Aplausos

Aplausos que te provocan callos. Un poco más y llagas. Aplausos que se te escurren de las manos. Palmas trocadas por aplausos; te emocionó la canción.

Aplausos levantado, acaban en ovaciones. Aplausos de aliento; la ficción de que a partir de ese momento corrieron más. Necesitas sentirte partícipe del aplauso colectivo, de la tromba de claps.

Aplausos que te parten el alma, cinco minutos que se convierten en ocho. Fue el capitán de tu niño. Aplausos que casi te rompen en lágrimas, aunque había más de dos mil mirando.

Aplausos en dos circos romanos junto a un río. Cuántos aplausos en forma de cenizas en una corriente de agua, cuántas pérdidas de caudal acumulado, cuántos sueños ahogados.

Aplausos antes de cenar y después de los treinta; aplausos que peinan canas, pero secan los rizos adolescentes. Tirando de mano izquierda, botando con la derecha; me encantaría machacarlos a dos manos.

Cada vez que miro y observo los huecos que queréis llenar con vuestro vacío, me dan ganas de poner a toda la ciudad morada.

Aplausos que dan palos; no les duele el cuerpo, me tiembla el hueso de la risa cuando pienso en la campaña de sembrar y recoger. Hay cosecha de aplausos con exceso de oferta y escasez de demanda.

Aplausos que resuenan en las huertas, más allá de la razón popular. El corazón a velocidad de vértigo mientras la esfera vuela; ella es un misil que vuelve a traspasar las redes de la emoción. Cada arrancada tuya, tus saltos hacia la gloria, son disparos contra mi desesperanza.

Aplausos insuficientes. Público que prorrumpe en palmas, pero ellas siguen teniendo créditos a favor. No es tal la marea azul, una olita. Yo hago lo que puedo por no ser políticamente correcto, pero te aplaudiría más a rabiar en la intimidad.

Aplausos que recibí sobre un escenario, en una cabina, proyectado en una pantalla, dando discursos incendiarios. Cuando treinta años era poco tiempo para vivir y las cosas aún sabían a menta. Pero siempre supe que el destino jamás bailaría con cobardes.

Aplausos que a veces siento que se cuelan en las clases donde me miráis con gestos inocentes. Sois los únicos que me desarmáis. Gracias y un aplauso, mis niños.

Aplausos impagables cuando me exploráis reflejado en papeles que ya no manuscribo. Aplausos inolvidables aquellos con los que tuve que lidiar cuando tú me dejaste sin argumentos periodísticos y alimentaste mi monstruo ególatra. No los cambiaría por nada.

Aplausos antes de que pasara al camerino, a la pista de baile de la marabunta, a ser actor secundario, a escuchar los delirios esquizofrénicos de los demás. Gracias por hacerme protagonista. Aunque fuese efímero. Pese a que fueran aplausos de mentirijillas.

Aplausos que nunca di. Pocos, pero irrecuperables. Puta irretroactividad de las leyes de la vida. Jamás me aplaudieron en el estrado. Me falta fe para aplaudir a los espíritus muertos y acumulo demasiada derrota para aplaudir a los fantasmas vivos.

Aplausos nostálgicos, inservibles en un estrato práctico, anclados a unos recuerdos fanáticos.  Adictivos si tuviera más. Necesarios y nocivos para los que aplaudimos de más.

Aplausos con equipaje, contenidos por el peso de las maletas. Siempre sobrepasando la carga permitida, facturando más reproches de la cuenta. Aplausos que se fuerzan, que pagan principal e intereses de una hipoteca vitalicia. Siempre os aplaudiré.

Aplausos que no me dieron, que no pedí, que supliqué, que no notaron, que no están por llegar, que se perdieron, que no noté. Aplausos que vinieron cuando ya me había ido de la fiesta después de irme de la lengua.

Aplausos por los que hubiera matado, aunque siga en esta vida llena de muerte. Aplausos que tal vez me brindaste cuando estaba ciego, aplausos que aún sueño con los ojos cerrados. Orgasmo tras el recital de aplausos que te dedico cubierto de polvo.

Aplausos que ya son sólo residuos de los aplausos que no supe reciclar. Me quedé buscando fortuna y gloria en mi historia de la India mientras otros se dedicaban a ser piratas espaciales. A las princesas siempre les gustaron los sinvergüenzas.

Aplausos fríos, si los hay. No habrá calor en el mundo para los aplausos que tengo contenidos ni para los que me mereceré. Entretanto, subiré la calefacción de mi carruaje del siglo XX, que arranca más aplausos que yo cuando galopa. Buscando que esta vez te desnudes de verdad.

Aplausos atronadores que imaginé, que sigo creando en mi fantasía. Falta de aplausos que sólo yo podré compensar. Aplausos exagerados en mi cabeza, los reales plagados de tibieza. Difícil sacar aplausos a esta tierra. Yo la aplaudiré hasta morir.

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