Una semana de cine, 7 días de cultura y 60 años de Seminci en Valladolid (por joker)

Cartel de la 60 Edición de la Seminci (Imagen: Seminci).

Hoy es un día muy importante para esta Buhardilla. Por tercera vez, va a ser invadida por un morador extraño al tipo que la da nombre y ejerce su tiranía organizativa y emocional sobre su modesto espacio virtual. En realidad, se trata del segundo forastero, pues en las otras dos oportunidades mi invitada fue la misma, mi apreciada Carmen Carrión.

La razón que ha motivado este hito es muy clara. Existía un compromiso, casi una obligación moral, por mi parte, de dedicar un artículo a la sesenta edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. Probablemente el evento más importante, junto con la Semana Santa, de todos los que tienen lugar en esta ciudad que suele convivir a lo largo del año con el vacío cultural y artístico más gris.

Pero durante la Seminci la cosa cambia. Parece como si se engalanara, física e intelectualmente. La alfombra roja que recorre la calle Santiago, el ir y venir de gentes diversas –el profesor barbudo, el gafapastas indie, la grunch inconformista, los culturetas, las jubiladas inquietas, el solitario irredento–, lo variopinto de las conversaciones en los cafés, los paraguas siempre presentes, el aroma a pensamiento, sueños, debates técnicos, mesas redondas de profesionales y amateurs, aplausos al aparecer los títulos de crédito, coloquios con directores, críticas improvisadas e imágenes en movimiento que se quedan grabadas en la retina.

Logo de la Seminci. (Imagen: Seminci).

Sin embargo, yo no era la persona más indicada para elaborar ese texto. Hubiera sido una falta de respeto hacia el certamen y una irresponsabilidad por mi parte no aprovechar mi parentesco fraternal con la persona que más sabe sobre la Seminci de todas las que conozco. Él, siempre algo a regañadientes, aceptó la propuesta, pero una vez que se puso manos a la obra me demostró que no me había equivocado al confiar en él. Creo que ha reflejado a la perfección lo que para él han supuesto, en un resumen muy compilado pero estupendo, estos sesenta años de magia cinéfila en nuestra Pucela.

Muchas semanas de mañanas lluviosas caminando apresurados por el centro, deseando sentarse en la butaca, a cobijo y con la magia especial de la oscuridad rota por la luz y el Technicolor, madrugadas larguísimas visionando cortometrajes, coliseos que se reconvierten en cine durante siete días y, sobre todo, arte y cultura en una ciudad que no anda sobrada ni del uno ni de la otra, pero a la que todavía la queda este motivo de orgullo. Mil gracias, Diego o, lo que es lo mismo, joker. Y a la Seminci por existir.

 

Mi hermano me ha pedido que hable de la Seminci, el festival internacional de cine que se celebra cada año en Valladolid. Este año cumple nada más y nada menos que sesenta años. Al ser un fiel devoto de dicho evento, ha pensado que yo era la persona indicada para hablar de él. No sé muy bien qué quiere que escriba, pero intentaré hacerlo lo mejor posible.

Sesenta años ya de la primera vez.  Mi debut en el mismo, como podrán suponer, no se remonta tan lejos. Recuerdo con claridad la primera película a la que acudí. Mi tía había conseguido una entrada en la radio y pensó en mí como beneficiario del premio. Con ilusión dirigí mis pasos hacia el ya extinto cine Mantería, enclavado en la calle del mismo nombre, para ver una película de un director llamado Costa Gavras, inscrita en un ciclo del excelente realizador griego. La película elegida era su obra más conocida, The Missing y aún recuerdo con pavor aquella escena en aquel campo de fútbol abarrotado de presos políticos. Una película fantástica para debutar en el festival. Al final de la proyección, la gente que allí se encontraba aplaudió la película y yo, con dieciséis años a mis espaldas y algunos meses, hice lo propio. Por primera vez me sentí partícipe del festival.

Muchos años han pasado desde entonces, pero mantengo intacta la emoción que cada año me produce la llegada de tan magno evento a mi ciudad. Algunos esperan con impaciencia la llegada de las Ferias y Fiestas de la Virgen de San Lorenzo, otros la del verano para escapar de su rutina diaria. Yo, como siempre he sido algo raro, espero la del festival de cine de Valladolid. No hay que olvidar que comenzó llamándose Semana de Cine Religioso de Valladolid y dentro de su marco se proyectaban en Semana Santa obras de corte sacramental. Hoy en día, el lado religioso sigue presente en algunas obras, aunque es evidente que de forma muy distinta. Si por ejemplo la gente que poblaba las salas en 1956 viera sin ir más lejos a la ganadora de la Espiga de Plata de este año, Mustang, se revolvería en su asiento y patalearía sin cesar. Tampoco les haría ninguna gracia la también galardonada con la Espiga de Plata el año pasado Kreuzweg. Pero los tiempos cambian y la Seminci no se ha mantenido al margen.

Mi ritual cada año siempre es el mismo. Elijo con mimo cada película que veo, ya que desgraciadamente los billetes no pueblan mi arcón financiero hasta el punto de poder acudir a la proyección de la totalidad de las películas a concurso. Como si del protagonista de Hierro 3 se tratara, ganadora de la Espiga de Oro en 2004, mi estudio pormenorizado de cada película es exhaustivo, comenzando por críticas si las hay, filmografía del director, actores, tráiler, argumento y un largo etcétera que habitualmente se traduce no en la invasión de una casa, como reflejó Kim Ki Duk en aquella obra, si no en el visionado de las películas que van a ganar.

La Seminci a veces es mucho más que cine. Es ese ambiente que se ve en las calles, es oír a la persona que hace cola contigo para coger las entradas cuáles son sus favoritas, es entrar en el Teatro Calderón, sede principal del certamen, no para ver ópera o teatro, sino una pantalla iluminada con fotogramas apareciendo sobre la misma. Es descubrir nuevos talentos e historias. Si no hubiera acudido este año por ejemplo a ver Une histoire de fou, probablemente nunca me hubiera enterado del genocidio turco contra los armenios y de cómo estos atentaron durante mucho tiempo a objetivos turcos. Tampoco sabría como captan los integristas islámicos a sus muyahidines si no hubiera visto hace tres años a la ganadora Los caballos de Dios.

En el festival he tenido la ocasión de ver a mis directores favoritos presentar sus películas. Se me vienen a la cabeza la genial 2046 de Wong Kar Wai o la emocionante Coming Home de Zhang Yimou. También descubrí a realizadores cuya existencia desconocía, como Deepa Mehta con su dura película Agua, Goran Paskaljevic con sus dos películas triunfadoras, Optimisti y Honeymoons, o por ejemplo a Marcos Jorge al presentar a la que a la postre se llevaría la Espiga de Oro, Estómago.

La Seminci ha tenido varias sedes secundarias, desde el ya citado cine Mantería, pasando por el Cine Roxy o el Manhattan. Los dos primeros desgraciadamente son ya parte del pasado pero en ellos pude vivir la magia de este festival y entre sus cuatro paredes siguen revoloteando frases como “Convierte el mañana en algo positivo”, extraída de la película ganadora en el año 2000, Requiem por un sueño, del maestro Darren Aronofsky.

Ayer concluyó otro año más este festival que, aunque haya perdido algo de renombre en los últimos años, sigue deparando sorpresas muy agradables para aquellos que acuden a las salas que proyectan las películas. Ahora tendré que esperar 12 largos meses hasta volver a aplaudir otra obra en el Calderón, doce meses hasta retomar mi estudio exhaustivo de las obras a concurso, doce meses hasta conocer historias de países tan lejanos que ni tan siquiera sé ubicar en el mapa, doce meses para escuchar idiomas extraños en boca de actores de nombres impronunciables, doce meses sin el festival que descubrí hace quince años, en una sala repleta de devotos como yo, que tenían hambre de saber, de sentir y, en resumen, de disfrutar de este invento llamado Séptimo Arte del que siempre beberá mi alma.

Larga vida a la Semana Internacional de Cine de Valladolid.   

Joker

 

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