Ola de pavor

Las clásicas películas catastrofistas de Hollywood nos mostraban siempre una situación generalizada de pánico desatado a causa de la alarma creada por la amenaza de turno que estaba por llegar. Ya fueran extraterrestres, un tornado gigante o el terremoto del milenio, sucedía invariablemente que los Estados perdían el control sobre su población, enloquecida, desesperada, presa del más absoluto terror.

Sin embargo, podemos observar últimamente en la realidad como existe otro tipo de ola de pavor que no es tan evidente. Las reacciones de temor no se muestran de manera tan patente ni hay una sensación clara de que todo se va de las manos. Es mucho más sutil, avanza en pequeñas dosis, a veces permanece oculta tras la ansiedad de las personas y salta a la palestra si se sabe tocar la tecla adecuada.

Si nos fijamos de nuevo en el plano ficticio, nos daremos cuenta de que resulta muy extraño encontrar una historia en la que el calor sea visto como un elemento aterrador que amenace con provocar un caos mundial. Normalmente es el frío, lo gélido, asociado a la oscuridad, la fuente de inspiración de todos los guionistas o escritores de batallas extremas, desgracias colectivas o futuros apocalípticos. ‹‹Winter is coming››, que dicen en Juego de Tronos, la serie icónica de Pablo Iglesias, aunque no sé si también lo será de su presunto homónimo ideológico Alexis Tsipras.

El Planeta Tierra, con su admirable ironía, demasiado aplomada teniendo en cuenta la perversidad con la que le tratamos, se recalienta por momentos en un imparable ascenso por el efecto invernadero que ya no pueden negar ni los más escépticos. No hace falta sólo fijarse en los últimos días, en los que el bochorno ha resultado tan noticiable gracias al verano, mientras los gurús de las parrillas informativas se frotaban las manos. Llevamos varios años con septiembres y octubres extraordinariamente calurosos, y con noviembres inusualmente suaves. La vieja y herida Europa se enoja, le suben los colores a la cara de pura ira, de hastío, arde con fragor volcánico, registrando temperaturas nunca conocidas.

Pero la gente se disfraza, se parapeta, no quiere preocuparse de esta asfixia climática, y la aprovecha para refugiar su miedo oculto en las playas, los chiringuitos, las casas del pueblo, las piscinas de las urbanizaciones, los ríos, los arroyos o las lagunas, aunque hay muchos que siguen teniendo que conformarse con las fuentes urbanas. Entre tanto, la vieja y castigada Europa se abochorna sin agua que alivie sus sudores y su falsa unión solidaria ya no puede contener por más tiempo la lipotimia que se venía presagiando desde hacía años.

Algunos aseguran que para impedir la deshidratación europea hacen falta líquidos en forma de capitales. Y ello pasaría porque los griegos hoy hubiesen asumido la responsabilidad sobre el marrón histórico que les ha dejado su gobierno y hubieran decidido votar afirmativamente para frenar la ola de pavor que les envían aquellos que están a gusto cuando suben los grados centígrados del termómetro al mismo ritmo que los indicadores de la bolsa. Elegir el sí aun a riesgo de seguir sufriendo ahogos económicos para el resto de su vida, golpes de calor cada final de mes. Pero los griegos han dicho que están hartos de tanto quemarse. ¿Ello quiere decir que se avecinan días fríos? Ojalá fuera así y saliéramos de esta canícula infernal.

Mientras pasa todo esto, en España muchos comentan, entre bastidores que se forman improvisadamente sobre la arena, detrás de las casetas donde se reemplazan bañador y bikini húmedos por gayumbos y bragas secas, que no somos Grecia, pero hay un tufillo de miedo mezclado con el olor de la crema protectora. A fin de cuentas, el sol del euro calienta a toda la vieja y egoísta Europa, no permitiendo que nadie se sustraiga de la ola de pavor.

No obstante, los atemorizados europeos desconocen la gran verdad que se esconde tras el bochorno de su desvergonzada Europa. A escasos metros de la orilla, a bordo de yates, en despachos secretos con climatización especial y en las piscinas de las suites privadas, están los que dan verdadero miedo. Los que harán todo lo posible por seguir aterrorizando a sus hijos y nietos durante años usando su sistema infalible de siempre, pasando una y otra vez la machacona canción del verano sin que el invierno llegue jamás. Haciendo inútil el esfuerzo de ir a por la cazadora protectora del Estado para cubrirse de las primeras nieves. Provocando que las temperaturas suban y suban. Que la ola no se detenga.

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