicológicamente el propio Lalo.

Lalo García, durante su etapa como directivo del CB Valladolid. (Imagen: EFE).

Pero muchos años después, en una de esas extrañas coincidencias, de esas piruetas que a veces pega la vida, el que escribe estas líneas iba a descubrir gracias a esta profesión tan poco gratificante y a través de la gente que he conocido estos últimos años que la única culpa que tuvo Lalo fue ser un chaval confiado que probablemente no se quitó jamás la camiseta del 5 con la que se sentía seguro, la que luce colgada en lo más alto de su pabellón. Nunca se desprendió de la mentalidad del chico que volaba por la pista y que sabía que podía ganar el uno contra uno a cualquiera en carrera sin que hubiera más consecuencias que la de tener que prepararse para la siguiente defensa.

Lalo García en el Polideportivo Pisuerga, en cuyo techo luce su camiseta retirada. (Imagen: El Mundo/Miguel Ángel Santos).

Pero los años habían pasado, las cosas habían cambiado y la vida de los mayores, la odiosa, en la que los recuerdos infantiles se bloquean y no quieren salir, los puntos te los meten los demás; en ese mundo apenas te dejan convertir canastas y, cuando te confías porque crees que has logrado unos cuantos mates tras cruzar vertiginosamente la cancha, viene el puto sheriff de todo esto, ese a quienes algunos llaman destino para consolarse y otros suerte para cabrearse, y te jode vivo.

Yo sé bastante de eso, de los reveses, de esa mierda a la que muchos referencian con la frase “es la vida”. No creo que ninguno estemos libres de llegar a la desesperación que nos lleve a tomar la decisión radical con la que Lalo decidió terminar su vida, por lo que no creo que nadie tengamos derecho a juzgarlo. Yo podría haber tenido otras circunstancias mentales, educacionales, familiares o de entorno y quizá habría acabado como él, por eso tengo máximo respeto con su última determinación, aunque ni mucho menos la comparta. Simplemente él no supo sobreponerse a todos los palos que sufrió cuando tuvo que dejar de ser un chaval, como nos pudo pasar a tantos otros en este mundo desalmado.

Por eso creo que el único homenaje que puedo hacerle yo, que no fui su familiar ni su amigo pero que pese a ello –qué curioso es el ser humano– le considero una parte muy importante de mi vida, es regresar a la infancia, a mis propios recuerdos, tratar de recuperarlos, de verle a él, de dibujar su figura, su actitud combativa, sus ganas de pelear con cualquiera que se le pusiera enfrente, sus galopadas cruzando el campo mientras botaba sin descanso y con el objetivo de ganarle la batalla a aquel que osara llegar antes que él; su afán por penetrar, por dividir la zona, quitándose oponentes de en medio. Todo lo que no pudo lograr después el Lalo adulto lo consiguió y nos lo hizo sentir aquel chaval en el que todos los niños de Valladolid nos mirábamos. Aquel por el que ahora intento buscar torpemente los recuerdos. Esos malditos recuerdos bloqueados.

Lalo García, durante un homenaje reciente que se le realizó en el Pabellón Pisuerga. (Imagen: Diario de Valladolid El Mundo).

Yo soy de los que piensa con negatividad que la muerte no sirve más que para acumular pérdidas y dolor (a veces en forma de bloqueo, ese maldito bloqueo), que simplemente es una putada, que alguien se va y punto. Sin embargo, en esta ocasión quiero pensar que es diferente, que la historia trágica de Lalo y su colofón cruelmente metafórico, como escribe Gustavo Aranzana en El Mundo, no ha sido en vano. Que tal vez se haya sacrificado por algo, que tras su ruina personal se reconstruya algo que significó mucho en su vida y que incluso le provocó la caída; no tengo ni idea de cómo. Pero necesito pensarlo, que no se ha matado sólo porque estuviera desesperado. Que en el fondo tiene planeado ayudar desde otro sitio, seguir encestando a velocidad de vértigo, impidiendo a sus rivales que anoten. Aunque me cuesta horrores. Esta maldita desesperanza vital, esta falta de fe. No puedo, me bloqueo. Este maldito bloqueo emocional.

Espero que, si estás en algún sitio, al menos tú sí te hayas liberado, Lalo. Un abrazo muy fuerte. Ojalá hubiera podido dártelo alguna vez en persona.

Álber.

En memoria de Gonzalo (Lalo) García Téllez, dedicado a su familia y amigos y especialmente a Mike Hansen. Y, por extensión, a todas las personas que han estado vinculadas durante su convulsa historia al Club Baloncesto Valladolid, que ha perdido a su hijo más importante.

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2 respuestas a Lalo y los recuerdos bloqueados

  1. Javier Barra dijo:

    Grandes palabras Álber.
    Eterno Lalo 5

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