Valladolid es fetén (una crónica de Robustiano Iglesias)

Fetén. Una palabra del demonio más que aprendo. A este paso, voy a pensar que el castellano de estos días no tiene mucho que ver con aquel que aprendimos de chicos en la escuela del pueblo.

Supongo que no hace falta ya que me presente a estas alturas. Sí, de nuevo está aquí pa´ servirles a ustedes, a Dios y al prójimo Robustiano Iglesias, servidor, este hombre profundamente de campo que no se enteraba de la misa la media de las cosas que pasan más allá de mi terruño hasta que conocí a esos dos adorables jovenzuelos que dicen ser periodistas. Y ahora ya ven, le he cogío gustillo a eso de hacerles de cronista de las cosas que les pasan en la capital, que al parecer son muchas por lo que me cuentan mis dos queridos chiquillos.

Ellos, una vez más, vinieron a buscarme, sacándome de la modorra de la tarde, apelelao estaba yo con estos calores que nos vienen últimamente, con la panza pa´ arriba, tirao bajo la sombra de un árbol que es más viejo toavía que yo (y eso es mucho, pero que mucho decir) que crece en la esquina más alejada de mi sembrao. Me había metío en el cinto ese día una buena cazuela de sopa de gachas y pa´ remate un cordero, guisao como me enseñó mi venerada Servanda, que el Señor la tenga en su gloria, aunque nunca me saldrá como a ella. Así que, claro, con tanto yantar, tenía la tripa más hinchada que las caras de las pesetas de Franco.

No esperaba yo para na´ la visita de los dos reporters que, como siempre, con su entusiasmo de zagales que han pasado la pubertad hace poco, me venían a llevar a vivir una nueva aventura a la ciudad.

—¿Qué tripa se les ha roto esta vez a los de la capital?

—Huy, Robustiano, no se lo imagina, ha habido un cambio muy grande hace poco y queremos que usted, como otras veces, vaya y lo vea con sus propios ojos de sabio y luego se lo cuente a la gente —me explicó la chica más contenta y pizpireta todavía de lo habitual.

Como siempre, no dijeron más esta boca es mía ni gastaron más saliva. Querían llevarme a la gallinita ciega, sin darme detalles. Pero no me importó, ya estoy acostumbrao y hasta me gusta ese misterio. Bueno, cosa interesante ha de ser, me dije yo pa´ mí mismo, así que una vez más cargué los bártulos, llené el zurrón, me calé la boina, cogí to´ las peseticas que pude (aunque ya tengo comprobao que estos mozalbetes nunca me dejan pagar con ellas) y de nuevo rumbo a la capital montao en ese cachivache horrendo que llaman coche.

Dimos unas cuantas vueltas por las calles de la ciudad como moscas tontas revoloteando alrededor de los melones, y yo la verdad es que lo veía to´ más o menos igual que la última vez, hace dos o tres meses (o los que fueran, que ya saben que el paso del tiempo lleva enfurruñao conmigo desde hace ni sé). Yo estaba to´ extrañao, con la mosca detrás de la oreja, pensando que estos dos mangarrianes me habian dao el timo de la estampita pero sin cuartos de por medio, arrancándome de mi casa sólo porque me quieren mucho y les apetecía tenerme cerca pa´ que les aconseje en sus cosas de amoríos. Me daban ganas de darles un abrazo, pero también de retorcerles el pescuezo como a los pollos.

—Oíd, hijos, que ya sabéis que pa´ mi todo está cambiao de cuando yo era joven, pero, si me preguntáis de la última visita, está todo clavaito, como dos goticas de agua.

—Qué va, Robustiano, ya se dará cuenta de que alguna diferencia hay, lo que pasa es que no se ve a simple vista —dijo la polluela.

—Es un cambio más emocional que físico —añadió el chaval.

Ya estaban con sus intrigas otra vez los condenaos. Paramos el automóvil en un sitio pintao de azul, como también habíamos hecho otras veces y vi que los chicos se iban a una maquinita a meter monedas pa´ sacar un papelito, costumbre infernal, pero exactita a la que les había visto hacer otras veces. El ceño se me debió fruncir como cuando me hierve la sangre y se me agria el carácter, no porque estuviera poco a gusto con los chavales, que eso mucho, sino porque me estuvieran engañando. Pa´ hacerme rabiar más empezaron con sus cuchicheos y sus risitas, y a mirarme de reojillo, que saben que no me gusta un pelo de los que no me quedan. Aunque les tengo que reconocer que ver la risa a esa muchacha es un primor y a uno hasta se le olvidan los malos humores.

Me armé de paciencia y no les zurré la badana, aunque con ganas me quedé, mientras ellos pelaban la pava y yo les seguía como un lazarillo por las calles del centro viejo, cerca de la Plaza, aunque ya saben que, quitando algunas cosas, pa´to´ lo de la capital es muy nuevo. Al final, vimos un corro de gente muy grande plantaos como tomates al sol, aunque ya caía mucha sombra y la noche empezaba a cubrirnos como una señora de buen ver vestida de luto.

Allí nos detuvimos nosotros también y ese par de gaznápiros encantadores me llevaron a una zona donde había sillas enfrente de un tablao donde aparecían subios un par de mozos ya entrados en años, aunque no peinaban aún canas, uno con buena pelambrera estilo de los jipis esos de los que había oído yo hablar alguna vez hace muchos años y otro más discretito, con su camisa de talle estrecho que ahora parece que llevan muchos jóvenes y que en mis tiempos se le hubiera dicho amariconao. El primero manejaba el violín y el segundo el acordeón.

Tardé un poco en reconocer la plazuela donde estábamos, pero enseguida caí por los pasos que habíamos dao y un par de casas que estaban parecías a como lucían cuando yo tenía edad para ser quinto, aunque más arregladas, eso sí.  Era la plaza de la comedia o plazuela del teatro, pero allí no quedaba ni una piedra de este, lo cual me dio mucha pena, aunque ya tengo metío en la cabeza por lo que he visto en mis anteriores excursiones que aquí en la capital se han cargao todo lo que había de cultura en los tiempos pasados, como si fuera un burruño. Los malditos alcaldes de Franco y toa su camarilla. Pero no sigo por ahí, que si no me enervo y no les cuento a ustedes lo que yo vi allí en ese rinconcito de la capital, y que tanto me gustó.

Los dos artistas se pusieron manos a la obra y empezaron a tocar piezas de música tradicional, unas cuantas típicas de mi querida Castilla. Jotas, seguidillas, pasodobles… Y miren, uno que es muy devoto de la tierra, pues aquello me tenía emocionao. Bien me acordaba yo de que en esta ciudad siempre se valoraban más las melodías que venían de cualquier otro lugar, sobre todo de Andalucía, que las propias, así que escuchar aquello me dio escalofríos.

Encima, para más inri, los chicos lo interpretaban como los ángeles. No sonaba exactamente como en mi época, porque le daban un toque así como más movido y moderno, pero eso me dejó aún más encantao. Además, que los chicos tenían un salero… Sobre todo el barbudo, que por cierto era de Burgos (el otro se decía de Valladolid, aunque nacío en Aranda de Duero) y contaba las cosas con una gracia exquisita, metiendo un poco de pimienta, pero la justa, y de ironía fina, aunque claro, yo como soy vetusto, se me escapaban algunos chistes y gracietas y me las tenían que explicar mis chiquillos, que no paraban de desternillarse.

Lo que más m´impresionó fue cuando se pusieron a manejar algunos artefactos que así vistos parecían detritus o sacaos de una chatarrería, como una silla parecida a esas que utilizaban en mi época los domingueros de ciudad pa´ ir al campo, una sartén, un engendro mitad violín mitad trompeta y, lo que más estupefacto me dejó, ¡un par de instrumentos hechos con huesos, uno de ellos de águila! Y, aunque aquello podía parecer un poco de vodevil, resulta que estos muchachos hacían sonar aquellos trastos de una forma extraordinaria.

Estaba yo tan animao y metío en juerga que no pude resistirme a dar palmas siguiendo al resto de la plazuela, que estaba entregada a los chicos. Pero lo mejor fue cuando, casi al final de la actuación, los músicos hicieron un pasodoble muy bonito e invitaron a la gente a bailar. Yo miré a mis dos jóvenes amigos que ya son como nietos pa´ mí, y les guiñé el ojo a ver si se soltaban y se quitaban la sosería que tienen encima. Que además, yo siempre lo he dicho, y que me perdonen las señoritas que me estén leyendo, pero retener tanto los líquidos de la naturaleza como hacen estos dos no es na´ bueno pa´ la salud.

Se miraron como de costumbre, cual cabritillos adocenaos, se echaron la sonrisilla de rigor, me hicieron caso y se pusieron a moverse, pero aquello era un espanto pa´ la vista, aunque, eso sí les digo, tenía una guasa que ni una comedia de Tony Leblanc. El muchachito, toparrón como él solo, dándole a la muchachita más pisotones que los que le pega el burro cuando ara. Ella, menos patosa pero tampoco muy diestra que se diga, tratándole de llevar a él pero viéndolo cosa imposible y lanzando quejíos cada vez que el otro la machacaba los pies.

Es tu momento, Robustiano, me dijo esa voz inconsciente que a veces me suena en la sesera. Tenía que impresionar a toa la plaza como lo hacía con mi añorada Servanda en las verbenas de las fiestas de los pueblos. No es por ser fanfarrón, pero les aseguro que no nos quitaban ojo, una cosa de llamar la atención. Así que le dije lo menos tosco que pude al zagal que se pusiera a otros menesteres, me arrejunté a la chavala, la cogí por el talle y me la llevé a deslizarse por el asfalto de la plazuela. Ella, encantada, riéndose como una princesa de cuento, parecía haber aprendío a bailar agarrao en un segundo. Y es que estaba teniendo al mejor maestro posible, el Robustiano, porque, miren lo que les digo, yo seré algo bruto, pero en la danza me vuelvo un hombre delicado y virtuoso. Así que nos lucimos.

Tenía un poco miedo por si el chico se enfadaba, pero le miré así con el rabillo del ojo y me di cuenta de que estaba más feliz que unas castañuelas, seguramente porque le había librao de un buen embrollo. Además, sabía que de mí poco hay que temer a estas alturas, que ya estoy muy trillao pa´ cortejar a una chiquilla como aquella, aunque si me hubiera pillao con muchos años menos… Porque siendo justo y objetivo, hay que ver cómo está mi nietecita postiza, menudo bombón. Pero no piensen mal, que sé que son mu reviraos, que pa´ mí es como una niña adorable.

Al final del pasodoble, aplausos a rabiar como al terminar las otras canciones, aunque fantaseé con que parte de estos fueran pa´ la mocita y pa´ mí. Perdonen este arranque de vanidad, que uno por lo general es modesto como un monaguillo. En medio del jaleo general, aquellos dos trovadores dijeron que acababan, ahora ya sí (lo habían dicho antes y el público no los había dejao), con otra piecita tradicional de aquí, de estos lares. Y se montó buena algarabía pa´ terminar, con un ritmo fenomenal y a todo el personal se le iban las manos y los pies.

Y después del san s´acabó, una ovación como no recuerdo haber escuchao yo casi nunca en la capital, que aquello se caía de entusiasmo. No era pa´ menos, pero yo bien recordaba lo que se decía siempre de esta ciudad a la que, pese a ser más de campo que las vacas, tanto cariño tengo. Que si un espectáculo u lo que fuera triunfaba allí, entonces lo hacía en cualquier sitio. Así de difícil se decía que era contagiar de alegría a las gentes de la villa de Don Miguel, Don José y Doña Rosa. Pues aquellos dos peazo artistas vaya si lo lograron.

Miré al cielo y vi que estaba más negro que santas las partes de Antonio Machín, y me extrañé bastante de to´ aquello. La penúltima vez que había estao allí con los plumillas también había habido parranda hasta altas horas, pero claro, eran las fiestas y ya se sabe que el Generalísimo y sus alcaldes siempre levantaban la mano esa semana, aunque les tocara los cataplines.

—Hijos míos, ¿no se alborotan los gendarmes de Franco y los señoritos por estar tocando músicas a estas horas? A ver si van a venir los grises y se va a armar aquí la Marimorena.

Ellos, fieles a lo de siempre, reaccionaron con sus risas tontunas de pavos no desvirgaos.

—No se preocupe, Robustiano, esta actuación está autorizada. De hecho, es el propio Ayuntamiento quien la organiza.

Yo me escandalicé mucho y al mismo tiempo me pareció extraordinario que el viejo y sus secuaces se hubieran ablandao tanto y permitieran aquellos jolgorios nocturnos sin ser fiestas. Entonces, pensé en el alcalde de la capital, al que había visto en la Semana Santa con esa cara de beato que paecía que llevaba añusgaos to´ los pecaos de los demás en el garganchón.

—Y el hijo del ginecólogo, ¿qué opina de esto?

Estallaron en carcajadas, esta vez sin disimular ni na´. Yo les seguí por no quedar como un pelele, aunque no tenía ni pajolera idea de por qué se tronchaban.

—Creo que ahora mismo tiene preocupaciones más importantes que los conciertos nocturnos —sentenció el chico.

Yo me quedé como estaba, pero supuse que aquellas angustias del hijo del ginecólogo tenían que ser cosa muy seria pa´ no haber mandao a los agentes de la ley ni a la policía montada a desalojar a toda aquella concurrencia y a los artistas. Sea por lo que sea, bienvenido que se dejen hacer estas cosas de la cultura, sí, señor, celebré pa´ mí mismo.

—Bueno, Robustiano, resúmanos un poco sus impresiones sobre lo que ha visto desde que hemos llegado, que me pica la curiosidad —me pidió la chica con esa actitud pícara que me pone tontuelo.

Me rasqué la frente, me ajusté la boina, bajé la chola pa´ concentrarme y, después de un ratico pensando en las palabras justas, les di mi respuesta:

—He visto la plazuela llena de gente a las tantas de la noche aplaudiendo a rabiar a unos artistas que hacían música tradicional de Castilla con instrumentos artesanos, y por cierto muy bien. El público se ha divertido, ha cantao, bailao, dao palmas y se ha reío con las ocurrencias de los muchachos. Y ninguna autoridad ha venido a aguar la fiesta. Esto me parece un saludable cambio de la capital, sí señor. ¿Cómo habéis dicho que se llamaban estos buenos mozos?

Fetén Fetén —contestó la muchacha.

—¿Y eso qué diantre significa?

—Excelente, estupendo, genial. Que está muy bien, vamos —aclaró el muchacho.

—Pues mira, eso os digo. Que está noche la capital ha estao Fetén. A ver si no es la última vez que me traéis en noches así. Ojalá haya muchas más, y no sólo cuando hay calores, que seguro que toavía quedan muchas tabernas y cafés donde se pue´ hacer —concluí rotundo.

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