Animales asesinados por personas, personas que mueren como animales

En primer lugar, quiero dejar claro que el llamado festejo del Toro de la Vega que se celebra en Tordesillas cada septiembre me parece un acto atroz y detestable que debería estar prohibido por el ordenamiento jurídico. Seguidamente, también me gustaría aclarar que considero igualmente aberrantes otros actos donde se tortura y mata a animales con la excusa del divertimento popular, la tradición o la cultura. Ya sea el toro enmaromado, bous a la mar, la Rapa das Bestas o, por supuesto, las sanguinarias corridas de toros. Resulta curioso que haya muchos detractores del Toro de la Vega que se consideran defensores de la Tauromaquia y tratan de diferenciar ambas realidades con complejos razonamientos intelectuales y argumentos artísticos. Como si sobre la arena de los cosos no se picara, banderilleara y estoqueara a los morlacos.

Pese a que según el Observatorio de Justicia y Defensa Animal existen unos 3.000 actos a lo largo del calendario repartidos por el territorio español en los que se infringe daño a 60.000 animales, las reivindicaciones de las plataformas en defensa de los derechos de los animales y otros colectivos han puesto desde hace varios años el punto de mira en el Toro de la Vega.

El por qué este torneo cuyos orígenes se remontan al siglo XVI causa mucha más polémica que otros se puede explicar por su especial brutalidad, una vez que las protestas sociales acabaron recientemente con otros festejos todavía más salvajes, como La Cabra de Manganeses de la Polvorosa (Zamora) o La Pava de Cazalilla (Jaén), donde se arrojaba a los animales desde lo alto del campanario de la iglesia.

En efecto, el Toro de la Vega, sin ser ni mucho menos el único acto de tortura animal legalizada, se ha convertido en el más controvertido y perseguido por los grupos animalistas. Me parece muy adecuado que se proteste contra la celebración ya sea a base de manifestaciones, marchas, conciertos, recogida de firmas, o que incluso se trate de impedir con medidas de presión, por ejemplo encadenándose a los postes, como hizo un joven en esta última edición de la barbarie, llevada a cabo como casi todo el mundo sabe, hace dos días.

En este punto, hay que señalar que fue absolutamente lamentable la actitud de las fuerzas y cuerpos de seguridad, que no hicieron nada para detener la suelta del toro mientras el chico permanecía atado al soporte, incumpliendo su obligación legal de proteger la integridad física de las personas. Por mucho que el tipo se hallara allí por su propia voluntad, la situación es similar a la de un bañista metiéndose al mar con bandera roja. Grave actitud de las autoridades de Tordesillas, al haber incurrido en un delito que podía ser calificado incluso de tentativa de homicidio o al menos de lesiones, y de los miembros de la Guardia Civil, que desatendieron el mandato que conlleva su cargo y no cumplieron con su labor.

Por otra parte, ya viene siendo habitual desde hace unos años que determinados energúmenos que participan en el torocidio no se conformen con despreciar verbal y físicamente a los que protestan contra el acto, sino que también se dediquen a agredir, insultar, amedrentar a periodistas y fotógrafos e incluso a confiscar su material por la fuerza, como han denunciado varios medios de comunicación. En todas las noticias sobre esos hechos, hay unanimidad en la versión y se habla de que fueron defensores del festejo popular y no detractores del mismo los que arremetieron contra los informadores. Como yo he sufrido en mis carnes coacciones y presión física en el ejercicio de mis funciones periodísticas, sé muy bien lo complicado que resulta que todos los coleguis se pongan de acuerdo cuando uno de ellos sale trasquilado al cubrir un evento. De mí pasaron la mayoría, así que doy por sentada la veracidad de las informaciones en este caso. Aunque claro, yo era un mindungui freelance y no trabajaba para Tele Cinco.

Sin embargo, toda esta retahíla de comportamientos descerebrados o cómplices de los anteriores no convierten de por sí a todo el que promueve la prohibición de la aborrecible tradición en víctima o ejemplar ser humano. Hablemos también por tanto de los autoerigidos como buenos de la contienda. En su bando también tienen lo suyo y creo que es hora de que alguien lo diga, pese a lo antipopular que pueda parecer.

El problema cuando se defiende con excesivo fervor una causa es que resulta muy sencillo caer en el fanatismo y el radicalismo. Se corre el riesgo de acabar convirtiéndose en algo parecido a aquello contra lo que se combate. Pienso que a algunos de los que reclaman en pro de la erradicación del festejo del Toro de la Vega les está sucediendo exactamente eso. He observado estos días comentarios, sobre todo emitidos a través de las redes sociales, que producen pánico salidos de los labios de personas a las que se les presupone precisamente más civismo que a los otros, dado que defienden una causa loable y unos valores dignos.

Creo que existe una parte muy visible de miembros —no quiero decir con ello que sea mayoritaria, pero tengo la sensación de que acaba arrastrando a un gran número de animalistas—  dentro de las plataformas defensoras de los derechos de los animales que han llegado a un punto tan beligerante que se están excediendo. Una cosa es que se trate de un interés por el que merece la pena, y mucho luchar, y otro que todo valga en esa batalla. Esta equivocada concepción probablemente se alimente de la corriente de opinión pública ahora muy favorable a sus protestas, a diferencia de lo que ocurría hace años, cuando predominaba la ‹‹España ruin de chusma y linchamiento›› —según Pérez-Reverte, eso es lo que simboliza el cruel festejo— y aquellos eran vistos como los raritos protectores de los bichos.

Como yo vivo muy cerca de Tordesillas y conozco a algunos habitantes que viven o laboran al lado de La Vega, tengo conocimiento de que hay personas que por el mero hecho de trabajar en el Ayuntamiento de la localidad y coger el teléfono reciben amenazas procedentes de sujetos que llaman exigiendo la supresión de la funesta tradición. No hablo de sutilezas, sino de cosas bastante fuertes, descalificaciones potentes y avisos contra la propia vida. Lo irónico es que las personas receptoras de estas caricias telefónicas, en muchos casos, no son en absoluto partidarias del torneo, más bien todo lo contrario.

Por otra parte, en este campo, como en casi todos en la vida, existen matices grises que a veces no se quieren ver, a causa del forofismo y las ansias de venganza. Los que se muestran a favor de los eventos donde se maltrata a toros, principalmente hablo aquí de las corridas, no son, salvo excepciones, indeseables asesinos que merecen la peor de las suertes y sufrir en sus carnes el mismo destino que el animal, como a veces aseveran determinados antitaurinos radicales. Eso equivaldría a admitir que muchos de nuestros padres, tíos y abuelos, los míos sin ir más lejos, son depravados y retorcidos que se entretienen morbosamente por el mero hecho de ver a un animal desangrarse y padecer todo tipo de sufrimientos. Hay que diferenciar entre los palurdos que, como sucedió el otro día, increpan y faltan al respeto a los manifestantes, y el resto de seguidores del toreo u otros actos donde se matan animales.

Hay que tener en cuenta que en las generaciones anteriores a las nuestras no existía esa sensibilidad acerca del maltrato animal y que la tauromaquia, nos guste o no, ha sido parte fundamental de la cultura de este país. Otra cosa es que tenga un valor cultural en sí mismo, que para mí no tiene ninguno, pero supongo que eso también es opinable, pues habrá quien vea mucho arte y belleza en la matanza con ensañamiento del toro. Incluso habrá quien observe en la barbaridad que hacen con el Toro de la Vega un toque de heroicidad y poesía en vez de un acto cobarde, miserable y rastrero, como lo veo yo.

Pero, en cualquier caso, se trata de una cuestión de educación y mentalidad. No se puede juzgar a alguien que no ha sido formado en determinados tipos de valores y que ha convivido con la normalidad de la tortura animal, revestida de sana tradición patria. Hay que comprender que para algunas personas de cierta edad las corridas de toros son como para algunos de nosotros los conciertos de rock, algo sin lo que no se podría concebir su vida lúdica. Y eso no les convierte en personas repudiables, por muy equivocados que podamos considerar que estén.

Con este discurso no pretendo justificar esa afición, simplemente digo que la entiendo. Más difícil es entender que haya jóvenes a quienes les guste, pero igualmente hay que respetarlo y tratar de comprender los motivos. Probablemente procedan de una familia con fuerte afición taurina, y no hay que demonizarlos por ello, sino tratar de hacer pedagogía para que lo acaben rechazando. En cualquier caso, según recientes encuestas, el 75% de la población española está en contra de ese tipo de actos.

Lo que quiero decir con esto es que el camino a seguir no es insultar, despreciar y mucho menos amenazar a quienes son aficionados de los eventos taurinos, ni siquiera de uno tan terrorífico como el del Toro de la Vega. La solución está en educar a las nuevas generaciones para que comprendan que este tipo de eventos no cuadran con los valores de una sociedad civilizada —lo cual no quiere decir que no se enseñe que existen, todo lo contrario, los niños deben estudiarlos como parte de la tradición española y conocer que implican el dolor y la muerte de un animal—, introducir presión ciudadana para que se prohíba en la legislación o en votar a partidos que estén concienciados con la causa y estén dispuestos a erradicarlos. Entre ellos nadie sabe si está el PSOE, porque, quien se crea lo que dice Pedro Sánchez ‹‹El Posturitas››, en esto y en cualquier cosa, que tire la primera piedra. Yo no lo haré.

Por último, me gustaría hacer un pequeño apunte que tal vez pueda sonar a demagogia, pero que creo que ilustra muy bien ciertas contradicciones que padecemos en la sociedad actual. Resulta chocante que se concentraran 100.000 personas en Madrid, según los convocantes, pidiendo la abolición del Toro de la Vega, mientras que las marchas en favor de los refugiados celebradas el pasado fin de semana apenas se juntaron 2.500 personas en la capital y un número aún más ridículo en otras poblaciones. Ni siquiera se ha anunciado una gran manifestación en pro de esta causa que representa la más absoluta de las indecencias del género humano. La UE y los gobiernos de sus Estados Miembros están dejando morir a personas iguales que nosotros a las puertas de nuestro territorio, abandonándolos a su suerte y negándoles todo amparo en contra de todos los valores que supuestamente informan al género humano y del Derecho Internacional. Otra demostración más de hipocresía, como denuncié en mi anterior entrada.

No quiero que se me malinterprete. Ni mucho menos digo con esto que los derechos de los animales no sea un tema importantísimo y susceptible de ser defendido. Por supuesto que sí. Pero es bastante chocante la efusividad extrema que mostramos ante determinados intereses y la pasividad pasmosa con la que nos tomamos cosas que están degradando nuestra propia raza y dejándonos a un nivel de consideración muy inferior al de los animales, pese a que nosotros tenemos raciocinio y un potencial espectacular para hacer cosas magníficas y asombrosas.

Totalmente en contra del Torneo del Toro de la Vega. Totalmente en contra de las actitudes violentas y vandálicas, bien sean para protegerlo o para detenerlo. Totalmente sorprendido ante los valores de algunos a quienes importa mucho la vida de un animal y nada la de aquellos seres humanos a quienes estamos dejando morir cada día en las vergonzosas fronteras de la desunión europea.

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3 respuestas a Animales asesinados por personas, personas que mueren como animales

  1. Vota y Calla dijo:

    Estoy muy de acuerdo con este artículo, que coincide en lo principal con el que escribí yo a finales de agosto.

    Los tres últimos párrafos me han escocido un poco, pero no tengo nada que objetar.

    Muy bien, Álber. Un saludo.

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