Conversación entre putos

“Me gustaría que fueras menos sicalíptico”, le dice un puto a otro. “Últimamente te vas demasiado del ano cuando hablas, te estás perdiendo en tu propia agonía. Me gustabas más cuando eras un puto al uso que no se quejaba tanto, asumía lo que tocaba, tiraba de oficio para ganar los encuentros. Con mejores tragaderas, vaya”.

El segundo puto, al que en realidad denominaremos puto A por su importancia moral en la charla y porque además es mujer y no hombre, aunque a veces el género, como la noche, le confunde, se siente ofendido, ofendida en verdad. Le indigna la hipocresía del primer puto. A pesar de los años que llevan juntos, casi nunca se han mentido. “Antes hacías mejores cosas con la lengua”, le suelta desafiante.

El primer puto, también conocido como Puto B, no entiende esta reacción; a ver, bien es cierto que, si se para a reflexionar, llega a la conclusión tal vez merece una cierta reprimenda, pero la que está recibiendo le parece exagerada. A fin de cuentas no fue él quien empezó con los líos esos de la exploración personal, el autoanálisis y la búsqueda de transparencia. A él con tocarse un poco cuando la relación compartida no le satisfacía, le bastaba.

Puto A, esto es, la puta de la relación, habla de cosas completamente nuevas para su compañero. Le comienza a calentar más la cabeza que la bragueta con reclamaciones. Algunas tan originales como establecer un tipo de IVA para los servicios que prestan, mismo porcentaje que el del pan o la leche –en su acepción de alimento, entendámonos–. Él, alarmado, no da crédito a lo que está escuchando. “A ver, mi adorable putita, a ti y a mí siempre nos ha ido bien cobrando en negro, no vayamos a joderlo ahora, y que conste que no va con segundas”.

Pero Puto A no se deja agasajar con milongas fáciles. Quiere que tengan un nuevo estilo en la manera de hacer las cosas, regularizar su situación, convertirse en ciudadanos que cotizan a la Seguridad Social, que puedan presumir enseñando una nómina, por muy ridícula que esta sea. “Como si es un minijob, mira, el caso es que tengamos un curro legal”. El primer puto le replica que ya bastante precario es este oficio como para andar rebajando más aún el precio de las felaciones, cunnilingus y demás.

Además, se plantea con cierto aire taimado el primer puto (también conocido como Puto B y del que es preciso decir que tal vez sea hombre, o quizá hermafrodita): “¿qué dirían los consejeros de los grandes clubes, que tanto aprecian nuestro arte sexual?” Puto A, que es puto pero también es mujer, puta por tanto en realidad, le objeta con displicencia: “Estoy harto o cansada de ellos, tenemos que buscarnos nuevos chulos, con mejor pinta, a quienes limpiar los bajos”. Puto, cada vez más asustado, le espeta que entonces para qué narices han servido tantos años de sacrificios, de establecer contactos, de urdir redes de clientes fieles. “¡Ahora resulta que la niña se me pone estupenda y sibarita!”, se queja con desesperación.

Puto A, que es bastante más listo que puto, y no simplemente por el hecho de ser puta, tiene muy claro el horizonte que han de perseguir y tiene planteada incluso una estrategia comercial. “Nos plantaremos ante nuestros potenciales consumidores y diremos que nos hemos regenerado”. El otro cree entender. “Hombre, que ya follamos con condón…”. La que en realidad es puta y no puto le mira con condescendencia, casi con lástima. “Pobrecito, mi viejo puto, tú no sabes que ahora los fabrican de colores y sabores, ¿verdad? Tengo uno naranja que es la polla, y que conste que yo tampoco lo digo con segundas”.

Aunque en realidad no se refiere a eso, matiza, no es un mero lavado de cara, sino un cambio profundo. “En la manera de besar, en los gemidos, en las posturas… En todo. Incluso tenemos que dejar de fingir los orgasmos”. En efecto, ya no volverán a ser vistos como meros depositarios del descontento de los cónyuges desalentados por el matrimonio católico, “dignificaremos el trabajo que hacemos. Como si hay que ir a las manifestaciones del Primero de Mayo”, asegura muy serio Puto A.

El primer puto, o Puto B, que no se sabe muy bien si es hombre o hermafrodita, se echa las manos a la cabeza. “Ahí sí que me has matado del todo. Encima de puta, roja”. Él, que siempre fue tan pragmático, despojado de ideales, buscando ante todo el disfrute momentáneo del polvo rápido, sin pensar en tantas complejidades, únicamente en los billetes que le caían en la caja todos los meses, ahora resulta que tiene que aportar idealismo al coito.

Entonces, un rayo de luz inteligente penetra la cabeza de Puto B, aunque él instintivamente, por la falta de costumbre, se agarra la parte posterior de sus caros pantalones de campana, totalmente inapropiados por cierto para su condición de puto popular. Se plantea con horror que lo que en realidad le está diciendo Puto A entre líneas es mucho más terrible que todo lo que ha imaginado. “Tú lo que quieres es que a partir de ahora hagamos el amor con los demás en vez de follar”, suelta casi de puntillas, como cuando mete la puntita de la lengua en coños ajenos, con un miedo atroz a que la respuesta que reciba sea positiva y placentera.

Puto A, la puta de esta particular charla del pescado vendido, sonríe ampliamente, esbozando ese gesto con el que conquista arrebatadoramente a sus clientes. “Sí, lo confieso. Tienes que darte cuenta, mi desfasado putito, que la gente no se conforma con que la engañen, sino que el engaño tiene que ser creíble. Y no hay otra que enamorarles, dejarles que se corran dentro, que nos besen, que nos digan te quiero, hasta que nos hablen después del acto si es preciso”, expone con elocuencia y algo de malicia.

Definitivamente el primer puto, que pudiera ser hermafrodita, se derrumba. Jamás pensó que se sentiría tan traicionado por Puto A, su sempiterno compañero, amante, mujer y esposo o esposa, siempre en su sitio, a veces disfrazada, otras mostrándose abiertamente cariñosa, en otras sin embargo esquivo y casquivano, como un puto algo cabrón y pendenciero, pero a fin de cuentas leal. Un puto de los de antes, porque en realidad es una puta.

Ahora ya no sabe qué decir. Pero antes de que pueda abrir la boca y protestar lastimeramente, el renovado Puto A le manda callar suavemente. “No te preocupes, cariño, mi querido putito anciano, en el fondo, cuando me les esté tirando, sólo habrá alguien que ocupe mis pensamientos. Por mucho que me alíe con otros y les diga que les amo; en el fondo, en mi verdadero fondo de perra fiel, te seguiré queriendo solo a ti, y me iré contigo siempre que tú me lo pidas”.

Y la charla termina con los dos putos, Puto B, que podría ser hombre o hermafrodita, y Puto A, que en realidad es mujer porque es puta, entregándose a la pasión que se profesan, sin reglas, ni estúpidas negociaciones de camerino ni pactos ocasionales entre fluidos. Pero eso ya no es conversación entre putos, ni siquiera sexo políticamente correcto, sino amor de verdad, así que no corresponde aquí.

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