Alegría Marca España

El otro día alguien a quien quiero con locura dijo una de las frases más estúpidas y pueriles que recuerdo haber escuchado en años. “Ya se ve alegría en las calles, en el consumo, en el mercado laboral”. Aunque él ni mucho menos es estúpido ni tampoco piensa votar al PP, utilizó la frase de marras para justificar su sensación de que seguiremos teniendo gobierno de Mariano el Ufano y sus congéneres después del 20-D.

Yo me sorprendí sobremanera al escuchar eso. Creo que ni siquiera una de las historias espeluznantes de Iker Jiménez me hubiera provocado tal nivel de estupefacción. Le pregunté en qué se basaba para percibir aquella ola de optimismo soltando su espuma por el terruño de la bandera rojigüalda. Me aseguró que se trataba de algo evidente, bastaba con leer los periódicos. Entonces, mi nivel de alarma pasó del ámbar al rojo.

¿Qué pueden estar transmitiendo la mayoría de los medios de comunicación para que esa conciencia de mejoría gracias a Rajoysusmontoros vaya calando en mucha gente con inteligencia y capacidad de discernimiento? El mejor ejemplo de por qué se crea esa fotografía absolutamente falsa de Alegría Marca España lo podemos encontrar por ejemplo en cómo se transmitieron la semana pasada los datos sobre el paro de noviembre. En la mayoría de los medios, de un modo aséptico y descontextualizado. Sin profundizar, sin detalles. Sin análisis. Sin contar toda la verdad. Sirvan como muestra las noticias que publicaron El Mundo y El País, los dos diarios de información general más leídos de España.

De este modo, muchas personas se quedan con la copla de que el gobierno del PP va a terminar la legislatura habiendo logrado un comportamiento positivo del mercado laboral. De que existe esperanza para los millones de españoles en paro (muchos de ellos sin prestación) de salir del agujero. Ni una sola referencia a los últimos datos de la EPA del mes de octubre, que es la que filma la película veraz, cruda y real del mercado laboral español con guion de las políticas coproducidas por PPSOE y protagonismo destacado de Los Ángeles de Fati.

Afortunadamente, no en todos los medios se trata de ese modo tan lamentable un tema tan serio, el más grave de todos los que afectan a este país. Todavía existen emisoras de radio como la Cadena SER o medios digitales escritos como diario.es que ponen el acento en otros datos que no difunde el gobierno, los contrasta, los interpreta, y, lo más importante, los conecta a la realidad cotidiana existente. En definitiva, los humaniza.

Y lo que subyace por debajo de esa radiografía es de todo menos alegre. Si examinamos la evolución del empleo en estos cuatro años rajoyescos se nos atraganta el turrón que aún no hemos comido y a aquellos que pueden gastar les entran ganas de coserse el bolsillo. Las farmacias se forran a vender trankimazines y toda esa alegría patria se dilapida como casi todas las cosas que nos emocionan por estos lares, en plan gatillazo y tentetieso.

En efecto, el tipo y calidad de los contratos firmados en noviembre es para echarse a llorar. No sólo el 91% fueron temporales, es que un porcentaje muy significativo duran una semana o menos. Es más, si extendiéramos los datos, el 45% de los contratos creados en 2015, año electoral de las ponderaciones por excelencia y de los malabarismos de Doña Fátima cada principio de mes, han fijado como duración 30 días o menos y muchos más de la mitad apenas tres meses. Y eso sin meter en la balanza los temporales de duración indeterminada (por obra y servicio), cuyo plazo exacto no se conoce pero que en muchos casos también están en vigor lo mismo que una promesa electoral del PP. El porcentaje de contratos formalizados en 2015 que expiraron antes de llegar a la semana casi alcanzaba el 25% en el mes de agosto. Etcétera, etcétera.

Si el foco se pone en las contrataciones a tiempo parcial respecto a las realizadas a tiempo completo, las primeras ganan por goleada. Todo esto redunda en unos salarios irrisorios, que en muchos casos no superan los 400 euros. En España no existe formalmente la figura del minijob, pero de facto está generalizada. Y no sólo para los jóvenes, aunque estos, y sobre todo las mujeres, se lleven la palma. En esto y en casi todo lo demás.

Por si todo esto fuera poco, los niveles de ocupación han descendido hasta mínimos históricos. La población activa ha bajado ostensiblemente, producto de la desesperación, la emigración (forzosa y no aventurera, Fátima) y la jubilación. Aunque todas acaben en ión, están muy lejos de significar recuperación.

Lo más escandaloso es que estos datos referidos a la evolución del mercado laboral en 2015 o durante la legislatura de Rajoy son fáciles de consultar (están en la página web del SEPE) y apenas ningún medio de comunicación los refleja. Ese es el nivel general, salvo honrosas excepciones, que existe en el Periodismo en España hoy en día. Ni siquiera se debe siempre a un supuesto servilismo respecto al poder (en algunos casos, hay más de una Razón para pensar que sí), sino por desidia o desgana de los profesionales (precarizados) que acaban contagiados de la falta de interés de sus jefes a la hora de realizar piezas elaboradas.

No hay ningún motivo para el optimismo. No se trata de un punto de vista subjetivo, sino de la pura realidad objetiva. La situación es catastrófica y no es únicamente achacable a la grave crisis ni por supuesto a la herencia socialista, como tampoco lo es completamente al gobierno de Rajoy, aunque este último tiene una gran responsabilidad en ello. Ya sabemos que se trata de un problema endémico y estructural, pero en cuatro años este gobierno no ha hecho absolutamente nada para introducir reformas. Bueno, sí, se ha cargado de un plumazo casi un milloncejo de puestos y más de 33 millones de horas de trabajo con su reforma laboral bendecida por todos los grandes empresarios.

Entre medias, se ha dedicado a sestear y a esperar que el crecimiento económico, la fuga de españoles y la depresión de los que se quedaban hicieran el resto. En definitiva, a esperar que sucediera un milagro propio de la Virgen de Fátima o a que los españoles se olvidaran de todo ese desastre al concurrir a las urnas. Lo lamentable es que, en cierta medida, les puede salir relativamente bien.

Aunque no se reconozca por parte del gobierno liderado por Montoro y presidido por Soraya, resulta evidente que no tienen ni herramientas ni conocimientos suficientes –ni ganas– para renovar el anquilosado mercado de empleo español. Y entonces la pregunta que yo me hago es la siguiente, ¿dónde está el logro de este gobierno en cuanto a política laboral?

La respuesta es tan simple como aterradora. Presentar datos de una supuesta alegría que, debidamente (no) tratados por los medios de ¿información? generan confianza en su gestión. Con eso le vale para comer el coco a la teóricamente bien formada sociedad española, que demuestra que aún tiene muchas lagunas en cuanto a su capacidad crítica. Y llegamos a una de las leyendas populares más burdas que circulan por los mentideros ibéricos, esa de que “los del PP son antipáticos, pero qué buenos gestores económicos son”. Tal vez sea por el proceso de selección que hacen para elegir a sus tesoreros.

Pero la alegría navideña se ha colado en los hogares españoles como los mazapanes o los polvorones de marca blanca. Da igual que no sean auténticos ni sepan igual. Ni siquiera que haya muchos que no puedan permitírselos. Todo consiste en creérselo o forzarse a ello. Y entonces parece que algunos le cogen el gustito y, como en el villancico, se ponen a cantar con una tele de plasma de fondo eso de “Alegría, alegría, alegría. Alegría, alegría y placer”.

 

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