Rocío sólo pedía a su virgen techo y comida

Pablo Iglesias contraería el rostro y daría un discurso oportunista, atribuyendo a su formación el papel de vocero de Rocío. Albert Rivera adoptaría un semblante muy serio y ofrecería un discurso racional y sosegado, pura flema con algún toque emotivo. Pedro Sánchez se intentaría transformar en ese mitinero socialista que es un quiero y no puedo, una copia mala de la afectación que mostraría Susana Díaz, la única que probablemente sabría capitalizar emocionalmente la historia que se narra, aunque habría cierta falsedad exagerada. Sólo esperaría humana sinceridad por parte de Alberto Garzón.

En cuanto a los independentistas vascos y catalanes, lo tendrían fácil, se pondrían a echar pestes contra España, como si su hipotético Estado fuera a funcionar mucho mejor. Por último, Rajoy no diría nada, como de costumbre. Se escondería tras algún guardaespaldas de buen corpiño. Como mucho, soltaría aquello de “todo es falso, salvo alguna cosa”.

Cartel promocional de “Techo y Comida”, de Juan Miguel del Castillo. (Imagen: Filmaffinity).

En mi imaginación esta es la reacción que adoptarían nuestros principales políticos si vieran la película Techo y Comida, dirigida por Juan Miguel del Castillo y protagonizada por Natalia de Molina en una de las interpretaciones más inolvidables de la historia del cine español –por la que le han concedido numerosos premios, entre ellos el Goya–. No, no exagero. La actriz no se limita a representar a un personaje con solvencia y credibilidad, que ya es complicado. Va más allá. Se transforma en Rocío, en cuerpo, mente y alma, hasta el punto de que consigue la proeza de hacer olvidar al espectador que asiste mudo a la película de que se trata sólo de eso. De una película de ficción.

Sin embargo, podría perfectamente ser un documental. No hay nada de lo que se narra en la historia de Techo y Comida que no haya pasado, con todos sus crudos detalles, en esta España que hemos ido creando con negligencia, insolidaridad y un nivel de asepsia que raya la deshumanización. Rocío y su hijo Adrián se incardinan sobre la pantalla a un país que ya existía refugiado bajo las capas de bienestar que promete el capítulo tercero del Título I de la Constitución antes de la mal llamada crisis y que este fenómeno tan artificioso como el capitalismo que lo fabricó simplemente sacó de la cueva, poniéndolo ante nuestras vergüenzas.

Pese a todo, esta realidad indiscutible no está todavía indiscutida. Después de ver la película, tenía mucho interés en leer las críticas que sobre la misma hacían los usuarios, más que las emitidas por la prensa especializada. La verdad es que aluciné con muchas de ellas. En el sentido más negativo de la alucinación. Aunque parezca increíble, descubrí que, junto a los comentarios que alababan al largometraje, existía una corriente cavernosa y siniestra que atacaba al filme de una manera tendenciosa y claramente viciada por los prejuicios y la ignorancia.

Confieso que no examiné todos los comentarios, porque hubo un momento en que no pude soportar más estupideces. Apenas me topé con una persona que criticaba aspectos puramente cinematográficos, aunque sin ningún tipo de criterio, hablando de que se había aburrido por el ritmo pausado y la ausencia de música. La película tiene exactamente el tempo que ha de tener, progresa lentamente pero sin freno para ilustrar a la perfección el descenso de Rocío hacia los infiernos de la pobreza. Cada una de las ventanas que intenta abrir se van cerrando pausada e inexorablemente, en un ritual macabro marcado por la maquinaria de la sociedad y el Estado.

En cuanto a la ausencia de música, excepto al final –por cierto, todo un acierto los únicos dos temas que suenan, Als de Dalt de El Son de la Chama y sobre todo Techo y Comida, compuesto expresamente para el film por Daniel Quiñones y cantado de una forma desgarradora por Malena de Mateo–, es mucho más una virtud que un defecto, porque dota de muchísima más naturalidad a todo lo que ocurre. Defiendo la presencia de banda sonora en determinadas cintas, pero en otras ocasiones fuerza los sentimientos, a veces impostados, y no permite que sea el propio espectador quien los experimente directamente. Es justo lo que hubiera ocurrido aquí si por ejemplo en las escenas (pocas) donde las lágrimas vencen a Rocío se hubieran unido unos violines melancólicos o el típico piano lleno de tristeza.

El resto de las críticas atacaban al contenido, a la propia historia, algunas con una crueldad que me dejó totalmente estupefacto. Una cinta ideológicamente de izquierdas, sesgada por esa visión partidista del director. Una película que utiliza los escasísimos casos de drama social extrema surgidos durante la crisis para construir un relato interesado. Una película maniquea, por emplear el discurso típico en el que se culpa de la pobreza al Estado, los bancos, las grandes empresas, los particulares que especulan con sus propiedades inmobiliarias, las cadenas de supermercados y a la sociedad en su conjunto.

Es sólo un resumen de la retahíla de simplezas mil veces oídas que yo pensaba habían sido felizmente superadas y dejado de formar parte del ideario colectivo español. Pero España nunca deja de sorprenderme.

Techo y Comida no es una película de izquierdas, ni hecha por peligrosos rojos antisistema. Simplemente muestra la dura y cruda realidad de una madre y su hijo, primero olvidados por las instituciones y después maltratados por ellos. Aislada por la sociedad en su conjunto, desplazada de los círculos sociales, y que encuentra en determinados gestos de caridad y generosidad privada algo de alivio, aunque sea un mero parche y no solucione sus problemas.

Es la historia de miles de personas que residen en España, ni más ni menos. Por supuesto, son víctimas. Por supuesto, hay muchos culpables. Es una culpabilidad sistémica, no de nombres y apellidos, tal y como refleja el largometraje, resumida en tres escenas finales sencillamente magistrales que culminan la narración. Sí, a mí también me dieron ganas de quitarme la camiseta. Desnudos, toca empezar de cero, desarraigados, sin un solo objeto referencial con el que poder identificarse, más que la propia vida y el amor de la madre, que no es la patria.

Entre todos los apuntes desfavorables hacia el filme, me llamó mucho la atención uno que estaba cargado de puerilidad. Siento condescendencia hacia ese espectador que reprochaba a Techo y Comida no haber mostrado a un personaje prácticamente invencible, una especie de heroína, madre coraje, que hubiera luchado hasta la extenuación contra todos los obstáculos. Acusaba a Rocío de blanda y poco esforzada. “Sólo se limita a echar dos o tres currículums y a preocuparse de su hijo, no se rebela totalmente contra la situación” o algo por el estilo comentaba el usuario en cuestión.

En el otro extremo, demostrando que se pueden decir chorradas desde todos los puntos de vista, había uno que acusaba al filme de edulcorar el asunto con algunas situaciones agradables, concesiones afectivas erróneas. Según esta persona, todo tenía que haber sido de una dureza extrema. Los pobres no pueden abrazar, querer ni reír. Otro decía que la película hubiera sido más creíble con una actriz fea, asociando las dificultades económicas a la fealdad. Claro, ver a una chica joven, guapa y pobre no cuadra con el ideal de sociedad vomitiva que hemos creado. Pues da la casualidad de que yo he conocido a más de una. Debe de ser que yo también edulcoro las cosas, claro.

Entonces dejé de enfadarme tanto con toda esa gente y comprendí que todos esos comentarios están en realidad movidos por el desconocimiento. Se trata de gente que no ha vivido ni en sus carnes ni de cerca este tipo de experiencias, que no ha sido testigo de ellas, que ni las ha sufrido ni las ha presenciado, más allá de lo que muestran los medios de comunicación, muchos de ellos con vocación de agencia de noticias neutra y gris que genera distancia emocional con el suceso.

Si hubieran conocido a personas como a Rocío o hubieran pasado por lo mismo que ella, o al menos algo parecido, sabrían que la merma psicológica que se sufre cuando se está metido en esa rueda es mortífera. Hay que tener una fortaleza que nadie tiene derecho a exigir a un ser humano normal para resistirlo. La desesperación es tan enorme, la sensación de angustia golpea de forma tan brutal y las salidas están tan ocluidas que bastante se hace muchas veces con resistir la tentación de quitarse de en medio. Aun así, algunos lo hacen. Rocío se siente tan aprisionada que le reza y le pone velas a su Virgen, porque ya sólo espera un milagro que le haga tener techo y comida. Dos bienes que no deberían tener nada de milagroso.

Cada una de esas muertes, cada uno de esos desahucios, de esas malnutriciones, de esos despidos, de esas enfermedades… Cada una de esas lágrimas, de las lágrimas de Rocío son culpa de este sistema que todos, en mayor o menor medida, sostenemos, si bien los ejecutores finales son los gobernantes a los que elegimos y los poderes económicos que los manejan y a los que nosotros nos sometemos.

No es una visión de izquierdas. Es una visión objetiva. Pero muchos siguen sin querer verla. En parte es lógico, porque duele, molesta, te hace dormir menos tranquilo, pesa en la conciencia. Nos saca de nuestra zona de confort. Creo que la única forma de solucionar esto es educando a la población con obras artísticas como Techo y Comida, que debería ser de obligatorio visionado para todo español. Especialmente para los ciudadanos Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera and cía.

Ojalá proliferen muchas más películas como esta en el futuro, necesarias, que además tengan ese nivel de calidad cinematográfica, esencial para que el producto se convierta en fundamental. Para mayor mérito, esta película no tuvo el respaldo de un solo banco, de una sola institución oficial, de una sola televisión. Está financiada por mecenas privados, ciudadanos de a pie, a través de una campaña de crowdfunding lo cual la hace todavía más coherente y admirable. No me sorprende, es demasiado incómoda para el establishment. No hay más que ver la escasa distribución que ha tenido en las salas de cine y su discretísima repercusión mediática. Por cierto, a Natalia de Molina le cortaron su última frase en el discurso tras recibir el Goya. “Techo, comida y dignidad para todos”. Circunstancia cuanto menos curiosa que puso de manifiesto la propia actriz al día siguiente a través de Twitter.

Quiero dedicar este artículo a todo el equipo que la hizo posible, especialmente a Juan Miguel del Castillo, por su valentía y cada plano de honestidad, y a Natalia de Molina, que me hizo desear estar dentro del barrio de La Granja de Jérez de la Frontera para poder estar al lado de Rocío, no sé si para serla de mucha ayuda, pero al menos sí para darle un abrazo lleno de empatía.

Gracias por bajar a la tierra a este humilde habitante de las alturas abuhardilladas.

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