Un mundo maravilloso visto Del Revés

Hay algunas veces, pocas, en las que la inmensa mayoría del público y la crítica se ponen de acuerdo para alabar al unísono una obra creativa y la elevan a la categoría de obra de arte. Normalmente suelo acudir con reticencias a presenciar ese trabajo, porque tiendo a decepcionarme fácilmente cuando mis expectativas son altas. Me paso de exigente y, de no ser que me fascine el producto, soy de los que voy a contracorriente y lo tiro por tierra.

Cartel promocional de Inside Out. (Imagen: http://www.filmaffinity.com).

Me alegré enormemente  de que tal cosa no me sucediera cuando vi una película antológica que muchos de los que me leéis habéis visto ya o al menos conocéis.  Inside Out, titulada Del Revés en España—volviendo a esa entrañable manía, típica del cine patrio y que parecía olvidada, de traducir los títulos, aunque al menos hay que agradecer que la traducción sea precisa— es la última maravilla de los creadores de Pixar y tal vez la película que más se acerca a la perfección de todas las que se han hecho en el género de animación hasta la fecha, superando incluso —y me cuesta decirlo, porque es una de mis películas favoritas— a Toy Story 3.

Inside Out logra el dificilísimo objetivo de construir una historia compleja, llena de reflexiones y de detalles que hacen reflexionar, conteniendo al mismo tiempo los elementos necesarios para enamorar al público infantil. Tiene el increíble mérito de hacer reír a los adultos y a los niños, incluso me atrevería a decir que más a los primeros, y a muy distintas clases de ellos. Para remate de metas conseguidas, encierra tal capacidad emotiva basada en la nostalgia, en el sustrato más personal y afectivo de cada uno, que conmueve hasta un punto casi insuperable. No se trata sólo de que el espectador conecte con lo que pasa en la pantalla, es que se siente tan partícipe, tan identificado, que casi sufre la misma tempestad de emociones por la que atraviesa Riley, la niña protagonista, durante los más de noventa minutos de metraje.

Pero las virtudes de esta prodigiosa película no se acaban allí. Una de las más notables es la originalidad. El planteamiento es arriesgadísimo, pero funciona de una forma magistral. Si yo fuera productor de cine y alguien me hubiera propuesto antes de conocer Inside Out la idea de hacer una película de dibujos que tratara del mundo interior de una preadolescente, narrando las peripecias que le suceden a sus cinco emociones básicas por el interior del cerebro, tal vez le hubiese dicho que estaba algo chiflado y que, si pretendía pegarse el batacazo en la taquilla, esa parecía la manera perfecta.

Riley, la protagonista de Inside Out. (Imagen: blogs.20minutos.es).

Sin embargo, si después de ese recelo inicial, me hubiese seguido insistiendo, como a buen seguro hicieron los genios creadores de Pixar con sus jefes y supongo que magnates de Disney, hubiera ido entrando por el aro. Hubiese bastado para ello con que me explicara detenidamente los detalles, describiéndome el carácter arrebatador y algo cargante del personaje de la alegría, el humor cáustico y furibundo del miedo, la negatividad melancólica y adorable de la tristeza, el postureo cómico del asco y la mala leche explotando a carcajadas de la ira, quizá hubiese empezado a cambiar de opinión. Pero habría sido la lectura del memorable guión de Michael Arndt basado en la historia de Pete Docter (director del filme junto a Ronaldo del Carmen) el que me habría despejado todas las dudas.

El que ya puede calificarse como largometraje de animación (o largometraje en general) del año —aunque a nivel de taquilla haya tenido una buena pugna con Los Minions de la que creo que estos seres amarillos han salido claramente victoriosos—reconcilia al que está sentado sobre la butaca con el cine, con la vida y hasta con uno mismo durante su desarrollo. Le vincula con aquello más genuino que existe en su propia persona, esos recuerdos esenciales que se rememoran al ritmo de otra joya musical a cargo de Michael Giaccino, autor de la alabadísima banda sonora de Up, otro de los tesoros pixarianos (firmada por Bob Peterson y el propio Pete Docter).

Los Minions. (Imagen: es.ign.com).

Lo mejor de Inside Out es que no cae en el tópico de presentar a la alegría como única emoción salvadora de Riley, que hubiera sido el recurso más fácil y comercial. La tristeza se erige en heroína tanto o más que aquella. Este mensaje le pega un puñetazo en toda la cara a esa filosofía impostada tan arraigada en cierto pueblo occidental del sur de Europa de que la celebración, la euforia y el exceso son las únicas consignas de vida para alcanzar el bienestar personal.  Hay que aprender a estar triste, viene a decir la película. Y es tan cierto como estremecedor.

La estrenada en España como Del Revés es tan buena que se atreve a introducir una escena que en buena lógica podría haber resultado desastrosa y caótica, alternando los funcionamientos de tres cerebros a la vez, el de Riley y los de sus padres. A la postre, resulta ser el mejor pasaje del filme, uno que le encumbra a los anales del Séptimo Arte. Cinco minutos que, en mi opinión, deberían conservarse en algún tipo de soporte protegido contra cualquier catástrofe, por si sobreviene una guerra nuclear o algún tipo de invasión extraterrestre y acaban con la civilización. Para que perviva a nosotros mismos y otra raza u otra especie sea capaz de ver que, pese a nuestra repulsiva sociedad, fuimos capaces de fabricar cosas mágicas como esta. Además, así entenderán perfectamente el curioso y desconcertante comportamiento de la mente humana y su núcleo de emociones sin parangón, la mayor parte de las veces de difícil explicación.

Aunque, pensándolo mejor, ya que se ponen, que guarden la película entera. Por si acaso.

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