Quedamos en el árbol

Él y ella se reunieron bajo el árbol que les llevaba dando cobijo muchos años. A su alrededor, la Tierra se desgastaba,  se resquebrajaba como un pobre tablón de madera corroída. El cielo oscuro, el apocalipsis, la tormenta, la locura humana. Todo tocaba a su fin. Pero aquel ser vegetal resistía, se afanaba en caer, no cedía ante el desvarío nuclear. Un símbolo perfecto de su amor, resistente y guerrero.

Vosotros me prometisteis que no hincaríais la rodilla, que no os dejarías abandonar por el rumbo de los acontecimientos. El mundo delirante no os absorbería con sus chorradas, sino que serían las vuestras las que os protegerían. Me lo confesasteis mientras regresábamos del caos urbano, de la jungla asfáltica, escapando hacia la tranquilidad de la tierra desértica de los castillos y las mentiras.

Tú le diste carrete al ingenio de las cuatro ruedas, saliste airoso de los bloqueos de la navegación, cortaste el viento por los parajes llanos, reuniste el acopio para no sucumbir ante la sociedad engominada y perfumada que exuda sudor artificial bajo tierra. Te escapaste siempre que pudiste, libre, anárquico, despreocupado, arrancando los corsés, desnudando a la puta realidad, celebrando las orgías de la huida siempre con ella y Alfredito, el trío de tu vida.

Tú regresaste allí donde San Pedro nunca negó tres veces, cuando él todavía no te había sido Regalado y tú aún no eras el mejor regalo que jamás imaginó. Un poco más allá, algunos muertos se revolvían en sus tumbas de pura envida. Pero el cementerio tendría que esperar para ti, querías volar por encima de su cadáver, coger los billetes entre las hojas de un libro que no sólo fuera de papel, soñar mientras surcabas los aires, despertar en un lugar que no estuviera lleno de zombis.

Ellos, él y ella, que sois vosotros, tú y tú, echándole un polvo a la mediocridad en cualquier isla con buen vino, reservando el mejor orgasmo con mejillones y blanco con nombre de niño en la parte baja de las rías, desafiando al delta de la humedad sin placer, dejando que penetre el cauce en el mar, desembocando en los mares exóticos, uniéndoos al coito de la naturaleza, a la eyaculación de lo espontáneo, a la corrida de la experiencia.

Yo, mísero reportero sin Derecho, perdón por colarme en el asiento de atrás de vuestra bacanal que celebra la vida, pero hoy me metisteis en vena la imaginación justa, la dosis exacta de inspiración con la que no me drogué otras noches en las que no dejó resquicio el Ballantines. Me quedé sin cobertura en el LG y la mente no vino al rescate. Cambié los ajustes del traje de seguridad, pero me olvidé del PUK. Esta vez no pude librarte del toque de queda ni llevaros al monte de piedras y labios. Como único mérito, y aunque pasé de los veinticinco hace tiempo, dentro de poco seré clásico.

Nosotros, antes de que tanta estupidez haga su labor antropófaga con este desgraciado planeta, de que la miseria coja su espada de la cobardía y atraviese en dos la incauta corteza terrestre, pararemos a echar gasolina antes de volver a casa. Vosotros no la necesitaréis para llegar al árbol donde habéis quedado, porque romperéis las reglas de lo material, vuestra reserva será eterna y alcanzaréis el clímax que os salvará. Yo me quedaré a medias entre la demencia lúcida y vuestra cordura loca, desconcertado por la tormenta bélica, buscando otro árbol de sombra estrecha que resista en la mediana de la civilización de doble sentido y cuatro carriles. Volveré a perder, pero esta vez no será en vano.

Ello será mi último testimonio de furia, el epitafio de mi dignidad después de tanto desastre tras las campanadas del final, entre las huertas y los jirones de consciencia, cuando el frío de mi ciudad querida vuelva a aparecer y esta vez sí me congele el corazón. Lo soltaré entre los estertores de este verano de dudas vomitadas en la gran urbe y os lo daré para que lo sepáis emplear por mí. Y entonces, mientras todo se va al garete, la vida resistirá en una porción de verdad. Un árbol, sus raíces despegadas, su tierra, él y ella, vuestro amor.

A Dani y Leti

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