Más acá de la separación

Nos vemos, después de tantos siglos, en el muro de las lamentaciones donde cambiaste de estado. Por fin dialogamos. Primero con respeto, luego con emoción. Nunca pensé que serías tú, tan antipatriótica, la que conjurase la morriña.

He tachado un calendario abismal, dos o tres agujeros negros se llevaron nuestro espacio-tiempo. Ahora conjugamos verbos en pasado, más pretéritos perfectos que nunca. Tu melancolía de bolsillo, mi nostalgia de libreto.

Recordamos el campo de batalla que supimos sembrar de cadáveres felices durante aquella época. Yo luchaba desde el sur con soldados enhiestos. Quería escalar tus montañas del norte, pero tú pusiste fronteras de por medio.

Tú querías mi cabeza y la perdí por ti. Me cercenaste y te quedaste con mi risa.

Me volviste tan loco que me sumí en desvaríos, desquiciado como un dragón de cuatro testas. Por todas las bocas echaba fuego, las llamas pactaron buscando una salida. Me quemé pero no ardí, superviviente de peores tormentos.

¿Te acuerdas cuándo enseñaba mal inglés en las urbanizaciones de la burbuja? Tú pensabas en francés cruzada de piernas. Después, cada uno a su propio idioma. ¿Podemos hablar castellano en la intimidad como antes? Puta democracia de sentimientos.

Conocías mi respuesta, pero me pediste una consulta. Tuve dudas de su legitimidad, pero te la concedí. Ochenta gramos de curiosidad, quince de narcisismo y cinco de incertidumbre. Demasiado chute para tan poco cuerpo.

Los años se me desmoronaron rápido como piezas de dominó. Ni siquiera defendí mis reinos de taifas, ya no tenía sentido la lucha. Quería firmar el armisticio. Temprano, acelerado, grosero, como un eyaculador precoz.

Pero me sorprendiste una vez más. En el momento decisivo te metiste en mi trinchera y me cargaste de munición. Las balas de sinceridad fusilaron el deseo que nunca tuviste. Tú llegaste con aliño, a mí me pillaste con lo puesto.

Sabes que siempre defendí el morado, mi pendón, aprovechando que el Pisuerga pasaba por aquí. Pensé que podíamos, pero el León derribó al castillo y mi escudo volvió al rojo carmesí. Ahora visto de luto, aunque los dos tuvimos que ir de entierro.

En el futuro me visitarás como una extranjera, pero te daré tarjeta sanitaria, residencia y asilo. Nunca serás inmigrante en tu tierra, mía de Derecho. No temas al Mediterráneo, puedes usarle para tu Comercio de felicidad, aunque a mí se me ahogue el esperma en el estrecho.

Antes, volveremos a expresarnos en tiempo presente, preparados para recuperar las ruedas de prensa y privados de ciento cuarenta caracteres echarnos de menos.

No sé si algún día recuperaré la ironía de aquella Torre de Babel despedazada. De momento, me conformo con esta buhardilla. Tal vez, cuando mi estado también sea extranjero, añore aquellos directos sin batería, sedientos.

Entonces, te escribiré mi mejor crónica, desde muy lejos. Y tú serás la azafata de mis vuelos.

 

Más allá de la unión

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