Sainete nacionalista

Que este país es de chiste no es algo que le pille de sorpresa a nadie. No descubro nada si digo que todos los avatares de la actualidad política y social se suceden en una serie de actos grotescos cuya función contextual la marca ese espíritu de burla perpetua, de ópera bufa, que marca nuestra idiosincrasia desde tiempos remotos. España se comporta habitualmente como una nación (con perdón) que difícilmente puede ser tomada en serio.

Sin embargo, últimamente nos estamos superando a nosotros mismos. El sainete al que estamos asistiendo en los tiempos recientes con el asunto de Cataluña bate cualquier récord sardónico que nos hubiéramos marcado con anterioridad. La inminente celebración de elecciones el próximo 27 de septiembre y el carácter de plebiscitarias sobre la independencia de la comunidad catalana otorgado por las fuerzas políticas nacionalistas ha agigantado el demencial espectáculo de declaraciones, interpretaciones y gestos varios.

Es bochornoso el tono de tasca de bar que ha adquirido la cuestión, de ligereza tabernaria, pero casi me avergüenza más el absurdo dramatismo, la exageración fanática y sobre todo el aire trascendente con el que se pretende contaminar cualquier ámbito de la vida cotidiana del país.

Ya no hablamos de materias relevantes como la Educación, la Sanidad o la Justicia. No, estamos hablando de politizar y enviciar con los sentimientos nacionalistas, de uno u otro lado, cualquier manifestación artística, cultural o religiosa. La última ha sido de esta última clase y tiene traca. El Arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, rezando al Altísimo vía misiva –doy por hecho que sin dirección de envío, confiando en la omnipotencia de Dios– para que Espanya siga unida y Cataluña no se independice. En su epístola pastoral anima además a que el resto de párrocos se sumen a esos ruegos en la pronunciación de sus misas antes del 27-S.

El Arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares. (Imagen: http://www.religionconfidencial.com).

En un patético afán por mezclar la moral con las cuestiones de Estado, como en los más rancios tiempos de nuestra historia, dice el mencionado personaje que ‹‹moralmente no se justifica la secesión››. Por supuesto, no explica Cañete –que me perdone el exportero del Valencia–  en su carta celestial la supuesta bondad moral que encierra el hecho de que España siga siendo una, grande y libre. Y católica, apostólica y romana, ¡faltaría más!

Claro que ya que hablamos de futbolistas retirados, el golazo del ridículo lo hemos marcado al infectar las cuestiones deportivas con el politiqueo. Sin dejar el deporte del balón, el espectáculo deplorable que se ha vivido con la historia de los pitos a Gerard Piqué, el batallón de comentarios suscitados en las redes sociales, en prensa, radio y televisión, y ni mucho menos sólo en los espacios de información deportiva, y las posteriores explicaciones del defensa del Barça en una rueda de prensa absolutamente caricaturesca han sido el argumento perfecto para rellenar las páginas de un Pulgarcito de hace cuarenta años.

Gerard Piqué. (Imagen: http://www.fcbarcelonanoticias.com).

El colmo del patetismo ha llegado con la reciente conquista del oro europeo por parte de la selección espanyola de baloncesto. La utilización del éxito deportivo por el nacionalismo catalán en un sentido y el espanyol por el otro, descargando sus penosas frustraciones en el gran Pau Gasol, español según su DNI, catalán en virtud de la localidad de su nacimiento, ciudadano estadounidense debido a su lugar de residencia y lo que le salga de la entrepierna según sus sentimientos, ha sido de un nivel tan torticero que casi ha rayado en la delincuencia política. E informativa, porque los medios de comunicación llevan ya mucho tiempo embarcados en ese sesgo indecente y forofo que tergiversa por completo cualquier aspecto asociado a las relaciones Cataluña-Espanya e impide una visión mínimamente objetiva del asunto.

Pau Gasol recibiendo el premio que le acreditó como MVP del pasado Eurobasket. (Imagen: http://www.ciberwatch.es).

Como aficionado al deporte de la canasta, me produce auténtica grima contemplar como un triunfo tan meritorio como el conseguido por ese equipo con mayúsculas, que ha sido trabajadísimo y muy sufrido, se ve envuelto en esta polémica. Creo que todos los que tenemos cercanía emocional con ese conjunto de deportistas, bien sea por nuestra común condición de españoles –jurídica, no hablo de la emocional–, de castellanoparlantes o de simples aficionados al buen baloncesto, nos hemos alegrado por el triunfo y sentido identificados con ellos.

Pero en vez de disfrutar de ese logro obtenido por nuestros representantes, nos dedicamos a ensuciarlo con comentarios repugnantes desde todo tipo de foros, tratando cada uno de adueñarse de la gloria según su posición en la dicotomía. Que si Gasol es más catalán que espanyol, que si todo lo contrario, que si se emocionó escuchando el himno, que si estaba al lado del Rey, que si estaba pensando en unirse a Guanyarem

Me extraña, dado el esperpento al que hemos llegado, que no salieran los fabricantes de ‹‹la auténtica salsa canaria llamada mojo picón›› –como hubiera dicho el añorado Andrés Montes– reclamando su papel esencial en la medalla por el gran campeonato de Sergio Rodríguez o que los mallorquines no hayan reivindicado que España se reunifique bajo el mandato de los descendientes de Jaime I el Conquistador, debido a que Sergio Llull y Rudy Fernández, con su espalda quebrada, fueron los héroes.

Pues metidos aquí en vereda y dejándome llevar por el circo, yo proclamo solemnemente el fundamental y poco reconocido rol de los vallisoletanos en la épica hazaña de la selección de basket, y en las de los últimos diez años, dado que Nacho Coque, nacido en la ciudad del Pisuerga, es preparador físico de la ÑBA desde 2005. Y además, para más inri, Fernando San Emeterio, aunque natural de Santander, se siente pucelano, que lo sé yo, porque se crio y formó como jugador aquí, en el ¿llorado? CB Valladolid –¿R.I.P.?– y muchos miembros de su familia son vecinos míos. Toma ya, zasca en toda la boca. ¡Aúpa Pucela y puta Espanya fascista!

La selección española de baloncesto, oro en el Eurobasket 2015. (Imagen: REUTERS).

Y es que puestos a delirar, hagámoslo todos y sin ningún tipo de estilo. Eso sí, por lo menos no perdamos la gracia ni el espíritu bufonesco. Os recomiendo desde esta modesta Buhardilla a todos y todas que ridiculicéis el tema. Es la única manera de soportarlo. Hace un par de fines de semana, por ejemplo, mis amigos y yo nos pusimos a gritar con vigor ‹‹¡Junts pel Sí!›› en un feudo no precisamente proclive a tal propuesta ideológica, y a forzar e inventar frases en catalán tratando de adoptar el tono de King Artur, que querían expresar pasionalmente un discurso muy independentista.

Esto no parece muy divertido así considerado, pero os aseguro que con unas copas de más y las dosis de predisposición necesarias puede generarte incluso lágrimas en los ojos. Tengo planeado hacer justo lo opuesto el próximo día que salga de fiesta, es decir, vociferar con energía ‹‹¡Arriba Espanya!››, entonar la sintonía del PP e imitar la voz del pseudopresidente Rajoy. Por suerte, en la ciudad donde resido no me llevaré ninguna hostia, aunque nunca se sabe. ¿No hizo algo parecido el mítico Cómico Suicida en pleno Euskadi?

Y es que, en efecto, eso es lo que está empezando a generar en las mentes de las personas no nacionalistas la explotación fanática del temita de marras. Es tan cansino y atufa tanto que, pese a su objetiva importancia, resulta insufrible. De ahí que me vea en estos momentos incapaz de realizar ningún tipo de examen objetivo y prefiera adoptar este tono de chanza chusca para poder soportarlo. A eso es a lo que conducen las posturas radicales.

A mí no me gusta el nacionalismo. Tengo que confesar que las ansias separatistas de Cataluña me rechinan bastante porque están basadas en una premisa que yo creía ya afortunadamente muerta en los tiempos que corren, cual es la de asimilar el concepto bienestar del pueblo a la exacerbación de la singularidad cultural e identitaria del mismo. No puede haber mayor mentira que esta y así se ha encargado de demostrarlo la historia en múltiples ejemplos funestos, por mucho que los cruzados de la independencia se afanen en ofrecer todo tipo de explicaciones racionales y sesudas basadas en datos macroeconómicos y estadísticas diversas.

Y, sin embargo, respeto profundamente el sentimiento catalanista, si bien admito que, como persona a quien le da algo de alergia el patriotismo, me cueste empatizar con ese amor por la nación, sus símbolos y los trapitos de colores, ya sean estelades o no. Me chirría un poco ver a cientos de miles de personas manifestándose con motivo de una fiesta, por muy Diada que sea, en un territorio donde existe un 19% de tasa de desempleo según la última EPA y aproximadamente un 21% de la población se encuentra por debajo del umbral del riesgo de pobreza, tal y como señaló el Instituto de Estadística de Cataluña el pasado mes de julio.

En esta línea, me cuesta entender que un tipo como David Fernández, que tiene un discurso de izquierdas –la izquierda es por definición antinacionalista, no está de más recordarlo– con el que comulgo en gran medida, se embarque también en esa falacia del soberanismo salvador de Cataluña. Se considera generalmente a las CUP, la formación que lidera, como la llave para dar la victoria al secesionismo. Si alguien tiene dudas sobre con quien pactaría Fernández, que mire el famoso video del abrazo con Artur Mas tras la consulta del 9-N.

¿Cómo puede un político cercano a la calle, sensibilizado con la problemática social, regalar semejante muestra fraternal, rebosante de emoción histórica, a un político elitista y enriquecido cuya formación está investigada por corrupción a gran escala y a quien por lo tanto le viene muy bien levantar una cortina de humo erigiéndose en el líder catalanista por excelencia? Sólo el convencimiento obstinado e irreflexivo o la hipocresía pueden explicarlo. Espero que sea lo primero, que es más disculpable. Me temo que muchos en Cataluña han caído en la misma equivocación.

Desde el otro punto de vista, me produce aún más repelús, dado que lo conozco mucho más y estoy más familiarizado con él, el comportamiento reactivo de los sectores más conservadores y rancios del nacionalismo espanyol. Esta parte del país, que muchos tomaban por fenecida cuarenta años después de la muerte del dictador y que yo siempre he defendido que estaba muy viva, animada por los medios de comunicación centralistas de gran difusión, se encarga de llevar su sentimiento de unidad espanyolista hasta el extremo de lo repugnante. En esa labor de manipulación que ejerce determinado tipo de Periodismo y que ya denuncié en mi entrada Guerras del siglo XVIII con armas del XIX (para encontrar un tono más ligero, podéis leer Sexo sin Nacionalismos), se logra introducir ese tipo de ideas fanáticas en capas de la sociedad española no tradicionalmente afines a la desmedida exaltación patriótica.

¿Alguna vez nos daremos cuenta en este puñetero país de chirigota que el nacionalismo –entendido en su sentido más ortodoxo, no como vinculación emocional al acervo nacional de un territorio– es un cáncer para las sociedades? Ha sido históricamente un generador de guerras. Probablemente, la tercera causa de casi todos los conflictos armados ocurridos en los siglos XIX, XX y lo que llevamos de XXI, tras la religión y la xenofobia, y en muchas ocasiones unido a estas dos o presente transversalmente.

Que sí, que ya sabemos que Espanya es un Estado históricamente inestable y mal construido, con miles de pugnas intestinas y discusiones sobre su identidad. ¿Pero de verdad no es más práctico unir fuerzas y combatir de una maldita vez los terribles vicios, defectos y problemas de los que adolece el pueblo llano, idénticos en Valladolid, Teruel o Santa Coloma de Gramenet y que ningún nacionalismo va a solucionar?

Pero no nos pongamos dramáticos, que, si no, esto no hay Dios que se lo trague. Aún quedan dos días para el 27-S, así que, gritemos a coro, con fuerza, pasión y chifladura: ‹‹¡Junts pel Sí! ¡España ens roba! ¡Guanyarem!›› ‹‹¡Viva Espanya! ¡Polacos de mierda! ¡Yo soy espanyol, espanyol, espanyol!››…

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