Retención de fluidos

Siempre he pensado que en España se practica poco sexo. Los españoles y las españolas todavía seguimos marcados por ese estigma que nos dejó tanto puritanismo de épocas pasadas. Nuestra educación sexual, pese a presumir de modernidad, sigue arrastrando cierto tufillo heredado del férreo dogma beato que inundaba nuestras familias tradicionales.

Lo que es todavía peor, creo que en España no sólo follamos poco, sino que además follamos mal. Polvos apresurados, de mala calidad, guiados por la ansiedad y el estrés. Queremos liberar cuanto antes tanto líquido aprisionado que nos constriñe. También está la otra vertiente, la de aquellos que creen que todo coito ha de tener la impronta del amor de pareja. Cuando pasan de los preliminares –si es que saben lo que es eso –, ya están bostezando. O miden la temperatura del cuerpo y otros factores para ver si es el momento idóneo para la copulación. “Cariño, entonces de sexo oral ni hablamos, ¿no?”.

En el Congreso, nuestros políticos se empeñan en escenificar cada día los intríngulis de la vida española tras los visillos y mirillas. Como si ellos también estuvieran poco y mal follados, se dedican a representar las dos corrientes. Por una parte, la de la estrangulación de semen y ahogo del flujo, que genera un bloqueo evidente. Se trata de darle salida, buscando un gobierno de cualquier manera, usando esperma vago, torpe y de pocas posibilidades fecundadoras. El óvulo de turno se queda mirando a la tribuna, con las manos sobre la barbilla, rostro amusgado, harto de tanto espectáculo soporífero. “Así no seduces ni a una ninfómana, chico, y mira que yo estoy salida”.

Claro, que hay veces que el objeto perseguido genera menos atracción libidinosa que un cuadro de El Greco. Puede ser uno de los problemas de los españoles y por ende de sus representantes públicos. Hay demasiado sujeto pasivo que se considera sugerente, obsesionado con la mentira de que todo lo suyo es mejor que lo del resto. Están esperando que el otro haga todo. Con su ademán de contagioso aburrimiento, no se molesta ni en comprar condones, aunque haya una farmacia enfrente de su casa. Luego le asaltarán a pelo, pedirá invasión anal y marcha atrás. Tanto retroceso provoca manchas que se quitan mal de la ropa.

Por otro lado, tenemos a los románticos, esos que todavía creen en la poesía y sólo persiguen acostarse con el hombre o la mujer de su vida. Mientras tanto, buscan ese amor perdido entre libros del siglo XIX, se enfrascan en la nostalgia de una vida que siempre fue mejor cuando se imaginó. Quieren cocinar a fuego lento la sopa de soldados de la tropa amorosa, en una especie de ejercicio de sexo tántrico.

Esto al final tiene sus consecuencias. Cuando atacan, lo hacen sin control, agresivos, sin saber manejar los tiempos, el ritmo o el lenguaje erótico. También terminan por generar hastío. Eyaculaciones precoces y orgasmos fingidos.

El sexo, como la política, tiene su arte. Hay que calentar previamente el ambiente, con un punto de transgresión pero sin perder la elegancia. Las caricias, los besos, los lamidos, los mordiscos, el baile de los dedos en las zonas más protegidas para romper resistencias. Con delicadeza y energía a partes iguales. Sólo así el camino quedará allanado y se podrán lograr pactos en los que se permitan penetraciones en la intimidad de otro, se fundan los cuerpos y el intercambio de fluidos funcione. De otra forma, es complicado, por no decir insano.

Claro está que siempre existe ese sexo del que Sabina habla en su canción Aves de Paso. El ascensor hasta el piso tres o el baño usado de la discoteca con olor fétido. Una vez escuché a una chica decir “tengo las bragas húmedas”. Mientras tanto, yo tenía los boxers llenos de líquido preseminal. Estaba claro que aquello prometía, pero las circunstancias no eran las más favorables, así que tal vez a la larga aquello no terminaría bien.

Se trata de una cuestión de equilibrio. Pensar en el largo plazo pero sin despreciar el gustazo efímero del corto plazo.

En la España mirada a través de su espejo, ese circo político que ahora observamos en su máximo grado de esperpento, tengo la sensación de que ha habido bastante sexo de baratija, mucha mamada no deseada y poca bajada humilde al pilón. Y eso que el Congreso de los Diputados es la Cámara Baja.

Pero como este país es de contrastes, también se ha padecido el síndrome del amor excesivamente planificado y nunca puesto en práctica. O ejecutado mal, tarde y sin ganas. Nos pasamos la vida dando vueltas sobre lo que nos gustaría tener, hacer, tocar, chupar, querer, amar. Acabamos matándonos a pajas o lamentándonos por no poder meter los dedos en donde nos plazca. Aún escuchamos la voz de nuestros mayores. Nos entra la ceguera psicológica. Y somatizamos. Retenemos. España es un país de retención (no te excites, Montoro).

Ya lo decía Alberto San Juan en Al Otro Lado de la Cama. “Tú sabes cuál el verdadero problema del país, ¡que la gente no folla!”.

Su tocayo Álber añade: “Y se folla mal”.

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