Entre la niebla preelectoral

Apareciste a mediados de noviembre para hacer que la ciudad se esfumara. Dar una tregua a nuestros ojos cansados, humedecer el aliento que emana de nuestras bocas desgastadas.

Te materializaste cuando los fantasmas silentes del país dejaron su estado letárgico. Se hicieron visibles en tu blanco difuminado, de ambigüedad que genera contornos indefinidos.

Surgiste en este otoño de tristeza indomable, después de las lluvias y antes de las heladas. Plomiza, pesada, silenciosa, vaporosa, como un discurso preelectoral.

Tenías vocación de diseminar confusión, esparcir partículas divididas y dejarlas corriendo entre el aire de las madrugadas canallas. Reclamas tu densidad de pensamiento. Yo te cogí el guante y me fui a hacer unas fintas.

Comprobé desolado como erraba mis tiros, quise creer que algunos se salían de dentro. Me alejé de la pintura y lancé desde fuera. Tú te extendías para negarme la visión, me serviste de excusa.

Algunos quisieron restarte belleza acusándote de húmeda y casquivana. Te tomaron por el efecto gaseoso de sus flatulencias, pero te marchaste por libre y conquistaste las calles.

A mí me atrapaste con tu fuerza indómita, casi por sorpresa, y me dejé llevar. Pretendí caminar por entre tu manto como en tiempos pretéritos, vaporizarme en tu nostalgia etérea.

Una vez más fallé en ese movimiento de cara a canasta y me tuve que conformar con jugar de espaldas. No encontré a quien asistir, así que me la jugué con un gancho decoroso y correcto.

Pero me quedó la melancolía y un cierto amor propio. Así que, como en tantas otras ocasiones, me aproveché de tu misterio polémico y saqué mi rebeldía inconformista. Me la jugué, a sabiendas de que perdería. Tu frío me confortó.

Cuando volvía hacia el hogar prestado, respirando el humor místico de tu engaño y el aroma cálido de las calefacciones con recuerdo a chimenea, dejé que me penetraras hasta el fondo del alma.

Como no lo logré más que a medias, opté por retribuirme con el suplemento del calor insufrible, entre las sábanas de mi habitación solitaria.

Miré por la televisión de mi ventana, conecté tu canal añejo, antes de la carta de ajuste, y puse mi despedida y cierre. Lancé un beso al aire, con la esperanza de que llegara hasta tus jirones flotantes. Los tejados ya habían dimitido.

Entonces, en el preciso instante en que imaginaba un país despejado, renacido en la frialdad mañanera de otro invierno azul de sol tenue, me asaltó el niño que se dejó acunar por las blancas telas deshilachadas de tu magia.

Ahí me volví a ver poderoso, elegido, el ser especial de ese alguien que me esperaba en las cafeterías. Su esperanza discreta. La ilusión de esa cuyos rasgos no llegué a distinguir entre el humo de los bares y la niebla de la ciudad, en un pasado imposible.

Luego, cerré los ojos y todo se volvió negro. Desapareciste.

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