Carta de despedida a Francisco Javier León de la Riva

Estimado Javier:

Permíteme que me dirija a ti en estos términos de familiaridad. Dudo que te importe ya a estas alturas de la película, pero de todos modos tengo que recordarte que formalmente ya solo eres un ciudadano más de Valladolid, que no ocupas cargo público alguno y que por lo tanto ya no te son aplicables ni el Excelentísimo, ni el Señor Alcalde ni otros títulos artificiales. No pienses que te escribo esta carta de despedida en imitación a la que tú ayer insertaste en los medios de comunicación locales, como si fuera tu último edicto. Era algo que ya tenía pensado desde hacía días, aunque no puedo ofrecerte pruebas de esa voluntad. Tendrás que creerme a ciegas. Supongo que podrás, tú que eres hombre de Iglesia y Semana Santa, de rezos, santos y, en tu otra vertiente, político acostumbrado a creer en cosas que jamás nadie ha visto.

Me limitaré a decirte que soy alguien a quien no conoces pero con quien sí has intercambiado algunas palabras en rueda de prensa y en un programa radiofónico. Bueno, igual hablar de intercambio es algo pretencioso por mi parte, digamos que te pregunté y tú respondiste sin más. No fuiste muy desagradable ni tampoco especialmente simpático. Vistos tus antecedentes con la prensa de esta sufrida ciudad, esa que tú has llegado a considerar casi de tu dominio durante estos veinte años, me doy con un canto en los dientes.

Sin embargo, me consta que te llegó algún eco, aunque lejano, de las múltiples cosas que sobre ti he escrito en esta Buhardilla y previamente en el medio de comunicación para el que maltrabajaba. Sí, yo soy ese pesado que daba la matraca con el tema del baloncesto, hablando de deudas millonarias, de fundaciones interpuestas por el Ayuntamiento, de responsabilidades solidarias, de propiedad de facto y de otras cosas muy incómodas que estoy seguro de que no te gustaban nada de nada, así que me temo que parto con la desventaja de contar con tu inicial prejuicio si es que algún día leyeses esta misiva.

En mi humilde opinión, pienso que la forma en la que has tratado ese asunto del Club Baloncesto Valladolid, que pasó de ser tu pasión a tu dolor de cabeza, ejemplifica muy bien tu forma de hacer las cosas, mostrando mano de hierro ante taquígrafos y micrófonos, tu bastón de mando siempre aparente, imponiendo y poniendo, para luego después delegar en la intimidad en sujetos, compadres, colegas, que te salieron rana. Sheriff malo en tu vida pública y padre beato en el hogar, Javier. Tu abundante prepotencia en las maneras, ese toque de soberbia, el ir arrasando, soltando la boca a paseo para luego después dar el toquecito cariñoso en la espalda… Creerte un poco por encima del bien y del mal. Arrogancia, Javier. Muchos la entendieron como virtud. Al final se ha vuelto inesperadamente en tu contra. Porque tú nunca pensaste que te la cargarías por algo tan estúpido. Hay que reconocer que no es un desenlace digno de ti, Javier, no está a tu altura, tú te merecías caer derrotado  de otra forma más espectacular.

En realidad, me gustaría empezar por aquí, quiero decir, por el hecho de que tu caída ¿final? haya sido tan floja, por una causa que a priori nadie consideraba decisiva y que dudo equivocarme si digo que al noventa y pico por ciento de la ciudadanía se la trae al pairo (puede que sólo les importe a los vecinos de ese edificio en el que decidiste construirte un ático tal vez para mirarnos a todos nosotros, súbditos para ti, desde una altura aún mayor de lo que ya creías hacerlo). Pero están las otras cosas por las que tal vez algún día tengas que responder, ya que explicaciones no vas a dar jamás, aunque tú te atribuyas a ti mismo la capacidad de hablar claro y directo. Esto no se ajusta a la realidad de tus actos, Javier, porque has caído en muchas falsedades y medias verdades, y también te has escondido, sobre todo últimamente. Veinte años dan para mucho. Veinte años es demasiado tiempo. Pero tranquilo, todo llegará, Vayamos por partes.

Al afirmar que algún día tendrás que rendir cuentas no me refiero sólo a lo del club de baloncesto, claro, pese a que objetivamente considerado parece bastante grave que el alcalde de una ciudad nombrara repetidamente presidentes que se dedicaban a desmantelar económicamente una entidad propiedad del Ayuntamiento, causando grave perjuicio a las arcas de este, sin que el máximo regidor hiciese jamás absolutamente nada al respecto (tal vez culpa in vigilando, ¿Javier?; tal vez gestión culposa, sin la debida diligencia, ¿Javier? Tal vez, tal vez). Eso por no hablar de algunos de tus estrechos colaboradores en el equipo de gobierno, que tomaron clandestinamente, en despachos a media luz, decisiones esenciales sobre el futuro de ese Club Baloncesto Valladolid tan herido por ti pero, al mismo tiempo (te otorgo esto, Javier), me figuro que tan querido, como también lo quiero yo. Y es que, pese al aparente abismo, no todo nos separa. Verás, verás. Todo a su tiempo.

Obviamente muchos dirán que eso del baloncesto es una minucia al lado de las continuas meteduras de pata en las modificaciones del Plan General de Ordenación Urbana, tema del que saliste airoso, victorioso, así lo dijiste henchido, no hace mucho, aunque notaba yo en tu gesto aquellos días que ese tema te traía de cabeza, que te hacía romper tu tradicional flema petulante. No así lo del ático, eso no, con eso no contabas, ¿eh?; a quién narices le iba a importar eso.

Todavía si hubiera sido por alguno de los desvaríos en la planificación de la ciudad… Tú que la hacías y deshacías a tu antojo, casi a tu imagen y semejanza, diría yo. Recuerdo bien cuando proyectaste aquel disparate de miniciudad, Valdechivillas, previsto para 60.000 habitantes, ¡más de 15.000 viviendas!, en plena orgía inmobiliaria, aunque resultaba evidente que no existía tal demanda en Valladolid y que había fundadas sospechas de que tú o la actual alcaldesa en funciones, Mercedes Cantalapiedra, tuvierais fundados intereses privados en que aquella salvajada saliera adelante. Lo peor es que te seguiste empecinando durante los años posteriores para que saliera adelante ya en plena crisis, discutiendo incluso con los de tu propio partido.

Menos mal que la cordura del Tribunal Superior de Justicia te tiró por tierra varias áreas homogéneas que hubieran convertido a Valladolid en una ciudad de barrios fantasmas, y eso que tu desastrosa política urbanística (no sólo mal tuyo, todo hay que reconocerlo, sino de la mayoría de los alcaldes españoles) ha dejado como testigo alguno que otro. No hay más que darse una vuelta por lo que iba a ser la imponente Ciudad de la Comunicación y observar como es un triste mausoleo de ladrillo y vidrio sin apenas trazado urbano, con bonitas vistas a zonas verdes llenas de matorrales surcadas por senderos de tierra y piedra… Aunque los vecinos que viven allí deben ponerse muy contentos cuando les toca buscar aparcamiento.  No quiero marearte con más ejemplos, bien los conoces tú, y sé que en silencio me estarás dando la razón, aunque el actual PGOU sigue incluyendo barrabasadas urbanísticas que confío que el nuevo equipo de gobierno finiquite definitivamente.

Luego obviamente están muchas otras actuaciones polémicas y difícilmente justificables, como tu obsesión por perforar la tierra en el centro de la ciudad, junto a los edificios históricos y monumentos, para que se construyeran plazas de aparcamiento, o el empeño en permitir el establecimiento de muchos más grandes centros comerciales de los que el sentido común aconsejaba. Y eso que aquello del Valladolid Arena… Hablando de ideas no realizadas, no te hablaré del soterramiento. No, no lo haré, no vaya a ser que te acuerdes de aquella frase que dijiste hace años, cuando todavía hacer obras faraónicas en España era tan sencillo como cocinar churros, de que no dejarías la alcaldía hasta que no vieras que el tren pasaba por debajo de la ciudad. No. No seré tan dañino ni tan oportunista.

Claro que, hablando de cosas menos abultadas, si quieres podemos comentar algo acerca de eso que apuntas en tu carta de despedida sobre el fomento de la cultura en Valladolid. Tengo que agradecerte el arrancarme unas cuantas carcajadas. Perdona mi frivolidad en estos momentos tan estupendamente graves, Javier, pero me resulta muy cómico que presuma de algo así un alcalde como tú, que prácticamente se ha empeñado en fulminar todo signo de movimiento cultural alternativo, de manifestaciones artísticas en la calle, que ha dirigido un Ayuntamiento absolutamente decadente, por no utilizar una palabra más fuerte, a la hora de promover la creación artística local o de apoyar la cultura popular, autónoma o de cualquier otro signo que no viniera respaldada por grandes compañías, firmas conocidas, famosos o nombres muy rimbombantes.

Enumeras casi de carrerilla en tu curiosa misiva varios lugares, espacios o eventos culturales, pero no incluyes nada de carácter mínimamente popular, porque seguramente ni lo consideres. No me extraña viniendo de una persona como tú, que se ha esforzado tanto por eliminar las exposiciones, los conciertos o incluso las pequeñas obras de teatro en los bares o en la calle, utilizando la peregrina excusa de que la ciudadanía ya disponía de los Centros Cívicos, de los espectáculos en Ferias y Fiestas o del Teatro de Calle. Si tuvieras una concepción mínimamente cercana a lo que significa la cultura para los artistas, te darías cuenta de que eso que asegurabas con tanto autobombo es pura falacia.

Y hombre, Javier, incluir el Museo del Toro como elemento cultural es bastante discutible. Ya sé que tú eres un grandísimo aficionado de esa extraña fiesta en la que ves más sangre gratuita que cuando ejercías como ginecólogo, pero bueno, igual hay algunos a los que eso más que cultura les parece una barbaridad y se avergüenzan un poco del apellido de Ciudad Tarina que tú le pusiste a nuestra ciudad, no me hagas mucho caso.

Y prefiero no seguir con ese tema, para que veas que no quiero hurgar en la herida. Podría hablar del Lope de Vega, pero mira, me callo como con el soterramiento, no merece la pena hacer leña del árbol caído. Ah, eso sí, lo que no puedo evitar ni siquiera en este momento especial de la despedida es recordarte que lo de presionar a la Junta para que cambiaran la legislación sobre el juego a fin de que instalase el Casino en el cine Roxy, el más antiguo de todo Castilla y León, estuvo muy feo. Eso no te lo perdonaré nunca, y eso que no soy rencoroso, aunque tampoco se me olvida que en tal canallada te apoyaron el PSOE e Izquierda Unida que ahora se disponen a gobernar el Ayuntamiento. Para que veas que yo todo lo digo, por mucho que me guste pensar más hacia la izquierda. En cualquier caso, en este tipo de cosas también tiene culpa esta ciudad nuestra del alma querida, tan desesperantemente abúlica, a la que le importa un comino que le arrebaten un espacio común, cultural e histórico, porque prefieren irse a flipar a los multicines del extrarradio. Siempre fuimos un poco poligoneros.

Lo que sí le molestaba más a la ciudadanía, sobre todo a los más jóvenes, es el continuo encomio que desde siempre tuviste por regular todo lo que tuviera que ver con la vía pública, hasta el extremo del absurdo, considerando como infracciones y conductas irregulares incluso el arrojar líquido a un árbol, solicitar dinero, colocar stands meramente informativos por parte de colectivos, asociaciones u ONG sin pedir permiso previo, tocar una simple guitarra o llevar una vestimenta que no cumpliera con las reglas del decoro, según tu criterio, que nunca nos llegaste a desvelar.

Esto y dejar tantas cosas a la arbitrariedad y libre discrecionalidad de la Policía Municipal, que tú ensalzas en tu carta como ejemplo para toda España pero que a mí sin embargo me parece que ha estado en estos 20 años aleccionada para transmitir esa imagen de ciudad limpia, insonorizada, presentable y decente, según tu código de valores a mi entender bastante rancio, en vez de preocuparse en ocasiones por cosas bastante más importantes. Y con esto no quiero criticar a los agentes como trabajadores en sí mismo considerados, sino a la filosofía con la que se ha guiado su actuar desde tu gobierno.

La limpieza, la buena presentación, la sanidad de las cuentas, el que todo cuadrara… Valores positivos, que duda cabe, y que yo, Javier, para que veas que intento ser objetivo, estoy dispuesto a reconocerte. En la presentación y en la venta de la imagen hay que reconocer que has sido un hacha, en estos 20 años no creo que haya parangón en toda España (tal vez el ejemplo de Valencia y Rita Barberá, aunque a mí desde luego no me gustaría esa comparación, pero bueno, imagino que a ti sí te gustará el paralelismo con una ¿compañera?). Eso y la firmeza, la estabilidad, la imagen de perro guardián (perdón, león en tu caso, no te quiero rebajar la fiereza), la reticencia a los grandes cambios y otras características tuyas han sido siempre muy bien valoradas por muchos habitantes de esta ciudad con tendencia al inmovilismo y al conservadurismo. En mi caso, digamos que me limitaré a parafrasear con una mezcla de ironía y reconocimiento esa típica frase del visitante efímero (quitas la Semana Santa, Javier, y… ) o del residente fácil de satisfacer: “¡Qué bonita esta Valladolid!”.

Hay que admitir que, si uno tiene buen paladar y es de estómago agradecido, le gusta recorrer la ciudad. Hablando del yantar, no se puede negar que muchos hosteleros del centro histórico estarán llorando tu pérdida casi como si de un padre se tratara, porque les has complacido, aceptado sus reivindicaciones, dado eventos, festejos y oportunidades diversas de llenar el buche a los pucelanos, aunque probablemente ganarán por contrapartida la presencia con mayor asiduidad de su mejor cliente, que a ti, Javier, te gusta mucho el tragar y el beber. A mí también, ¿eh? Lo que pasa es que hay muchos días que me aparecen extraños agujeros en los bolsillos que me cortan el rollo. No me hagas caso, imagino que no sabrás de lo que te hablo.

No quería sacarte temas relacionados con la guita, la pasta (sí, me refiero al dinero, Javier) que posee la gente que paga los impuestos en nuestra querida Valladolid, pero mira, ya que me he lanzado… Bueno, tú siempre presumes de la baja carga impositiva y supongo que tendrás razón, pero también hay que mirar la otra cara de la moneda, nunca mejor dicho. Y el nivel de vida del ciudadano de a pie no es para tirar cohetes. Como en casi toda España, en esta ciudad ha estado instalada la precariedad laboral.

Dirás que en eso poca culpa tienes tú, pero creo que, como en casi todo lo que ha pasado en este rincón del Planeta, tienes bastante que ver (sí, Javier, en lo bueno pero también en lo malo), por haberlo fomentado de forma indirecta desde el Ayuntamiento (sí, Javier, sé de lo que hablo, revisa bien las condiciones de los trabajadores de los servicios públicos subcontratados desde tu Administración, anda) y por haber realizado una política de atracción de empresas en determinados sectores donde las condiciones son muy mejorables. Valladolid no es la peor ciudad de España para buscar trabajo (ni mucho menos la mejor), pero en proporción con la población que tenemos, el número de oportunidades de empleo (y sobre todo de calidad) resulta francamente lamentable.

La pérdida de población, Javier, otro temita que debería escocerte ahora que podemos poner las cartas sobre la mesa porque ya no tienes nada que perder. Tus discusiones eternas con los municipios del alfoz eran muy reveladoras. Que sí, que seguramente hayan utilizado malas artes, pero hombre, algo de culpa habrá tenido también la política de tu gobierno en materia de vivienda, digo yo. Piénsalo, por favor. Aunque para mí lo verdaderamente sangrante, Javier, es la mentalidad que tú mismo has promovido todos estos años desde el Ayuntamiento: que Valladolid se convirtiera en ciudad dormitorio de Madrid. ¿Sabes cuántos jóvenes trabajan, residen y pagan sus impuestos en la gran ciudad? ¿Sabes la pérdida de arraigo que eso significa? ¿Sabes que muchísimos de ellos jamás volverán? ¿Que sus hijos e hijas nunca se sentirán identificados con Valladolid? Serán de la capital de España, ese título que un día hace muchísimos años tuvimos nosotros. Porque aquí somos mucho de lo que tuvimos, Javier, y no de lo que tenemos.

Y es que hablando de pertenencia e identificación, la situación ha alcanzado niveles deprimentes. ¿Te has preguntado alguna vez porque una parte muy importante de los pucelanos no sienten afecto por su ciudad o incluso tienen una imagen fea de ella, antipática, hostil, cuando no directamente la odian y desean marcharse de ella? Y esa concepción está tremendamente extendida entre los jóvenes, Javier, eso es lo más preocupante. ¿Sabes el daño que eso supone para el futuro de esta ciudad a nivel emocional?

No digo que tú tengas la culpa, obviamente, porque es un mal endémico que tenemos por estos lares, como pueblo en ese sentido dejamos muchísimo que desear, pero algo de responsabilidad tal vez… Igual tu nula preocupación por rascar en la superficie y mirar hacia el fondo (no todo es poner aceras bonitas, baldosines cuidados, macetas cucas, pavimentar y asfaltar el centro, Javier), probablemente el escasísimo apoyo a las iniciativas populares, el desprecio hacia las formas de ocio y entretenimiento cercanas, accesibles, espontáneas o alternativas, la imagen de tipo duro alejadísimo de la ciudadanía, tus declaraciones improcedentes, algunas francamente desafortunadas por utilizar un adjetivo suave (no voy a tirar del topicazo, tranquilo, no te llamaré machista, aunque sería lo más fácil, más en estos momentos, pero reconóceme que tú mismo has contribuido bastante poco a que se piense otra cosa de ti)…

En fin, muchas cosas que deberían hacerte reflexionar, ahora que vas a tener todo el tiempo del mundo para hacerlo, sobre si son las más adecuadas para generar amor (sí, Javier, hablo de amor, para el sexo es difícil competir con Madrid, ¿pero el amor?) entre las gentes. Y hablo de las propias, no hablemos de las ajenas… Si no me crees, pregunta la opinión que tienen de nosotros fuera de nuestra querida urbe. A mí me duele, Javier, ¿a ti no? Tú tan vallisoletano, tan defensor de lo nuestro, que se te llena la boca cuando hablas de tu Pucela…

Y es que llegamos al punto cumbre, casi al final, en el que me voy a permitir el lujo y la temeridad de sacar el lado tierno, de tirar de nostalgia y de expresar una cierta pena, Javier, aunque te sorprenda viniendo de un tipo ideológicamente tan distante de ti. No sé si tendrá algo que ver con esa especie de Síndrome de Estocolmo que muchos vallisoletanos en mi opinión hemos padecido durante tu larguísimo mandato (los que no emigramos, los que pese a todo lo que te he dicho antes, pese a ti, hemos seguido queriendo esta ciudad, aunque a veces también la hayamos sufrido y nos haya dolido), pero el caso es que en el fondo te echaré de menos.

Es una paradoja que yo mismo no soy capaz de comprender, pero supongo que han sido demasiados años escuchándote, interesándome por cada cosa que decías, criticando muchas de tus actuaciones, llenando líneas a costa tuya o gracias a ti, según se mire. Tantas conversaciones en las que tú has sido el protagonista para bien o para mal… Confieso que incluso alguna vez me sacaste el lado diabólico, ese humor cabrón que tenemos por estas latitudes, y me hiciste reír (no cuando dijiste lo de Soraya ni cuando lo del ascensor; eso y cosas parecidas ni puta gracia, Javier, con perdón). Durante bastante más de la mitad de mi vida has sido mi alcalde, en realidad el único que he tenido pues tu predecesor se fue cuando yo aún era demasiado joven como para preocuparme de esas gaitas…

En definitiva, me guste o no, y pese a que se me pueden ocurrir pocos estilos de mandar más opuestos al que me gustaría que tuvieran mis gobernantes que el tuyo, me has dejado huella innegable que no se borrará. Precisamente por eso seguramente me produzca un cierto pesar el hecho de que un paisano mío, listo, culto, con capacidad, características todas ellas que me hubieran provocado incluso una extraña admiración hacia tu controvertida persona, haya mostrado en tantas ocasiones su cara más amarga y desafortunada, la de alguien que iba de valiente (¿te acuerdas de aquello de “valiente, machote, hijo de puta”?), pero que después se perdía en vericuetos, daba espantadas a la opinión pública, utilizaba la triste razón del “ordeno y mando porque a mí me da la gana” sin escuchar a nadie, comportándose como un dictador en tiempos de democracia, un señor feudal en plena Era de Internet.

Ahora ya te vas, emites tu último rugido, esta vez de león herido y derrotado, algo humillado después de haber sido atrapado en la trampa más inofensiva, te revuelves con más pena que gloria, e insinúas amenazante que quizá algún día volverás, porque no dejarás la política hasta que ella te deje a ti. Yo te rogaría que lo reconsideraras y que te dejes de esas historias, ya has tenido y ya has hecho demasiado, hay que saber retirarse, Javier, deja a los nuevos (no lo harán tan mal; Valladolid sobrevivirá sin ti, Valladolid te sobrevivirá) recoge la dignidad que te quede, disfruta de tu jubilación y aplícate tu propia propuesta, cuando dices que estarás al servicio de los vallisoletanos. En lo que a mí respecta, poco puedo pedirte ya, creo que no te necesitaré, pero soy yo el que te hago un ofrecimiento. Ahora que vas a estar mucho más ocioso, por si te aburres, estoy dispuesto a regalarte alguno de mis libros, ya que sé que eres un gran lector como yo (¿lo ves?, otra cosa que nos une), que además están ambientados de forma sustancial en Valladolid, y siendo como somos ambos grandes amantes de la ciudad, estoy seguro de que los disfrutarías. Toma(me) la palabra.

Por fin llegó el momento de la despedida, Javier, aunque en realidad el adiós haya estado presente en cada línea de esta carta. Al final me ha salido mucho más larga de lo que me esperaba y seguramente podría haberla extendido aún más. Veinte años dan para mucho. Veinte años son demasiado tiempo para hacer un balance simple. Análisis o juicio que, como ves, puede hacerse con mucha crítica pero sin ningún exabrupto, otra cosa que ojalá hayas aprendido. Nunca es tarde, Javier.

Sin más se despide un ciudadano que discrepó en muchas ocasiones contigo y para el que pese a todo siempre serás su alcalde. No te daré las gracias ni te diré que fue un placer a la hora de dirigirte estas ¿últimas? palabras, pues no dejaré que el sentimentalismo me estropee la sinceridad, pero sí que te enviaré un apretón de manos y te diré que, pese a las insalvables diferencias, siempre te respetaré. Coge mi consejo e intenta ser tú también más respetuoso con los demás, incluso con quienes no estás de acuerdo. Créeme, se puede, Javier.

Adiós, alcalde.

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Una respuesta a Carta de despedida a Francisco Javier León de la Riva

  1. @caordas dijo:

    Una carta muy valiente Álber. ¡Enhorabuena!
    Un abrazo.

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