Maquiavelo se inventa Ciudademos

“Como esto siga así, nos presentamos juntos”. Esta frase no fue pronunciada por ningún artista que pretendiera, con afán coqueto, ofrecer una gira conjunta a su homónimo, aunque desde luego la política tiene mucho de show y espectáculo. La declaración fue realizada por Pablo Iglesias en Salvados, el programa que con cada vez más tino y calidad dirige Jordi Évole. Y la expulsó delante de su contertulio en esa ocasión, ni más ni menos que Albert Rivera, uno de sus mayores adversarios políticos.

Pablo Iglesias, Jordi Évole y Albert Rivera. (Imagen: La Sexta).

A rebufo de este comentario de Iglesias y del cariz que tuvo el propio debate, tan alejado de las tensiones habituales entre PPSOE tantas veces vistas para desgracia de los televidentes españoles, el programa El Hormiguero, que es el cajón de sastre de la parrilla televisiva nacional, pues allí cabe hasta Esperanza Aguirre, lanzó el bulo de que Rivera e Iglesias se habían efectivamente fusionado, fundando un nuevo partido que mezclaba las siglas de Podemos y Ciudadanos. A la sazón, Ciudademos. Después, Pablemos, invitado en ese programa, tocó la guitarra, cantó –ambas cosas con bastante dignidad, homenajeando al gran Javier Krahe – y se dedicó a lanzar puyas al español Alberto, para echar por tierra cualquier suspicacia sobre su supuesta connivencia.

Fuera aparte de chanzas emitidas en prime time, no es la primera vez que a alguno se nos pasa por la cabeza tal idea, que, no por inverosímil, deja de tener su lógica. Aunque todo el mundo se esfuerza estos días en despreciar el valor por las encuestas y teniendo en cuenta que estas no aciertan siempre e incluso en ocasiones yerran estrepitosamente –que se lo digan a Tele 5–, lo cierto es que normalmente se aproximan a la realidad del tejido electoral. Y estas dicen que, salvo descalabro de última hora, poco previsible, el PP y el PSOE seguirán siendo las dos fuerzas más votadas en las elecciones del 20-D. Causa dolor sólo leerlo, pero habría que empezar a asumirlo.

Asumir que este país está envuelto en el necio conservadurismo y en la cobardía histórica de la que ha hecho gala en tantas otras ocasiones. Que prefiere lo malo conocido a lo, quizá, menos malo por conocer. Que unos cuantos millones de ciudadanos siguen cegados y dispuestos a apoyar al PP, un partido que ha estado estos últimos cuatro años agrandando la brecha de la desigualdad en este país, ya existente pero ahora demoledora, mientras tapaba miserablemente su delincuencia interna.

En efecto, más de un cuarto de la población española en edad de votar –según las discutibles estimaciones del CIS– se encuentra preparada para dar el poder a una formación que lleva como candidato al presidente más plano, gris, mentiroso e incapaz de la democracia española, superando el difícil listón que había puesto José Luis Rodríguez Zapatero en este sentido. Un presidente que mintió en sede parlamentaria, que mandó mensajes a un tesorero encarcelado y que ha sido el principal responsable de un partido que llevaba una contabilidad paralela, repartía sobresueldos y, presuntamente –“todo presunto”– se financió ilegalmente durante años.

No resulta menos decepcionante que prácticamente otro cuarto del censo electoral –de nuevo, según el CIS– continúe confiando en otra organización tan oligárquica como el Partido Popular. Ese PSOE liderado por el frío pero emborrachado de ambición Pedro Sánchez –mirad sus ojos cuando habla–, probablemente el candidato más mediocre que jamás han presentado los socialistas. Dicho lo cual, hay que decir que el partido del puño y la rosa al menos ha renovado a su cúpula directiva y las caras que lo representan. Que no va con su vieja guardia pretoriana. Que Griñán y Chaves, máximos exponentes del escándalo andaluz, se largaron. Algo es algo.

Barómetro del CIS en octubre de 2015. (Imagen: El País).

Pero las cosas están como están y, si la sociedad española es lo suficientemente inmadura como para no darse cuenta de que otorgar la confianza a los dos partidos que, alternándose en el poder durante los últimos 30 años, nos han llevado a lo que somos hoy en día, se hace preciso buscar otros caminos alternativos. Claro está que igual hay más de los que nos pensamos a quienes les gusta vivir en un país donde un tercio de los asalariados no llegan a los mil euros de salario mensual, más del 30% de los niños vive por debajo del umbral de la pobreza y una parte de su territorio está enfrentada con el resto de una forma casi irreconciliable.

Sin embargo, a tenor de los malditos y tal vez engañosos sondeos, es ligeramente superior el número de españoles que consideran necesario un cambio, entendido este como entrada de fuerzas políticas nuevas –incluyo en este grupo a Izquierda Unida porque nunca ha ostentado el poder en el gobierno central– en sustitución de alguno de los dos tradicionales –que, en teoría, jamás pactarían… ¿o sí?–, y no como un cambio de sistema.

Precisamente es esta diferencia de conceptos la que complica todavía más el espectro político español. Mientras que los potenciales votantes de Ciudadanos quieren mantener muchas cosas buenas que a su entender tiene el actual sistema y modificar las malas, la gente que es simpatizante de Podemos o Izquierda Unida considera que no basta con un lavado de cara, sino que se requiere una especie de nuevo proceso constituyente que establezca nuevas estructuras.

Aquellos a quienes les gusta Rivera perciben a Iglesias como alguien que no vive con los pies en la tierra, que no concreta sus propuestas irrealizables y es tendente al radicalismo. Por el contrario, los afines al Coletas ven al Naranjito con recelo, pues consideran su pasado en las Nuevas Generaciones del PP y sus ideas de corte liberalista en el plano económico como datos suficientes para juzgarle como un político de nuevo cuño con ideas de la vieja escuela retocadas.

Aparentemente, ambas posturas parecen irreconciliables. Por lo tanto, si las encuestas no se equivocan, hay muchas posibilidades de que Rajoy vuelva a ser presidente. Que nos enfrentemos a otros cuatro años en los que a algunos nos produzca náuseas estar bajo el paraguas de este Estado que precariza, rompe la cohesión social, permite la miseria y destrozo de los hogares, penaliza la cultura, restringe las libertades civiles, politiza las instituciones y alienta la corrupción como un virus que le hace enfermar pero en el que al mismo tiempo encuentra su alimento.

Pero a veces uno ve a Rivera y a Iglesias juntos, se olvida del corazón, aplica la razón maquiavélica y piensa que el fin justificaría los medios. Uno valora que ver a Rivera de presidente –presumiendo que Ciudadanos será la tercera fuerza– sería mucho más benigno que seguir soportando a plasman. Que es una persona joven, con carisma, buen comunicador, sin hipotecas políticas y del que al menos no habría que avergonzarse. Que no sería tan terrible si en su ejecutivo hubiera miembros de la izquierda. Que quizá sería un mal menor para los que pensamos que hace falta una política muy distinta a la actual. Que la otra alternativa es seguir con Rajoy, Montoro y De Guindos. Que cualquier cosa es mejor que eso. Que, una vez derrotados, al menos que no sea por goleada.

A uno se le pasan por la cabeza estos pensamientos en los que le da por plantearse que España no es España, sino un lugar donde  predomina la inteligencia en aras del bien común. Que los que tenemos una ideología de izquierdas y los que la tienen de centro tirando a la derecha podríamos ceder cada uno de nuestra parcela, renunciar a la totalidad de nuestro discurso y buscar un mínimo denominador común. En la entrevista, Iglesias y Rivera ya llegaron a él en aspectos como la transparencia de las instituciones, la lucha contra la corrupción o la despolitización de la justicia.

Parece que les separa un abismo, sin embargo, en las cuestiones que afectan a la política social, económica y laboral. Deberían acercarse a un punto intermedio. Ni el contrato único que propone Albert, ni el regreso a la protección anterior a las reformas laborales de PPSOE que busca Pablo. Ni la nacionalización de la banca o de las empresas energéticas que defiende Iglesias en caso de que sea necesario, ni la estrategia del organismo regulador blandengue que sostiene Rivera. Ni la renta básica de Podemos ni los minijobs con suplemento estatal para sortear la indigencia de Ciudadanos. Ni la bajada de impuestos a todo quisque del catalán unionista ni la gran subida para las rentas altas del exprofesor de los círculos morados.

Se trataría de un pacto en el que ambos tendrían que sacrificar parte de su ideología. Pero esto a fin de cuentas qué importa. Hace años que la ideología se suicidó, como cantaba Sabina. Lo relevante es hacer una nueva transición en la que, al igual que sucedió en la vieja, se pierdan cosas por el camino, todos se queden insatisfechos y descontentos en cierta medida, pero se puedan pegar un apretón de manos y decirse a sí mismos que no se podía hacer otra cosa. Que era la única salida posible para echar al viejo régimen encarnado en la persona de Mariano I el Ufano. Que fue un acto de responsabilidad para salvar al país.

Pero resulta obvio que ese hipotético Ciudademos jamás sería factible en este país. En un territorio donde históricamente jamás hemos sido capaces de ponernos de acuerdo en casi nada –eso da más mérito al proceso del 78–, una solución de urgencia como esa resulta quimérica. En una nación, si es que aún lo es, donde los del Madrid odian a los de Barça y viceversa y donde los de derechas siempre han despreciado a los de izquierdas, mientras estos buscaban la revolución que siempre quedaba frustrada a tiros o a palos de los antidisturbios, ¿cómo se tomarían los ciudadanos una coalición así? Como una traición, sin duda. Se sentirían estafados. Yo, sin embargo, cuando uso la cabeza, creo que me sentiría orgulloso.

Sin embargo, en ocasiones también tengo sueños. En los que domina el inconsciente y la parte emocional. Fantasías en las que veo un país ideal en el que Alberto Garzón es mi presidente, se expropian las casas vacías a los bancos y a los particulares especuladores para crear un parque de vivienda social de alquiler protegido, en el que se baja el IVA y se suprime el que grava a los productos de primera necesidad, incluida la cultura, se protegen fuertemente los contratos laborales, el salario mínimo se establece en 1.000 euros y se eliminan las desproporcionadas diferencias en los sueldos.

Un Estado en el que se rebajan los costes de los autónomos y se les amplia la cobertura de derechos, se apuesta por el pensamiento alternativo, crítico, reflexivo y creativo en todos los órdenes de la vida, empezando por la educación, se fomenta el deporte minoritario, se acoge a los refugiados, solicitantes de asilo y se trata de integrar al inmigrante irregular, se garantizan condiciones de vida dignas para todo ser humano en territorio español, se grava el patrimonio de las grandes fortunas, se prohíben los desahucios de primera vivienda y se aprueba la dación en pago con efectos retroactivos.

Un país, en definitiva, que nunca será España. Y entonces me despierto y me doy cuenta de que no estoy dispuesto a renunciar a creer en esa utopía, pese a que soy consciente de que en un lugar donde el 29% del electorado quiere que siga gobernando un partido que ha maltratado a muchos, robado a la mayoría y mentido a todos, y otro 25% piensa que han de volver al poder los hipócritas que van de progresistas y se vuelven regresivos, se pegan un tiro en el pie o se exilian en cuanto vienen mal dadas, hay que aceptar que no se merece un futuro tan halagüeño como el que yo le deseo. Ni siquiera se merece que haya un Ciudademos.

Pero no puedo evitarlo. En ocasiones, a mí también me pierde el corazón y no dejo que me encuentre la cabeza. Supongo que, en eso, también soy bastante español y nunca me gustó el italiano Maquiavelo.

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