De Méndez Álvaro a Atocha

Normalmente cualquier escritor de cierta consideración que se dedique a retratar la belleza se sentirá cautivado por muchas zonas, partes, plazas, calles o rincones de Madrid. Como yo no tengo esa consideración y sí algo de decadencia, prefiero describir un tramo de la ciudad que es precisamente todo lo contrario, posee una fealdad reseñable, tanto que quizá fascina por ello y simboliza la concepción de ese desastre que nos invade a los españoles cuando se nos quita la fachada.

Uno sale de la Estación de Madrid Sur, sita en Méndez Álvaro, y, si continúa por esta vía, que pica ligeramente hacia arriba como sucede con casi todas las grandes avenidas de Madrid, incómodas para caminar, se encuentra con un auténtico mausoleo urbano del horror. A la izquierda la cosa no está tan mal, diríamos que puede tener incluso un pase, pero a la derecha del caminante lo único que se ve es repugnancia, como si la ciudad hubiera regurgitado justo allí.

Una grandísima explanada por la que crece la maleza cuando no la interrumpe la mano del hombre se extiende durante varios cientos de metros. Los carteles fantasmagóricos de la constructora encargadas de urbanizar ese terreno que se debería haber dedicado, como tantos otros, a zona verde, lucen en absoluto desorden anunciando que podrás adquirir tu nave y no sé qué otra clase de inmueble, lo que me lleva a pensar que se quiere o quería levantar una especie de minipolígono industrial.

La parcela aparece horadada en algunas partes y ligeramente trabajada, pero en general todo está apenas sin empezar, manga por hombro, como sucede siempre en esa España que se ve sólo cuando a alguien le da por mirar y a veces ni siquiera así. Aunque hay una excavadora y un camión por allí, me da la impresión de que es una obra interruptus, en suspenso y con riesgo de parálisis permanente, si bien confieso que podría estar completamente equivocado por el hecho de haber recorrido ese trayecto en fin de semana pues tal vez el lunes eso sea un hervidero de bullicio y actividad. En cualquier caso, de ser así no cambiaría el tono de este comentario insignificante sobre algo tan vulgar y anodino, hecho en domingo por hacer algo de mínimo interés, si es que lo tiene.

Hay aparejos varios tirados sin ningún rigor, montículos de arena que son como piel extraída a la tierra para fabricar tumbas, y escombros repartidos por doquier, algunos apilados con patética decencia. Todo el conjunto produce la sensación de cementerio urbanístico, un espacio de profundo abandono tras una batalla que ni siquiera se ha comenzado, pero que sin embargo ha dejado fracturas y heridas al suelo, tal vez recalificado. La tosca alambrada que circunda el recinto prueba que allí alguien sigue teniendo un interés privado, como en cualquier otro sitio, por inmundo que sea, de este país vendido a cachitos al mejor postor, sin más vocación pública que la imprescindible para mantener la facha de la democracia.

Sin embargo, lo más horripilante de todo no es ese vacío de zanjas sin rellenar y matorrales de libertad sesgada, sino un tremendo bloque pantalla que se erige en mitad del gran solar, como una isla de morralla arquitectónica en mitad del océano de gravilla y matojos. El edificio es uno de los más espantosos que uno se puede encontrar en todo Madrid, pese a la gran variedad que hay para elegir. No es la primera vez que me topo con una monstruosidad así, pues recuerdo haberla visto en otras ciudades.

Supongo que en la jerga de los arquitectos modernos ese tipo de construcciones debe de considerarse molona, de moda y la pensarían tras muchas noches de whisky sin soda. Parece haber sido elaborado a base de piezas de tetris de diferentes colores y al cuerpo principal, de por sí irregular y que no guarda ninguna proporción, se la añade un complemento horrísono que nadie se ha molestado en adecentar o en elaborar sus acabados, como si al mamotrenco le hubiera nacido un embrión en forma de engendro con costras y ronchones.

Ese espanto se puede asemejar al embarazo de un ente con deformidades, a un parásito insertado en el organismo de un ser ya de por sí horrendo, o a una mutación genética de ladrillos, yeso y argamasa. Imagino que a algún cerebro pensante de esos que tanto abundan en la geografía patria se le ocurriría en su día que había que realizar ese añadido para que cumpliera alguna función estúpida y que dejar aquello con ese aspecto pavoroso tendría que preocuparle al que le sucediera porque a él o ella no le apetecía llevarlo en su conciencia. Y, sin embargo, yo no puedo dejar de mirar a la criatura y al entorno en el que ha crecido, que ejerce una extraña atracción en mi ánimo deprimido, pues mi falta de esperanza es la suya y nos parecemos en el abandono, en el destierro. Ambos hemos sido vomitados.

Uno sigue avanzando por el asfalto a cuarenta grados, sin árboles que lo alivien y pensando que, si el infierno tiene soluciones urbanísticas, deben de parecerse a esas áreas de Madrid, y observa al fondo un gran puente rojo, que me imagino tendrá algún sentido por la proximidad de la estación de Atocha. Debajo, un par de túneles. En el medio, dos carriles por los que no pasa nadie. En todos los sitios, un silencio asombroso tratándose de la gran urbe. Pero en este caso, la ausencia de sonidos dista bastante de la paz, no tiene nada que ver con una supuesta tranquilidad campestre. Es pura ruina, como si aquella extremidad de Madrid estuviera gangrenada y nadie se hubiera apercibido de que había que amputarla.

Cuando se cruza la calle del Comercio, empieza a haber un cierto aspecto de ciudad a la derecha, mientras la izquierda se mantiene constante en su mediocridad. Por fin hay una hilera de estimados compañeros verdes, bloques de pisos continuados y comercios a pie de calle. Pero cuando uno cree que ya ha visto suficientes monstruosidades por hoy, se encuentra con la peor de todas, de nuevo a la derecha de su transitar. Hay un altísimo muro que delimita el perímetro de la estación de Atocha del que brota una fila larguísima de gigantescos contrafuertes, con forma de semáforos de cuatro posiciones —tal vez entre el ámbar y el rojo habría una especie de amarillo chillón y grotesco— cuya base de hierro aparece completamente oxidada y corroída, como si la pared de granito llevara tirantes.

En esta última parte del trayecto, la que más daño hace a los sentidos, el aspecto de horror urbano se agiganta por la putrefacción de esos elementos absurdos que desaparecen con la misma arbitrariedad con la que aparecieron y por la mugre, suciedad y basura, a modo de tropezones expulsados por la ilustre y añeja villa, que se esparce entre medias de los mismos, desde botellas hasta frascos de potingues, pasando por los imprescindibles restos de comida corrupta, como si sobrara en el mundo.

Al menos, después de todo el calvario, en una preciosa metáfora de la grotesca realidad española, se acaba llegando a la preciosa e imponente Estación de Atocha, en ese entorno tan formidable alrededor de la plaza del Emperador Carlos V, con el edificio del Ministerio de Agricultura enfrente, y uno se reconcilia un poco con la ciudad, el país y hasta con el ser humano. Pero pese a esa descarga de buen gusto, es difícil quitarse de la cabeza aquellas imágenes de país roto, excavado y fantasmal, lleno de descosidos, agujeros y moles solitarias. Lo peor es cuando me doy cuenta de que se parece un poco a mi alma.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Reflexiones y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s