Regreso al pasado

El título para este artículo me lo sugirió involuntariamente el conocido de una amiga al reflejar en Facebook un comentario sobre el gobierno actual de España, si bien venía a colación de la conocida onomástica que se conmemoró la semana pasada para homenajear la saga cinematográfica Regreso al Futuro.  Mi intención aquí es seguir este último hilo y no recuperar el enhebrado en la aguja política, aunque creo que es bien conocida mi opinión sobre la marcha atrás regresiva y retroactiva del actual ejecutivo nacional comandado por el pseudopresidente Mariano Rajoy.

El regreso al pasado del que quiero hablar lo llevo observando en el cine desde hace varios años, pero creo que está alcanzando un nivel muy alto en este 2015. Es verdad que resulta mera coincidencia el hecho de que fuese el 21 de octubre de 2015 la fecha elegida por Doc Emmet Brown para que él y Marty McFly viajaran al futuro en la segunda parte de la archiconocida trilogía. Por cierto, como curiosidad tengo que decir que en España se celebró mayoritariamente de forma errónea, porque Marty y Doc llegaron al Hill Valley futurista a las 16:29, hora de California, de modo que en España hubiera sido la 01:29… del día 22 de octubre. No en todo vamos a estar atrasados.

Marty y Doc en una imagen de Regreso al Futuro II. (Imagen: http://www.paraloscuriosos.com).

Dicho esto, lo que no resulta tan azaroso es que se haya escogido este año para la resucitación de múltiples títulos míticos del cine comercial hollywoodiense, en una explosión revival que agradecemos los que somos seguidores eternos de los mismos –y es que la comercialidad no es impedimento para la calidad y mucho menos para el entretenimiento sano, pese a lo que digan algunos culturetas extremos–, pero que también da un poco de miedito. En el cine, casi todas las historias son susceptibles de permanecer en estado de animación suspensiva. Muy pocas concluyen definitivamente sin posibles vías abiertas. El problema es que no siempre se acierta con la técnica de devolución a la vida. De hecho, los resultados son muy dispares y van de lo magnífico a lo bochornoso.

En mayo, se estrenó la cuarta película de la franquicia Mad Max, titulada Furia en la Carretera, muchísimos años después de su predecesora, aunque en realidad nadie sabe exactamente en qué momento cronológico se sitúa la historia. Supuestamente, es bastante posterior a la tercera y última entrega protagonizada por Mel Gibson, pero, como la edad del personaje de Max en Furia en la Carretera es similar a la que tenía Gibson, esa teoría auspiciada por el propio director, guionista y creador de la saga, George Miller, flojea. Algunos fans creen ver que se trata de uno de los personajes que aparece en la segunda cinta, el niño salvaje. Pero también hay muchos datos que contradicen ese argumento.

En cualquier caso, son cosas para que se maten la cabeza los fanáticos del guerrero de la carretera. Como yo no me considero tal, fuera aparte de mi afición a buscar coherencia temporal en las historias largas, he de decir que no me preocupa demasiado. Lo que sí me importa es la extraordinaria calidad del filme, una película de acción sobresaliente que, lo confieso, fui a ver dos veces ante la gran pantalla, y probablemente repetiría una tercera si tuviera ocasión. La puesta en escena es espectacular, las escenas trepidantes, el carisma de los personajes, especialmente el interpretado por Charlize Theron, magnético, y el guion es justo lo que requiere una película de esas características. Efectivo y simple, pero con evocadoras gotitas de profundidad y nostalgia que caen sobre los labios del espectador para que él las paladee y digiera a su manera. Incluso tiene un importante toque de denuncia social.

En definitiva, una auténtica delicia. En este caso, el reboot, palabra que usan los anglosajones para referirse a la reinvención de una historia ficticia manteniendo únicamente los elementos esenciales de la original, estuvo totalmente justificado. Merece la pena esperar 30 años –curiosamente, los mismos que viajaron Marty y Doc– para ver una maravilla de tal envergadura. Mad Max: Furia en la Carretera está ya en el olimpo de las cintas de acción y del cine postapocalíptico.

Otros que se apuntaron al carro del resurgimiento fueron los dinosaurios de Parque Jurásico. En realidad, aquí la vuelta a la vida está implícita en la propia historia, donde la resurrección forma parte de su ADN, encarnado en el de los propios animales, que, según Michael Crichton, se quedó atrapado en la sangre de los mosquitos fosilizados en piezas de ámbar. En este caso, habían pasado catorce años desde Jurassic Park III y esta Jurassic World de 2015.

Aquí sí hay una clara continuidad de la historia con respecto a las anteriores y un descarado deseo de respetar las consignas que hicieron grandiosa a la primera película, haciendo olvidar a las flojísimas secuelas. Precisamente se la puede criticar ese afán por rendir pleitesía con continuos guiños a la legendaria cinta original que todos idolatramos de niños en su día, pero la realidad es que esa intención funciona. Vale, no es tan buena como Mad Max: Furia en la Carretera, pero es un regreso más que digno, muy entretenido y hasta posee algo de magia.

Al menos, a mí me gustó y la mayor parte de la crítica coincidió en señalarla mejor que las fallidas segunda y tercera parte, pese a que ya no esté Steven Spielberg, sino un director llamado Colin Trevorrow que se dedica a emular con acierto a su maestro. Tampoco aparecen los personajes humanos principales, salvo el mítico e intrigante Dr. Henry Wu. Pero están los verdaderos protagonistas, los auténticos héroes: el Tyrannosaurus Rex y los Velociraptores. Los honores son para ellos. Así ha de ser. Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.

Pero claro, las cosas no siempre salen tan bien. Hay veces que uno desearía haberse quedado dormido en el sofá el día en el que decidió ir a ver una determinada película. Habría ahorrado dinero y, aún más importante, dos horas de su vida, que hubiesen quedado a salvo de la inmundicia audiovisual. Sin embargo, lo peor de haber visto esa bazofia llamada Terminator Genesis es la sensación de que han jodido parte de tus mejores recuerdos cinematográficos, pues los han mezclado con ese bodrio de la era digital. Intento aislarla desde entonces, separarla de las dos primeras, a las que considero las mejores películas de la historia del cine de acción y ciencia ficción. Pero me resulta a veces imposible.

Cartel promocional de Terminator Genesis. (Imagen: Filmaffinity).

Probablemente tenga un trauma, pero es comprensible. Después de haberme tragado esa infumable secuela con tintes de precuela o de explicación alternativa del origen de la saga, quién no lo tendría. Cierto es que pequé de temerario al decidirme a ver la artificiosa recuperación de una saga que ya había sido vergonzantemente usurpada en la tercera parte, pero tenía el recuerdo levemente esperanzador de la cuarta, que, si bien no estaba ni mucho menos a la altura de las dos iniciales, me dejó relativamente un buen sabor en la boca, aunque sólo fuera por el buen hacer de Christian Bale. Pero ni en mis peores sueños me imaginaba tal afrenta. Por poco cariño que uno profese hacia el inolvidable T-800, no se puede sentir otra cosa que vergüenza ajena viendo a Arnold Shwarzenegger parodiándose a sí mismo y destrozando la magia imperecedera del ciborg más famoso del universo fílmico.

Y, aun así, la presencia del exgobernador de California es lo único salvable del criminal largometraje. El guión es absolutamente atroz, con giros, piruetas y saltos temporales que intentan rayar al que la ve, pero sólo consiguen caer en el absurdo, generar desinterés y provocar la indignación, cuando no risas ante el ridículo. Emilia Clarke, que tan imponente resulta como la Khalessi Daeneris Targaryen en Juego de Tronos, está absolutamente horrible en su papel de Sarah Connor, haciendo añorar aún más de lo esperable a Linda Hamilton. Uno de los personajes femeninos con más fuerza del Séptimo Arte, la heroína por excelencia, no se merecía este vilipendio. Que Clarke se dedique a montar dragones y a liberar esclavos.

Sin embargo, el extremo de la frialdad y la falta de transmisión en pantalla lo alcanza Jai Courtney, un actor del que desconocía absolutamente todo antes de ver esta película, pero doy por hecho que, a poco, será un trabajo más meritorio que el realizado aquí. Lenguaje gestual aún más escaso que el del propio Shwarzenegger, reflejo de emociones nulas, blandura total. No se ve absolutamente nada en este tipo que recuerde ni vagamente al icónico carácter que supuestamente representa. Ni siquiera he dicho todavía quién es, porque me cuesta la mera idea de escribir que Courtney ha destrozado el legado emocional del gran Kyle Reese. Tal vez no todo sea achacable a él, porque, como dije, Emilia Clarke también está horripilante. Así que mucha responsabilidad seguramente recaiga en el director Alan Taylor, firmante del engendro.

Algo más digno que ellos, al menos al principio, resulta el encargado de interpretar a John Connor en esta génesis abominable. Jason Clarke da fuerza al líder de la resistencia en la escena inicial, pero luego se precipita al abismo, aunque es más culpa del descabellado rol que le otorgan que suya. Lo que hacen los guionistas con el adorable Connor de Terminator 2 o el carismático de Terminator Salvation debería estar tipificado en el Código Penal.

Y es que lo peor con diferencia de este indecente producto cuyo único sentido es sacar dinero a costa de lo que sea, sin ningún tipo de afecto al material original —aunque aparentemente parezca lo contrario por las continuas autorreferencias— es el texto y el argumento que lo sustenta. Líneas de diálogo innecesarias y cansinas, intervenciones pírricas, escenas caóticas y patéticamente trufadas, situaciones forzadas hasta la extenuación, puerilidad e infantilismo y una insultante falta de credibilidad y rigor componen el lamentable rastro que han dejado Laeta Kalogridis y Patrick Lussier para la posteridad.

Pero hay que olvidar tal infumable descalabro en este proceso de revitalización de títulos del celuloide y tener esperanza en lo que viene. Y es que el acontecimiento cinematográfico del año, no sólo en cuanto a retornos de sagas, sino en general, aún no se ha producido. Las expectativas que ha levantado son tantas que me atrevería a decir que se trata de la película más esperada de la historia del cine. Hablo por supuesto de Star Wars: El Despertar de la Fuerza, cuyo nuevo tráiler fue estrenado a principios de la semana pasada y ya ostenta casi 48 millones de reproducciones en Youtube.

No se trata de una vuelta como las demás. Estamos hablando de la franquicia cinematográfica más famosa de la historia del cine. Y esta vez no se trata de un regreso a la baja, como sucedió en 1999, cuando George Lucas decidió filmar los tres primeros episodios con muchos personajes nuevos respecto a la trilogía original. No, en esta ocasión se trata de continuar las películas viejas, las adoradas por todos los fans, las veneradas, recuperando a casi todos los héroes galácticos que han ido saltando de generación en generación. Luke Skywalker, Leia Organa, Han Solo y Chewbacca, encarnados de nuevo por sus actores originales, Mark Hamill, Carrie Fisher, Harrison Ford y Peter Mayhew. Sin olvidar a los entrañables androides C-3PO y R2-D2, este último mi gran debilidad, aunque ellos dos sí aparecían en la trilogía moderna.

El director y además coautor del guión, J. J. Abrams, parece una garantía máxima. Haber sido el creador de series de televisión excelentes, como Lost y Fringe, además de aquella maravillosa película llamada Super 8, son credenciales difícilmente rebatibles. Y, por supuesto, está la música, de nuevo a cargo del genio John Williams, responsable de la excelsa partitura de toda la colección. ¿Alguien conoce algún otro caso en el que tal cantidad de canciones compuestas para una misma película o saga sean universalmente conocidas?

De momento, lo visto hasta ahora no hace sino alimentar todavía más la “nueva esperanza” de que el resultado final les ha quedado redondo y que supondrá un punto de inflexión excelente para Star Wars. Los actores jóvenes elegidos para los nuevos protagonistas parecen estar a la altura, el misterio creado en torno al personaje de Luke, la presencia destacada de Han, las enseñanzas sobre la fuerza de Leia, a la que recordábamos inexperta en ese terreno, el nuevo malo evocando a Darth Vader, estética fiel a las tres primeras cintas de culto… Y la emoción que transmiten los trailers hacen que a millones de fans se nos haya puesto la piel de gallina.

Ni siquiera la presencia de Disney parece presagiar la ruina del proyecto. Sólo un lunar negro, no imputable a Abrams ni a su equipo, sino a los responsables del doblaje en castellano. Espero que no se consume el gravísimo error, intuido en los avances, de que Mark Hamill no sea reinterpretado por Salvador Vidal, ni Leia por María Luisa Solá, que pusieron su voz en la trilogía clásica. Quiero pensar que se debe a que tanto Luke como Leia hablan fuera de plano en los trailers y por ello aún esos doblajes no son los definitivos. De hecho, la voz en castellano de Han, que no es en off, sí es, como siempre, la de Camilo García.

En definitiva, que la decepción podría ser de proporciones bíblicas por la cantidad de ilusión que se ha fabricado, una vez más, en todos los rincones de la galaxia. Quedan menos de dos meses para comprobarlo, pues El Despertar de la Fuerza se estrenará el 18 de diciembre en España y Estados Unidos. Confiemos en que no habrá que condenar a Abrams y sus acólitos a permanecer en el lado oscuro de la fuerza ad aeternum, sino todo lo contrario, esperemos tener que reservarlos un asiento en el Consejo Jedi.

Con el próximo vuelo del Halcón Milenario se pondrá fin, por este año, a la racha de renovación de clásicos hollywoodienses del cine de acción y ciencia ficción. Aunque estoy seguro de que esta tendencia de regreso al pasado continuará durante los próximos años, porque en la Meca del Cine cada día escasea de una forma más alarmante la imaginación. Aceptando eso, hay que pedir que al menos se respete lo antiguo, que para eso fue lo que marcó el camino, y no se banalice ni se perpetre un crimen con ello.

Por el momento, y aunque no se trate de cine sino de la televisión, ya está previsto el renacimiento de una de las series más famosas de todos los tiempos, que, como sabrán los que me siguen y me leen, es mi preferida desde que comencé a verla siendo muy crío, pese a que algunas escenas daban pánico. Pero no tanto como el que ahora tengo a que la destrocen. La apuesta aparentemente no puede ser más segura, con todo el equipo original al completo, desde David Duchovny y Gilliam Anderson hasta Chris Carter.

Pero nunca se sabe. Por si acaso, habría que volver a subir a Marty y a Doc en el DeLoream con rumbo a ese futuro cercano, a fin de que vuelvan y nos lo cuenten. Para quedarnos tranquilos. Fox Mulder y Dana Scully se merecen eso y más.

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