España color de rosa

España color de rosa. Del rosa con el que rellena Mariano Rajoy el background de su tele de plasma. Del rosa chillón de la extravagancia de Cristóbal Montoro. Del rosa que aparece en el predictor económico del gobierno.  Dos líneas rosáceas, el test es positivo, España está embarazada y crece el bombo preelectoral. Luis De Guindos lleva preñado mucho tiempo, pero Aguirre, que no se fía de los suyos tanto como se fio de Granados, insiste en repetir el test. Teme que no haya estado de buena esperanza, que el rosa diga en realidad que la hormona HGC está presente por enfermedad. La de los señores que pasaban por Génova, los que ya no pertenecen al PP, of course, los de los asuntos particulares, que dice Soraya pasando un mal Rato. La patología de los que abandonaron la miiltancia pero que tuvieron despacho y ordenador no de color rosa con el que se identifica a la informática, sino blanco como quedó el disco duro que también pasaba por allí. El mal de las indemnizaciones en diferido y de las simulaciones de Cospedal. El contagio de los Dolores de cabeza de Doña María de la Mancha. Pero algunos siguen creyendo en la fecundación, los más religiosos, esos que jamás quisieron interrumpir la gestación, los antiaborto, los que añoran la España de Aznar… Y de Don Rodrigo. Ese que, algunos aún siguen pensando, creó una España color de rosa, aunque otros creíamos ya entonces que el único rosa que le gustaba era el de los billetes de 500 euros que le prestaba el HSBC, el banco de Gescartera. Pero dicen los primeros que el ciudadano Rodri sigue mereciendo el color rosa de la inocencia hasta que se demuestre lo contrario. Sin embargo, no hace falta que nadie demuestre su color azul. Sí, claro, el del PP.

España color de rosa la que prometía Podemos cuando Pablo Iglesias ponía a todo el mundo morado. Ahora, como mucho, les pone colorados. Y aunque siga llevando en su logotipo el tercer color de la bandera de algunos españoles, en realidad parece cada vez más rojo, aunque así le mole cantidad a la prensa rosa. Más parecido al PSOE, de izquierdas (eso dice) no revolucionario, acoplado al sistema. Y su España, si podemos, será menos rosa de lo que nos pintaban, tal vez un tono como carmesí, el del estandarte de la monarquía. Esa en la que manda Felipe de Borbón y VI por la gracia de la Constitución no reformada, que me parece que tuvo las mejillas un poco sonrosadas cuando el ¿ex? bolivariano no confeso Pablo le regaló una serie de casta real. Para Juego de Tronos el que tiene que hacer la nueva amiga de los de morado desteñido (el Podemos oficial, en el que mandan Iglesias, Errejón y Monedero), Susana Díaz, para gobernar, ser investida y matar a sus antiguos reyes Chaves y Griñán sin que se note que lo ha hecho ella. Demasiada sangre roja (o azul) que limpiar. Izquierda Unida ya no está para ayudarla, pues Escarlata O´hara de Andalucía se encargó de degollar a los chicos que siempre fueron de verde y ahora se diluyen en otros colores, aunque Alberto Garzón se esfuerce en explicar que siguen siendo independientes. Ese político que tiene la extraña virtud de caer bien a casi todo el mundo y no ser votado por casi nadie. Ese respecto al que algunos piensan que, si esta España fuera otra y dejara de parecerse a España sin dejar de ser España, tal vez podria haberla puesto algo de colorete rosa. Si acaso para contrastar con la sombra de ojos azulona del PP.

España del color de Rosa Díez. El rosa desvaído (perdón, magenta) de UPyD, donde todo se tiñe del amarillo de la traición. Ella, la mencionada, aguarda pacientemente a que la tiren de su silla (¿de color rosa?) o del escaño; difícil saber cuál de las dos cosas ocurrirá antes. Pero mientras tanto la otra Rosa de España resistirá como una jabata, aunque se sienten encima y carguen contra su delgado cuerpo de política trabajadora, metódica y firme en sus ideas. Cuando su final llegue, me pregunto cuántos españoles retendrán su legado en la parte menos rosa de su cerebro. El de la política que fundó un partido con nueve en transparencia, la que quiso que ningún corrupto más se fuera de rositas ni de Bankia, ni de la Junta de Andalucía ni del PP ni del gobierno, ni de ningún sitio, la que no quiso cambiar su rosa (perdón, magenta) por el naranja de la generación del 82, aunque en realidad Albert Rivera naciera en 1979, a principios de los 2000 ya militara en el Partido Popular y ahora, como ciudadano del siglo XXI, bendiga los minijobs. La que creyó ingenuamente que España podría algún día ser color de rosa.

Pero, como decía Ismael Serrano en aquella canción, aunque hace años logramos dejar atrás el gris seguimos Atrapados en Azul. Como mucho en un rojo de mentirijillas, impostado. Que está muy lejos de parecerse al rosa de nuestros sueños. A la España color de rosa que nos venden como si fuera gelatina con sabor a fresa del Mercadona. Mientras millones de españoles ya ni siquiera saben pensar en rosa porque tienen el deseo nublado de tanto vivir en negro.

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