Daniel Guzmán ofrece buen cine español A Cambio de (casi) Nada

El cine español se encuentra en un momento de forma excelente y cada vez hay más manifestaciones que lo evidencian. Resulta irónico que así sea, dado el increíble número de obstáculos al que se ve sometido por la política de este gobierno desquiciado que nos dirige y que lleva toda la legislatura, con Montoro y su infame política fiscal al frente, tratando de acorralar a la cultura y de poner cortapisas a todo lo que signifique crear, especialmente si tiene que ver con pensamiento alternativo.

Cierto es que sigue habiendo productos de usar y tirar que se fabrican únicamente para triunfar en las salas, que los grupos de amigos y parejitas vacíen un rato el cerebro y se dejen llevar por el humor chabacano y choni. Pero por debajo de ese grupo de filmes taquilleros y cada vez irrumpiendo con más fuerza, está surgiendo una corriente de cine con firma española que, sin renunciar a la vocación comercial (ahí están las cifras), trata de ofrecer algo más y contar historias desde un punto de vista propio.

Cartel promocional de “A Cambio de Nada”, de Daniel Guzmán. (Imagen: http://www.sensacine.com).

A este conjunto de películas, de las que podría destacar como más recientes Magical Girl (Carlos Vermut), Negociador (Borja Cobeaga), la tan laureada Isla Mínima (Alberto Rodríguez) o Felices 140 (Gracia Querejeta), entre otras, pertenece la recientemente estrenada A Cambio de Nada, de la que se ha escuchado hablar bastante estos días, porque lleva el respaldo de la Warner detrás y ha sido aupada por una importante campaña de publicidad. Sin olvidar que se llevó gran parte de los aplausos de crítica y público en la pasada edición del Festival de Málaga.

Es la ópera prima del actor Daniel Guzmán, al que la mayoría recordamos por su papel de Roberto, el pintamonas o novio de la pija, en la serie Aquí no Hay Quien Viva. Realmente es su primer largometraje, pero no su debut como realizador, ya que previamente había dirigido un cortometraje llamado Sueños, que confieso no haber visto pero del que he leído muy buenas cosas, entre ellas que es la base sobre la que se cimienta A Cambio de Nada.

La película se engloba dentro de ese género que se puede denominar como drama adolescente con matices cómicos y que tanta calidad ha aportado al cine español, con películas míticas como Historias del Kronen (Montxo Armendáriz) o El Bola (Achero Mañas), si bien es Barrio (Fernando León) con quien se compara mayoritariamente a la cinta de Guzmán, que curiosamente aparece brevemente en aquella. En A Cambio de Nada un chaval de quince años intenta sobrevivir a su manera, con el apoyo de un amigo y de varios personajes del submundo madrileño, en un mundo que para él es menos complicado que aquel del que trata de escapar, el suyo familiar, arruinado por la separación de sus padres que tratan de utilizarlo a él como arma arrojadiza en su batalla.

Los dos actores que encarnan a los dos chicos, Darío y Luismi, están realmente bien, aunque más que al protagonista, Miguel Herrán (Darío), intérprete muy prometedor pero al que se le notan algunas carencias lógicas a la hora de transmitir emociones además de algunas exageraciones, hay que destacar especialmente a Antonio Bachiller (Luismi), que está impresionante, lleva sobre sus espaldas un alto porcentaje del toque cómico del filme, y demuestra un aplomo y una naturalidad sorprendentes. Ninguna de las escenas en las que aparecen los dos, que por suerte son muchas, tiene desperdicio.

Que nadie se deje llevar a la hora de ver la ficha de la película por el gancho que supone Luis Tosar, pues sólo desempeña un papel pequeñito (padre de Darío), aunque eso sí, arrebata y se come la pantalla, como es costumbre en el fantástico actor gallego. La madre de Darío es interpretada por María Miguel, también con poca presencia pero muy poderosa. El secundario con mayor peso es Felipe García Vélez (Caralimpia), el típico delincuente de poca monta con buenos sentimientos hacia Darío y fan de Julio Iglesias, que por cierto en mi opinión proporciona los mejores momentos al personaje, mientras que los menos brillantes llegan curiosamente cuando el otrora tiempo icono de la música española (para quien lo fuera) no está sonando de fondo.

Daniel Guzmán, en el centro, conversando durante el rodaje con Luis Tosar, en el lado izquierdo de la imagen, y Miguel Herrán. (Imagen: Antena 3).

Pero la mención destacada y especial, como reseñan casi todas las críticas, la merece Antonia Guzmán, abuela del director y que encarna a una muy veterana vendedora de muebles abandonados. Ella hace verdaderamente memorable a la película. Su primera aparición es estelar, su mirada lánguida y afectuosa conmueve a los espectadores, el baile que se marca con los jóvenes protagonistas emociona y arranca sonrisas. Demuestra tanta autenticidad en el papel que a veces uno se sorprende de que realmente esté actuando.

El hecho de que el personaje se llame igual que la actriz demuestra que Daniel Guzmán probablemente lo escribió pensando en ella desde el primer momento y hay que darle las gracias de que así fuera, porque la buena mujer conquista no sólo a Darío, a su amigo Luismi y a su vecina Alicia, sino a todo aquel que vea la película. Es una de esas mujeres de la España olvidada, arrasada por la crueldad de los cambios tecnológicos y la tiranía de la ideología política y económica imperante, una persona que lo ha tenido siempre difícil y que se ha hecho a sí misma, y que, pese a la sensación de derrota y tristeza que lleva dentro, lucha como una jabata y se resigna a dejar de amar y a contemplar con cariño al género humano, pese a que este la haya devuelto bastante bien poco a cambio.

Antonia Guzmán junto a su nieto Daniel Guzmán. (Imagen: http://www.enelpatiodebutacas.com).

Sencillamente épica la actuación de Antonia. No me puedo imaginar el indescriptible orgullo que Guzmán tiene que sentir cada vez que lee y escucha halagos hacia su abuela. No es para menos.

Precisamente lo que hace triunfar a esta película que en realidad es más bien pequeña, hecha sin pretensiones y con un argumento simple hasta más no poder, es esa cercanía, ese espíritu entrañable que transmite en cada una de sus escenas. La cotidianeidad de las situaciones y la frescura de los diálogos son en gran parte mérito del guión del propio Daniel Guzmán, que asume de esa manera casi todo el peso de este proyecto (que le ha costado diez años de su vida ver terminado), convirtiéndolo en algo muy personal.

Sin embargo, no sólo el guión (bastante bueno, exceptuando algunos pasajes algo forzados) y las interpretaciones funcionan y otorgan ese carácter sincero, puro y emotivo a la película. También hay que destacar las localizaciones escogidas, que son muy reconocibles para cualquiera que haya transitado por Madrid, en realidad casi todos los que tenemos DNI español. Como en muchas otras películas que se ambientan en la gran ciudad española, subyace por debajo ese Madrid recóndito, casi enterrado, representado en personajes que no deberían morir nunca, en rincones que están casi a la vista de los viandantes que pasean por las grandes avenidas, pero que muchas veces pasan desapercibidos.

Después está el Madrid suburbial, que pese a su vocación de gueto para las clases bajas debido a la deshumanizada planificación urbanística, tiene ese encanto difícil de comprender pese a su vocación de comprimir vidas, sobre todo las de los más jóvenes. Aquellos que luchan por salir pero al mismo tiempo construyen su vida, para bien y para mal, en esos lugares que les condenan a tener menos oportunidades que aquellos otros quienes han nacido a tan sólo un par de kilómetros de distancia. Hogares separados por esas circunvalaciones llenas de bifurcaciones y túneles, ensanchadas por carriles que parece que dan un respiro a las almas que transmigran de la periferia al centro y minadas de radares que prácticamente impiden alcanzar los 120 kilómetros por hora, como pretende Darío con su moto.

Miguel Herrán y Antonio Bachiller (Darío y Luismi). (Imagen: http://www.losinterrogantes.com).

En cualquier caso, ese ambiente de barrio que se respira por los cuatro costados, incluso cuando la acción se traslada al corazón de la gran urbe, es un acierto indudable, la cinta no sería la misma sin ese elemento. Los que nos consideramos personas de barrio, sea de extrarradio o no, lo valoramos mucho, porque nos traslada a ese sustrato de nuestra infancia y adolescencia, de las calles familiares, del ambiente algo opresivo pero al mismo tiempo querido, que forja el arraigo, y eso nos lo da plenamente Daniel Guzmán.

Todo esto y seguramente algo más que se me escapa lo ofrece la película A Cambio de Nada, o mejor dicho de muy poco, especialmente esta semana en la que las productoras deciden volver a apostar por esa fiesta del cine que yo definí irónicamente como fiesta de los pobres hace ya muchas entradas abuhardilladas. Pero los ricos también la disfrutarán, aunque de una forma diferente.

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