La política está muerta

A alguno le parecerá extraño, cuando no una barrabasada, que venga aquí un servidor a aseverar tamaña cosa, pero a lo mejor si se da una vuelta por la actualidad y otea un poco el horizonte, repara en que algo de razón tiene este loco abuhardillado.

No es algo sobre lo que dudase demasiado cuando hace seis meses SYRIZA se convirtió en el partido más votado y su líder Alexis Tsipras fue capaz de comenzar un proyecto de gobierno en la clásica y errática Grecia, entre parabienes de los partidos de izquierda tradicionales y de algunas nuevas formaciones que dicen no ser ni de izquierdas ni de derechas, como Podemos. Alguna tibia esperanza mantuve, un pálido rayo de esperanza, quizá contagiado por el brillo de algún que otro amigo, familiar o conocido que vive ilusionado estos nuevos tiempos políticos.

Pero en el fondo mi derrotismo llevaba razón. Mi natural tendencia al escepticismo pocas veces se equivoca cuando se trata de esta cochina realidad socio-económica que nos ha tocado vivir a los que habitamos el siglo XXI. Una coyuntura que en realidad no es tal, pues le falta el carácter efímero, más bien se trata de una situación perdurable y perdurada en el tiempo, herencia de los diseños que le dieron a este mundo nuestros antepasados gobernantes, muchos de los cuales seguramente se estarán descojonando de la risa si nos pueden ver por alguna mirilla que se abra entre las nubes de contaminación que nos cubren.

Hay una frase pronunciada estos días por Tsipras que para mí resume perfectamente el espíritu de la tragedia griega con toques surrealistas españoles y acervo de pantomima. “En tiempos de crisis, no es posible la pureza ideológica”. Lo que viene a ser que nos da exactamente igual quien gobierne actualmente en la vieja Europa y, aunque dicho sea con reservas (nunca mejor dicho), en cualquier país que pertenezca al mundo globalizado capitalista.

La política y los políticos pintan en realidad una mierda en el actual panorama, si bien fueron políticos los que lo crearon y políticos los que lo mantienen, algunas veces por interés, otras porque están agarrados de los huevos por quienes no los eligieron. ¿Y quién puso ahí a esos políticos? ¿Fue antes el huevo o la gallina? Eso no es cuestión a tratar aquí, pero en la construcción de la desastrosa, insolidaria y mezquina Unión Europea, que muchos sacralizan por haber posibilitado a base de subvenciones el desarrollo agrario, en infraestructuras y otras gaitas en sus territorios más obsoletos y pobretones, nada tuvieron que ver la democracia y el pueblo.

A día de hoy, siguen teniendo poco que ver, como lo demuestra el hecho de que el Parlamento Europeo haya pintado poquísimo o nada en las negociaciones con el Estado griego para alargar hasta el infinito un acuerdo que en el fondo, con alguna matización, podría haberse firmado al principio de toda esta historia. Menos mal que estuvieron Yanis Varufakis y el valiente pueblo griego para vender cara la derrota, aunque algunos sabíamos que era remar para morir en la orilla, no sé si del Estigia o de otro río mitológico. Como dije en mi última entrada, Ola de pavor, al final el calor bochornoso, la saturación del termómetro, acabaría pesando demasiado.

Cierto es que Tsipras podía haber optado por tensar la cuerda todavía más o incluso romperla definitivamente, y eso es lo que siempre se le reprochará por parte de los que pensamos que esta Unión lo único que crea es desunión y desigualdad. Pero por otra parte le comprendo, no es fácil ponerse en su papel, llevar sobre los hombros la responsabilidad de condenar a Grecia a ser el único país que dio la espalda a la UE. Para ello, tendría que haberse sentido mucho más apoyado, encontrar que otros estados le respaldaban. El gobierno griego ha estado muy solo en una lucha que no podía ganar sin abandonarla.

Así que a todos aquellos que estén pensando en que el cambio es posible, que hay que votar a las formaciones del cambio que han prometido algo parecido a lo que en su día prometió SYRIZA, les recomiendo que, si lo hacen, tengan los pies en la tierra y no se hagan falsas esperanzas. Me parece conveniente que se apueste por nuevas caras y nuevos estilos para expulsar del poder a los cainitas que nos gobiernan, pero tengo muy claro que, salvo en cosas poco trascendentes, sólo serán eso, nuevas formas. Las nuevas ideas están condenadas a ser devoradas por este sistema antropófago donde la dictadura del capitalismo se come a cualquier política renovadora.

A no ser, claro está, que los ciudadanos decidieran coger el toro por los cuernos de una vez y dar la espalda a la política desde la política para empezar a hacer política de verdad. Sin ataduras financieras, con un nuevo sistema en el que no imperen las reglas económicas sobre cualesquiera otras, avanzando hacia un mundo que no esté globalizado de esta apestosa manera. Pero no lanzando piedras a los escaparates, destrozando cajeros ni pegando hostias a policías, como hacen los cuatro descerebrados de turno que perjudican mucho más que ayudan y que lo único que consiguen es sacar a la luz la brutalidad del Estado en toda su esencia, rémora de los regímenes represivos que aún perduran a través de los miembros más indeseables de las fuerzas y cuerpos de seguridad.

Tampoco creo que se arregle nada haciendo discursos vacíos que sólo buscan arramplar poder e influencia. Quizá baste con no hacer nada en absoluto, con abstenerse de participar en este circo de mentiras y democracia falsa. Tal vez sea suficiente con dejar esta política muerta. Antes de que nos mate a todos.

 

 

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