En Semana Santa, de paso por Valladolid (I)

Se preguntarán ustedes  a qué viene un servidor otra vez a hablarles de sus gaitas y papanatas. Igual andan pensando: ‹‹La que nos ha caído encima, otra vez el Robustiano a darnos la matraca!››. Pues miren, que uno ha cogío el gustillo a eso de la fama o popularidad o cómo se diga, que uno no deja de tener su vanidad y, aunque me ponga un poco colorao cada vez que escribo, porque no soy hombre instruío, sé que ustedes se hacen cargo.

La cosa es que estaba yo un poco así como tristón allí en mi querido hogar, rodeao de mis cerros y mi silencio, habiendo terminao toa la faena de ese día en el sembrao, y no sabía yo por qué. Como ya me conocen bien, huelga decirles que soy un hombre de campo y solitario y, aunque un poco calamidad para las labores de la casa, no voy a ser yo quién lo niegue, que desde que mi Servanda ya no está conmigo creo que hasta me he quedao más flacucho de lo que estaba, pero a fin de cuenta me apaño mal que bien; pues, como les digo, aunque a veces me traiga de cabeza esto de la soledad para esas cosas que son tradicionalmente de la mujer, yo no suelo tener morriña de darle a la sin hueso.

Pero miren ustedes, aquel día, con el relente de las noches de marzo, que aquí en Castilla pega cosa  fina,  y un par de ideas raras que se me cruzaron de repente por la cabeza, me sentía yo, no sé cómo explicarlo, digamos así que entre mustio y nervioso, como si tuviera almorranas o me picara el trasero, vaya con el perdón por delante para las señoritas.

Entonces, en un arrebato así como raro, me dije que lo que me pasaba es que echaba de menos a aquellos dos jovencitos que tan amigos míos se han hecho en este último tiempo; sí, esos, la parejita de reporteros pipiolos.  Así que me eché el fardo al hombro al día siguiente, poco después de la primera luz, y me fui caminando al pueblo para llamar desde la cabina al número que me habían dejao los chicos el último día que habían estao conmigo, allá por septiembre, cuando las Ferias de la capital.

Me cogió el teléfono una voz así como robusta, muy fuerte, de hombre ya entrado en canas y seguramente amante del pitillo, y le pregunté por los chicos. Me dijo una cosa que no entendí muy bien, que me ponía en espera creo, y luego tuve que aguantar un soniquete tan machacón que a punto estuve de colgar. Después de dos minutos de soportar la tonadilla infernal, se puso la muchacha. ¡Qué alegría me expresó con esa voz dulzona, acarameladita, así como de niña mayor! Yo, oigan, no vayan a pensar raro, que a mis años ya uno no está ni para trotes ni para estoques, y además para mí el recuerdo de mi Servanda es sagrao, pero no pude evitar que me fuera un poquito más rápido el corazón.

Sin pensarlo mucho, así como por impulso, que a esta chiquilla la entran rápido –me recuerda algo a mí en eso, más que su compañero, que es como más parao y soso–, me dijo que al día siguiente mismo venían a verme los dos para proponerme una cosa. ¡Se pueden imaginar que noche pasé! Casi ni poder dormir de la emoción; con un movimiento en las tripas cosa mala, los garbanzos dándome vueltas casi hasta que escuché de fondo los primeros ruidos de la mañana.

Allí aparecieron con dos sonrisas como dos soles los jovenzuelos, más guapetones aún que la última vez. Tenían una facha como más sonriente y se los veía lozanos y frescos. ¡Ay cómo envidiaba yo los aires de la juventud al verlos tan mozos y apuestos! Me dieron dos achuchones muy cariñosos, como de nietos a su abuelo y, más besucona que otras veces, la muchacha me plantó dos en cada mejilla.

Pusieron los dos un gesto como de misterio, pero guasón al mismo tiempo, y el chico saltó de pronto:  ‹‹Robustiano, ¿le apetece hacer otra vez una visita con nosotros a la capital?››. Yo me quedé como las veces anteriores un poco golpeao por el susto, pero algo menos, que uno ya va aprendiendo, que menos a la muerte se acostumbra uno a to´. Además, los aires del campo se me estaban haciendo un poco pesaos últimamente y a lo mejor necesitaba cambiarlos unos días por un poco del frenesí y la locura de la civilización.

Aunque yo, fiel a mi costumbre de no llevar calendario ni cuentas fijas, no tenía ni pajolera idea de la fecha, la calculaba más o menos por las horas del sol y porque estábamos en la época de escardar el cereal, de quitarle las malas hierbas, o sea, a principios de la primavera, aunque se echaba de menos que cayese la bendita lluvia y el manolo diera algo de respiro. ‹‹Tiene que faltar poco pa´ que acabe la Cuaresma y llegue la Pascua››, comenté a los pipiolos. Se emocionaron mucho los dos, vaya que sí, movieron las manos así como queriendo decirle al aire ‹‹¡este Robustiano ha dado en el clavo!›› y así había sido, que por eso la joven me dijo: ‹‹De hecho, Robustiano, estábamos pensando en hacer uno de esos reportajes nuestros sobre los cambios que ha habido en la Semana Santa de cuando usted era joven a ahora››. Así que había gato encerrao, pensé yo. La visita no era solo de cortesía.

Aquello no me sonó precisamente a música de los cielos. La Semana Santa tenía pa´ mí un recuerdo algo negro. A mí me gustaba mucho ir de chico a verla a la capital con mis señores padres, pero luego vino Franco y la cosa cambió. No las procesiones y los pasos y todo eso, que más o menos seguía siendo tres cuartos de lo mismo, pero ver por allí pululando a las autoridades del Caudillo, a sus dichosos grises y encima a to´ los curas bebiéndoles las aguas me ponía de los higadillos, encendío. A veces la Servanda me tenía que agarrar el hombro. ¡Ay, cuántos disparates no habría hecho yo de no ser porque aquella mujer bendita me controlaba!

Luego lo pensé un momento y me acordé de la otra vez que había estao en la capital con mis queridos muchachos. La gente parecía así como un poco más alegre y libre de hacer cosas, más suelta vamos, así que seguramente con la Semana Santa pasase lo mismo y ya no habría tanto guardia cabronazo, con perdón, por ahí pululando. A fin de cuentas,  seguí yo razonando, habían pasao muchos años, el Generalísimo ya tenía que estar mu mayor, más o menos como yo porque somos de la misma quinta, así que ya de tan abuelillo incluso un malnacío como él se habría ablandao bastante.

—Pues nada, hijos, no se hable más, a la capital que nos vamos —les contesté, y me sentí hasta emocionao.

Ellos se pusieron to´ contentos y me dieron hasta un abrazo, así que yo, figúrense, más feliz que unas castañuelas, como un niño con zapatos nuevos. El viaje, eso sí, una tortura, en esa birria de automóvil que tienen, con este muchacho mío que me pega unos tirones que ni la mula del Segundo, uno del pueblo de al lao que tiene unas tierras cerca de las mías y con el que me cruzo algunas veces.

Pues casi en un suspiro allí estaba otra vez, en esa mi ciudad de siempre, la de Don Miguel, Doña Rosa, Don José, el Pisuerga, la Antigua, el Campo Grande y el Real Valladolid. ¡Dos veces en pocos meses después de tantos años sin pisar por allí! Quién me lo iba a decir… Enseguida cayó la tarde y resultó que era Martes Santo y los mozalbetes me llevaron a ver la Procesión del Encuentro. No había cambiao mucho, la verdad, de cómo yo la recordaba: la emoción de ver a la madre reuniéndose con su hijo allí, frente al Palacio de Santa Cruz, los cofrades con los capuchones y los cirios, las manolas to´ guapas y mu recatadas, el incensario y el rastro que deja, el pesao de la carraca… Y claro, la banda de música con to´ los artilugios de viento y el tambor con su prom prom y to´ el mundo marchando a su ritmo.

Lo que sí vi un poco diferente es a la gente que estaba allí viendo el asunto. Además de las vestimentas estas estrafalarias que me llevan hasta los viejos —aunque tan viejos como yo les juro, y no en vano, que ni uno vi— noté como mucho más jaleo del que había en mis tiempos. A ratos, mucho silencio y respeto, pero de vez en cuando un grito por aquí, un charlatán por allá, una chillona por el otro lao, e incluso, ¡yo no daba crédito!, un par de jovenzuelos cruzando por medio de la cofradía y riéndose. Que dije yo para mis adentros que sería porque eran casi unos zagales, porque, si no, se los llevan arrastraos a la gendarmería.

Y entre to´ el gentío, allí le eché la mirada al hijo del ginecólogo de la Servanda, que, según me contaron mis queridos periodistas cuando estuve con ellos en las Ferias y también lo vi, es el alcalde de la capital. Tenía el gesto avinagrao y la mirada así como fiera, igualito que cuando era muy mocito y a veces estaba con su padre en la consulta, que a mí siempre me pareció un poco bastante subidito. Más calvo y con barba, pero la mismita expresión de estos perros guardianes que tienen algunos de los del pueblo de abajo guardándoles las fincas y que alguna noche me despiertan con su escándalo. Aunque ya se sabe que perro ladrador poco mordedor.

—Joder, cómo iba a faltar. Hasta en la sopa —saltó de pronto el chico a media voz y yo pegué un respingo que hasta pisé a una señora que tenía detrás y tuve que pedirle perdón con gestos, aunque ella ni se enteró de lo privada que estaba con la Virgen y el Cristo.

—Sshhh. Cállate, hijo, que nos llevan al cuartelillo —le pedí muy nervioso, y la chica se rio como ella lo hace siempre, que ni el más bonito de los ángeles la podría superar… ¡pero, leñe, aquel no era el momento!

—¿Os queréis callar, insensatos? —les insistí mientras el corazón me pegaba bailoteos.

Se miraron de esa manera que ellos lo hacen, tan especial que me pone tontorrón y un poco melancólico porque me hace evocar a cuando éramos jóvenes la Servanda y yo, y no dijeron na´ más. El corazón se me volvió a su sitio, aunque me quedó todavía un buen rato el nudo en la garganta. Qué miedo había pasao, madre santísima, pero no por mí, que ya estoy muy cascao como para tener miedo a los animales del Caudillo, sino por los muchachos. Les eché la regañina mu serio.

—Menuda habéis estao a punto de liar, mangarrianes. ¿Vosotros no sabéis que los alcaldes de Franco ni tocarlos, ni hablar de ellos…? ¡Ni mentarlos, vamos! ¡Y menos aún en Semana Santa, válgame Dios! Y luego tú, hija, venga a reír, que en estos días la gente quiere estar triste para honrar al Cristo muerto, que digo yo que es un poco tonto eso y que a lo mejor había que estar también alegre porque él nació y estuvo con nosotros, aguantándonos aunque no hay quien nos aguante, pero, hija, es la tradición y eso es sagrao pa´ toa esa gente que se dicen de bien, con su facha peripuesta y sus andares de pisar uvas, y encima con los curas, que son los peores, haciéndoles el juego. ¡Con la Iglesia hemos topao! En la Semana Santa, hijos, oídme bien, ni risas ni na´ y mucho menos, hijo, hablar mal del alcalde que ha puesto Franco

—¡Pero si lo peor es que encima lo hemos elegido nosotros, Robustiano! —me contestó el mozo.

—¿El Caudillo dejando que el pueblo elija a uno de sus alcaldes? —repliqué llevándome las manos a esta cabezota que me ha dao Dios.

—Bueno, eso de que lo hemos elegido nosotros… Tú y yo desde luego no —aclaró la muchacha.

—¡Acabáramos! —salté yo como si gritara eso que los sabios decían en mi tiempo cuando discurrían bien: ¡albricias!—Así que Franco deja eso de la democracia pa´ los señoritingos, los curas, los ricachones… ¡El pueblo, punto en boca, como siempre!

—No, Robustiano, no es exactamente eso, pero… Mire, es igual, el caso es que está usted aquí para contarnos cuál es su opinión sobre la Semana Santa. Olvide esos rollos de la política, que al final no te llevas más que malos ratos. Se lo digo yo, que soy periodista —zanjó la joven.

Sí, muy periodistas serían, pensé yo para mis adentros, pero siempre estaban igual, ocultándome cosas, como si aquí, el que suscribe, Robustiano Iglesias, fuera ignorante perdío. Vale que yo no soy hombre de estudios, pero tonto, lo que se dice tonto, nunca he sido. Juro, y no por jurar, que esa es la única cosa de estos chiquillos que me hincha los cataplines, con perdón,  el que se digan informadores del pueblo y luego no cuenten lo que tienen que contar.

(Continuará)

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