Bienvenida sea la hipocresía

Parto de la base de que, en mi opinión, la sociedad en su conjunto es enteramente hipócrita en lo que se refiere al contraste entre los postulados que defiende de puertas para fuera, en su patético intento por mostrar corrección y compostura, y la realidad que subyace tras ese marco de odioso formalismo. Pero sostengo que también la inmensa mayoría de las personas, individualmente consideradas, somos hipócritas en mayor o menor medida. Me incluyo, para no caer en el fácil error de ver sólo la paja en ojo ajeno. Yo también soy un hipócrita, si bien intento cada día serlo un poco menos, no sé si con éxito.

Sin embargo, en ocasiones hay que darle la bienvenida a la hipocresía, aunque uno no sabe si la indignación que provoca le invita a descojonarse o a echar lagrimones. La terrible crisis de refugiados que vive el Planeta —sí, digo bien, hablo de la Tierra y de la civilización humana como sujeto afectado, me importa muy poco la zona geográfica donde se concentre el flujo migratorio—comenzó hace bastantes años y se agudizó hace unos cuantos meses. Pero es ahora, cuando alcanza un dramatismo y una intensidad insostenibles, que la vieja, belicosa, violenta y, por supuesto, hipócrita Europa empieza a rasgarse las vestiduras y a buscar lamentables soluciones de urgencia.

Es después de tanto tiempo de muertes en el mar, atentados contra los derechos humanos denunciados por las organizaciones no gubernamentales —quizá las únicas que no son hipócritas en este tema, y en especial quiero hacer una mención a Amnistía Internacional y a Médicos sin Fronteras, auténticos ejemplos de lucha ante la invisibilidad y la injusticia—, rostros desnutridos y agujereados, miradas envejecidas y saltos desesperados al vacío, que las instituciones de esta Unión desunida en casi todo menos en su hipocresía se mueve a ritmo de gritos histéricos.

Los mandamases de los Estados de la UE se están comportando estos días como si fueran animales depredadores que toda su vida han campado a sus anchas por la jungla, siendo los más feroces, fieros y despiadados, y se hallaran de pronto ante una amenaza nueva en forma de marabunta de insignificantes seres desconocidos que tratasen de invadir el espacio vital donde hasta ahora reinaban con arrogancia. Así es como deben de ver la mayoría de los presidentes y primeros ministros electos —madre mía, en qué estábamos pensando los ciudadanos de esta hipócrita Europa— a los inmigrantes, llámense refugiados, peticionarios de asilo o directamente gente desesperada que huye. Como una especie de plaga de langostas que asolara al Egipto de los faraones. Los deben comparar a un agente biológico externo de origen desconocido o a un virus extraterrestre.

Reunión de los Ministros Exteriores de los Estados Miembros de la UE en el marco de la cumbre de Los Balcanes celebrada en Viena. (Imagen: EFE).

El caso es que, entre tanta hipocresía, de repente empiezan a surgir algunos comportamientos entre esos primeros espadas que, no por beatos, dejan de ser bienvenidos. Por ejemplo, uno ve como de pronto se colocan reuniones extraordinarias, cumbres urgentes, para tratar expresamente el tema. En realidad, no se decide absolutamente nada y sólo sirven para llenar páginas de periódicos y minutos en los espacios radiofónicos y televisivos, pero a uno al menos le queda la esperanza de que un día de estos acuerden algo.

Pero lo más bienvenido de esta hipocresía es el efecto contagio que genera. La mayoría de los medios de comunicación de gran difusión, que pasaban olímpicamente del tema hasta hace unas pocas semanas, deciden colocarlo en primera plana, como prioridad de sus arbitrarias agendas mediáticas de mass media en decadencia. Siendo fieles a la verdad, no todos pueden ser metidos en el mismo saco, pues de hecho han sido algunos de estos medios, además de centenares de periodistas poco afamados que escriben en sus blogs o pequeños medios independientes, auténticos héroes de esta profesión —posiblemente a ellos también se les pueda salvar de la hipocresía—, los que han provocado una reacción, aunque sólo sea por vergüenza torera, de los políticos.

Y, en una tercera escala de esa propagación de la hipocresía bienvenida, están los ciudadanos. Esos que ahora se interesan por un problema que hasta hace muy poco estaba situado en el puesto treinta y cuatro de sus preocupaciones, más o menos entre la molestia de las legañas con las que se levantan por la mañana antes del currelo —los que lo tienen— y la duda sobre qué cocinar ese día —los que tengan tiempo para ir a comer a casa.

Ahora, sin embargo, y especialmente tras la ya tristemente famosa foto de Aylan Kurdi, el niño sirio que fue hallado muerto en la orilla de la playa turca de Ali Hoca, tal vez haya escalado en algunos casos hasta la posición quince del chart, o incluso se haya colado en el top ten, a caballo entre el interés por los anuncios de la recuperación económica de Montoro y De Guindos y la preocupación por la fecha final de la convocatoria de elecciones navideñas de Mariano el ufano. Por supuesto, siempre hay algún supuesto en el que se habrá elevado hasta los cinco primeros de la lista o incluso subido al podio de honor de las inquietudes. Tal vez sea mi caso. No lo sé, porque yo también soy un hipócrita.

No me puedo calificar de otro modo cuando mi cerebro tiene perfectamente normalizada la situación de desigualdad extrema que existe entre determinadas zonas del mundo y otras, como algo malo y detestable pero inevitable. Soy de los que piensa que nada podemos hacer los individuos de a pie, ni siquiera en un plano colectivo, para solucionar la hambruna, resolver los 43 conflictos armados que ahora mismo hay declarados en el mundo o acelerar el desarrollo en aquellas partes más deprimidas por circunstancias históricas, en muchas de las cuales han tenido una contribución decisiva y nociva los países que hoy se consideran desarrollados, o por catástrofes naturales. Soy de esos que recurre al tópico de que sólo los gobiernos lo pueden arreglar. Y no sé tendré razón o no, pero sí sé que hay gente que hace muchas más cosas que yo y no se resigna. Por eso, me siento algo hipócrita.

El caso es que, en el marasmo de la tragedia, está surgiendo una ola muy sana de solidaridad y beatíficos propósitos, aunque tengan su toque de hipocresía. Pero bienvenidos sean, pese a que lleguen tarde y de momento sean insuficientes. Uno al menos se consuela un poco, estúpidamente, como buen hipócrita, al ver que el Ayuntamiento de su ciudad, demostrando que no es tan Fachadolid como la tildan, se une a la Red de Ciudades Refugio propuesta por esa alcaldesa que no parece política sino ciudadana de la calle llamada Ada Colau.

Igual de hipócritamente reconfortante resulta leer que muchos ciudadanos europeos, incluidos los húngaros abochornados por su primer ministro Viktor Orbán, están dispuestos a colaborar en todo lo que puedan, aportando víveres, cediendo alojamientos, acogiendo a los refugiados en sus casas o estableciendo tejidos de ayuda social de forma privada. O la actitud de Alemania, que, al menos en este tema, está demostrando que puede ser algo más que el motor de un Volkswagen Escarabajo vetusto y cascado que cala a Europa. De no haber sido por la voluntad política del gobierno germano, tal vez ni siquiera la hipocresía hubiera sido suficiente para hacer que David Cameron exclamara Oh, my god! Incluso la alta jerarquía de la Iglesia Católica parece concienciada. Y no hablo del Papa Francisco, que ya llevaba alertando acertadamente desde hacía tiempo de esta vergogna.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. (Imagen: elperiodico.com).

En definitiva, algunas cositas insuficientes que dignifican un poco a esta raza tan curiosa que conformamos. Porque no me neguéis que no somos pintorescos. Si nos viéramos desde fuera, nos entraría el despiporre viendo como cuidamos casi hasta la veneración nuestra casa, lavamos nuestro coche con el mayor de los mimos, matamos por nuestro equipo de fútbol o nos desmayamos de pasión por nuestra banda favorita. En contraste, contemplamos con absoluta normalidad como gente como nosotros las espicha en el océano o a pocas millas de hoteles y apartamentos de lujo porque otros —también como nosotros— se están matando a cañonazo y tentetieso nadie sabe muy bien por qué. La humanidad es la mejor comedia de nuestros días.

Sin embargo,  también somos capaces de hacer que fluya la sonrisa sincera cuando, en las entrañas de nuestra civilización presuntamente desarrollada, nos repite el cocido de naufragios del mediodía, los callos de las pateras de ayer y la morcilla de sangre derramada de hace dos días. Entonces nos conmovemos y surgen los gestos de ternura, la empatía hacia el dolor, la solidaridad ante la tragedia. No es mucho, ni basta, pero, desde el punto de vista de un hipócrita como yo, es suficiente para considerar que aún podemos salvar la cara. Me alivia un poco.

No es tan tranquilizador, sin embargo, ni siquiera para un hipócrita, comprobar que la desunión europea quiere elevar el número de nuevos refugiados susceptibles de vivir dentro de sus fronteras a 120.000, como si no hubiera 60 millones —4 de ellos sirios—, todos ellos con derecho a que se les conceda el asilo según el Derecho Internacional, vagando por el mundo. Desconozco qué criterios de selección pretenden utilizar para hacer la purga. Tal vez, se adapten fórmulas propias de la entrevista de trabajo. Por ejemplo, al que no sepa inglés, fuera. ¿Tiene usted disponibilidad inmediata? ¿Y horaria? Y, en el culmen del ingenio, ¿poseen usted y su familia plena disponibilidad geográfica? Propongo para realizar esta tarea a la ministra Fátima Báñez, que de estas cosas de la movilidad y la emigración sabe mucho. Me da la sensación de que lo del inglés no le iba a molar mucho, pero seguro que se le ocurriría algo.

También se pueden usar los mecanismos de las oposiciones para optar a un empleo público. Examen sobre el ordenamiento jurídico común, Constitución Española incluida, que está muy de moda. Lo que más vale para la nota son las preguntas sobre el Convenio Europeo de Derechos Humanos, la Carta de Derechos Fundamentales de la UE u otros tratados ratificados por la desunión, como la Declaración Universal de Derechos Humanos o la Convención de Ginebra. También sugiero instaurar un sistema de concurso-oposición. Entre los criterios que otorgarían puntos, se podrían considerar por ejemplo cuántos muertos hay en tu familia —puntúa más si son menores de edad—, nivel de infierno en el conflicto del que huyes, partes del cuerpo amputadas o las hostias que hayas recibido antes de llegar a la UE.

Sin embargo, según afirma Lucía Abellán, corresponsal de El País en Bruselas, lo que se tendrá en cuenta son criterios de adaptación de tipo lingüístico, cultural o familiar de los solicitantes en los países. Hablando en plata: conocer un idioma europeo o tener algún familiar en el país de acogida será visto con buenos ojos por parte de las autoridades europeas. Esto en la práctica derivará en que tengan más facilidades aquellos ciudadanos sirios que posean una buena formación o que tengan vínculos con los estados miembros. De esta forma nos aseguramos los europeítos que no se nos metan en nuestro territorio pobretones sin estudios que perturben nuestro magnánimo bienestar económico y social. Hasta la solidaridad entiende de clases.

Y es que, en efecto, en la hipocresía, como en todo, también hay grados. Por ejemplo, está el que necesita escribir artículos como este para hacerle una caricia a su impotencia y amilanar cierto incómodo grito interior. Se piensa que así está contribuyendo a algo positivo, no tiene muy claro a qué. También nos encontramos con la hipocresía típicamente bondadosa, beata, caritativa y española de esa parte de nuestra sociedad “de bien”, cuyos integrantes comienzan a extraer algunos euros de sus cuentas, hasta hace nada apalancadas, y los pone al servicio de la causa refugees, vía donaciones a través de la parroquia, para que esta a su vez lo transfiera a donde Dios disponga que sea necesario en pos de aliviar el sufrimiento de “esos desgraciados”. Los hay que no son cristianos y simplemente van al banco y ordenan transferencias a la primera ONG que les recomiene su empleado de banca de confianza. “Ponme 100 euros para lo de los refugiados, Pepe”. Estos hacen lo mismo cuando hay catástrofes tipo tsunamis, terremotos y demás.

Luego podemos ir subiendo el punto de mira y fijarnos en hipocresías de otro cariz. La canciller alemana Ángela Merkel se muestra comprometidísima con la situación de éxodo masivo de los refugiados y ha sido considerada por un grupo significativo de estos como una especie de madre dispuesta a acogerlos en el seno de su país. Produce un impacto fenomenal observar a algunos exhibiendo la foto de Merkel y asociar su imagen granítica y malhumorada, casi de sabueso rabioso, con la de una Ángela de la guarda compasiva y conmovida. Cierto es que el video tantas veces visto de la niña palestina llorando ante la líder germana por la expulsión de sus padres de tierras alemanas ayudó ya algo a endulzar la figura de la canciller, como si últimamente hubiese una especie de campaña mediática para suavizarla.

Parece evidente, pues así lo reflejan los datos —de no ser que también estén manipulados, que ya uno no sabe de qué se puede fiar—, que Alemania es la nación de Europa que más refugiados está acogiendo, la que más esfuerzo está dispuesta a hacer para acoger más y la que ha impulsado la ridícula propuesta de la UE para que todos los países acojan en función un sistema de cuotas obligatorias —que, si no habláramos de seres humanos, sonaría a matemática comunista o a un reparto de la tarta tras una Guerra Mundial—. Todo muy acogedor.

Hasta resultaría enternecedor si no fuera porque Ángela Merkel es la misma política hipócrita que lleva más de un lustro empecinada en esas políticas de austeridad, contención de salarios, flexibilización de las condiciones laborales, incremento de la presión impositiva y demás crueldades sobre las clases medias y bajas que han ido apretando el gaznate de los ciudadanos europeos, condenando a algunos millones a la mera supervivencia precaria y a otros tantos directamente a la miseria. Aunque eso sí, dentro del llamado hipócritamente Primer Mundo, que siempre es más benigno que ese considerado como de tercera clase donde se matan moscas a cañonazos y a niños con kalashnikov.

Sin embargo, hay que aplaudir levemente, con cierta timidez, esta actitud alemana hacia los refugiados, una vez que se echa un vistazo y se mira como está el resto del patio de los hipócritas. Ya hemos comentado el cinismo flemático y propiamente británico de Cameron. Podríamos hablar del chovinismo socialista de Francois Hollande, que hace no muchos meses decidió cerrar la frontera con Italia para que no pasaran los inmigrantes o que propuso en una reunión extraordinaria de la UE destruir los barcos que las mafias destinaran al tráfico de inmigrantes ‹‹para que no los condujeran a la muerte››, como si en sus países tuvieran un futuro mucho más halagüeño que morirse de hambre, insalubridad, un bombardeo o un tiro.

David Cameron estrecha la mano del primer ministro portugués, Pedro Passos Coelho, en Lisboa, donde se comprometió el pasado viernes a acoger a 4.000 refugiados sirios más. (Imagen: ABC).

Igualmente, cabría analizar el postureo de otros mandamases europeos, pero por su singularidad, proximidad y repugnancia no puedo resistirme a destacar el comportamiento de nuestro gobierno como la cima de la hipocresía. Resulta tronchante que un país que lleva incumpliendo sistemáticamente desde hace años la legislación sobre asilo, mandando a paseo a los que la solicitan, practicando las tan comentadas devoluciones en caliente —eufemismo que esconde el concepto echar sin preguntar—o efectuando una política altamente represiva en su límite fronterizo, venga ahora de buen samaritano con su clásico y penoso estilo comunicativo, basado en los desmentidos entre ministros, cambios de opinión de miembros del gobierno en cuestión de días e incongruencias varias.

Pese a lo dramático que es todo este asunto, a mí me dan ganas de partirme la caja cuando escucho a mi paisana vallisoletana y vicepresidenta del gobierno encofrarse en su apellido santoral y realizar declaraciones llenas de ternura post Consejo de Ministros cuando se refiere a los desahucios y al paro. Pero mientras Santa María se muestra lacrimosa y sentida, Soraya Sáenz habla de forma fría y calculadora sobre el drama de los refugiados hace poco más de una semana, diciendo que España no puede acoger ni siquiera a 3.614, número inicialmente propuesto por la Comisión Europea.

Ese día aún no había saltado a la palestra la terrible foto del niño Aylan Kurdi, que, además de conmocionar a toda la Europa hipócrita, queda muy fea como fondo de pantalla de la inminente campaña electoral.  Ahora Soraya asegura que España ha demostrado su capacidad para integrar y que por lo tanto no habrá problema con las exigencias de la UE, que cifran el número de refugiados a quienes debe acoger España en 15.000. A finales de agosto aseguró que España tenía muchos inmigrantes ilegales, que por eso estaba saturada y como mucho podía aceptar a unos 2.000 peticionarios de asilo, y hoy dice que en los números no estará la discusión.

Siendo la actitud del gobierno en este asunto altamente hipócrita, no lo es mucho menos la del PSOE, además de bastante grotesca. En la fase prefoto o fase prehipocresía criticó al Ejecutivo por las afirmaciones de Soraya, pidiendo que el número se elevara a casi 5.000, como si los refugiados fueran el objeto de una especie de rifa o subasta en vez de personas. Parece ser que los miembros del Partido Socialista han olvidado que en el año 2011 su presidente y el de todos los españoles, José Luis Rodríguez Zapatero, mintió descaradamente en sede parlamentaria —igual es eso a lo que Rajoy llama herencia— afirmando que se había expulsado a 17 saharauis solicitantes de asilo porque no había quedado acreditado que escaparan de la persecución del gobierno marroquí.

En el año 2014, España fue condenada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, considerándose que había violado el Convenio Europeo de Derechos Humanos en la expulsión de 30 saharauis que llegaron a Canarias entre enero de 2011 y agosto de 2012 —por lo tanto, también el gobierno del PP es corresponsable—. Sin embargo, esto no ha de extrañar tanto, pues ZP, que posiblemente ha sido el presidente más hipócrita de la corta historia de la democracia española, se puso hace poco el traje promarroquí y participó en un foro donde defendió que el Sáhara Occidental siguiera estando ocupado por nuestros vecinos del sur. Esta semana precisamente le hacen una entrevista en El País de la que se extrae como titular una declaración muy de las suyas, de talante. ‹‹La UE tiene que dar ejemplo en la crisis de los refugiados››. Al menos, no habla de la Alianza de Civilizaciones. Es un consuelo.

José Luis Rodríguez Zapatero, participando en un foro promarroquí organizado por el lobby suizo Crans Montana el pasado marzo. (Imagen: EFE).

Sin embargo, el mayor despiporre me asalta cuando leo frases como ‹‹nadie puede dudar de la capacidad de acogida y solidaridad de España›› al ministro que tanto habla de Dios y condecora a vírgenes, Jorge Fernández Díaz, por cierto también vallisoletano de nacimiento. El mismo que defendió grotescamente la actuación de la Guardia Civil cuando el 6 de febrero de 2014 perecieron quince personas ahogadas frente a nuestras costas, ofreciendo una versión contradictoria detrás de otra, en un esperpento difícil de olvidar.

Recuerdo perfectamente a este hombre que asegura haberse topado con el camino de la fe cuando estaba de camino a Las Vegas afirmando con vehemencia que España no podía hacerse cargo de los inmigrantes que vinieran porque había que darles unas condiciones dignas y el país estaba atravesando por una situación económica muy complicada, con dificultades incluso para los nacionales. Esto lo decía mientras el resto del gobierno fanfarroneaba con la recuperación económica made in De Guindos.

Ahora sin embargo asevera Fernández Díaz que no habrá limitaciones presupuestarias para la acogida de refugiados, que gastarán todo el dinero que haga falta. ¡Toma ya!, eso sí que es un cambio de ritmo y no los de Purito Valverde.  La hipocresía en estado orgásmico. Posiblemente haya esperado a que su jefe Cristóbal Montoro, el verdadero presidente del gobierno, le autorizase tal comentario.

Mientras tanto, el presidente formal utiliza a su Vicesecretario de Comunicaciones, Pablo Casado, el chico de la sonrisa que cautiva a las niñas de Nuevas Generaciones, para transmitir a la cándida nación española que está ‹‹traumatizado›› por el asunto de los refugiados y que se va a ‹‹arremangar›› para tratar el tema. Estremecedor. Casi me puedo ya imaginar al pseudopresidente Mariano apareciendo en una de esas camisetas de tirantes, luciendo tatuajes con corazones y lemas como el refugees welcome! que se lee en lo alto del Ayuntamiento de Madrid, un poco al estilo de Jesús Cifuentes, el cantante de Celtas Cortos, cuando pronunció el pasado viernes el pregón de las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo de Valladolid. Luego la improvisada banda Rajoy sus ministros podrían cantar El Emigrante, popular tema del grupo pucelano para remachar con agudas concertinas su valla de la hipocresía, a la que, pese a todo hay que dar la bienvenida.

Ángela Merkel y Mariano Rajoy en los alrededores del Castillo de Messeberg, preparando juntos una de las cumbres europeas sobre los refugiados. (Imagen: El Mundo).

Y esto es así porque por lo menos esta repentina reacción casi histérica, como si hubieran visto ratas pululando por las alfombras de cachemira de sus habitaciones, que han tenido los líderes europeos, tal vez rescate unos cuantos miles de vidas y salve de la quema absoluta la decencia de esta Unión Europea que cada vez más nos recuerda su desastre de configuración y la absoluta falta de planificación en cuanto a sus objetivos comunes, si es que los hay. Un organismo que sólo es válido para arbitrar peleas de gallos, venderle a piezas a la China comunista el continente del mercado libre capitalista—otro acto ejemplar de hipocresía— y apretarnos el culo a los ciudadanos de clase media y baja.

Y, sin embargo, podría ser peor. Quién nos dice que algún día todos no dejemos de ser hipócritas, ya no nos importe el qué dirán, perdamos el sentimiento de avergonzarnos como niños ignorantes o viejos limosneros al observar estampas de muertos en el mar. Sería terrible volvernos todos como el primer ministro de Hungría o tener gobernantes que se comportaran como los de Eslovaquia o Rumanía. Por cierto, lo de este último país es altamente sangrante, teniendo en cuenta que ellos siguen siendo a día de hoy un pueblo eminentemente emigrante.

O, aún peor, que llegase un futuro en el que los ciudadanos hipócritas tuviéramos la mentalidad de los líderes estadounidense y ruso. A Barak Obama, como le pilla lejos la movida, lejos de echar una mano, se dedica a continuar montando o alimentando guerras en los territorios donde tiene interés económico, mientras Vladimir Putin le culpa por ello y endurece los requisitos para obtener un permiso de trabajo en su país, a fin de que no le salpiquen las consecuencias del flujo de refugiados.

Así que no nos queda otra que conformarnos con la hipocresía española, aunque sea de segunda clase. Menos da una piedra. Bienvenida sea. Palabra de hipócrita.

 

 

Este artículo va dedicado a todos aquellos trabajadores y voluntarios de organizaciones humanitarias que están día a día en contacto con las personas, tengan la condición jurídica de refugiados o no, que sufren las consecuencias de las guerras, el hambre y la miseria, en cualquier parte del planeta, y a los periodistas valientes que acercan la realidad a hipócritas como yo.

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