La hora de la España valiente

Desde hace mucho tiempo llevo pensando en la idea de la cobardía colectiva, que me parece uno de los principales males de los que adolece esta sociedad. También pienso que es especialmente notable en España, aunque no conozco otros países con tanta profundidad.

Es más, me atrevería a decir que ese concepto encierra una posible explicación a la crisis –que en realidad no es más que un agravamiento de la crónica enfermedad–. En esa cobardía del colectivo se podría encontrar una de las más importantes causas de la catastrófica situación socio-económica que vivimos, aunque algunos se empeñen en negarla y otros en creerse la mentira.

El otro día mantuve una conversación, una de tantas de este tipo, con gente que está quemada, harta literalmente de España. Desea irse, largarse. Se han cansado de luchar, de navegar en un barco que no se va a hundir, porque hace mucho tiempo que desafió las leyes de la física y se quedó con la popa sumergida y la proa en la superficie. Y, aunque parezca increíble, la compensación de fuerzas no actúa. Así se va a quedar si no hay un cambio radical, en un equilibrio imposible.

Pese a todo, estoy convencido de que ese deseo migratorio del que me hablaban estos conocidos puede aumentar escandalosamente, en cantidad y calidad, a partir del próximo 20 de diciembre, si este gobierno actual que sólo ha legislado y gestionado para una minoría, continúa en el poder.

Y es que, pese a lo que se crea ese 48% de los catalanes que votaron a la independencia en las pasadas elecciones, ellos no son los únicos que ahora mismo se avergüenzan de formar parte de este Estado, encontrándose en las manos de quien se encuentra.

Sin embargo, ellos han decidido huir anticipadamente. Lo tienen más fácil porque hay un caldo de cultivo previo que favorece el escapismo. Pero, además de que es inútil, porque sólo escapan de España, pero no de Cataluña, que en esencia es lo mismo, se trata de una decisión bastante cobarde –a propósito de la cobardía– pese a lo que pueda parecer, además de egoísta.

Me refiero únicamente a los independentistas que tienen ese motivo racional, aunque esté basado en una falacia. Separatistas con carácter adquirido, como Ada Colau. No incluyo en este razonamiento a los separatistas de origen o emocionales, ya que eso pilla muy lejos de mi comprensión. Pido perdón por mi falta de entusiasmo patriótico –en el sentido tradicional de patria, que es el que le dan este tipo de independentistas– y empatía con el de otros.

Pero, retomando el punto de partida, los independentistas catalanes –todos– no son conscientes en su cobardía y egoísmo de que en España existe una forma derivada de independentismo, que ha crecido, se ha reproducido y transmitido como si se tratara de piojos. La desafección, incluso asco, a la nación de la bandera rojigüalda.

Como dijo Pablo Iglesias en una de las mejores frases que se han pronunciado por el momento en esta campaña electoral, “como siga Mariano Rajoy cuatro años más, se quiere separar de España hasta Valladolid”. Como vallisoletano, no puedo más que aplaudir con fervor la frase perfecta del líder de Podemos. Creo que la mayoría de los pucelanos entenderían lo que quiero decir y estarían de acuerdo conmigo.

No obstante, nos equivocamos si creemos que Mariano Rajoy o este gobierno son los únicos culpables de tanto desapego. Sinceramente pienso que el problema se ha ido generando a lo largo de los años o incluso ha estado ahí siempre, y todos los gobiernos que hemos tenido –y no sólo hablo de la democracia–, han puesto su granito de arena. Por no ser capaces de detectar y aún menos de resolver los verdaderos problemas, los males endémicos de esta sociedad. Es lógico que no lo hayan hecho, no les interesaba.

Resulta bastante vomitivo escuchar a Pedro Sánchez, el líder del supuestamente regenerado PSOE, asegurando en cada plaza española que, si no le votas a él, estás votando a Rajoy. Porque él es la única alternativa, el único capaz de derrotarlo, y su partido el único capaz de ofrecer un gobierno de garantías. Como si el PSOE no hubiera gobernado la mayor parte de la democracia, dejando el país en varias ocasiones hecho unos zorros, la tasa del paro por los aires y a los ciudadanos más humildes en la miseria. Pero eso sí, con una sonrisa o un levantar de cejas.

Lo único que es capaz de aportar el mediocre Sánchez, con su mirada ambiciosa y su falta absoluta de carisma, es peleas de tasca como las protagonizadas en el debate a dos entre Rajoy y él. Lo único que añade Sánchez es su cara de pijo que se las da de progre en los carteles inútiles e insultantes sobre el asfalto de las ciudades, junto a los del ínclito Mariano el Ufano. Dinero malgastado, sacado de los presupuestos, con financiación pública, gracias a una Ley de Régimen Electoral General que PPSOE se niegan a cambiar porque les viene muy bien.

Sin embargo, el PSOE continúa siendo, según muchos sondeos, la segunda fuerza en intención de voto. Claro que, viendo cual es la primera, no es de extrañar. Eso sí que produce vergüenza. Y también que las elecciones las ganara la candidatura en la que estaba el partido de Artur Mas y que se espere que vuelvan a recibir un gran apoyo en las generales del 20-D, amigos catalanes. Porque son rajoymas aún si me dejan. La misma política, la misma indecencia, la misma falta de humanidad.

¿Pero no deberíamos ser de una vez conscientes los ciudadanos? Hablemos de cobardía, de nuestra cobardía. Mirémonos de una puta vez al ombligo. ¿Es que somos una panda de gilipollas sin remedio? Si esa fuera la única explicación, se acabaría el problema. Descansaríamos, relajaríamos nuestros esfínteres y nos dispondríamos a recibir lo nuestro con placer sadomasoquista.

Pero yo me niego a pensar eso. Yo ya no creo en España ni en la sociedad española, pero sí en los españoles. Creo que el español medio es un hombre o una mujer inteligente, con formación, sensibilidad, valores, alegría y desparpajo. Pero casi todos ellos y ellas se han dejado carcomer, minar la moral, condicionar, anular, por una cobardía colectiva que se observa en casi todos los grupos que hemos formado. A nivel individual, el español y la española molan y se hacen querer. A nivel colectivo, es detestable. Somos un desastre, un fracaso como pueblo. Damos asquito, cuando no pena o risa.

Nuestra cobardía resulta esperpéntica. Salvo en momentos muy puntuales, nuestra historia lo demuestra.  Cada vez que ha habido un intento reformista, renovador, desde abajo, ha surgido un movimiento contrario que, a base de golpe de Estado –antes militar, en los tiempos recientes radicado en la corrupción de las instituciones y la perversión de la democracia–, se ha cargado de un plumazo todos los avances o incluso nos ha hecho retroceder.

La coyuntura actual es una demostración perfecta de esto que digo. Gran parte de los derechos que habíamos conquistado tras la dictadura de Franco se han ido al garete. A nivel laboral, la precariedad característica del mercado de trabajo español, se ha convertido en explotación, miedo a los superiores y capacidad nula de negociación. A nivel educativo, leyes partidistas que no buscan el interés común y descenso en la calidad de la educación pública que deriva en falta de oportunidades para los que menos tienen. En cuestión sanitaria, más o menos lo mismo, con el agravante de que ni siquiera es ya totalmente gratuita. A nivel civil, represión injustificada de las manifestaciones, prohibición de informar sobre determinadas actuaciones del poder político, que se blinda detrás de televisiones de plasma. A nivel judicial, parcialidad e incremento de las tasas.

Podría seguir así hasta pasado mañana. Después de esta enumeración, basada en datos y no en opiniones, la pregunta que flota en el aire es por qué hay muchas probabilidades de que los próximos cuatro años sigamos teniendo un gobierno presidido por un político del PPSOE. Sostenido en gran parte por personas que sufren algún recorte en sus derechos de los enumerados anteriormente. Porque esa es la parte mayoritaria de la población. Los que votan para salvaguardar sus egoístas intereses son una minoría.

Es decir, que, si los peores augurios se cumplen, la culpa será solo nuestra, del español medio acobardado por la cobardía del colectivo. Acojonado por esa tendencia mediática que asimila el cambio al desastre, que mete el miedo en el cuerpo. Que conduce a esa frase manida del “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. A esa infundada creencia que dicta que nos salvaron del rescate, mejoraron la economía y son grandes gestores. A las mentiras hechas verdades para aliviar nuestras conciencias miedosas.

Votar al PPSOE el próximo 20-D es votar al miedo, es la opción del riesgo cero, del “virgencita que me quede como esté”, significa elegir la perpetuación de la brecha social, cronificar la precariedad.

Ya sabemos lo que hacen, nos lo han demostrado durante casi treinta y cinco años. ¿No ha llegado de una vez la hora de probar otras cosas? ¿No ha llegado la hora de demostrar que España no es un país de cobardes? ¿No ha llegado la hora de dejar de huir, de dejar de buscar la salvación alejados de España, sino en ella?

¿No nos ha llegado la hora de ser valientes por una vez en nuestra historia?

 

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