El verdadero Gran Hermano

Confieso que hasta hace poco yo era uno de esos ignorantes que desconocía por completo de dónde provenía el popular concepto del Gran Hermano. Ese que se usa con frecuencia en las enseñanzas que tienen algo que ver con la comunicación, y, para ser honesto, no siempre referido a la teoría de los mass media, sino también a cierto programa mucho menos sofisticado presentado por cierta periodista antaño reputada (¿por cierto, ¿alguien me puede decir qué narices le ha pasado a esa mujer en la cara?). A fin de cuentas, y desde cierto punto de vista –espero que nadie me ahostie virtualmente por decir esto–, ambos  no varían demasiado en cuanto a su influencia sobre la opinión pública.

1984, de George Orwell. (Imagen: http://www.mundoesotericoparanormal.com).

Aunque es posible que algunos o muchos de los pocos que todavía me leéis ya lo sepáis, el Gran Hermano original fue creado por el escritor británico George Orwell en su novela 1984, publicada en 1949. Sin embargo, y pese a que probablemente en Periodismo se citaba el libro, quién sabe incluso si en varias asignaturas, un servidor no es capaz de recordarlo y no lo ha leído hasta este año.

Esto habla tan mal de mis inquietudes intelectuales como del interés que puse mientras cursaba esa carrera a la que debería plantearse vigilar estrechamente Bruselas, dado el escandaloso déficit que lleva generando desde hace años en los presupuestos de los que la estudian. Entiéndase ello sin tener en cuenta los ingresos derivados de los trabajos en restaurantes de comida rápida o los que provienen del Servicio Público de Empleo Estatal, siempre INEM en nuestros corazones.

Si no, no se entiende que tuviera que llegar este verano y su azar soleado para que acometiera la lectura de tan fantástica obra literaria que debería ser indispensable para cualquier profesional de algo que tenga que ver, aun remotamente, con la comunicación. Podría pensar que es imputable a mis antiguos profesores, al plan de estudios o incluso a la Lomce de Wert, pero no soy de los que miran para otro lado, así que sentenciaré que es por mi culpa culpita.

Al lío. El caso es que agradezco desde esta Buhardilla cada día más llena de polvo, y no por ello de orgasmos, al Señor Orwell, caput al año siguiente de la publicación de su obra celebérrima, haber creado tal genialidad y permitirnos casi un siglo después saborear su historia con el relativo alivio del que cree que las cosas no han llegado al punto que funestamente predecía el autor de 1984. Hay que entender que fue escrita en el período posterior a la II Guerra Mundial, cuando la inestabilidad política en Europa era terrorífica, la amenaza de confrontación seguía latente y la sombra de las peores dictaduras de la historia estaba muy presente.

Edición vetusta de 1984. (Imagen: library.brown.edu).

Es verdad que al británico se le puede achacar que se centrara casi exclusivamente en el totalitarismo de la Unión Soviética y no haga apenas menciones expresas al nazismo o al fascismo. De hecho, uno puede llegar a la fácil conclusión de que 1984 es una novela eminentemente anticomunista. Aun siendo cierto que la figura del Gran Hermano puede guardar ciertas similitudes con la de Stalin, también recuerda a Hitler (en realidad, no hay más que una vaga descripción física del líder que gobierna en el imaginario estado de Oceanía).

Además, hay referencias veladas al III Reich, desde la militarización hasta el uso de uniformes negros (típicos de las SS). E incluso al falangismo español, porque el propio Orwell estuvo combatiendo en la Guerra Civil de nuestro país, alistándose voluntariamente. Fue asignado como miliciano en las filas del partido trotskista POUM. De hecho, fue esta contienda y las cosas que observó en ella las que le marcaron a la hora de escribir el resto de su obra literaria.

Es verdad que el método de organización del Partido Interior (y único) que se describe en 1984 parece hacernos evocar las técnicas rusas de control de la población en su versión más exagerada. Dirigidas a la anulación del deseo, la voluntad individual y los sentimientos personales. Por otra parte, toda una batería de selección, censura e incluso confección de cada uno de los mensajes que se propagan desde el Partido hacia el exterior. Y, en la cima de la pirámide, el Gran Hermano, por sí mismo o a través de los altos miembros de la organización, vigilándolo todo por las telepantallas, una especie de primitiva web cam conectada 24 horas por medio de un sistema en red que en esa época ni siquiera era intuido por la mayoría del género humano, no así para mentes privilegiadas como Orwell.

George Orwell. (Imagen: Wikipedia).

Pero él mismo confesó en varias ocasiones que no sólo le movía el rechazo contra el estalinismo, sino también su repulsa contra los regímenes de extrema derecha. De hecho, mantuvo un enfrentamiento por escrito con su compatriota H. G. Wells, el célebre escritor responsable, entre otras, de La Guerra de los Mundos o El Hombre Invisible. Orwell acusó a Wells de exacerbar el poder de la ciencia y de quienes la practicaban, filosofía de la que bebía el nazismo, lo cual enervó terriblemente a quien el propio autor de 1984 consideraba toda una referencia y fuente de inspiración de su obra.

Por ello, la maravillosa novela de George Orwell es en realidad una crítica abierta a toda clase de totalitarismos. El escritor llamado en realidad Eric Arthur Blair sentía una repulsa absoluta contra las dictaduras y dedicó gran parte de su producción a denunciarlas ferozmente y a poner en alerta a Occidente no sólo frente al comunismo de la URRS sino también ante los regímenes democráticos de Europa que corrían el peligro de degenerar y tender hacia el autoritarismo, como de hecho ya había ocurrido en Italia, Alemania y España.

De hecho, fue en este país gobernado durante casi 40 años por un dictador llamado Francisco Franco donde George Orwell cogió algunas de sus ideas para describir el proceso de manipulación y tergiversación de la información que el Gran Hermano y su partido ejercen sobre la población en 1984. El novelista británico afirmó que en España había quedado altamente impresionado y horrorizado por el empeño de los altos mandos en crear los mensajes que querían transmitir a la masa, llegando incluso a inventar el propio pasado, como si los eventos ya acaecidos se pudieran reescribir, pretendiendo robar la memoria colectiva del pueblo.

Precisamente ese es más o menos el grueso del trabajo que desarrolla Winston Smith, protagonista del libro. Trabaja en el Ministerio de la Verdad, una de las muchas referencias satíricas que hay a lo largo de la historia. De hecho, la mayor ironía de 1984 se produce en la persona del propio Gran Hermano, que se llega a hacer a la fuerza y por medio de la tortura, adorable. Un sujeto a quien se ama. El padre, protector, vigilante y custodio de las vidas. La privacidad no existe, todo es susceptible de ser investigado, examinado y, si es menester, corregido, incluso los pensamientos, por medio de la figura del crimen mental, llamado crimental en neolengua, idioma que busca reducir el vocabulario a la mínima expresión.

El Gran Hermano te vigila. (Imagen: eleconomista.es).

Y es que, en otro de los sarcasmos ácidos y maestros de esa maravilla que Orwell publicó hace sesenta y seis años, uno de los pilares básicos de la ideología del Partido Interior que domina en Oceanía es que todo concepto que no se pueda articular a través de una palabra es porque no existe. En el fondo, en esto tampoco es tan diferente de la filosofía que se maneja en el popular Big Brother televisivo, al menos en su execrable versión española, donde se maneja en muchas ocasiones un lenguaje que parece haber sido concebido en un estado primitivo, cavernario, casi prehomínido.

Al final, uno se plantea si esa novela profética que escribió George Orwell no ha sido tomada como referencia para la forma de actuar de determinados gobiernos en la sombra. Por supuesto que la realidad aparente es muy diferente a la mostrada en 1984, donde, pese a su vocación sardónica, se llega a un nivel de crueldad terrorífico. Sin embargo, en este mundo de intimidades públicas, comunicaciones potencialmente interceptables, cámaras por doquier y satélites continuamente al acecho, siempre he pensado que sólo nos sentimos libres porque no puede ser de otra manera para que el sistema funcione.

Quizá el nivel de perfección alcanzado en 1984, basado en el control férreo sobre los funcionarios público ejercido por la Policía del Pensamiento y por los mandamases del Partido Interior, que en el fondo se autocensuran a sí mismos, y complementado por el desprecio a los proles, a quienes se entretiene, embrutece y simplifica hasta el extremo, se ha superado en los tiempos actuales. Porque en una democracia todo es mucho más engañoso e indetectable. La represión se cuela sutilmente en los rincones más insospechados, a través de la creación de toda una cultura de superficialidad, exposición general de lo personal  y observación de las vidas ajenas.

No me refiero solo al agilipollamiento supremo que intentan introducirnos desde los medios de comunicación, ni tampoco únicamente a la vocación de conocimiento exhaustivo sobre todo y todos que proporciona la Red. Pienso que eso también tiene un reverso positivo, porque, pese a todo, al lado de la sociedad estúpida, se ha creado otra porción de la misma mucho más crítica y bien formada, que ha hecho un uso responsable y beneficioso a nivel cultural de Internet.

En realidad, hago mención a la reina de todas las conspiraciones, una perfecta en sí misma, porque es imposible de descubrir. El verdadero Gran Hermano, y en esto también se parece a lo que el genio preclaro de Orwell concibió, somos nosotros mismos. Cuando leemos los comentarios de Facebook de nuestros amigos, los whatsapp de nuestras parejas, las fotos que cuelga en Instagram el vecino o el famoso de turno, y cuando vivimos permanentemente colgados de las imágenes que filman las vidas de los demás, incluso de los que tenemos al lado todos los días, igual que ellos lo hacen con nosotros.

La diferencia con 1984 es que ahora no hace falta un Partido Interior que nos espíe, nos denuncie o nos prive de libertad y hasta de pensamiento. Al contrario, nosotros mismos somos nuestros peores espías y nuestros peores autocensores.

Y, si no, alguien que te quiere lo hará por ti. El Gran Hermano te protegerá.

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