The radio which didn´t sell David Bowie

Desde que me instalé en esta Buhardilla ha sido recurrente la crítica que realizo desde su bohemio escritorio a los medios de comunicación españoles. Dejando fuera Internet y el particular mundo de la Web 2.0, normalmente esos dardos han ido dirigidos hacia los medios de información generalistas, ya fueran diarios de gran difusión o canales de televisión cuya única obsesión es cumplir sus exigencias de cuota de pantalla. Siempre he defendido que la radio supera ampliamente en calidad a los otros dos medios tradicionales.

Sin embargo, esta vez me gustaría situar en el centro de la diana de mi enfado a las emisoras musicales, que, aunque hacen desde hace años muchos méritos para ello, se han librado hasta ahora de mi visión poco amable sobre el funcionamiento de las cosas relacionadas con la comunicación. Evito aquí citar la palabra Periodismo, pues hay muchas personas que trabajan en la radio que muy poco tienen que ver con la profesión de los plumillas.

La inesperada e impactante muerte de David Bowie ha brindado una nueva ocasión para comprobar hasta qué punto la cultura musical que se difunde en este país deja muchísimo que desear. No es que yo sea un gran fan de la obra del artista británico, pero reconozco su potente genio creativo, esa extraña capacidad para reinventarse, adaptándose a sonidos diferentes a lo largo de las épocas y, sobre todo, su tremenda influencia en otros artistas pop-rock durante décadas.

Por ello, el pasado lunes resultaba obligado dedicarle espacio, tiempo, comentarios, aún a costa de la programación habitual o de la línea editorial concreta. Incluso los medios generalistas lo entendieron así. Pero las emisoras musicales siguieron a lo suyo: la radiofórmula, basada en la combinación de lo que a ellos les interesa que sean éxitos, la dictadura del mainstreaming que muy poco tiene que ver con lo que la gente escogería en un supuesto entorno sin condicionantes, sin que les inoculen lo que otros desean por el oído.

Por suerte, existe Radio 3. Esa emisora musical pública que es uno de los pocos resquicios que quedan en este Estado que merecen ser sostenidos por los ciudadanos. A mí me genera orgullo ser partícipe con mis impuestos de la financiación de esa cadena llena de auténticos expertos, excelentes comunicadores y, sobre todo, personas que tratan con la sensibilidad que se merece a la música y a la cultura.

No fue ninguna sorpresa que Radio 3 dedicara casi todos sus programas del lunes a David Bowie, ofreciendo cada uno de ellos una visión diferente sobre el Duque Blanco y su obra. Desde 180 Grados hasta Flor de Pasión, pasando por Como Lo Oyes. Una gozada rememorar canciones de tanta calidad comentadas por profesionales musicales de verdad. Además, Bowie siempre ha sido un pilar fundamental de Radio 3, un artista muy transversal para la emisora, con presencia en muchos de sus espacios, precisamente por la variedad de estilos que cultivó y la complejidad de su sonido, adecuado para programas aparentemente tan distantes como Siglo XXI o El Sótano.

Como tengo pendiente desde hace tiempo hacer un artículo en profundidad sobre la emisora musical pública, no me extenderé más. Sólo remataré este apartado diciendo que es el único bastión al que agarrarnos que nos queda a los aficionados a la música popular de corte alternativo en este país, desde el indie hasta el jazz pasando por ese gran denostado por parte del establishment mediático en España, el rock´n roll. Aquí habría que mencionar a Rock FM, que, aunque partidaria en la mayoría de sus horas de emisión de la radiofórmula y censora del rock en castellano con letras de protesta social, también es un pequeño oasis del que poder beber.

Exceptuando esos ejemplos, la radio musical española desprecia la cultura musical, la creación y al 95% de los artistas. No sólo pasa completamente de la inmensa mayoría de lanzamientos y novedades, y de todos aquellos que son editados por sellos independientes, sino que además establece un estilo único y monocorde, en el que prácticamente no tiene cabida ninguna corriente alternativa, transgresora o simplemente innovadora. Todo está pasado por el tamiz del sonido fácil y pegadizo, cuando no machacón.

Y eso que yo soy de los que defiendo que este tipo de música, pese a su ínfima calidad en ocasiones, tiene su justificación. No soy un detractor de lo que se convierte en comercial a fuerza de insistencia y reiteración insufrible. Una cosa es que yo no escogería esas canciones en mi lista de reproducción y otra que no admita su función como herramientas sonoras lúdicas por su simplicidad, melodía contagiosa o ritmo divertido.

Pero una cosa es eso y otra monopolizar cualquier canal de difusión musical con ese único ingrediente. Resulta inadmisible que en un medio que se considere de tipo musical no se rinda un homenaje en condiciones a un artista de la talla de David Bowie y no se corte por un día, unas horas, todo ese cosmos formado, salvo raras excepciones, por sideral morralla musical.

Pero esto no siempre fue así. Hasta 2005 emisoras comerciales como Los 40 Principales o Cadena 100 aderezaban la radiofórmula con otro tipo de contenidos y tenían una cierta vertiente alternativa, aunque no fuera la primordial. Recuerdo perfectamente como artistas que ahora jamás sonarían en sus programaciones de hilo musical, a pesar de que siguen en activo y llenando recintos, alcanzaban puestos muy altos en sus listas de popularidad. Por citar algunos ejemplos nacionales de estilos diversos, Bunbury, Amaral, Extremoduro, Mago de Oz o Quique González. En el plano internacional, Blur, The Killers, The Smashing Pumpkins, The Strokes o Metallica. O el propio David Bowie.

Precisamente me hizo mucha gracia escuchar ayer a Tony Aguilar en el veterano programa Del 40 al 1 repasar los números 1 que Bowie consiguió en la lista de Los 40 durante su carrera. Ninguno reciente, todos se remontaban a las décadas de los setenta y ochenta. Pero me consta, porque yo lo recuerdo, que temas del Duque Blanco también sonaron en la cadena musical más famosa de la radio española y formaron parte de su chart en los noventa.

Ahora sería casi más sencillo escuchar una sevillana que a David Bowie. Me pregunto qué habría pensado el malogrado Joaquín Luqui, por cierto fallecido en marzo de 2005 –curioso cuanto menos– de esta deriva vergonzosa de una cadena que, aunque siempre vivió invadida por la publicidad y el postureo mediático, tenía una línea de programación bastante decente.

Como ya he escrito en otras ocasiones, los medios de comunicación no sólo están hechos para entretener, sino que también están obligados a ejercer una función educativa y divulgativa que se saltan a la torera. De esta forma hacen un flaco favor a las nuevas generaciones, que tienen una cultura musical absolutamente horrenda. Sé de lo que hablo, porque trabajo con niños y adolescentes.

Los medios de comunicación tienen gran parte de la culpa. Yo no soy ningún radical que critique el que triunfe esa infausta e insoportable canción llamada La Gozadera –incluso yo en estados enajenantes confieso que soy capaz de bailarla–, pero no puedo aceptar que eso se asimile a la cultura musical, mientras se maltrata el legado de nuestros artistas legendarios, ya sean nacionales o internacionales como Bowie.

Al final, las emisoras musicales españolas han tratado al compositor de la mítica Starman precisamente como si fuera un hombre subido a las estrellas, desplazándole de su universo terrenal de repertorio facilón y pachanguero, apto para lo que ellos deben de considerar las mentes simplonas y bobaliconas de los que les escuchan. Es como si hubieran hecho un guiño inconsciente a la predilección de Su Bowiestad por la temática espacial y le hubieran tomado como un bicho raro, un astronauta perdido en sus divagaciones creativas, que no merece ser mezclado con el vulgo musical.

Una verdadera pena y un craso error. Con este tipo de política lo único que hacen es privar a mucha gente, sobre todo joven, de conocer a los genios, con el consiguiente embrutecimiento general. Supongo que pensarán que mejor ir a lo seguro. Nos tratan como a memos. No quieren que tengamos sensibilidad ni cultura, sólo que engordemos su audiencia sintonizando su frecuencia sin pensar, adorando a ídolos de plastilina como ese Ziggy Stardust que el propio David Bowie creó para convertirse en The Man Who Sold the World.

Pero, en el fondo, Bowie nunca dejó de ser Bowie.

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