No habrá tiempo

Cuando éramos niños, a la mayoría les importaba un comino el tiempo. Era como un elemento que necesariamente estaba ahí porque no quedaba otro remedio, pero que no afectaba a nuestra vida diaria. Daba igual que un día no tuvieras tiempo de jugar a todo lo que te apetecía con tus amigos o que te hubiera sabido a poco ese tiempo de juegos antes o después de los deberes. Estúpido tiempo… Era un pequeño fastidio que se te acabara, pero siempre lo podías recuperar al día siguiente.

Yo era un poco raro y a mí sí me preocupaba el límite que nos dictaba el reloj. Me agobiaba, aunque no me daba demasiada cuenta. Quería hacer siempre demasiadas cosas, había tantos deseos por realizar durante la tarde o en lo que restaba de mañana que siempre acababa con la sensación de no había hecho lo suficiente. Intentaba aprovechar las horas, exprimir los minutos tan al máximo que me daba la impresión de que no me cundía. La insatisfacción era tan tremenda como superable. Como casi todo cuando eres un crío.

Con el paso de los años, ya no es tan fácil obviar la realidad. La sencillez con la que antes te movías hasta el día siguiente, como si pasaras la página de un libro, se diluye. Te desespera ver que las hojas del calendario van cayendo a un ritmo inversamente proporcional al de las cosas pendientes.

Supongo que eso explica el hecho de que la gente a medida que se va haciendo mayor va reduciendo sus expectativas y manda muchas promesas al cuarto trastero. Las primeras, las que tienen que ver con los demás. Luego, las de la esfera personal. Al final, sólo sobreviven las del mundo externo, las del ámbito de las obligaciones. Las más marcadas por el minutero, mientras el segundero se acelera. Aquellas en las que el tiempo es un pequeño cabrón dictador y no ese simpático compañero que se reciclaba democráticamente.

Como yo me sigo sintiendo extraordinariamente joven aunque sólo lo sea moderadamente, no he realizado esa labor de poda. En contrapartida, la angustia por el paso del elemento del Dios Crono crece por momentos. Miro a mi alrededor y observo mis archivos repletos. Multitud de música sin escuchar, de películas sin ver, de libros sin desempolvar. Y si me centro en el universo de lo que existe, de lo ya creado o de lo futurible, el vértigo aumenta.

Me sobrepasa la idea de que no seré capaz de escuchar la mejor canción de la historia, de ver la obra maestra del cine de todos los tiempos, de leer esa novela que cambio la vida a otros antes que a mí, de saborear la poesía que fue compuesta en un éxtasis artístico absoluto. Está por ahí, en alguna parte, y yo no llegaré a tiempo de descubrirla.

Aún mayor desazón me invade si me planteo que puede que disfrute de las obras mejor consideradas objetivamente, las más galardonadas, pero que no serán las idóneas para mí. Me quedaré sin hallar esas piezas desconocidas, anónimas, que serían mis grandes referentes, las que me generarían las más sublimes emociones, las que me pondrían los pelos como escarpias del metal más duro, las que me arrancarían lágrimas incontrolables.

Creo que no soy el único a quien le ocurre. Hay múltiples pruebas de que cada día existe más interés por comprimir, más obsesión por compilar, resumir el conocimiento. Se crean selectas videotecas virtuales, listas de éxitos con vocación de ser perfectas. Se editan libros que se autoproclaman como imprescindibles en su propio título y contienen a su vez material supuestamente indispensable. Los 1001 discos, películas, canciones, etc., de los que hay disfrutar antes de irse al hoyo. Yo propongo que se confeccione una selección de las 1001 personas con las que hay que conversar, o mejor aún, en las que hay que pensar a la hora de dedicarse al onanismo –por supuesto, con versiones para todas las tendencias sexuales– antes de palmarlas.

Espicharlas, sí. No soy el único que piensa en todas las cosas que no podré hacer antes de estirar la pata, pese a que la teoría y los absurdos estudios sobre la esperanza de vida digan que en realidad sí tendré tiempo para todo, incluso para aburrirme. Eso si no se tiene en cuenta que mi generación jamás podrá jubilarse, claro está, algo que por otra parte tampoco me preocupa en exceso, porque dudo que duremos tanto. Eso de nuevo me lleva al concepto del tiempo. Tiempo, tiempo, hay que aprovecharlo. Antes de que estalle la guerra o de que el cambio climático nos haga morir por el mal olor derivado del sudor excesivo.

En cualquier caso, yo tengo la mala suerte de no saber cómo aburrirme y de no comprender el propio concepto. Me resulta imposible imaginarme el placer que para otros supone tirarse a la bartola sin nada que hacer, sin ninguna reclamación mental, emocional o fisiológica. De modo que yo nunca dispondría de tiempo sobrante ni siquiera si mi familia se hubiera dedicado a la política y hubiera heredado propiedades suficientes para vivir de las rentas (que me pagarían otros y controlaría mi asesora, la cual se tiraría un aire a Elisa Mouliáa).

Sí, está claro que tengo miedo. Me produce temor el momentum, el tempus fugit, el carpe diem. Soy poco original, todos leímos a Garcilaso en el colegio. Yo nunca tendré que coger las rosas antes de que la nieve caiga. Sé que no encontraré el tiempo para viajar hasta todos los lugares que se deben visitar, que me moriré sin conocer el rincón más bello del planeta, ese que no aparece destacado en los mapas ni en las guías turísticas. Que mi vida se extinguirá sin que sepa ni siquiera donde está. O que para cuando lo haga ya lo haya arrasado la excavadora.

Sin embargo, lo que me provoca un pánico verdaderamente atroz es la idea de no terminar mi trabajo antes de que desee entrar en el infierno y me manden al limbo. Es materialmente imposible que pueda escribir todas las historias que ya ha escrito mi imaginación. Inviable que pueda publicar en esta Buhardilla todas las entradas que verdaderamente merecerían la pena. Tal vez yo también tendría que cribarme a mí mismo, de una forma asquerosa debería elaborar las 1001 obras que tengo que escribir antes de morir.

Pero ni siquiera puedo aspirar a eso. No tendría tiempo.

Al menos me sirve de triste consuelo pensar que quizá algún día seré capaz de escribir algo que verdaderamente sea un referente, que genere en otra las emociones más sublimes, que le ponga los pelos como escarpias del más duro metal, que le arranque lágrimas incontrolables.

 

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2 respuestas a No habrá tiempo

  1. Alberto dijo:

    Puedo decir que no he perdido el tiempo leyendo este genial artículo.
    El tiempo, como decía Einstein, es algo relativo: media hora hablando con la chica que te gusta es muy poco tiempo, pero un minuto con la mano encima de un brasero, seguramente es mucho
    En cualquier caso, amigo Alber: al mal tiempo, buena cara 😀

    • alber4 dijo:

      Tenía pendiente contestar a este comentario desde hace tiempo, querido tocayo. Siento el retraso en hacerlo, la verdad es que intentaré que no vuelva a ocurrir y, en cualquier caso, eso no significa en absoluto que no me agraden muchísimo todos los comentarios que me dejáis y he de añadir que los tuyos especialmente. En cuanto a este en concreto, la verdad es que casi te has respondido tú solo cuando dices lo de la chica que te gusta y el brasero, ideas muy alejadas pero a veces, como bien sabes, extremadamente parecidas… Como tú bien dices, al mal tiempo, buena cara 😉

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