En Semana Santa, de paso por Valladolid (II) (una crónica de Robustiano Iglesias)

En Semana Santa, de paso por Valladolid (I)

Quitando lo de que los jodíos se callan cosas… ¡son tan adorables! Aunque también, muy inconscientes, hay que decirlo todo. Pero claro, es lo que tiene la juventud, quién la volviera a tener. Al día siguiente, sin ir más lejos, la imprudencia casi les pierde. Antes de bajar al centro, me montaron en su vehículo atroz y me llevaron a dar un garbeo por la zona del sur de la ciudad. Decían que tenían que ir a un sitio que llaman el Pabellón del Pisuerga a una conferencia de prensa o algo así porque el día anterior se había muerto un hombre muy famoso y querido en toa la capital que había jugado a un deporte de estos modernos que yo no conocía. A mí me sacan del fútbol y me pierdo. Mis muchachos parecían muy afectaos así que me supuse yo que el chico este debía ser un tipo importante y lo sentí mucho por ellos y por la gente, que no dejaba yo pese a mi retiro de tener apego a aquella ciudad y a sus vecinos.

De pronto, casi me da un soponcio al ver un montón de cachivaches y de máquinas abriendo el suelo y muchos individuos trabajando a lo largo del Paseo de Zorrilla (que, por cierto, hay que ver lo largo que es ahora; en mi época era apenas pasar el Campo Grande y ya estabas en las afueras y no había más que praos, huertas y casas molineras), sobre to´ cerca de la Plaza Toros (que era de las pocas cosas que yo reconocí de antaño).

—Pero, hijos, ¿cómo hay tantos bujeros y zanjas? ¡Si parece que han vuelto las trincheras y las explosiones como cuando la guerra!

—Explosiones no, Robustiano, elecciones —saltó el joven, y se rio, como si hubiera dicho una ocurrencia muy gorda y salá.

La muchacha le hizo uno de esos gestitos de picarona que pone. Aunque no les dije nada, mis entendederas lo habían cazado como a una perdiz volando a ras del suelo. Así que se trata de que, cuando se acerca ese galimatías que se ha inventado ahora Franco pa´ que voten a los suyos, monta la pantomima de que se gasta los cuartos por el pueblo y, como ojos que no ven corazón que no siente, los que tienen bien lleno el estómago meten el papelito diciéndole al Caudillo que están muy contentos con él y que es el salvador de la patria y todas esas zarandajas y pamplinas de siempre, y eligen otra vez al hijo del ginecólogo o a quien quiera él.

Por la noche, fuimos a ver una procesión de Miércoles Santo. Yo me lie los sesos y ya no sabía si era la del Nazareno, la del Vía Crucis o las dos mezcladas. ¡Todo un Cristo, y nunca mejor dicho, la que había allí montada, mire usté! Y de repente van los dos pipiolos y se ponen a hacerse arrumacos mientras está una de las bandas tocando una cosa que me pareció una saeta, pero al estilo de aquí, muy bonita por cierto. Por una parte me alegré, porque las otras veces que había estao con ellos, siempre parecían así como que se querían comer y no se atrevían, pero oiga, una cosa era eso y otra cosa en mitad de los pasos de Semana Santa con to´ la tropa de Franco espiando como chacales, ¡madre del amor hermoso!

—¡Pero qué hacéis, locos, que esto que estáis haciendo pa´ toda esa gente es pecao mortal! ¡Que, aunque ya no esté la Inquisición y no os puedan llevar a la hoguera como en la Edad Media, ganas no les falta!

Como de costumbre, venga a echarse la risotada, sobre todo él, la chica dándole en el codo y luego guiñándose los ojitos los dos, como si yo no me enterara, que más sabe el diablo por viejo, y yo de esto último tengo mucho, pero que mucho. Luego a darse pellizquitos, a hacerse cosquillas y carantoñas y yo con el garganchón enredao y la patata aquí subida, Santo Cielo, sobre todo cuando veo pasar a toda la recua de militares con las cornetas, que sí, haciendo música iban, pero estos no se andan con chiquitas, que como quieran armar la marimorena no les tiembla el pulso.

No pasó na´, porque los chicos dentro de lo que cabe se contuvieron el celo, que estarán lo que se dice muy acaramelaos y con to´ la pasión esa rondando, pero en el fondo son muy pavos estos dos y entre que la chica parece que se hace desear pero luego corta, como hacían también las jovenzuelas de mi tiempo en la capital, la Servanda incluida, y él que es un poco mangarrián y parao, pues no se acaba de lanzar, y ojo que es más bueno que el pan pero yo creo que le falta hombría y bravura; pues mira, que el uno por la otra la otra por el uno la casa sin barrer y no acaban de romper el cántaro, que al final, lo que digo yo, va a reventar solo, que es cosa de la naturaleza.

En esto que nos damos otra vuelta por la zona del Atrio, donde por cierto sigue el espanto ese del comercio de Don Luis Tremiño, que pusieron cuando yo era un hombretón que estaba en la mejor edad y se cargaron la vista de la Iglesia, que a mí me dolió horrores.

—Ay que ver, ¡qué toavía siga esto aquí con la de años que han pasao! Pero claro, el alcalde de Franco de aquellos entonces quería sacar tajada de to´ y buenos duros que le habrá pagao Don Luis todo este tiempo por dejarle usar el horror este —intenté decirlo bajito, pero más bien fue a las bravas y muy indignao.

—Pues le voy a dar una buena noticia, Robustiano: el Ayuntamiento lo va a derribar —me contó la chica.

—Bueno, eso será si los jueces le dan la razón —le frenó el entusiasmo su muchacho.

No dije ni , porque yo no entendía ni palabra de tribunales ni juicios en su día, con que menos ahora en estos tiempos raros. Ahora sí les digo una cosa, que los señores que dan la justicia esa siempre han estado al servicio de Franco, y no creo yo que por mucho que el Caudillo se haya aviejao y endulzao vaya a haber cambiao tanto la cosa, así que, si el alcalde que han elegido los ricos de la capital porque el Generalísimo así lo ha querido (que viene a ser lo mismo) quiere mandar al carajo la mole esa, pues lo conseguirá, aunque me da un poco de pena por Don Luis y su familia.

Seguimos gastando la suela por las calles que rodean la Plaza (¡ay qué ver por cierto lo bien cuidadas que están; otra cosa no, pero los alcaldes que le gustan a Franco siempre han sido muy de limpieza en la presentación, pa´ presumir que son gente de bien) y nos cruzamos con más pasos sagraos o con los mismos de antes o vaya usté a saber, pero el caso es que allí estaban en una esquina cerca de la Fuente Dorada los guardias o policías o cómo los llamen ahora montados en esos peazo jacos que quitan el aliento. Y también desfilando por allí cerca del Cristo levantao a hombros y de los capuchones, la Guardia Civil, con sus tricornios de siempre. Yo un poco así como constreñío, pa´ que se lo voy a negar, pero no por mí, que ya les he dicho que tengo el culo muy pelao, sino por mis mozalbetes del alma, que encima son periodistas y a estos que van con el uniforme pagados por el Caudillo no les hace ni puñetera la gracia que se cuente lo que hacen, ni los palos que dan ni cuando se llevan a algún desgraciao al calabozo.

Y llegamos al Jueves Santo, mi último día (de momento) en la capital. Y fue el remate, la repanocha. Al principio, como otras noches, unos cuantos mendrugos de pan con trozos de pitanza varia que a mí me dejan siempre con más hambre que a un hotentote y unos chatos de vino pa´ acompañar, aunque no les puedo echar la culpa de la escasez a mis queridos reporters, porque comprendo que andan arruinaos los pobres con el oficio que tienen, que no da pa´ na´ y menos con el dineral que cuestan los refrigerios en las tabernas de ahora, que ni todas mis pesetillas ahorradas juntas sirven, según me dicen ellos, pa´ pagar.

Después, a mí se me antojo un cafelito, porque tenía algo de modorra acumulada y les pedí que por favor me llevaran a algún restaurante o cafetería que aún existiera de los de mi época. Empecé a decir nombres uno detrás de otro y todos debían estar caput, porque a los chicos ni les sonaban. Entonces se me ocurrió el Molinero, que cuando yo era mozuelo era muy de señoritos y yo ni pisaba por allí, y los chicos por fin supieron de qué sitio hablaba. El café, riquísimo la verdad, y el local muy cambiao, no lo reconocía.

¡Pero ay lo que me arrepentí de haber tenío la idea de ir! Más te valdría haberte callao la bocaza, Robustiano, botarate, que a tu edad ya no estás para disgustos, que te vas a quedar en el sitio, me hubiera dicho mi Servanda del alma. Y es que me llevé uno de mucha impresión, se lo digo desde las entrañas a ustedes, cuando pasé por la puerta del Cinema Roxy y vi que, aunque el edificio sigue ahí tan bonito como siempre, por dentro está to´ desmangao, un destrozo, una ruina, una fatalidad muy grande. ¡Con el cariño que yo le tenía y la ilusión que nos hizo a la Servanda y a mí ir allí la primera vez de novios, recién inaugurado, a ver en aquella pantalla gigante Don Quintín el Amargao! Me sentí igualito a cuando me enteré de oídas hace muchos años, cuando la Servanda y yo ya no bajábamos a la capital, de que la gente de Franco que gobernaba entonces en la capital había tirao el Teatro Pradera, que ustedes que no lo conocieron no saben lo que se perdieron, pero era el sitio con más encanto de toa´ la ciudad.

Les pregunté a los chiquillos qué había pasao allí pa´ que aquello quedara como un solar, pues las obras no parecían viejas. El joven yo creo que iba a contarme algo, pero la chiquilla me puso ojos de pena y le pidió a su compañero que callara. Yo les insistí, ya harto de tanto enigma y secreto como se llevan siempre, aunque sé que lo hacen por mi bien, pa´ protegerme de tanto desastre moderno. Pero la chica, firme como cualquier hombre hecho y derecha, que es un primor verla con ese carácter que se la pone, siguió en sus trece y me dijo una frase misteriosa pa´ cerrar el asunto. ‹‹Créame, Robustiano, es mejor que no lo sepa, lo que han hecho con el Roxy es demasiado cruel y vergonzoso››. Pues sí, hija, qué le voy a decir, yo con esa forma de hablar tan divina; ordeno y mando como si fueras la Carmen Polo en joven y en guapa.

A eso de la medianoche, con un frío de espanto pero que uno acostumbrao a las heladas del campo lo lleva bien, vimos en las Angustias a la Virgen sacada de la Iglesia mientras tocaban el himno de España, que sigue siendo el de Franco y el de antes de la República. Hacía muchos, pero que muchos años que no lo escuchaba y me dejó como así un poco desazonao, un poco de sentimiento de morriña igual, pero qué quieren que les diga, y perdónenme, pero a mí lo de la Patria, los nacionales y la bandera, que me imagino que seguirá siendo también la misma, la de sólo dos colores con el águila, el yugo y las flechas; pues eso, que no puedo con ello.

Después, mis queridos polluelos, que son la repera, se empeñaron en que me querían llevar a un bar de jovenzuelos a darle al bebercio y a escuchar la música de ahora. Yo me eché una risotada de las buenas, como no recordaba una así casi desde que vivía la Servanda.

—Pero hijos, qué ingenuos sois, cómo se ve que aún estáis sin hacer… ¡En Semana Santa ir a una taberna con música! Si la Iglesia y Franco lo prohíben to´ estos días, que bien me acuerdo yo. En la radio, sólo música sacra, ni orquestas ni gramófonos en los bares, ni na´! ¡Hala, to´ el mundo triste y con cara funeral porque lo mandan el Caudillo y los curas!

—Este es un bar muy especial, Robustiano —me informó la moza.

—Sí, se llama el Vinos Merino. Igual le suena de su época, es muy antiguo, aunque ahora le han puesto en otro lado —completó el chico.

Yo me quedé así como papando moscas unos segundos y luego caí:

—¡Hombre, hijos, pues claro, me acuerdo de haber tomao allí chatos alguna vez de las últimas que venía yo por la capital! Una bodega mu acogedora, sí, señor. ¡Pos no se hable más, llevadme!

Y a pegarle al zapato otro rato. Subimos hacia la Fuente Dorada, pasando Correos y dejando a la izquierda el Mercao El Val, que también estaba en obras, ¡maldita la leche que les dieron a los políticos de Franco con levantar to´! Eso sí, las calles del centro muy cuidas toas, como la de las Platerías, que to´ hay que decirlo, que a los alcaldes de Franco otra cosa no, pero siempre les ha gustao mucho limpiar to´ por fuera, que no haya roña, ni vagos ni maleantes, ni ruidos por las calles de noche y si pue´ ser ni respiraciones.

El Vinos Merino ahora está cerca de la Plaza de Cantarranas y, aunque más arreglao y grande que como yo lo recordaba, una bodega sigue siendo una bodega. Yo impresionao de ver allí a toa la chiquillería, beodos perdidos, hablando a voces y con la música del infierno, que si entraban los grises allí se iba a montar gorda por armar la marimorena en Jueves Santo y no estar en las casas, rezando o desfilando con los pasos. Eché mano por si acaso de mi cachava pa´ defender a mis muchachos si se terciaba la ocasión. Pero no hizo falta porque al final les entró el sentío y se pusieron a cantar canciones de la Iglesia, una que hablaba del Padre Nuestro, otra que decía alabaré a mi señor y no sé cuántas más, aunque eso sí, como con más alegría que como se cantaban ese tipo de músicas en mi época.

Salimos de allí, yo algo achispao pero más sereno de nervios, aunque también de mal café, qué quieren que les diga, que me reventaba que allí seguía to´ parecido, con Franco y los curas mandando a to´ Dios; y vimos el último rito de la Semana Santa, al menos por este año pa´ mí, que también fue el que más tierno me puso, aunque casi lo estropean todos esos jovenzuelos descerebraos con su escandalera. Mientras cantábamos la Salve popular, que yo aún me la medio sabía, en la puerta de la Veracruz, donde entraban al paso del Lignum Crucis, se mezclaba el griterío de fondo de los mozalbetes medio desmayaos por el vino y soltando barrabasadas y blasfemias, algunas que no puedo ni reproducir aquí por respeto a la madre de nuestro señor Jesucristo.

Y encima, pa´ liar más la madeja, se ponen mis queridos jóvenes, que les quiero mucho pero a veces son un par de zascandiles, a reírse de aquellas salvajadas y también porque tenían ellos mismos el morapio subío a la cabeza. ¡Ay, Dios mío bendito, qué miedo pasé por ellos y por to´ los demás locuelos! ¡Que yo pensaba que íbamos a tener un disgusto de los de aquí muy señor mío! Pero menos mal que la oración duró poco, la gente se dispersó y las salidas de tono de los jóvenes también se fueron apagando, que si aquello se alarga un poco, no tengo duda alguna de que termina aquello como el Rosario de la Aurora.

Y así las cosas, al día siguiente, no muy temprano, que a estos muchachos no les gusta mucho eso de madrugar, me volví pa´l pueblo. Yo quería coger el tren burra, pero los chicos, que me quieren tanto, se empeñaron en llevarme con el artefacto ese de cuatro ruedas, feo como él sólo, pero por lo menos condujo la chiquilla, que a mí se me hace raro ver a una mujer al volante, pero hay que reconocer que tiene como más suavidad y aplomo, que quieren que les diga.

Qué pena me dio despedirme, esta vez, mucho más que en Ferias, miren ustedes, yo no sé por qué, pero le estoy empezando a coger cariño a eso de ir a la capital otra vez después de tantos años, que ahora me´ acostumbrao y oigan, lo echo hasta de menos. Pero por otra parte lo pienso y, como les dije a los chiquillos cuando ya se marchaban, la verdad es que se está más a gusto aquí, que no tendré las diversiones ni la agitación de aquello, pero oigan, con el corazón en la mano, me libro de otras cosas que a mí es que me repatean por muy hermosa que sea la Semana Santa, como lo de tener que ver a los curas y a los señoritos emperifollaos desfilando al lao de los militares, la Guardia Civil y la policía montada,  o escuchar la marcha real dedicada a Nuestra Señora de las Angustias que no sé muy bien que pinta ahí si no es pa´ que sólo se emocionen los nacionales del Caudillo.

Claro que no me extraña, porque en la capital, a fin de cuentas, siguen allí los alcaldes que le gustan a Franco, que siguen haciendo las mismas cosas que hacían antes: mucha limpieza por fuera pa´ que no se vea la mierda de la casa, con perdón, haciendo muchos bujeros pa´ que to´ luzca muy hermosote y, a la mínima que pueden, a cargarse teatros o cinematógrafos pa´ que el pueblo no piense y les canten la música que les gusta a ellos y les beban las aguas; pero a mí, a Robustiano Iglesias no se la pegan, que soy un hombre rústico y poco ilustrao que no sabe de la misa a la media de las políticas ni las cosas de los gobiernos, pero sí sé cómo están mis chiquillos, los periodistas, los pobres cada día más esmirriaos y encima teniendo que morderse la lengua pa´ ganar cuatro duros.

A mí que quieren que les diga, me cala mejor la boina aquí en mi mundo rústico, con mis ovejas que sólo se me quejan cuando no las doy de comer, mis huertos, mis sembraos y los cerros al ladito, en medio de esta Meseta de la Castilla, muy santa y de Dios pero también de sus hombres que, como yo, le han pegao al azadón, la trilla y el rastrojo to´ la vida.

Aunque eso sí, tengo que confesarles que, cuando pasaban las imágenes al lao mío no pude evitar echarle cuatro rezos al Cristo y dos o tres Ave Marías a la Virgen pa´ pedirle que trajera lluvia esta primavera… Y mire, parece que m´ han escuchao, que este abril viene lluvioso como manda el refrán.

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