Atentado televisivo

La noche del pasado 13 de noviembre, mientras gran parte del mundo intentaba enterarse de lo que estaba aconteciendo en París, las principales cadenas de televisión españolas dimitieron. Se borraron de su obligación informativa, si es que alguna vez la contrajeron, y privaron a millones de españoles de seguir las imágenes del acontecimiento que ocupaba la atención mayoritaria.

Para mayor bochorno de la parrilla televisiva nacional, tan sólo 13 TV –sí, la manipuladora y ultraderechista cadena del Cascabel– mantuvo el tipo y estuvo informando toda la noche de lo que ocurría en la ciudad de la Torre Eiffel. En Antena 3, La Sexta, Telecinco, Cuatro y La 1 de TVE optaron por cine, programas de entretenimiento y de cotilleo. Lo del ente público tiene especial delito por mucho que tenga al Canal 24 horas como parapeto habitual para excusar el incumplimiento de su misión de prestar servicio público.

Vale, que dicen que hay mucha gente que sí sintoniza el 24 Horas. Incluida mi abuela, que no sabe ni lo que es, al igual que mucha gente de mediana o avanzada edad. Por cierto, los pocos que optaron por esta opción para andar al loro de lo que se cocía contaban en Twitter que los expertos y el debate tuvieron un nivel lamentable. No sorprende. Ha sido el nivel normal de RTVE –excepción hecha de La 2 y Radio 3– durante los últimos cuatro años.

Pero claro, de esto también tenemos mucha culpa los ciudadanos de este país que, por años que pasen, sigue sin superar su estigma de la charanga y la pandereta. Al final, hay que plantearse que, si las cadenas de TV eligen esa programación en una noche en la que resultaba difícil pensar en otra cosa que no fueran los atentados de la capital francesa, es porque la audiencia así lo demandaba.

No se produjo merma de espectadores respecto a cualquier otro viernes en los programas más vistos durante la franja horaria nocturna, momento en el que las cosas en París estaban en plena ebullición. Sálvame Deluxe y Tu Cara me Suena tuvieron sus millones de televidentes habituales. La gente no se despegó del televisor, ni sintonizó el 24 Horas o 13 TV, ni lo apagó para buscar otros medios donde informarse. La vida siguió igual, otro viernes por la noche más. Como si nada hubiera pasado. Como en la canción de Julio Iglesias. Y lo sabes.

Los españoles, con nuestra actitud autómata, resignada, pachorra e irresponsable le damos así la razón a las cadenas de televisión que eligen tener showmen, mentirosos, gritones, histéricos, oligofrénicos, poligoneros, payasos, padres obsesionados con la fama, imitadores en miniatura y pseudoartistas en vez de periodistas. Para qué coño les valen los reporteros.

Ni siquiera La Sexta, que es la única cadena que se puede ver mínimamente hoy en día, estuvo a la altura, dejando en la nevera a periodistas de una valía incomparable como Ana Pastor. Las cadenas sólo entienden la función de entretenimiento –para colmo, muchas veces chabacano– del medio de comunicación, despreciando por completo la educativa y en muchas ocasiones la informativa.

Más les valdría a todos esos profesionales de talento que existen en la televisión pasarse a la radio, que una vez más ganó a la televisión por goleada como medio de comunicación que ejerce la verdadera labor de servicio público y dignifica el Periodismo (salvo por las condiciones laborales, claro está).

La radio aporta todo, salvo las imágenes, que en definitiva tampoco son tan importantes, por mucho que se mitifiquen en la sociedad actual. Tiene la capacidad de analizar los hechos con pausa y combinarlos con la información inmediata y veloz, la posibilidad de dar voz a muchos más protagonistas, testigos y expertos que la televisión, sin estar sujeta a los corsés de la caja tonta, además de transmitir mucha mayor cercanía que esta última.

El otro día volvió a demostrarlo. Varias emisoras trasladaron durante muchas horas toda la actualidad y todos los puntos de vista. Yo lo seguí por Hora 25, de La SER, donde Angels Barceló, como de costumbre, hizo un trabajo excelso, magnífico. La periodista catalana dejó una frase para la historia: “Después de haber cubierto el 11-M y el 11-S, nunca pensé que tendría que vivir otra vez algo tan atroz”.

Dado que los periódicos de papel se quedan viejos en el mismo segundo en que se editan –aunque hay que destacar todavía su importancia a la hora de profundizar sobre los temas– y los medios digitales escritos presentan a mi juicio todavía múltiples carencias, además de no ser capaces de actualizarse con la suficiente presteza, la radio, más de cien años después de su invención, es la mejor opción para seguir los eventos de gran magnitud.

Si no fuera por este medio antiguo pero de vigencia absoluta, más nos valdría a todos en noches como las de aquel día estar conectados permanentemente a Twitter, aunque a través de las redes sociales se corra el riesgo de dar por veraz la información de un gracioso. No obstante lo cual hay que destacar también su importancia en este tipo de sucesos trágicos, permitiendo a sus usuarios ir un pasito por delante. Pero la radio es el único medio que hace todavía útiles a los periodistas rigurosos, objetivos y serios. Excepción hecha de programas de extraordinaria calidad televisiva como Salvados o El Objetivo.

Rara avis en estos tiempos donde la televisión, que hace muchos años llegó a tener un cierto prestigio, naufraga entre el ridículo más escandaloso y la falta de humanidad. Porque lo que hicieron las principales cadenas el pasado 13-N, además de un acto vergonzoso, fue una gran falta de respeto. Una indecente demostración de bajeza moral.

 

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