Morriña

Morriña es una palabra inventada para que haya que olvidarla. Prohibirla del lenguaje adulto.

Es el equivalente de lo marchito para la rosa. Un concepto únicamente destinado a acabar dentro de esos contenedores antiguos, si es que aún queda alguno, donde no hay posibilidad de reciclaje. Hacer como si no existiera.

Da igual que sea tan humano como la risa o la rabia. Resulta preferible considerar a la morriña como una especie de ente nocivo, un tumor que se debe intentar extirpar.  Es el preludio al cáncer, a la entidad maligna, que es la melancolía.

En los tiempos que corren, es un lujo para los precarizados. Simplemente no se la pueden permitir.

La morriña es la pista de aterrizaje de la pérdida o la huida. Antes era un concepto sofisticado manejado por los ricos aventureros que voluntariamente la buscaban como acicate para su posterior regreso triunfal.

Ahora no es la pimienta del exilio inquieto o glamuroso. Ya ni siquiera es la salsa picante de una carne magra. Es el veneno de los desahuciados, la quimera del triste, el silbato de los que quedaron fuera de juego, la costura que les falta a los rotos.

No puede ser más que utopía para los soñadores de otra época (y corte moral, que diría Loquillo).

Su jugo de entrañas corroídas tiene un engañoso regusto dulce, pero se torna amargo en cuanto hay que digerirlo en nostalgia más o menos placentera. Al final, toca verterlo mediante la deposición de los fracasos.

Y, sin embargo, admito que no hay forma de evitar a la morriña. Ni a sus consecuencias demoledoras, si eres un paria. No queda más remedio que convivir con ese trazo de afligida añoranza que te dibujaron de costado a costado.

Al final, el alma te lleva a conjugarte en pretérito imperfecto, declinarte en latín, odiar en presente para poder amar en futuro.

La morriña perfecta sería a fin de cuentas aquella que, de las ruinas del pasado del cual nace y se alimenta, de la distancia que en vez de partirla la fortalece, hiciera nacer un batallón de curiosos por el rencor, a ver qué pasa. De asolados por el aislamiento, por si toca esta vez.

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