La tristeza del gordo

Y dale que te pego con los brindis, el líquido derramándose, las palmaditas en la espalda, los abrazos con sabor a mermelada pasada. El compadreo esporádico de taberna, la realidad deformada en un espejo cóncavo encargado directamente a la Preysler. El mayor premio es compartirlo, pero lo primordial era compartir la cogorza y la euforia burbujeante.

Y, mientras tanto, yo, lo más lejos de estar contento.

—¡Yo lo tengo bien guardado, ahí no lo encuentra ni Dios! —gritaba uno.

—Pues el mío está muy a la vista! —exclamó alarmado otro, y se subió rápidamente a casa.

No le pillaba lejos, pues en mi barrio todo pilla más o menos cerca. La tasca de la jacha, la cervecería de moda, el restaurante del desagradable que también fue gordo como el que nos tocó hace tres días… Y, entre tanto bar, también queda a mano la frutería del gafotas que da las primicias informativas (sobre todo las climáticas) con mayor inmediatez que Twitter, sólo superado por la celeridad, a veces reñida con la precisión, de mi abuela. Y la peluquería de los gays, que regentan la emisora líder de la vecindad, y la librería del que juega al tenis, y la tienda de las dulces brujas, y el taller de uno que este 22 de diciembre repitió lotería.

En realidad, no es mi barrio de toda la vida, sino aquel donde me desplazaron a vivir la especulación urbanística, los derechos reales (que no tienen mucho que ver con los constitucionales) y los desahucios sin desahucio, una modalidad del capitalismo que ya se practicaba antes de la crisis. Aunque parezca increíble, la gente ya era expulsada de sus casas en España antes de que quebrara Lehman Brothers, incluso antes de que Zapatero aprendiera a mentir o de que Aznar pusiera los pies sobre la mesa.

Pero pese a que no sea el de siempre, la gente vive más o menos igual y se comporta de forma similar. Allí también los vecinos hubieran subido corriendo a su morada hipotecada para proteger su décimo premiado del rumano que pide en frente del Mercadona, de la presidenta de la comunidad y de su suegra.

Y a mí, mientras tanto, no me sacaba de mi tristeza ni mirar imágenes de Elisa Mouliaá. Bueno, esto un poco.

Al poco, bajó el cauteloso hombre con un rostro de preocupación que alarmó a los presentes, que se peleaban en esos momentos por contar el chiste más gracioso y a mayor volumen, título difícil de conseguir en mi barrio y en cualquier otro de estas latitudes.

—¿Qué te pasa? —le preguntaron unos cuantos.

—¡Que no lo encuentro! ¡No sé dónde lo he puesto! ¡No lo sé! —gritó con desesperación.

Y muchos, al unísono, diciéndole que no se preocupara, que ya aparecería, “que no se ha ido volando”, otras con más recelo “¿has mirado bien en la cartera?” y unos cuantos echándose las manos a la cabeza con una empatía formidable. Creo que hubo una señora que dijo en bajito “el mayor premio es compartir”, pero tal vez me flipé.

Al final apareció la esposa, mujer, pareja, compañera y madre de los hijos del interfecto y apuntó con sorna, bien en alto, para humillación de su congénere, que a este se le olvidaría hasta firmar los papeles del divorcio cuando se lo pidiera. “¡Qué el décimo lo compré yo de mi bolsillo y la que mando ahora soy yo!”, celebró triunfante, provocando una gran explosión de risotadas (la del mencionado un poco menor).

Las caras de funeral habían durado poco. Todas, menos la mía, pese a que Elisa Mouliaá me aliviara un poco el luto.

Ni todo el dinero del mundo me hubiese consolado. No había euros suficientes en el mundo para solucionar mi pérdida. Tres días antes me habían robado algo insustituible, irreemplazable. Mi amigo imaginario de trapo, la mascota de mis niños, el ser inanimado al que yo animaba, mi otra persona a tiempo parcial, mi única posibilidad de ser gracioso, la prolongación de mi yo infantil. Habían secuestrado a Dorado´s Mouse.

Y todo por un maldito descuido mío, un despiste instantáneo y fatalmente castigado, como tantos otros en mi vida. Mis errores siempre me costaron un alto precio. Este fue demasiado elevado. Y yo me sentía tan desdichado sin él que había perdido la ilusión por todo. Por el Gordo que me había tocado, por la Navidad, por las reuniones familiares, por los villancicos, por la Nochevieja Galáctica. Había perdido el interés por los pactos postelectorales, por las gracietas de Pablo Iglesias, por el luto anticipado de Pedro Sánchez.

Me importaba un comino el jolgorio de mi barrio, el puro que se fumaría Rajoy a la enfermedad de todos tras la misa del gallo, ese árbol con lucecitas naranjas que parpadean según el botón que se pulse. Estaba tan depre que incluso me la pelaba la tragedia acaecida en El Despertar de la Fuerza. Hasta el Ballantines con hielo me daba igual, fíjate tú. Lo nunca visto. La pena por mi querido Dorado´s Mouse invadía todo mi ser cual niebla a su Pucela. Una pequeña avanzadilla de alegres soldados enhiestos comandado por la general Elisa y poco más.

Sin embargo, pronto descubrí que yo no era el único tristón de aquel día. Entre la algarabía general provocada tras el canto de los niños de San Ildefonso (adelantados a su tiempo, llevan ventaja sobre el resto de infantes españoles por su acostumbramiento prematuro a la precariedad laboral), había alguien que, como yo, esbozaba un gesto más mustio que el estado anímico de Andrés Herzog.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí que se trataba del mismísimo Papa Noel. Allí estaba con su gorra roja algo desteñida, tirando a morada, algún que otro detalle verde ribeteando el traje y una barba más hípster de lo que le pinta la iconografía popular.

Confieso que me emocioné un poco, porque no todos los días uno se topa con Santa Claus y tal vez desde pequeño soñaba con ese momento. Además, vi la oportunidad de recuperar a mi añorado ratón de juguete, porque, ¿quién si no el mítico San Nicolás podía traérmelo de vuelta con sus poderes mágicos?

Me dirigí a él con entusiasmo, quizá más del debido. El pobre chocho se asustó un poco y puso cara chunga al verme con ese fervor algo histérico.

—¡Papá Noel, Papá Noel! ¡Tengo algo muy importante que pedirte!

—¡Lo siento, hijo, ya no acepto más cartas! —me replicó lánguidamente.

—¡Pero por qué, si todavía quedan dos días para Nochebuena! —protesté como un chiquillo de nueve años (en verdad, mi mentalidad de ese momento no distaba mucho de eso).

—Es complicado de explicar, muchacho… Básicamente, la culpa la tiene el maldito voto por correo.

—¿Pero qué tienes tú que ver con eso?

—¡Ay, hijo, en principio nada! Pero como ha habido tantos problemas, los emigrantes españoles me pidieron que les ayudara a traer sus papeletas aquí a tiempo. Y había un montonazo, muchos más de los que yo pensaba. Me siento muy explotado laboralmente. Para colmo, esos días ni siquiera los cotizo a la Seguridad Social, porque he trabajado sin contrato, así que ya ves la pensión que me va a quedar cuando me haga viejecito y ya no me dejen trabajar.

—Bueno, Papa Noel, pero piensa que has hecho una muy buena labor, toda esa gente te lo habrá agradecido, gracias a ti han podido expresar su voluntad.

Aquel a quien yo siempre me había imaginado como un abuelete gordo y bonachón me miró como se mira a un auténtico gilipollas, pero no añadió nada. Después, volvió a su melancolía y, con una frase contundente, me quitó las pocas esperanzas que me quedaban de recibir el único regalo que realmente deseaba.

—Bueno, chico, como te he dicho antes no puedo hacerte caso. Lo siento mucho. Si me disculpas, te tengo que dejar. Este año tengo más curro que nunca porque sólo me han quedado dos trabajadores en el taller de los elfos, y uno soy yo.

Y yo me creía de nuevo hundido sin remisión en mi congoja. ¿Qué estaría haciendo Dorado´s Mouse? ¿Me lo habría confiscado algún esbirro de Montoro por cobrar mis clases en negro? ¿Estaría en manos de algún vendedor ambulante? Esta última posibilidad era horrible, porque me lo imaginé entre bragas, sujetadores y gayumbos, abrumado el pobre por los gritos de ofertas repetidas y reclamos sempiternos, rodeado de olores exóticos. Vida de fragoneta, tenderete y tasca con olor a fritanga hasta que alguien, tal vez un desaprensivo, se fijara en él y lo adoptara.

Preferí por lo tanto pensar que me lo había mangado un niño español perteneciente a ese treinta por ciento de críos que están por debajo del umbral de la pobreza. O que se había ido volando hasta su tierra natal, la inclemente Ratolandia de la que lo rescaté hace años del Gran Rato y sus esbirros las ratas de negro. Pero, al menos, allí estaría con su familia y amigos. Probablemente me estaba engañando a mí mismo, pero ¿quién podría culparme de ello?

Entonces, cuando Papá Noel ya se alejaba de mi lado y el ocaso del día parecía tan imparable como el descenso en las reservas de cava catalán que se consumían en mi barrio obrero de centro-derecha, una estrella, que no de la muerte, cruzó el cielo a toda velocidad y transportó una nueva esperanza a mi corazón. Eran los Reyes Magos.

—¡Papá Noel, Papá Noel, no te vayas, por favor! ¡Mira, están allí tus colegas los Reyes Magos! ¡Si te alías con ellos seguro que arregláis esta Navidad e incluso recuperáis a mi querido Dorado´s Mouse!

—¡Pero qué dices, chaval! ¡Que yo soy republicano, por quién me has tomado! —se ofendió—. Además, si esos están peor que yo…

Intrigado por este último apunte, me acerqué a los monarcas bíblicos, henchido de emoción pese a la desairada diatriba del vejestorio con sobrepeso, que, pese a su mal café, me siguió, como si en el fondo sintiera que las cosas le iban mejor al lado de Melchor, Gaspar y Baltasar que yendo por otros derroteros.

—¡Hola, Majestades! —les saludé afectuoso y bobalicón.

—¡Ahórrate las reverencias, chico! —me cortó brusco el de la barba blanca.

—¡Perdón, Excelencia! Veréis, yo sólo he venido a pediros algo que es muy importante para mí. Un juguete muy especial. Qué digo juguete… ¡Casi una persona! Un muñeco de trapo con forma de ratón que…

—Corta el rollo, macho —intervino Gaspar, que tenía un sospechoso aire a Joaquín Almunia—. Todavía no estamos ni en enero, no ha empezado nuestra jornada laboral y además estamos sólo en misión diplomática especial para poner de acuerdo a un par de fulanos que parece que se quieren pero no se lo pueden decir.

—¡Así que no estamos para pamplinas, chaval! —zanjó el malhumorado Melchor.

—¡Pero vosotros sois magos y…!

—¡Qué magos ni que ocho cuartos! —repuso lánguido Baltasar—. Eso sería antes, cuando podíamos hacer lo que nos daba la gana. Ahora nos toman por el pito de un sereno. Cuando llegamos a la frontera con la Unión Europea, nos confundieron con refugiados sirios y no nos dejaban pasar. Con todos esos niños muriéndose de hambre que encima no hacían nada más que pedirnos cosas. ¡Fue un agobio…!

—Hombre, eso fue sobre todo porque te vieron a ti. Normal, con ese color entre cacao y carbón… —apuntó ácido Gaspar.

—¡Racista de mierda!

—Bueno, bueno, tengamos la fiesta en paz —medió el Rey Melchor—. Además, lo peor no fue eso, sino cuando descubrieron que llevábamos los camellos cargados de cajas con juguetes para los políticos de aquí y se pensaron que éramos terroristas islámicos.

—¡Lo que nos costó aclararlo! —dramatizó Gaspar.

—Sí, hasta que a mí se me ocurrió la feliz idea de decir que éramos amigos íntimos del rey de Arabia Saudí y entonces casi nos ponen la alfombra hasta España. ¡Reconocedlo, reconocedlo! —se vanaglorió Baltasar.

—Vale, tío, minipunto pa´ ti, pero no lo vayas diciendo muy alto por aquí, que la gente prefiere no saber esas cosas —atajó Gaspar.

—En fin, basta de tanta palabrería. Vámonos, que tenemos mucho que hacer —zanjó Melchor.

—¡Pero entonces no vais a hacer nada por mí! —protesté desesperado— ¡Vosotros, que sois los primeros reyes humildes de la historia, que vinisteis a adorar al Niño Dios que había nacido pobremente en un pesebre…

—Joder, vaya chapa. Eres más cansino que el Francisco ese que han puesto en Roma, chico.

—El Niño Dios, el Niño Dios… ¡Pero si eso está ya más pasado de moda que la música disco! Hemos ido a Madrid y ni tan siquiera hemos encontrado el nacimiento. ¡Qué vamos a adorar!

—¡Además están los tiempos como para traer incienso y mirra!

—Y el oro como no sea el del sorteo de Cruz Roja…

—Bueno, bueno, basta ya —cortó Melchor—. Nos piramos. Hasta más ver, chaval. Y dile al gordo ese que te acompaña que se vuelva a la Siberia o como se llame el triste y frío agujero comunista de donde viene.

—¡Es el Polo Norte, ignorante! ¡Largaos de una vez, fachas de mierda! ¡Absolutistas!

Y Papá Noel y los Reyes Magos siguieron soltándose improperios durante un buen rato, allí, en plena calle, dando un espectáculo bastante dantesco que en cualquier caso no fue contemplado nada más que por mí. El resto de mi barrio seguía a lo suyo, a celebrar el Gordo que antes repartía El Calvo y ahora el dueño del bar de la esquina.

Y yo, como diría Sabina, más triste que un torero al otro lado del telón de acero. “¿Dónde estás, Dorado´s Mouse?”.

Pensando en mi ratón perdido, en la ilusión rancia de una Navidad de extraperlo, en los amigos que se fueron lejos y en los que se marcharon sin irse.

Pero en algún momento, cuando el día ya agonizaba y la oscuridad devoraba incluso las ganas festivas de los que celebraban chispeantes los nuevos euros que ingresarían en las cuentas corrientes, un rayo de lucidez, cual polvo estelar en la noche, cruzó mi cerebro.

Subí a casa corriendo, crucé casi al galope umbral, recibidor y pasillo y me topé con mi familia, frente al televisor, recopilando imágenes en diferido, con un semblante aún más lacónico que el mío. Me culpé por no haberme dado cuenta antes.

—Papá, mamá, ¿a vosotros no os ha tocado el Gordo?

—No, hijo, nosotros no hemos comprado Lotería este año.

Entonces, se me pasó un poco la tristeza. Pero, en vez de decírselo, me dirigí a mi habitación a reunirme con Elisa Mouliaá. Aprovecharía la cena de Nochebuena, cuando estuviéramos todos reunidos.

Todos, menos Dorado´s Mouse. Esta historia se la dedico a su espíritu imaginario.

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