Lloca bajo la lluvia

Entre dos calas de arena desteñida como su espíritu siempre doliente, se alza ella, el símbolo del sufrimiento de todas las madres que vieron como allende los mares se les perdía lo más querido. Es la mujer fuerte en su tristeza, firme en su desesperación resignada, delgada de carnes, humilde en el vestir, rica en el inmenso sentimiento que desprende su rostro.

Los cuarenta y cinco años de padecimiento a sus espaldas, soportando los vientos del norte golpeando su figura, tormentas y aguaceros intensos deslizándose por los pliegues de su vestido a jirones, reverdeciendo el bronce de su cuerpo. El clima al lado del Cantábrico no concede tregua a la brillantez, no espejea el metal, no hace relucir lo que esculpen las manos de los hombres melancólicos. Ellos son como ella, la madre lloca, resistentes a la galerna, erigidos en la languidez, asumiendo la derrota.

Pasamos frente a ella en familia unida, con risas, bromas, saltos y correrías. Me pregunto si ella nos tendrá envidia. Si la sintiera, habría de ser sana, lo único que puede corroer a esta pobre mujer es externo a ella. Observamos su expresión devorada por la pena, que impresiona más por la serenidad que por el laconismo. Es la imagen de un ser humano que ya no tiene nada más que las olas chocando contra las rocas, su mar al que fijará la mirada durante toda la eternidad, la belleza de esa bahía que no afean ni los edificios del consumo capitalista ni los diques que quisieron poner a lo incontenible.

San Pedro vigila al otro extremo, la atalaya por sombrero de pico en elogio de Chillida; ella solitaria, en su rinconín, lo abarca todo entre sus ojos despiertos pero cansados. Yo, español excesivo, de secano castellano pero acostumbrado a las humedades de estos lares, corro cada vez más, sobre la arena, por los bulevares, subiendo el ritmo de las canciones a la guitarra, devorando todo lo que puedo, acompañándome de amigas intensas y del único amigo pendenciero que tengo por aquí: San Ballantines amarga el dulce a San Marcos. Los años se me escurren de las manos y no hay tiempo para especular. A veces me gustaría ser el lloco, unido a ese inútil y lamentable destino, mirando al mar, a la costa, a este pueblo de pescadores y pelayos.

Pienso que mi pétrea amiga preferiría haber sido colocada un poco más allá, siguiendo el litoral, la costa cada vez más natural, el mar cada vez más embravecido, donde el entramado urbano casi se pierde, donde pudiera encontrar por fin su Providencia. Reuniendo todavía más amplitud en su vista vieja, tal vez así podría encontrar un punto insignificante en las aguas, confundido en las crestas espumosas, hallar eso que tanto amaba y la arrebataron.

Me da la sensación de que es infinitamente generosa, que no está tan lloca como parece y puede ver las almas de los caminantes hoy mojados por la fina lluvia que moja las calles de esta ciudad de primera. En un momento me fijé en que resbalaban gotas por sus mejillas oscuras, como si llorara. En ese instante pasaba a su lado una mujer triste, quizá madre como ella, tal vez igualmente propietaria de la pena por los hijos que se la fueron lejos, esos a los que ahora no puede ver.

Ella sufre y se cambiaría por esta compañera herida y por las miles de madres a las que siente sufrir en silencio a cientos de kilómetros a la redonda cuando usa el radar de sentimientos que lleva entre las duras hebras de su cabello. Hace años, cuando era más joven, no había tantas. Si pudiera, mudaría su gesto de calma desazonada en rabia y odio.

Sin embargo, lo que la pobre lloca ignora es que esas mujeres a quienes los aberrantes cuerdos les robaron la compañía de sus seres más queridos tienen un leve aunque insuficiente consuelo. No necesitan estirar la mirada buscando en la aterradora infinitud del mar, pueden centrarla en pocas pulgadas y toparse frente a frente con las adoradas causas de sus desvelos. Pueden derramar lágrimas sin que haya lluvia.

Mientras tanto, ella, siempre anhelante de compañía, con su mirada desesperada, sigue soportando la dureza de la intemperie solitaria con la única compañía de las caricias del viento y el roce de la lluvia. Hoy, mientras regreso a mi gris hogar, me gustaría sufrir un ataque de locura nostálgica y parecerme un poco más a ella, mi lloca xixonesa.

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